Mondoñedo-Ferrol: una Iglesia viva, más allá de las estadísticas

Mondoñedo-Ferrol es mucho más que unas cifras: es una diócesis con historia, raíces profundas y una riqueza humana y pastoral que merece reconocimiento. Desde el cariño y la confianza en su gente, conviene mirar más allá de las estadísticas y descubrir lo verdaderamente esencial de la Iglesia

Diócesis de Mondoñedo- Ferrol
Diócesis de Mondoñedo- Ferrol

El periódico Confidencial Digital publicaba recientemente un artículo titulado «Alerta en la diócesis de Mondoñedo-Ferrol: descenso de casi todos los indicadores de anuncio y celebración de la fe». Los datos son significativos: disminuyen los misioneros, los religiosos, los catequistas, los sacerdotes y también los bautizos, las primeras comuniones y los matrimonios. Una realidad que merece atención, pero que también debería invitarnos a reflexionar sobre qué entendemos realmente por Iglesia y cómo medimos su vitalidad.

Sería irresponsable ignorar la pérdida de vocaciones y las dificultades para transmitir la fe a las nuevas generaciones. Sin embargo, tampoco deberíamos convertir estos datos en una especie de balance empresarial, como si la Iglesia tuviera que presentar anualmente una cuenta de pérdidas y ganancias. ¿Estamos ante una crisis de la fe o estamos midiendo la vida de la Iglesia con unos instrumentos que no alcanzan a comprender lo esencial?

Parece que nos preocupa más lo que disminuye en las estadísticas que lo que sucede en la vida de nuestras comunidades. Contamos sacerdotes, religiosos, catequistas y bautizados como quien contabiliza trabajadores o usuarios de una organización. Se comparan ejercicios, se elaboran gráficos y se registran pérdidas. Pero la Iglesia no es una empresa ni el Evangelio un balance de resultados.

Bautismo
Bautismo
Se comparan ejercicios, se elaboran gráficos y se registran pérdidas. Pero la Iglesia no es una empresa ni el Evangelio un balance de resultados.

Naturalmente, las instituciones necesitan organización. Los registros, los certificados y las estadísticas cumplen funciones administrativas, jurídicas y pastorales necesarias. El problema comienza cuando esos instrumentos dejan de estar al servicio de la misión y terminan ocupando su lugar. La Iglesia necesita archivos, pero no puede reducir la memoria de la fe a sus registros. Necesita estructuras, pero estas solamente tienen sentido cuando ayudan a las personas.

¿De qué sirve contabilizar bautismos si después no existe una comunidad que acompañe a quienes han recibido ese sacramento? Un matrimonio puede estar perfectamente documentado y, sin embargo, carecer de amor, fidelidad y compromiso. Una ordenación sacerdotal puede reunir todos los requisitos formales sin garantizar una auténtica actitud de servicio. Los sacramentos no pueden quedar reducidos a expedientes administrativos: son acontecimientos de fe que deben transformar la vida de las personas y de las comunidades.

Jesús dejó una indicación que conserva toda su fuerza: «Que vuestro sí sea sí y vuestro no sea no» (Mateo 5, 37). La palabra, la confianza y la fidelidad deberían tener un peso fundamental en nuestras relaciones. Los documentos pueden ser necesarios para determinadas cuestiones civiles, pero ningún papel puede sustituir la verdad de una vida ni la autenticidad de un compromiso.

Inaugurado un nuevo punto de acogida en el monasterio de San Martiño de Xuvia
Inaugurado un nuevo punto de acogida en el monasterio de San Martiño de Xuvia
La cuestión no es cuántos somos, sino qué somos y cómo vivimos. El Evangelio no se mide con porcentajes, la fe no se acredita con certificados y la Iglesia no se justifica con estadísticas. Quizá no necesitemos una Iglesia con más números, sino una Iglesia con más Evangelio: menos institución preocupada por sobrevivir y más comunidad dispuesta a servir.

El Evangelio nos presenta a Jesús acercándose a las personas, escuchando, curando heridas, compartiendo la mesa con los excluidos y devolviendo dignidad a quienes habían quedado al margen. Su preocupación no era conservar una estructura administrativa, sino anunciar un Reino donde la misericordia, la justicia y la fraternidad estuvieran por encima de los privilegios y las apariencias. La Iglesia está llamada a parecerse más a esa comunidad de discípulos que a una organización preocupada por conservar sus mecanismos de funcionamiento.

En este contexto, sería injusto no reconocer el trabajo de don Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol. Su intensa agenda, su disponibilidad para atender a las personas y su cercanía pastoral reflejan el empeño de un obispo trabajador, que escucha, recibe, visita y procura estar allí donde se le necesita. Se percibe en él la voluntad de impulsar una diócesis dinámica, participativa y abierta a la sociedad, comprometida con la renovación pastoral y la revitalización de sus comunidades. Su dedicación merece reconocimiento. Pero la transformación diocesana no puede depender únicamente del esfuerzo de un obispo: necesita la implicación y la corresponsabilidad de todo el pueblo de Dios.

Fernando García Cadiñanos
Fernando García Cadiñanos
En este contexto, sería injusto no reconocer el trabajo de don Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol. Su intensa agenda, su disponibilidad para atender a las personas y su cercanía pastoral reflejan el empeño de un obispo trabajador, que escucha, recibe, visita y procura estar allí donde se le necesita. Se percibe en él la voluntad de impulsar una diócesis dinámica, participativa y abierta a la sociedad, comprometida con la renovación pastoral y la revitalización de sus comunidades.

Por eso, el verdadero problema no consiste solamente en que haya menos misioneros, religiosos o catequistas. Debemos preguntarnos por qué tantas personas dejan de encontrar en la Iglesia un lugar propio, qué ofrecemos a quienes buscan sentido y esperanza y si nuestras comunidades son realmente espacios de acogida. Las estadísticas describen una situación, pero no explican sus causas ni sustituyen el necesario examen de conciencia pastoral.

El obispo de Mondoñedo  acompaña el jubileo de las personas mayores
El obispo de Mondoñedo acompaña el jubileo de las personas mayores
Los creyentes tampoco pueden ser simples destinatarios de decisiones tomadas desde arriba: Son responsables de la vida de sus comunidades y deben poder participar, dialogar y caminar juntos, prestando especial atención a quienes sufren, a quienes viven situaciones de soledad, vulnerabilidad o dificultad y a todas aquellas personas que necesitan encontrar en la Iglesia una palabra de esperanza, un gesto de cercanía y una mano tendida.

También debemos reconocer que, a lo largo de la historia, la institución eclesiástica confundió demasiadas veces la expansión de su poder con la difusión de la fe. La conquista de América y el nacionalcatolicismo son ejemplos de cómo la religión puede terminar asociada a la imposición y a la negación de la libertad de conciencia. Y no se trata únicamente de mirar al pasado. Ayer mismo, conversando con una persona vinculada a posiciones de ultraderecha, escuché una afirmación que me hizo recordar demasiado aquellos tiempos: sostenía que deberían desaparecer todas las confesiones religiosas distintas de la católica y que tendrían que estar prohibidas.

Una afirmación que nos sitúa muy cerca de aquella mentalidad nacionalcatólica en la que la unidad religiosa se confundía con la uniformidad impuesta. Resulta paradójico que alguien pueda proclamarse defensor de la fe y, al mismo tiempo, reclamar la prohibición de la libertad religiosa de los demás. El Evangelio no necesita prohibiciones ni imposiciones para anunciarse; necesita testigos, comunidades abiertas y personas capaces de convivir desde el respeto a la conciencia ajena.

Una Iglesia verdaderamente evangélica no necesita imponer su presencia ni reclamar privilegios. Necesita recuperar su credibilidad mediante el testimonio, la cercanía y la capacidad de acoger. Los creyentes tampoco pueden ser simples destinatarios de decisiones tomadas desde arriba: Son responsables de la vida de sus comunidades y deben poder participar, dialogar y caminar juntos, prestando especial atención a quienes sufren, a quienes viven situaciones de soledad, vulnerabilidad o dificultad y a todas aquellas personas que necesitan encontrar en la Iglesia una palabra de esperanza, un gesto de cercanía y una mano tendida.

Nacionalcatolicismo
Nacionalcatolicismo
Una Iglesia verdaderamente evangélica no necesita imponer su presencia ni reclamar privilegios. Necesita recuperar su credibilidad mediante el testimonio, la cercanía y la capacidad de acoger.

No podemos lamentar que las personas se alejen y mantener puertas cerradas. No podemos hablar de misericordia y convertir las dificultades personales en obstáculos administrativos interminables. La pastoral no consiste en administrar personas, sino en acompañar vidas.

Quizá haya llegado el momento de preocuparnos menos por conservar estructuras y más por atender a las personas. Menos control y más confianza. Menos poder y más servicio. Menos formalismo y más participación.

Porque una Iglesia puede conservar intactos sus archivos, sus edificios y sus estadísticas y, sin embargo, estar cada vez más lejos de la gente. También puede tener menos sacerdotes, religiosos y celebraciones, pero conservar una comunidad viva, fraterna y comprometida con el Evangelio. La renovación no llegará simplemente recuperando cifras, sino recuperando el espíritu que esas cifras nunca podrán medir.

La cuestión no es cuántos somos, sino qué somos y cómo vivimos. El Evangelio no se mide con porcentajes, la fe no se acredita con certificados y la Iglesia no se justifica con estadísticas. Quizá no necesitemos una Iglesia con más números, sino una Iglesia con más Evangelio: menos institución preocupada por sobrevivir y más comunidad dispuesta a servir.

Diócesis de Mondoñedo Ferrol
Diócesis de Mondoñedo Ferrol

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