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Feliz Pascua. ¡Cristo ha resucitado!

Resucitar: una vida que se entrega y permanece

La resurrección no es solo una promesa futura, sino una forma nueva de entender y vivir la existencia humana desde el amor y la entrega.

En Jesús se revela que solo quien se da plenamente a los demás vence la muerte y permanece en la vida.

La Resurrección de Jesús

La resurrección de Jesús no es un episodio aislado ni un simple retorno a la vida anterior, sino la revelación de un modo nuevo de existir. En ella se manifiesta que la vida humana no está destinada a cerrarse en sí misma ni a consumirse en el tiempo, sino a abrirse, darse y permanecer en los otros. Por eso, la muerte de Jesús no puede entenderse como un fracaso, sino como la culminación de una vida entregada que, precisamente al darse, se desborda más allá de sus propios límites. Como él mismo había anunciado: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).

En esta clave, la resurrección no niega la muerte ni la suaviza. La muerte sigue siendo real, dura, desconcertante. Jesús mismo la experimenta en toda su profundidad cuando clama: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). Sin embargo, ese grito no es la última palabra. La última palabra es que esa vida entregada no se pierde, sino que permanece y se transforma en vida para los demás. Así, la resurrección no consiste en volver atrás, sino en entrar en una plenitud que antes no era posible.

Desde los primeros tiempos, surgió una pregunta inevitable: ¿cómo resucitan los muertos?, ¿con qué cuerpo? Esta cuestión refleja una manera de pensar que separa el alma del cuerpo, como si lo verdaderamente importante del ser humano pudiera sobrevivir sin lo corporal. Pero la tradición cristiana, especialmente en Pablo, responde con una imagen sencilla y profunda: la semilla. Lo que ahora somos es como un grano sembrado, todavía incompleto. “Se siembra en corrupción, resucita en incorruptibilidad; se siembra en debilidad, resucita en fortaleza” (1 Cor 15,42-43). No se trata de abandonar el cuerpo, sino de que el cuerpo mismo sea transformado.

Sembrar | Alexander Raths
Lo que ahora somos es como un grano sembrado, todavía incompleto. “Se siembra en corrupción, resucita en incorruptibilidad; se siembra en debilidad, resucita en fortaleza” (1 Cor 15,42-43). No se trata de abandonar el cuerpo, sino de que el cuerpo mismo sea transformado.

Por eso, cuando Pablo habla de un “cuerpo espiritual”, no está pensando en algo inmaterial o etéreo. Está afirmando que la persona entera, también en su dimensión corporal, será plenamente vivificada por el Espíritu. No es la negación de lo humano, sino su plenitud. La vida actual, marcada por la fragilidad y el desgaste, está llamada a una forma de existencia en la que ya no domine la corrupción ni el límite. En este sentido, la resurrección no puede ser juzgada desde nuestra experiencia actual, porque lo que ahora vemos es solo el comienzo, no la forma definitiva.

Jesús mismo había anticipado esta lógica en su enseñanza. Frente al miedo a perder la vida, propone un camino desconcertante: “El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí la encontrará” (Mt 16,25). Esta afirmación, lejos de ser una invitación al sufrimiento, es una revelación del modo en que la vida alcanza su verdad. Quien se encierra en sí mismo termina perdiéndose; quien se abre y se da, permanece en los otros.

Si Dios lo es todo en todas las cosas, entonces cada ser posee su sentido en cuanto que revela a Dios y apunta hacia él. Todo es puente hacia Él, y la grandeza de lo creado consiste precisamente en ser mediación, en abrir camino hacia el misterio último. Cuando amamos a una persona, en realidad amamos algo más que esa persona concreta: amamos el secreto que en ella se oculta y, al mismo tiempo, se revela. Por eso, todo amor verdadero trasciende, va más allá de sí mismo y nos introduce en una profundidad mayor. En la plenitud de Dios podremos contemplar cómo todos los seres son creados y sostenidos en la existencia, y se nos concederá participar, de algún modo, en ese misterio radical que ninguna ciencia puede abarcar: la irrupción de todas las cosas desde la nada por el acto creador de Dios. No solo conoceremos lo que existe, sino también lo posible, lo que pudo haber sido y lo que quizá será en otros ámbitos del designio divino. Ya una antigua formulación teológica afirmaba que a los bienaventurados se les manifiesta el “espejo divino” en el que resplandece todo aquello que desean conocer. Esta visión no es acumulación de datos, sino participación en la mirada misma de Dios, donde todo encuentra su sentido.

La resurrección, por tanto, no es solo un acontecimiento que afecta a Jesús, sino el comienzo de una nueva forma de humanidad. En él se inaugura una existencia en la que vivir significa estar en relación, en comunión, en don. Por eso, incluso en el momento de su muerte, no todo es abandono. Los evangelios recuerdan que algunas mujeres permanecen allí, mirando desde lejos, acompañando, sin huir. En ese gesto silencioso se manifiesta algo esencial: la vida que no se rompe del todo cuando hay amor, la presencia que resiste incluso en la muerte.

No hubo honores, ni grandeza, ni reconocimiento público. Jesús muere como un condenado, rápidamente, casi a escondidas, para no interferir en la celebración de la Pascua. Sin embargo, en esa aparente insignificancia se revela una verdad más profunda: la vida verdadera no depende del poder ni del reconocimiento, sino de la capacidad de darse hasta el final. Y esa vida, precisamente por ser don, no puede quedar encerrada en la muerte.

Creer en la resurrección no significa negar la realidad de la muerte ni refugiarse en una ilusión consoladora. Significa reconocer que la existencia humana está llamada a algo más grande que la mera supervivencia. Significa afirmar que el amor tiene una consistencia más fuerte que la muerte. Como dice el evangelio de Juan: “El que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11,25).

Pero esta esperanza no pertenece solo al futuro. No es únicamente una promesa para después de la muerte. La resurrección comienza ya en la vida presente, en la medida en que vivimos según esa lógica del don. Se hace visible cada vez que alguien sale de sí mismo para cuidar, acompañar, sostener. Cada gesto de compasión, cada acto de ayuda desinteresada, cada presencia fiel junto al que sufre, es ya una forma de vida que vence a la muerte.

Darse a los demás
La resurrección, por tanto, no es solo un acontecimiento que afecta a Jesús, sino el comienzo de una nueva forma de humanidad. En él se inaugura una existencia en la que vivir significa estar en relación, en comunión, en don.

Vivir la resurrección es, en definitiva, vivir de tal manera que nuestra vida no se cierre, que no se quede en nosotros mismos. Es aprender a mirar al otro, a detenerse, a compartir, a estar disponibles. Es hacer realidad en lo cotidiano aquello que Jesús propone: “Todo lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). Vivimos la resurrección cuando somos compasivos, cuando ayudamos sin esperar nada a cambio, cuando permanecemos al lado del que sufre, cuando estamos siempre dispuestos para quien nos necesita. Porque en ese darse, en esa entrega silenciosa, la vida deja de ser algo que se posee y se convierte en algo que circula, se comunica y permanece.

Así, la resurrección no es solo un misterio que se cree, sino una realidad que se vive. Empieza aquí, en lo cotidiano, cuando elegimos amar, cuando sostenemos al débil, cuando no pasamos de largo. Allí donde la vida se da, allí donde alguien vive para los demás, la resurrección ya está comenzando.

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