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Luis Ayala Cañón y la incomodidad del Evangelio frente a la pureza ideológica

No molesta la pobreza; molesta quien la mide y señala sus causas. Y cuando el Evangelio deja de ser consigna y se convierte en exigencia de justicia, los guardianes de la ortodoxia empiezan a incomodarse.

Luis Ayala Cañón presidente de Cáritas

Hay nombramientos que retratan más a quienes los critican que a quien los recibe. La designación de Luis Ayala Cañón al frente de Cáritas Española ha provocado una reacción airada en determinados medios de la derecha y la ultraderecha que, lejos de sostener un debate serio sobre la gestión de la pobreza, han preferido convertir el asunto en una inquisición ideológica. El problema, al parecer, no es su trayectoria académica ni su conocimiento en políticas sociales, sino su supuesto “pecado”: haber colaborado con instituciones y espacios vinculados a gobiernos progresistas.

Conviene decirlo sin rodeos: resulta profundamente revelador que se considere sospechoso que un economista estudie la pobreza desde instancias públicas o fundaciones cercanas a la izquierda. Como si el sufrimiento social tuviera dueño político. Como si analizar la desigualdad o proponer soluciones fuese patrimonio exclusivo de una trinchera ideológica concreta. Lo que subyace en estas críticas no es una preocupación por la caridad cristiana, sino el intento de patrimonializarla.

Porque la pregunta incómoda es evidente: ¿preferirían estos sectores que Cáritas estuviera dirigida por alguien alineado con postulados que promueven el rechazo al inmigrante, la sospecha sobre el pobre o el debilitamiento de los mecanismos de protección social? ¿Es esa la “ortodoxia” que defienden? Si la respuesta es afirmativa, entonces no estamos ante un debate técnico ni religioso, sino ante una distorsión grave del mensaje evangélico.

El cristianismo, en su raíz más elemental, no pregunta por el carné de afiliación antes de tender la mano. No establece jerarquías entre necesitados. No convierte la caridad en un instrumento de batalla cultural. Y, sin embargo, algunos discursos parecen empeñados en reducir el Evangelio a una herramienta política, vaciándolo de su contenido más incómodo: la defensa radical de la dignidad humana.

Resulta especialmente llamativo que se ataque a quien ha participado en informes sobre exclusión socialque incomodan a determinados gobiernos autonómicos. Cuando los datos no gustan, se desacredita al mensajero. Cuando la pobreza se hace visible, se cuestiona al que la mide. Es una estrategia conocida: negar el problema para no asumir responsabilidades. Pero Cáritas no está para suavizar diagnósticos ni para servir de coartada a nadie, sino para poner cifras y rostros a realidades que muchos preferirían ignorar.

Informe Foessa y desarrollo social en la Comunidad de Madrid
Resulta especialmente llamativo que se ataque a quien ha participado en informes sobre exclusión social que incomodan a determinados gobiernos autonómicos. Cuando los datos no gustan, se desacredita al mensajero. Cuando la pobreza se hace visible, se cuestiona al que la mide.

En este contexto, la memoria histórica se vuelve imprescindible. Algunos de los sectores que hoy claman contra este nombramiento deslizan, con mayor o menor disimulo, una nostalgia del franquismo. Una evocación edulcorada de tiempos que, en la práctica, estuvieron marcados por la escasez, la desigualdad y el silencio impuesto. Conviene recordar cómo era la vida cotidiana en aquella España idealizada: familias numerosas donde la ropa pasaba de un hermano a otro, libros de texto reutilizados hasta el agotamiento, mesas donde la comida no siempre alcanzaba para todos.

No eran casos aislados. Era la norma para amplias capas de la población. Había hogares que, sencillamente, no podían sostener a todos sus hijos. Niños que eran enviados a casas de familiares o de personas con más recursos, con la promesa de un futuro mejor que muchas veces se traducía en servidumbre encubierta. Menores que crecían lejos de sus padres, convertidos en mano de obra barata, asumiendo responsabilidades impropias de su edad. Esa era la realidad que algunos parecen olvidar cuando construyen relatos complacientes sobre aquel periodo.

A esa precariedad material se sumaba un clima de miedo institucionalizado, donde la disidencia se pagaba cara. La caridad, en ese contexto, no siempre fue liberadora: en demasiadas ocasiones adoptó la forma de una beneficencia vertical y humillante, donde la ayuda iba acompañada de sumisión. No se trataba de reconocer derechos, sino de administrar favores. Y esa diferencia no es menor.

La Iglesia y el franquismo
A esa precariedad material se sumaba un clima de miedo institucionalizado, donde la disidencia se pagaba cara. La caridad, en ese contexto, no siempre fue liberadora: en demasiadas ocasiones adoptó la forma de una beneficencia vertical y humillante, donde la ayuda iba acompañada de sumisión. No se trataba de reconocer derechos, sino de administrar favores. Y esa diferencia no es menor.

Por eso resulta tan preocupante que hoy se intente deslegitimar a quien plantea una visión de la acción social basada en el análisis riguroso y en la defensa de políticas públicas redistributivas. Porque, en el fondo, lo que se está cuestionando es la idea misma de que la pobreza no es un destino inevitable, sino una realidad que puede y debe ser erradicada.

También convendría recordar que la relación entre cristianismo y justicia social no es patrimonio de una sola corriente política. Existen tradiciones profundas, dentro y fuera de España, como los cristianos por el socialismo, que han entendido el compromiso con los más vulnerables como una exigencia directa del mensaje evangélico. Reducir esa diversidad a una sospecha ideológica es empobrecer tanto la política como la fe.

La verdadera cuestión, entonces, no es si el presidente de Cáritas ha colaborado con gobiernos progresistas, sino si su trayectoria contribuye a mejorar la vida de quienes más lo necesitan. Y en ese terreno, el rigor, el conocimiento y la sensibilidad social deberían pesar más que cualquier etiqueta.

Pobreza
Conviene recordar cómo era la vida cotidiana en aquella España idealizada: familias numerosas donde la ropa pasaba de un hermano a otro, libros de texto reutilizados hasta el agotamiento, mesas donde la comida no siempre alcanzaba para todos. No eran casos aislados. Era la norma para amplias capas de la población. Había hogares que, sencillamente, no podían sostener a todos sus hijos. Niños que eran enviados a casas de familiares o de personas con más recursos, con la promesa de un futuro mejor que muchas veces se traducía en servidumbre encubierta.

Quizá el problema para algunos no sea quién es Luis Ayala, sino lo que representa: una forma de entender la caridad que no se conforma con aliviar las consecuencias, sino que aspira a comprender y transformar las causas. Una caridad que no pide obediencia, sino justicia. Una caridad que, precisamente por ser fiel a su esencia, resulta incómoda para quienes prefieren un Evangelio domesticado, reducido a consigna y despojado de su capacidad de interpelar al poder.

Porque ahí está el núcleo del conflicto: entre quienes entienden la fe como un refugio identitario y quienes la viven como un compromiso con los últimos. Y en esa disyuntiva, no basta con invocar la tradición. Hay que preguntarse, con honestidad, de qué lado estaría hoy aquel que predicó que todos, sin excepción, somos iguales y dignos.

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