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¿Necesita Dios papeles para reconocer el amor? Una mirada cristiana al matrimonio más allá del formalismo

El matrimonio cristiano no nació entre expedientes ni formularios, sino en la entrega libre de dos personas. La historia y el Evangelio invitan a preguntarse si el amor necesita realmente papeles para ser verdadero.

Matrimonio

Hay preguntas que incomodan porque obligan a distinguir entre lo esencial y lo que hemos ido construyendo alrededor de lo esencial. Una de ellas podría formularse así: ¿necesita Dios papeles para reconocer el amor de dos personas? La pregunta no pretende negar el valor del matrimonio cristiano ni la importancia de su celebración ante la Iglesia. Pretende recordar algo más profundo: que el amor conyugal es una realidad humana anterior a cualquier documento, y que ninguna formalidad puede convertir en verdadero un amor.

El matrimonio no nació con la Iglesia. Existía mucho antes del cristianismo y adoptó formas diferentes según las culturas y las épocas. Las primeras comunidades cristianas tampoco conocieron desde el principio la boda religiosa tal como hoy la imaginamos: sacerdote, templo, expediente, testigos y registro. Los cristianos se casaban dentro de las costumbres sociales y jurídicas de su tiempo, mientras la Iglesia iba elaborando progresivamente una reflexión propia sobre el matrimonio. La forma sacramental y jurídica que hoy conocemos no apareció completa desde el comienzo: fue madurando a lo largo de los siglos.

Ritos de casamiento
El Concilio Vaticano II lo expresó con claridad en Gaudium et spes: la comunidad conyugal «se establece sobre la alianza de los cónyuges», sobre «su consentimiento personal e irrevocable». Y añade que del acto por el cual los esposos «se dan y se reciben mutuamente» nace la institución matrimonial. El Catecismo es todavía más explícito: «el consentimiento matrimonial» es el elemento indispensable que «hace el matrimonio». Sin ese consentimiento, no hay matrimonio.

El teólogo José María Castillo estudió precisamente esta evolución histórica y mostró cómo la comprensión teológica del matrimonio fue construyéndose progresivamente en la tradición cristiana. No se trata, por tanto, de negar la sacramentalidad del matrimonio, sino de reconocer que la manera de comprender y celebrar ese sacramento tiene una historia.

Con el paso del tiempo, la Iglesia fue interviniendo cada vez más en la regulación matrimonial. Había razones legítimas: evitar matrimonios clandestinos, proteger el consentimiento, defender los derechos de los cónyuges y garantizar la seguridad jurídica de los hijos. El Concilio de Trento, en el siglo XVI, supuso un momento decisivo al establecer una forma canónica determinada para la celebración católica. Pero precisamente esta evolución histórica demuestra que la forma jurídica del matrimonio no ha sido siempre la misma.

Lo que sí aparece como elemento fundamental a lo largo de la tradición es el consentimiento.

El Concilio Vaticano II lo expresó con claridad en Gaudium et spes: la comunidad conyugal «se establece sobre la alianza de los cónyuges», sobre «su consentimiento personal e irrevocable». Y añade que del acto por el cual los esposos «se dan y se reciben mutuamente» nace la institución matrimonial.

El Catecismo es todavía más explícito: «el consentimiento matrimonial» es el elemento indispensable que «hace el matrimonio». Sin ese consentimiento, no hay matrimonio.

Matrimonio.
Si los propios esposos son los ministros del sacramento, quizá hemos concedido a veces demasiada importancia al sacerdote y demasiado poca a los protagonistas reales del matrimonio.

Y aquí aparece una de las afirmaciones más interesantes de Amoris laetitia. En el número 75, Francisco recuerda que, según la tradición latina, «los ministros son el varón y la mujer que se casan». No es el sacerdote quien sustituye a los esposos en el acto esencial del sacramento: son ellos quienes, mediante su consentimiento, se entregan mutuamente y reciben el don de Dios.

Esta afirmación debería hacernos pensar. Si los propios esposos son los ministros del sacramento, quizá hemos concedido a veces demasiada importancia al sacerdote y demasiado poca a los protagonistas reales del matrimonio.

La Iglesia necesita una forma pública y jurídica para reconocer y proteger el vínculo. Eso es razonable. Los documentos tienen una función: proporcionan seguridad, dejan constancia del consentimiento y protegen derechos. Pero el documento no ama. No perdona. No acompaña al otro cuando llega la enfermedad. No permanece junto a una cama de hospital. No renuncia al propio egoísmo para cuidar a quien tenemos al lado.

El papel puede reconocer una alianza; no puede vivirla.

Y el Evangelio tampoco coloca el centro en el documento. Cuando Jesús habla del matrimonio, no comienza explicando un procedimiento administrativo. Dice: «Ya no son dos, sino una sola carne» (Mc 10,8), y añade: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mc 10,9). El lenguaje de Jesús es el de la alianza, la unidad y la fidelidad.

También es significativo que el primer signo de Jesús en el Evangelio de Juan tenga lugar precisamente en una boda. En Caná, cuando se acaba el vino, Jesús transforma el agua y devuelve la alegría a la celebración (Jn 2,1-11). El Evangelio no presenta a Dios preocupado por la burocracia de la boda, sino presente en la vida concreta de quienes celebran y necesitan que el amor no se quede sin vino.

matrimonio sacramento
También es significativo que el primer signo de Jesús en el Evangelio de Juan tenga lugar precisamente en una boda. En Caná, cuando se acaba el vino, Jesús transforma el agua y devuelve la alegría a la celebración (Jn 2,1-11). El Evangelio no presenta a Dios preocupado por la burocracia de la boda, sino presente en la vida concreta de quienes celebran y necesitan que el amor no se quede sin vino.

Esta perspectiva enlaza con la reflexión de teólogos como Xabier Pikaza, José María Castillo y José Ignacio González Faus, que, desde caminos diferentes, han insistido en recuperar el núcleo humano y evangélico de la fe frente a una religión reducida al cumplimiento externo. El cristianismo no puede olvidar que las instituciones tienen sentido cuando están al servicio de la persona y de la vida.

Y aquí está probablemente la cuestión decisiva: un matrimonio no se demuestra el día de la boda; se demuestra después. Se demuestra cuando llega la enfermedad, cuando aparecen los problemas económicos, cuando nacen los hijos, cuando surgen las diferencias, cuando desaparece el entusiasmo inicial y cuando dos personas tienen que decidir si siguen cuidándose, respetándose y perdonándose.

Por eso es necesario distinguir. Una cosa es la validez jurídica y sacramental que la Iglesia atribuye al matrimonio. Otra es la autenticidad humana de una relación. Tener papeles no garantiza un amor verdadero, del mismo modo que la ausencia de una determinada formalización no permite afirmar automáticamente que allí no exista amor, fidelidad, responsabilidad o entrega.

San Pablo ofrece un criterio mucho más exigente que cualquier documento: «El amor es paciente, es servicial; no es envidioso, no hace alarde, no se envanece» (1 Cor 13,4). Y Jesús lo resume con una frase que debería presidir cualquier reflexión cristiana sobre el amor: «Amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,34).

captura.
El sacramento comienza con un «sí». Pero ese «sí» no termina cuando acaba la ceremonia. Se pronuncia de nuevo cada mañana, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en el cansancio, en los días luminosos y en aquellos en los que parece que se acaba el vino. Porque un documento puede certificar una unión. Pero solamente el amor vivido puede convertir esa unión en una verdadera alianza.

Tal vez esa sea la pregunta que deberíamos hacer a una pareja antes de cualquier otra: ¿os cuidáis?, ¿os respetáis?, ¿sabéis perdonar?, ¿os acompañáis cuando sois vulnerables?, ¿hacéis crecer al otro?, ¿sois capaces de entregar vuestra vida por el bien de la persona que amáis?

La Iglesia puede celebrar un matrimonio, reconocerlo y acompañarlo. Puede ponerle un nombre jurídico y protegerlo. Pero no puede amar en lugar de los esposos.

El sacramento comienza con un «sí». Pero ese «sí» no termina cuando acaba la ceremonia. Se pronuncia de nuevo cada mañana, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en el cansancio, en los días luminosos y en aquellos en los que parece que se acaba el vino.

Porque un documento puede certificar una unión.

Pero solamente el amor vivido puede convertir esa unión en una verdadera alianza.

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