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Rouco Varela o el miedo al Evangelio: cuando la autoridad se aferra al poder

Cuando Antonio María Rouco Varela habla de “defender la Iglesia”, en realidad está defendiendo quién manda en ella.

El problema es que el Evangelio no respalda ese poder: lo pone en cuestión.

Rouco Varela

Las recientes declaraciones de Antonio María Rouco Varela contra el Camino Sinodal alemán no son una defensa de la fe, como pretende hacer ver. Son algo mucho más revelador: el reflejo de una jerarquía que teme perder el control y que confunde autoridad espiritual con poder estructural. Cuando afirma que permitir votar a los laicos “va contra la constitución divina de la Iglesia”, lo que realmente está diciendo es que la Iglesia debe seguir siendo gobernada por unos pocos, sin interferencias del pueblo creyente.

Pero el problema es que ese modelo no se sostiene en el Evangelio.

Porque si algo deja claro el mensaje de Jesús es precisamente lo contrario. “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones las dominan… No ha de ser así entre vosotros” (Mc 10,42-43). No ha de ser así. Más claro, imposible. El Evangelio no legitima estructuras de dominio, las desmonta. Y, sin embargo, Rouco insiste en blindarlas como si fueran intocables.

Aquí está el núcleo del conflicto: no es Alemania, no es el sínodo, no es la legislación canónica. Es el miedo a que la Iglesia deje de funcionar como una pirámide cerrada. Porque en cuanto los laicos no solo hablan, sino que deciden, el modelo cambia. Y eso es lo que inquieta.

Anatomía del Clericalismo
Aquí está el núcleo del conflicto: no es Alemania, no es el sínodo, no es la legislación canónica. Es el miedo a que la Iglesia deje de funcionar como una pirámide cerrada. Porque en cuanto los laicos no solo hablan, sino que deciden, el modelo cambia. Y eso es lo que inquieta.

Rouco admite que los laicos pueden participar, pero no votar. Es decir, pueden estar, pero no contar. Voz sin voto: la definición perfecta de una participación controlada. Una forma elegante de mantener las apariencias sin ceder poder real. En cualquier otro ámbito, lo llamaríamos exclusión. En la Iglesia, se presenta como tradición.

Pero hay algo aún más grave que esta incoherencia estructural: la falta de autoridad moral desde la que se pronuncian estas advertencias.

Porque mientras se alerta de desviaciones en Alemania, la historia reciente de la Iglesia está marcada por hechos mucho más devastadores: abusos sexuales encubiertos durante décadas, víctimas ignoradas, agresores protegidos, escándalos financieros que han erosionado la credibilidad institucional, diócesis enteras sostenidas entre indemnizaciones y silencio. Y ante ese panorama, la gran preocupación es que “se ha saltado un poco la legislación canónica”.

Eso no es celo doctrinal. Es ceguera moral.

El Evangelio vuelve a irrumpir aquí con una claridad incómoda. “Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas” (Mt 23,13). No es una crítica menor. Es una acusación directa contra quienes utilizan la religión para sostener una posición mientras descuidan lo esencial: la justicia, la misericordia y la verdad. Exactamente la herida que muchos fieles perciben hoy.

Clericalismo
Rouco admite que los laicos pueden participar, pero no votar. Es decir, pueden estar, pero no contar. Voz sin voto: la definición perfecta de una participación controlada. Una forma elegante de mantener las apariencias sin ceder poder real. En cualquier otro ámbito, lo llamaríamos exclusión. En la Iglesia, se presenta como tradición.

Porque el descrédito de la Iglesia no viene de fuera. No lo han provocado los ateos, ni los sínodos, ni la modernidad. Lo ha provocado una dinámica interna: proteger la institución antes que, a las personas, exigir obediencia mientras se evita la rendición de cuentas, predicar humildad desde posiciones de privilegio.

En este contexto, las palabras de Rouco no suenan a defensa de la fe, sino a defensa de un sistema.

Y, sin embargo, la tradición que él invoca ofrece una lectura muy distinta. John Henry Newman, una de las grandes figuras del pensamiento católico, defendió con claridad que la fe vive en todo el pueblo de Dios. Que su desarrollo no es monopolio del clero, sino fruto de la experiencia compartida, de la reflexión, del sensus fidelium. Excluir a los laicos de la decisión no es proteger la Iglesia: es empobrecerla.

Aquí es donde el contraste se vuelve insostenible. Por un lado, una jerarquía que insiste en mantener fronteras rígidas: clero frente a laicos, autoridad frente a obediencia. Por otro, el Evangelio, que rompe esas barreras constantemente: Jesús hablando con quienes no cuentan, escuchando a los márgenes, poniendo en el centro a quienes estaban fuera.

El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35). Esa frase no es decorativa. Es una enmienda a la totalidad de cualquier estructura que se justifique desde el poder.

Y, sin embargo, ahí sigue el problema: una Iglesia que en demasiadas ocasiones parece más preocupada por conservar su forma que por encarnar su mensaje.

Se habla de liturgia, de ritos, de normas, de tradición. Pero el Evangelio insiste en otra dirección: coherencia, verdad, servicio, comunidad. No hay rito que compense la falta de justicia. No hay norma que sustituya la credibilidad. No hay autoridad que se sostenga sin ejemplo.

Misa Tridentina
Se habla de liturgia, de ritos, de normas, de tradición. Pero el Evangelio insiste en otra dirección: coherencia, verdad, servicio, comunidad. No hay rito que compense la falta de justicia. No hay norma que sustituya la credibilidad. No hay autoridad que se sostenga sin ejemplo.

El resultado es visible: desafección, pérdida de confianza, alejamiento de los fieles. No porque la gente haya dejado de buscar sentido, sino porque ya no lo encuentra en una institución que percibe como cerrada y autorreferencial.

El Camino Sinodal alemán, con todos sus límites, plantea al menos una pregunta legítima: ¿puede la Iglesia escuchar de verdad a su propio pueblo? La respuesta de Rouco es un no rotundo. Pero el Evangelio sugiere justo lo contrario.

Porque si algo define la comunidad cristiana en su origen es precisamente eso: una experiencia compartida, no una estructura impuesta.

El problema de fondo no es doctrinal. Es evangélico. Y la pregunta es inevitable: ¿qué da más miedo hoy a cierta jerarquía: el error o la participación?

Si la Iglesia quiere recuperar su credibilidad, no lo hará blindándose. Lo hará mirándose de frente, reconociendo sus contradicciones y abriéndose a una verdadera corresponsabilidad. Lo hará dejando de hablar desde arriba y empezando a escuchar desde dentro.

Porque al final, la medida no será la fidelidad a una estructura, sino la fidelidad al Evangelio.

Y en ese juicio, no bastarán las normas. Hará falta verdad.

El clericalismo y sus sectas eclesiásticas

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