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Misericordia en lo alto, reservas en tierra: las paradojas de Jesús Sanz Montes

Elevar la misericordia a los altares literarios es fácil; lo difícil para Jesús Sanz Montes es bajarla al barro de la realidad cuando se trata de mirar al inmigrante.

Sanz Montes

El reciente texto pastoral de Jesús Sanz Montes, centrado en la celebración de la Perdonanza y en la imagen del alpinista que asciende por la torre de la catedral de Oviedo, despliega una prosa rica en imágenes y cargada de intención simbólica. Nadie puede negar la habilidad literaria del autor: la escena del escalador convertido en metáfora espiritual logra captar la atención y construir una sugerente analogía entre el esfuerzo humano y la aspiración a lo trascendente. La torre catedralicia se vuelve mástil, la bandera signo de esperanza, y la ciudad entera queda envuelta en una estética de elevación y consuelo.

Ahora bien, cuanto más asciende la retórica, más visible se vuelve la distancia con el suelo de los hechos. El texto insiste en la misericordia, en el perdón y en la acogida como ejes fundamentales de la experiencia cristiana. Se trata de conceptos profundamente arraigados en el mensaje evangélico, que encuentran respaldo explícito en pasajes como “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso” (Lucas 6,36) o “Porque tuve hambre y me disteis de comer, fui forastero y me acogisteis” (Mateo 25,35). Estas palabras no son ornamento: son una exigencia.

Jesus sAnz dice que todos no caben..
Elevar la misericordia a los altares literarios es fácil; lo difícil para Jesús Sanz Montes es bajarla al barro de la realidad cuando se trata de mirar al inmigrante.

Precisamente por ello, el contraste entre ese lenguaje y determinadas declaraciones públicas del propio arzobispo resulta difícil de obviar. En distintos momentos del debate social sobre la inmigración, se le han atribuido expresiones como “todos no caben”, o descripciones de situaciones migratorias en términos como “han tomado una ciudad”. Dichas formulaciones, más cercanas al lenguaje de la alarma que al de la acogida, introducen un matiz que desentona con la música de los “besos de misericordia” que después se proclaman desde el púlpito literario.

No se trata aquí de negar la complejidad de los fenómenos migratorios ni de exigir simplificaciones ingenuas. Pero sí de señalar que el peso de las palabras cambia según quién las pronuncia. Cuando una voz con autoridad moral adopta expresiones que pueden interpretarse como excluyentes o alarmistas, la posterior apelación al perdón universal corre el riesgo de percibirse como una proclamación elevada… pero poco aterrizada. Y ahí es donde la metáfora del alpinista adquiere un sentido casi involuntario: se asciende con brillantez, sí, pero no siempre se pisa con la misma firmeza al descender.

El núcleo del problema no es literario, sino testimonial. Porque el propio texto bíblico advierte: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7,16). La coherencia no exige perfección, pero sí una mínima continuidad entre lo que se proclama y lo que se sugiere en la práctica pública. Cuando esa continuidad se resquebraja, incluso la mejor prosa corre el riesgo de convertirse en un ejercicio estético sin suficiente anclaje en la realidad.

Vox y los inmigrantes

El texto de la Perdonanza presenta el perdón como una bandera que ondea sobre la ciudad, una invitación a dejar atrás el miedo, las heridas y los errores. Es una imagen poderosa. Pero el perdón cristiano no es únicamente una experiencia interior; tiene consecuencias sociales muy concretas. Implica abrir espacios, tender puentes, reconocer la dignidad del otro —especialmente del más vulnerable—. En este sentido, el Evangelio no deja margen para ambigüedades: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian” (Lucas 6,27). No dice: a algunos sí y a otros según convenga.

Por eso, cuando el discurso pastoral entra en la esfera pública, deja de ser solo reflexión y se convierte también en orientación. Las palabras no quedan suspendidas en el aire: generan clima, refuerzan sensibilidades, legitiman miradas. En un contexto social donde la cuestión migratoria ya está cargada de tensión, ciertos giros retóricos pueden contribuir —aunque no sea esa la intención— a endurecer posiciones en lugar de suavizarlas.

Hay, además, un elemento estilístico que merece la atención. La acumulación de imágenes —“pentagrama del Corazón divino”, “aires de esperanza”, “besos de misericordia”— dota al texto de una musicalidad evidente, pero también puede funcionar como un velo. Porque la misericordia, cuando es real, no necesita tanto adorno: se reconoce en decisiones, en gestos, en actitudes concretas. Dicho de otro modo, menos metáfora y más coherencia suele ser una combinación más convincente.

Inmigrantes
Porque la misericordia, cuando es real, no necesita tanto adorno: se reconoce en decisiones, en gestos, en actitudes concretas. Dicho de otro modo, menos metáfora y más coherencia suele ser una combinación más convincente.

En última instancia, el artículo sobre la Perdonanza deja una enseñanza que va más allá de su intención inicial. Muestra hasta qué punto la retórica, por brillante que sea, encuentra sus límites cuando no se ve acompañada de una percepción clara de coherencia. La imagen del alpinista, que asciende con destreza por la torre, termina funcionando casi como una parábola involuntaria: subir es importante, pero lo decisivo es no perder el equilibrio.

La cuestión, por tanto, no es negar la belleza del texto ni su intención consoladora, sino preguntarse por su credibilidad en el terreno concreto de la vida pública. Si la “bandera del perdón” quiere ondear sin ambigüedades, no basta con izarla en lo alto; debe reconocerse también en la manera en que se mira al otro desde abajo.

Porque, al final, la medida del perdón no está en cómo se describe, sino en cómo se practica. Y en ese terreno —menos lírico, pero más decisivo— es donde toda palabra encuentra su verdadero peso.

Al final, el problema no es la altura del discurso, sino su coherencia con el suelo que pisa. La misericordia no se acredita en metáforas ni en imágenes bien construidas, sino en decisiones concretas cuando la realidad incomoda. Cuando la palabra se eleva mucho y la práctica no acompaña, la distancia deja de ser literaria y se vuelve moral. No basta con invocar la bandera del perdón si después se toleran o se justifican discursos que la desdibujan en la vida real.

Porque en ese punto la retórica ya no embellece: delata.

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