Fidelidad al Evangelio o miedo al cambio: una respuesta a Jorge González Guadalix
Reducir la crisis de vocaciones a una pendiente resbaladiza hacia los algoritmos esconde un miedo profundo al cambio; el verdadero problema no es quién preside el altar, sino si la Iglesia sigue encendiendo la fe.
El diagnóstico que plantea Jorge González Guadalix sobre la falta de sacerdotes parte de un hecho real: cada vez hay menos vocaciones en muchas diócesis. Eso es evidente y preocupa. Sin embargo, la forma en que interpreta las posibles soluciones simplifica demasiado un problema que es mucho más profundo. No se puede reducir todo a una cadena de consecuencias inevitables, como si cualquier cambio llevara automáticamente al desastre. Esa idea suena contundente, pero no ayuda a entender lo que realmente está pasando.
Porque la cuestión de fondo no es solo cuántos sacerdotes hay, sino por qué hoy hay menos personas que sienten esa llamada. Y ahí no basta con señalar la secularización o insinuar que todo se debe a una pérdida de exigencia. La realidad es más compleja. El mundo ha cambiado, sí, pero también la forma en que la Iglesia transmite el Evangelio y conecta con la vida concreta de las personas.
La fidelidad al Evangelio no consiste en repetir siempre lo mismo sin pensar, sino en discernir cómo vivirlo en cada tiempo. Y eso exige serenidad, no miedo.
Conviene recordar algo importante: no todo en la Iglesia ha sido siempre igual. A veces hablamos como si las normas actuales hubieran existido desde el principio, pero no es así. Por ejemplo, el celibato sacerdotal es valioso y tiene un gran sentido espiritual, pero no es un dogma de fe ni una verdad intocable desde los orígenes. El propio San Pedro estaba casado, y en la Primera Carta a Timoteo, San Pablo dice claramente: «Es necesario que el obispo sea irreprochable, casado una sola vez, sensato, hospitalario, apto para enseñar» (1 Tim 3,2). Esto no es rebajar el nivel, es simplemente recordar cómo vivía la Iglesia en sus comienzos.
Por eso, plantear cualquier posibilidad distinta como si fuera una traición o una caída inevitable no parece justo. La fidelidad al Evangelio no consiste en repetir siempre lo mismo sin pensar, sino en discernir cómo vivirlo en cada tiempo. Y eso exige serenidad, no miedo.
En el fondo, todo vuelve al centro de la fe. En el Evangelio de Juan, Jesús dice: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,34). La vocación nace de ese encuentro con el amor de Cristo, no de normas más duras o más blandas. Cuando ese encuentro pierde fuerza, cuando la fe deja de percibirse como algo vivo, es lógico que haya menos respuestas generosas.
En el fondo, el mayor riesgo no es cambiar algunas cosas. El mayor riesgo es quedarse inmóvil pensando que cualquier cambio es una amenaza.
También llama la atención cómo se plantea el tema de las mujeres. No se puede hablar de ellas como si fueran una opción de último recurso, porque su papel en el Evangelio es fundamental desde el principio. Jesús rompió muchos esquemas de su tiempo al tratarlas con una dignidad y una cercanía que no eran habituales. Y en el momento más importante, cuando todo parecía perdido, fueron ellas las que permanecieron fieles.
El Evangelio de Mateo recoge un detalle clave: después de la resurrección, Jesús se aparece primero a las mujeres y les dice: «No temáis; id, avisad a mis hermanos» (Mt 28,10). Son las primeras en anunciar la Resurrección, el corazón de la fe cristiana. Eso no es un detalle menor, es un signo muy claro de cómo actúa Dios, que no siempre sigue nuestras lógicas.
Por otra parte, la comparación con los algoritmos no ayuda demasiado. Es evidente que una máquina no puede sustituir a un sacerdote. Un sacerdote no es alguien que simplemente “hace cosas religiosas”, sino una persona que acompaña, escucha, consuela y celebra desde su propia vida. Hay una humanidad ahí que ninguna tecnología puede reemplazar.
Pero precisamente por eso, el problema no se resuelve cerrando puertas por miedo, sino preguntándose con honestidad qué está fallando. Porque la pregunta clave sigue en pie: ¿por qué antes había tantas vocaciones y ahora no? Y la respuesta no puede ser solo que el mundo está peor. Quizá también haya que preguntarse si la Iglesia está sabiendo mostrar hoy la belleza y la verdad del Evangelio.
También llama la atención cómo se plantea el tema de las mujeres. No se puede hablar de ellas como si fueran una opción de último recurso, porque su papel en el Evangelio es fundamental desde el principio. Jesús rompió muchos esquemas de su tiempo al tratarlas con una dignidad y una cercanía que no eran habituales. Y en el momento más importante, cuando todo parecía perdido, fueron ellas las que permanecieron fieles.
A veces se insiste en que todo se ha vuelto relativo, en que se ha perdido claridad. Puede haber algo de cierto en eso, pero no explica todo. Porque también es verdad que muchas personas buscan sentido, buscan a Dios, buscan algo que llene su vida. El problema es si encuentran en la Iglesia un testimonio creíble, cercano y comprensible.
En el fondo, el mayor riesgo no es cambiar algunas cosas. El mayor riesgo es quedarse inmóvil pensando que cualquier cambio es una amenaza. El Evangelio nunca ha sido algo estático. Es una palabra viva, que interpela a cada generación de forma nueva.
Por eso, más que entrar en debates planteados desde el miedo, quizá lo más urgente sea volver a lo esencial. Volver a Cristo, a su forma de amar, a su manera de mirar a las personas. Porque solo desde ahí pueden surgir vocaciones auténticas.
Porque la vocación no es una estrategia para cubrir huecos. Es una respuesta libre a una llamada de Dios. Y esa llamada sigue existiendo. La cuestión es si estamos creando un ambiente donde pueda ser escuchada o si, sin darnos cuenta, la estamos apagando.