Rafael Vez Palomino y la persistencia del dolor: cuando insistir es un deber evangélico
Ayer escribí. Y hoy vuelvo a escribir, como la viuda del Evangelio que no se cansaba de llamar a la puerta del juez injusto. No porque esperara justicia inmediata, sino porque sabía que callar era rendirse. Hoy, después de seis años de silencio ante el sufrimiento de Rafael Vez, y ante la cercanía de una visita papal que muchos temen estéril, insistir se ha convertido en una forma de fidelidad al propio Evangelio.
Ayer escribí sobre este asunto, y hoy vuelvo a hacerlo. No es una reiteración caprichosa ni una necesidad de insistir por insistir, sino la consecuencia inevitable de un dolor que no se apaga, de una herida que sigue abierta y que, lejos de cicatrizar, parece profundizarse con el paso del tiempo y con la cercanía de acontecimientos que deberían traer esperanza, pero que muchos tememos que vuelvan a pasar de largo. La inminente visita del Papa, que en otras circunstancias sería motivo de consuelo y renovación, se percibe en este contexto con una inquietud difícil de disimular: existe un temor real y fundado de que nada cambie, de que no se escuche a quienes llevan años clamando justicia, de que casos como el de Rafael Vez Palomino sigan condenados al silencio.
Y por eso es necesario volver a escribir, como aquella viuda del Evangelio de Lucas que acudía una y otra vez ante el juez injusto, no porque confiara en su justicia, sino porque sabía que la persistencia era su única arma. Aquella parábola, que tantas veces hemos leído como una invitación a la oración constante, hoy se presenta con una crudeza inesperada: nos vemos reflejados en esa viuda que insiste ante una estructura que parece no escuchar, que no responde, que no actúa, incluso después de seis largos años de cartas, denuncias, recursos y esfuerzos que, en demasiadas ocasiones, ni siquiera han llegado a su destino o han sido cuidadosamente ignorados.
Y por eso es necesario volver a escribir, como aquella viuda del Evangelio de Lucas que acudía una y otra vez ante el juez injusto, no porque confiara en su justicia, sino porque sabía que la persistencia era su única arma. Aquella parábola, que tantas veces hemos leído como una invitación a la oración constante, hoy se presenta con una crudeza inesperada: nos vemos reflejados en esa viuda que insiste ante una estructura que parece no escuchar, que no responde, que no actúa, incluso después de seis largos años de cartas, denuncias, recursos y esfuerzos que, en demasiadas ocasiones, ni siquiera han llegado a su destino o han sido cuidadosamente ignorados.
El caso de Rafael Vez Palomino no es un episodio aislado ni una anécdota incómoda que pueda archivarse con el paso del tiempo; es, más bien, un espejo doloroso en el que se refleja una forma de proceder que hace un daño profundo a la credibilidad de la Iglesia. Un sacerdote que denuncia lo que considera abusos de poder, que levanta la voz en conciencia para defender a otros y para exigir coherencia evangélica, y que como respuesta recibe años de suspensión, aislamiento, desgaste económico y abandono institucional, no puede ser interpretado simplemente como un conflicto interno más. Es algo mucho más grave: es un signo de que algo no funciona en lo esencial.
Porque aquí no estamos ante un simple problema administrativo o disciplinar, sino ante una cuestión que toca el corazón mismo del Evangelio. Cuando uno contempla el sufrimiento prolongado de una persona que ha sido, según su propio testimonio, insultada, amenazada, humillada y privada incluso de los medios básicos para defenderse, resulta inevitable que resuenen con fuerza las palabras de Jesús: «Tuve hambre y no me disteis de comer, estuve enfermo y no me visitasteis». La pregunta que surge entonces no es retórica, sino profundamente incómoda: ¿cómo es posible que dentro de la propia Iglesia se produzcan estas situaciones sin que se actúe con claridad, con justicia y con misericordia?
Más aún, lo que desconcierta no es solo la existencia de la injusticia, sino la persistencia del silencio. Durante seis años se han enviado comunicaciones a distintas instancias, se ha intentado acceder a quienes tienen la responsabilidad de escuchar y discernir, se ha buscado una respuesta que nunca llega. Ese silencio prolongado no es neutral: termina convirtiéndose en una forma de complicidad, en una manera de permitir que el sufrimiento continúe sin asumir la responsabilidad de afrontarlo.
Resulta especialmente doloroso comprobar cómo estas situaciones no solo afectan a las personas directamente implicadas, sino que tienen un impacto silencioso pero devastador en los fieles. La gente observa, escucha, comprende y, poco a poco, se va alejando. No necesariamente porque pierda la fe, sino porque no logra reconocer en determinadas actitudes institucionales el rostro del Dios en el que cree. Y esa es, probablemente, una de las heridas más profundas: la desconexión entre el mensaje del Evangelio y la práctica real de quienes deberían encarnarlo.
Y aquí es donde la reflexión adquiere un tono más duro, porque no basta con señalar errores puntuales o decisiones discutibles. Lo que está en juego es algo más profundo: la coherencia entre lo que se predica y lo que se vive. Una Iglesia que habla de justicia, de dignidad humana, de defensa de los débiles, no puede permitirse el lujo de ignorar a quienes, dentro de ella, se sienten precisamente débiles, indefensos y abandonados. No puede exigir credibilidad hacia fuera cuando hacia dentro se perciben dinámicas que recuerdan más a estructuras de autoprotección que a comunidades evangélicas.
Resulta especialmente doloroso comprobar cómo estas situaciones no solo afectan a las personas directamente implicadas, sino que tienen un impacto silencioso pero devastador en los fieles. La gente observa, escucha, comprende y, poco a poco, se va alejando. No necesariamente porque pierda la fe, sino porque no logra reconocer en determinadas actitudes institucionales el rostro del Dios en el que cree. Y esa es, probablemente, una de las heridas más profundas: la desconexión entre el mensaje del Evangelio y la práctica real de quienes deberían encarnarlo.
En este contexto, la pregunta sobre la fe deja de ser abstracta y se vuelve concreta. Porque creer no es solo recitar fórmulas o participar en celebraciones, sino actuar conforme a lo que se cree. Y cuesta aceptar que quienes permiten que un hombre como Rafael siga sufriendo durante años sin una respuesta clara estén actuando desde esa fe viva y comprometida que el Evangelio exige. Más bien da la impresión de que se ha instalado una lógica distinta, más cercana a la defensa de la institución que a la búsqueda sincera de la verdad y la justicia.
La visita del Papa, en este sentido, representa una oportunidad que no debería desaprovecharse. No para gestos superficiales ni para discursos bien elaborados, sino para escuchar de verdad, para acercarse a quienes han sido silenciados, para tocar esas heridas que llevan demasiado tiempo abiertas. Sin embargo, muchos tememos que esto no ocurra, que todo quede en una sucesión de actos públicos que, aunque significativos en apariencia, no entren en el fondo de los problemas.
La visita del Papa, en este sentido, representa una oportunidad que no debería desaprovecharse. No para gestos superficiales ni para discursos bien elaborados, sino para escuchar de verdad, para acercarse a quienes han sido silenciados, para tocar esas heridas que llevan demasiado tiempo abiertas. Sin embargo, muchos tememos que esto no ocurra, que todo quede en una sucesión de actos públicos que, aunque significativos en apariencia, no entren en el fondo de los problemas.
Por eso vuelvo a insistir. No por obstinación, sino por responsabilidad. No por ánimo de confrontación, sino por fidelidad a una verdad que no puede seguir siendo ignorada. Porque callar ante una injusticia prolongada no es prudencia: es una forma de renuncia. Y porque, como recuerda el propio Evangelio, la insistencia de la viuda no era un capricho, sino una necesidad nacida de la ausencia de justicia.
Quizá la gran cuestión que queda en el aire es si estamos dispuestos a escuchar de verdad ese clamor, o si seguiremos dejando que se pierda entre despachos, protocolos y silencios. Mientras tanto, Rafael sigue esperando. Y con él, muchos otros que, aunque no tengan nombre público, comparten la misma sensación de abandono.
Y es precisamente aquí donde conviene recordar, como una luz incómoda pero necesaria, aquellas palabras de Pedro Casaldáliga que desmontan cualquier intento de refugiarse en un lenguaje vacío: donde tú dices ley, yo digo Dios; donde tú dices paz, justicia y amor, yo digo Dios; donde tú dices Dios, yo digo libertad, justicia y amor. En ese cruce de palabras se revela una verdad que no admite escapatorias: Dios no habita en las fórmulas ni en las declaraciones piadosas, sino allí donde la justicia, el amor y la libertad son reales y efectivos. Todo lo demás puede ser discurso, apariencia o incluso autoengaño.
Y es precisamente aquí donde conviene recordar, como una luz incómoda pero necesaria, aquellas palabras de Pedro Casaldáliga que desmontan cualquier intento de refugiarse en un lenguaje vacío: donde tú dices ley, yo digo Dios; donde tú dices paz, justicia y amor, yo digo Dios; donde tú dices Dios, yo digo libertad, justicia y amor. En ese cruce de palabras se revela una verdad que no admite escapatorias: Dios no habita en las fórmulas ni en las declaraciones piadosas, sino allí donde la justicia, el amor y la libertad son reales y efectivos. Todo lo demás puede ser discurso, apariencia o incluso autoengaño.
Porque no siempre que decimos “Dios” estamos hablando del Dios vivo.Si en ese nombre no caben la justicia para el que sufre, la libertad para el oprimido y el amor para el abandonado, entonces no estamos nombrando a Dios, sino construyendo un ídolo. Y esa es, quizá, la advertencia más seria de todas: que una Iglesia puede llenarse de palabras sagradas y, sin embargo, vaciarse del Dios al que pretende servir.
A la luz de esto, la situación de Rafael Vez Palomino deja de ser solo un caso concreto para convertirse en un criterio de verdad. Porque allí donde no hay justicia, donde el sufrimiento se prolonga sin respuesta y donde el silencio sustituye a la compasión, no basta con invocar a Dios: es necesario preguntarse seriamente si no hemos dejado de escucharle.