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León XIV, el retorno del “Vicario de Cristo” y el regreso al Palacio Apostólico: entre la humildad evangélica y la tentación del poder

Los gestos también hablan en la Iglesia. La recuperación del título de “Vicario de Cristo” y el regreso de León XIV al Palacio Apostólico marcan un cambio respecto a la sencillez que quiso encarnar Francisco y reavivan el debate sobre la verdadera naturaleza de la autoridad cristiana: el poder o el servicio.

León XIV regresa al Palacio Apostólico

El reciente gesto de León XIV, al rescatar el título de “Vicario de Cristo” durante su discurso a los Caballeros de Colón, ha despertado un debate profundo dentro de la Iglesia católica: ¿puede una institución que nació del Evangelio de la humildad seguir midiendo su grandeza en títulos y honores?

La imagen de León XIV como misionero a caballo recorrió el mundo tras su elección. Era el símbolo de un pastor cercano a los pobres. Pero los gestos del presente —el regreso al Palacio Apostólico y la recuperación de viejos títulos— invitan a preguntarse hacia dónde cabalga ahora ese pontificado.

El título Vicarius Christi, que significa “representante de Cristo”, acompañó durante siglos a los pontífices como expresión de su autoridad espiritual. Sin embargo, durante el pontificado de Francisco fue relegado a un lugar secundario, como señal de una Iglesia más sencilla y menos autorreferencial. El Papa argentino quiso recordar que el obispo de Roma no está por encima del resto de los fieles, sino que es, ante todo, “siervo de los siervos de Dios”.

León XIV, al devolver solemnidad a ese título, parece apostar por un modelo eclesial más institucional y jerárquico, pero también más alejado del espíritu evangélico que inspiró a Francisco.

A ese gesto simbólico se suma ahora otro que ha llamado la atención. León XIV se ha trasladado nuevamente al apartamento pontificio del Palacio Apostólico, la residencia oficial de los papas situada en el tercer piso del Palacio Apostólico y con vistas a la plaza de San Pedro. Allí vivirá acompañado de sus colaboradores más cercanos.

El dato no es menor. Ese apartamento había permanecido vacío durante los doce años del pontificado de Francisco, quien renunció a habitarlo y prefirió vivir en la residencia de Santa Marta, la casa vaticana donde se alojan sacerdotes visitantes y donde también se hospedan los cardenales durante los cónclaves. Con esa decisión, Francisco quiso dar un testimonio visible de sencillez y cercanía, alejándose de los signos tradicionales de poder asociados al papado.

Vicarios de Cristo son los pobres
El teólogo José María Castillo lo expresó con lucidez: “La Iglesia, en lugar de reproducir la fraternidad igualitaria de Jesús, reprodujo las estructuras del Imperio. Y así, cuanto más poder acumuló, más lejos se situó del Reino de Dios.”

El regreso de León XIV al apartamento pontificio y la recuperación del título de Vicario de Cristo parecen indicar un cambio de estilo y de sensibilidad eclesial, una vuelta a formas más institucionales que muchos consideran alejadas de la sobriedad evangélica que Francisco trató de encarnar.

Porque el Evangelio no deja lugar a dudas. En el pasaje de Marcos (9, 33-35), los discípulos discutían por el camino quién era el más importante. Jesús, al oírlos, se sentó y les dijo: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.” Esa es la gran lección que el Maestro quiso dejar: la autoridad en la comunidad cristiana no se mide por el poder, sino por el servicio.

Y el propio Jesús lo encarnó con radicalidad. En su entrada en Jerusalén, no lo hizo sobre un caballo de guerra ni escoltado por guardias, sino sobre un humilde borrico, símbolo de mansedumbre y de paz. El contraste con la pompa que a menudo rodea al papado es evidente. Mientras Jesús avanzaba entre la multitud con la ropa del pueblo, los papas han heredado siglos de símbolos imperiales: tronos, mitras bordadas en oro, anillos de poder y ceremonias donde el esplendor sustituye a la sencillez. Incluso las sillas gestatorias y los vestigios de lujo, aunque hoy más discretos, siguen evocando una imagen de distancia. Todo ello provoca una contradicción dolorosa con el espíritu del Evangelio.

El teólogo José María Castillo lo expresó con lucidez: “La Iglesia, en lugar de reproducir la fraternidad igualitaria de Jesús, reprodujo las estructuras del Imperio. Y así, cuanto más poder acumuló, más lejos se situó del Reino de Dios.” No se trata de una crítica contra las personas, sino contra una cultura eclesial que confunde autoridad con poder y dignidad con boato. La verdadera autoridad cristiana —la que convence y transforma— solo nace del testimonio.

Un ejemplo luminoso de ese testimonio fue Nicolás Castellanos, obispo de Palencia que renunció a su cargo episcopal para marcharse a vivir entre los pobres del altiplano boliviano. Allí fundó la organización “Hombres Nuevos” y dedicó sus últimos años a la educación, la vivienda y la dignidad de los más desfavorecidos. Murió pobre entre los pobres, como había vivido el Maestro.

Castellanos comprendió que el Evangelio no se predica desde los palacios episcopales, sino desde el barro de los barrios marginados. Su vida es la demostración de que se puede ser pastor sin trono, sin mitra, sin poder. Y que precisamente ahí, en esa renuncia, está la fuerza del Evangelio.

La Iglesia primitiva lo entendió bien. No había títulos ni palacios, sino comunidades que compartían el pan y los bienes, donde todos se llamaban hermanos. Pero con el paso de los siglos, sobre todo desde Constantino, la Iglesia se fue transformando en una institución poderosa, estructurada como un imperio espiritual con sus jerarquías y privilegios. El Vicario de Cristo se convirtió, en la práctica, en una figura de autoridad que reflejaba más el poder del César que la pobreza del carpintero de Nazaret.

El Papa Francisco trató de revertir esa lógica. Rechazó los coches de lujo, los tronos dorados y los apartamentos pontificios, prefiriendo vivir en la residencia de Santa Marta. Su ejemplo quiso recordar que el poder, cuando no se pone al servicio, degenera en vanidad. Y que la Iglesia solo será creíble si se asemeja al Jesús del borrico y no al del palacio.

Papa Francisco sin lujos
¡Esa es la verdadera grandeza! El día en que la Iglesia vuelva a creer en esas palabras, quizá ya no necesitará títulos para recordar quién la fundó. Porque solo una Iglesia pobre, humilde y servidora puede ser realmente la Iglesia de Cristo.

Por eso, cuando León XIV recupera el título de Vicario de Cristo y vuelve a instalarse en el apartamento pontificio del Palacio Apostólico, el gesto no es neutro. Simboliza un modo distinto de entender el papado y su relación con el poder y los signos de autoridad.

En un mundo que busca autenticidad, la Iglesia no necesita más títulos, sino más testigos. No necesita más símbolos de poder, sino más vidas como la de Nicolás Castellanos, que se despojó de todo para ser libre de servir.

El Evangelio de Mateo (20, 28) resume con sencillez lo que debería ser la identidad de todo discípulo y de toda Iglesia: “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.”

¡Esa es la verdadera grandeza! El día en que la Iglesia vuelva a creer en esas palabras, quizá ya no necesitará títulos para recordar quién la fundó. Porque solo una Iglesia pobre, humilde y servidora puede ser realmente la Iglesia de Cristo.

Lo demás —los nombres, las pompas, los tronos o los palacios— son ecos del pasado, vestigios de un poder que no salva.

Lo que salva, lo que convence, lo que enamora, es el amor que se hace servicio.

Y quizá convenga recordar aquí una intuición profunda del teólogo José Ignacio González Faus, quien sostenía que, si el Evangelio se toma en serio, los verdaderos “vicarios de Cristo” no son quienes ocupan los tronos de la Iglesia, sino quienes cargan con el peso del sufrimiento del mundo. Porque, según el Evangelio de Mateo (25), Cristo se identifica con los hambrientos, los enfermos, los presos y los descartados de la historia.

En esa lógica evangélica, los pobres no son simplemente destinatarios de la caridad cristiana: son el lugar donde Cristo mismo está presente.

Tal vez por eso la Iglesia será más fiel a su Señor cuando mire menos hacia los palacios y más hacia las periferias, allí donde los verdaderos vicarios de Cristo —los pobres— siguen esperando justicia, dignidad y esperanza.

Vicarios de Cristo. José Ignacio González Faus

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