Rafael Zornoza y el espejo incómodo de la Iglesia: entre el poder y el Evangelio
El archivo del caso Zornoza vuelve a situar a la Iglesia ante una cuestión de fondo: cómo conjugar justicia, verdad y cercanía a quienes sufren. Más allá de los procedimientos, está en juego algo esencial: la coherencia entre lo que se cree y lo que se hace.
La reciente decisión de archivar el caso del obispo emérito de Cádiz, Rafael Zornoza, ha vuelto a colocar a la Iglesia ante un espejo incómodo. No es la primera vez que ocurre, ni probablemente será la última. Pero cada episodio de este tipo deja una sensación persistente: la distancia entre lo que la Iglesia predica y lo que con cierta frecuencia parece practicar.
Conviene ser prudentes. Los procesos internos tienen sus normas, sus tiempos y sus exigencias. Y es razonable que cualquier institución —también la Iglesia— se rija por criterios de justicia y garantías. Nadie debería ser condenado sin pruebas suficientes. Eso es indiscutible. Sin embargo, la cuestión no es solo jurídica; es también moral, pastoral, profundamente humana Y también evangélica.
Cuando una decisión se percibe como excesivamente apoyada en aspectos técnicos, el riesgo es evidente: que el fondo del asunto quede en segundo plano. Y en temas tan delicados como los abusos, esto resulta especialmente problemático. Porque aquí no estamos hablando solo de normas, sino de personas, de historias y de heridas que, en la mayor parte de los casos, dejan una huella de por vida en aquellas personas que los han padecido. No es extraño que, ante situaciones así, resurja ese viejo refrán popular —"quien hace la ley, hace la trampa"—, no como acusación concreta, sino como expresión de una desconfianza social que la propia Iglesia debería esforzarse en disipar.
El problema de fondo no es una resolución concreta, sino la imagen que se proyecta hacia dentro y hacia fuera. Muchos fieles, sin necesidad de conocer los detalles legales, pueden percibir una Iglesia que parece moverse con más seguridad en el terreno de la autodefensa que en el de la cercanía a quienes sufren. Y esa percepción, acertada o no, tiene consecuencias.
Jesús advierte con palabras durísimas sobre quienes hacen daño a los pequeños: “al que escandalice a uno de estos pequeños… más le valdría que le colgaran una piedra de molino al cuello”
Aquí aparece una cuestión clave: el peso del poder en la estructura eclesial. La Iglesia es, al mismo tiempo, comunidad de fe e institución organizada. Esa doble dimensión no es fácil de equilibrar. Pero cuando la lógica institucional —con su jerarquía, sus procedimientos y sus equilibrios internos— gana demasiado terreno, existe el riesgo de que el mensaje evangélico quede diluido.
No se trata de negar la necesidad de organización, legislación o de autoridad. Toda comunidad las necesita. El problema surge cuando el poder puede percibirse como un fin en sí mismo y no como un servicio. Entonces, lo que debería estar al servicio de la misión termina condicionándola.
El Papa Francisco insistió en numerosas ocasiones en el peligro del clericalismo. No como una etiqueta ideológica, sino como una deformación concreta: una forma de entender el poder que genera distancia, protege privilegios y dificulta la autocrítica. Cuando este modo de funcionar se instala, incluso de manera inconsciente, la institución puede volverse menos transparente y menos permeable al sufrimiento real de las personas.
Y es precisamente ahí donde el contraste con el Evangelio se vuelve más evidente.
Jesús fue extraordinariamente claro al respecto. Frente a los modelos de poder de su tiempo, afirmó: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones las dominan… pero no ha de ser así entre vosotros” (Mc 10,42-43). Y añade una clave decisiva: “el que quiera ser grande entre vosotros será vuestro servidor”. No es una frase retórica; es una enmienda a la totalidad de cualquier forma de poder entendido como dominio.
En los textos evangélicos, el poder nunca aparece como privilegio, sino como entrega. Jesús no organiza una estructura para protegerse, sino una comunidad para acoger, sanar y acompañar. Lava los pies a sus discípulos, se acerca a los marginados y pone en el centro a los pequeños. Ese es el criterio: el poder solo tiene sentido si se traduce en servicio concreto.
Cada vez que la Iglesia parece actuar más como una institución que se defiende que como una comunidad que sirve, surge inevitablemente la pregunta: ¿hasta qué punto se está siendo fiel al Evangelio que proclama?
Por eso, cada vez que la Iglesia parece actuar más como una institución que se defiende que como una comunidad que sirve, surge inevitablemente la pregunta: ¿hasta qué punto se está siendo fiel al Evangelio que proclama?
El daño más profundo de estas situaciones no siempre está en la resolución concreta, sino en la erosión de la confianza. La credibilidad no se pierde de golpe, sino poco a poco, a través de decisiones que generan dudas, silencios que no se explican y percepciones que no se corrigen. Y una vez que esa confianza se debilita, recuperarla es un proceso largo y exigente.
Además, hay otro aspecto que no se puede ignorar: el impacto en quienes han sufrido. Más allá de los procedimientos, las personas necesitan sentirse escuchadas, reconocidas y tomadas en serio. Cuando la respuesta institucional puede percibirse como distante o excesivamente técnica, el riesgo es que el dolor quede, una vez más, en segundo plano.
Aquí el Evangelio vuelve a interpelar con fuerza. Jesús advierte con palabras durísimas sobre quienes hacen daño a los pequeños: “al que escandalice a uno de estos pequeños… más le valdría que le colgaran una piedra de molino al cuello” (cf. Mc 9,42). Esa exigencia evangélica resulta difícil de conciliar con enfoques exclusivamente técnicos. La protección del vulnerable no es opcional, es central.
El Papa Francisco insistió en numerosas ocasiones en el peligro del clericalismo. No como una etiqueta ideológica, sino como una deformación concreta: una forma de entender el poder que genera distancia, protege privilegios y dificulta la autocrítica
No se trata de sustituir la justicia por la emoción, ni de prescindir de las garantías. Se trata de algo más básico: de no perder de vista que, en el centro de todo, hay personas concretas. Y que la misión de la Iglesia, antes que cualquier otra cosa, es estar del lado de quienes más lo necesitan.
Este tipo de situaciones deberían ser una oportunidad para la reflexión. No desde la confrontación, sino desde la honestidad. Porque la Iglesia no se juega solo su imagen pública, sino algo más profundo: su coherencia interna y su capacidad de ser signo creíble de lo que anuncia.
La historia demuestra que las instituciones que no revisan sus dinámicas acaban alejándose de su propósito original. Y la Iglesia, precisamente por lo que representa, no puede permitirse ese lujo. Necesita preguntarse constantemente si sus estructuras, sus decisiones y sus prioridades están realmente alineadas con el Evangelio.
¿Qué pesa más, la lógica del poder o la lógica del servicio?
En el fondo, la cuestión es sencilla, aunque no fácil de responder: ¿qué pesa más, la lógica del poder o la lógica del servicio? Si la balanza se inclina hacia lo primero, la Iglesia corre el riesgo de parecerse demasiado a cualquier otra organización humana. Si, en cambio, apuesta de verdad por lo segundo, incluso con sus límites y errores, puede seguir siendo un referente para muchos.
No se trata de exigir perfección, sino coherencia. No se trata de negar la complejidad, sino de afrontarla sin perder el rumbo. Porque, al final, lo que está en juego no es solo la resolución de un caso, sino la credibilidad de un mensaje.
Y ese mensaje, el del Evangelio, es demasiado valioso como para quedar atrapado en dinámicas de poder que lo contradigan. Porque si algo dejó claro Jesús es esto: la autoridad auténtica no se impone, se entrega; no se protege, se da; no se encierra en sí misma, se pone al servicio de los demás.
