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Santidad León XIV: que el báculo sea consuelo y no castigo

La fe no se pierde por falta de doctrina, sino por exceso de silencio ante la injusticia que la contradice.

papa León XIV

Estimado hermano León:

Me dirijo a usted con el respeto filial de quien reconoce en su persona al sucesor de Pedro, pero también con la urgencia de quien contempla cómo, en no pocos rincones de nuestra Iglesia en España, el dolor se ha hecho costumbre y el silencio, norma.

Su próxima visita despierta esperanza, pero también una legítima inquietud: que sus ojos solo alcancen aquello que ha sido cuidadosamente preparado para ser visto, mientras permanece oculto el sufrimiento de tantos sacerdotes y fieles, entre ellos las mujeres que no tienen voz en los escenarios oficiales.

Existe hoy una herida abierta en el cuerpo de la Iglesia. No hablamos solo de los abusos escondidos que han escandalizado al mundo, sino también de otros menos visibles, pero profundamente destructivos: abusos de poder, represalias internas, marginación de quienes disienten, y el uso de estructuras jurídicas como instrumentos de control más que como caminos de justicia.

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Existe hoy una herida abierta en el cuerpo de la Iglesia. No hablamos solo de los abusos escondidos que han escandalizado al mundo, sino también de otros menos visibles, pero profundamente destructivos: abusos de poder, represalias internas, marginación de quienes disienten, y el uso de estructuras jurídicas como instrumentos de control más que como caminos de justicia.

En algunas diócesis, el ejercicio de la autoridad ha derivado en dinámicas donde la obediencia deja de ser un acto de amor para convertirse en una imposición sostenida por el miedo. Sacerdotes fieles han sido apartados, señalados o asfixiados económica y pastoralmente por alzar la voz o, simplemente, por no someterse a determinadas prácticas. Esto no edifica la comunión: la hiere.

En este contexto, casos como el de Rafael Palomino, conocido por muchos fieles, generan desconcierto y dolor, al percibirse medidas severas, largos procesos y consecuencias personales y económicas muy gravosas, que dejan en quienes observan una sensación de desamparo y falta de claridad. Más allá de los detalles concretos, estas situaciones alimentan la percepción de que no siempre se actúa con la transparencia, la proporcionalidad y la caridad que el Evangelio exige.

El Evangelio nos recuerda que “la verdad nos hará libres” y que el buen pastor no huye ni utiliza a las ovejas, sino que da la vida por ellas. Sin embargo, hoy muchos sienten que no siempre encuentran pastores que huelan a oveja, sino estructuras que generan distancia, temor y desconfianza.

Rafael Vez Palomino
Su próxima visita despierta esperanza, pero también una legítima inquietud: que sus ojos solo alcancen aquello que ha sido cuidadosamente preparado para ser visto, mientras permanece oculto el sufrimiento de tantos sacerdotes y fieles, entre ellos las mujeres que no tienen voz en los escenarios oficiales.

Al mismo tiempo, se percibe una preocupante desconexión entre el discurso y la realidad. Mientras se predica la misericordia, en ámbitos internos se consolidan estrategias de aislamiento, descrédito y silencio. Mientras se habla de renovación, muchos sienten que se blindan estructuras que perpetúan la impunidad.

Santidad, su llegada se producirá en medio de gestos solemnes, templos preparados y discursos medidos. Pero todos sabemos que la Iglesia real no se encuentra sólo en esos espacios. Está en quienes han sido heridos, en quienes callan por temor, en quienes ven cómo su fe se tambalea no por falta de doctrina, sino por el escándalo de la incoherencia.

Jesús no dudó en denunciar a quienes cargaban fardos pesados sobre los demás sin mover un dedo para aliviarlos, ni en llamar “sepulcros blanqueados” a quienes cuidaban la apariencia mientras descuidaban la justicia. Ese mismo clamor por la autenticidad sigue vivo hoy entre los fieles.

Le pedimos, humildemente, que no se deje llevar únicamente por los signos externos de éxito pastoral. Detrás de las cifras y de las apariencias, hay vidas concretas marcadas por el sufrimiento y la desilusión de unos pastores que no suelen estar a la altura de las circunstancias. La Iglesia no se vacía solo por cuestiones ideológicas o litúrgicas: se vacía también cuando pierde credibilidad moral.

Miembros de la infancia robada
Santidad, su llegada se producirá en medio de gestos solemnes, templos preparados y discursos medidos. Pero todos sabemos que la Iglesia real no se encuentra sólo en esos espacios. Está en quienes han sido heridos, en quienes callan por temor, en quienes ven cómo su fe se tambalea no por falta de doctrina, sino por el escándalo de la incoherencia. Jesús no dudó en denunciar a quienes cargaban fardos pesados sobre los demás sin mover un dedo para aliviarlos, ni en llamar “sepulcros blanqueados” a quienes cuidaban la apariencia mientras descuidaban la justicia. Ese mismo clamor por la autenticidad sigue vivo hoy entre los fieles.

Es necesario, Santo Padre, que su autoridad ilumine estas zonas de sombra, que se escuche a quienes no tienen acceso a los canales oficiales, y que se promueva una verdadera rendición de cuentas allá en donde se hayan producido abusos, sean del tipo que sean.

El báculo no puede convertirse en instrumento de castigo, sobre todo cuando el castigo recae generalmente sobre los más indefensos, sino que debe ser signo de cuidado, guía y misericordia. Cuando se utiliza para herir o para omitir, deja de ser signo de Cristo para convertirse en expresión de poder humano.

Rafael Vez Palomino
El báculo no puede convertirse en instrumento de castigo, sobre todo cuando el castigo recae generalmente sobre los más indefensos, sino que debe ser signo de cuidado, guía y misericordia. Cuando se utiliza para herir o para omitir, deja de ser signo de Cristo para convertirse en expresión de poder humano.

Le pedimos que mire más allá de las primeras filas, que busque a quienes no aplauden porque están heridos, que escuche incluso lo que no se dice en voz alta. La verdad, aunque incómoda, es el único camino hacia la verdadera renovación.

Que su visita no sea solo un acontecimiento protocolario, sino un punto de inflexión. En una Iglesia española profundamente ideologizada, con importantes tensiones internas, muy acomodada, con pérdida de credibilidad y heridas no resueltas que muchos sienten que no se están afrontando con la valentía necesaria, su presencia puede ser una oportunidad única para romper inercias y abrir caminos nuevos. Que traiga consigo no solo palabras, sino gestos claros de justicia, reparación y cercanía real. Como dice el Evangelio, “por sus frutos los conoceréis”, y hoy muchos esperan frutos de verdad, no solo de forma.

Rezamos por usted, para que tenga la fortaleza de un profeta y la ternura de un padre. Y para que, guiado por el Espíritu, pueda ayudar a que la Iglesia vuelva a ser plenamente lo que está llamada a ser: casa de verdad, de misericordia y de libertad para todos.

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Que su visita no sea solo un acontecimiento protocolario, sino un punto de inflexión. En una Iglesia española profundamente ideologizada, con importantes tensiones internas, muy acomodada, con pérdida de credibilidad y heridas no resueltas que muchos sienten que no se están afrontando con la valentía necesaria, su presencia puede ser una oportunidad única para romper inercias y abrir caminos nuevos. Que traiga consigo no solo palabras, sino gestos claros de justicia, reparación y cercanía real.

Pero también, Santidad, muchos creyentes sienten que ha llegado el momento de ir más allá de las estructuras que han demostrado su incapacidad para sanar estas heridas. Queremos comunidades que vuelvan al Evangelio vivido desde abajo, que no esperen soluciones únicamente desde instancias superiores, sino que se atrevan a caminar en comunión real con los fieles, compartiendo la vida, el pan y el dolor.

Quizá, como en otros momentos de la historia, sea necesario atravesar un tiempo de desconcierto e incluso de “caos”, no como fracaso, sino como oportunidad para reencontrar la esencia: aprender a compartir el sufrimiento de los expulsados, de los señalados, de los que han sido apartados injustamente, y abrir con ellos caminos nuevos de libertad en medio del mundo.

Porque la autoridad en la Iglesia, como recuerda el propio Evangelio (cf. Mt 18,15-20), no nace solo de estructuras jerárquicas, sino de la comunidad creyente que discierne, ora y decide en presencia del Espíritu. De algún modo, el pueblo de Dios está llamado a ser un concilio permanente.

Rafael Zornoza y Valdivia
Rezamos por usted, para que tenga la fortaleza de un profeta y la ternura de un padre. Y para que, guiado por el Espíritu, pueda ayudar a que la Iglesia vuelva a ser plenamente lo que está llamada a ser: casa de verdad, de misericordia y de libertad para todos.

Lo que verdaderamente une a la Iglesia no son solo formulaciones doctrinales, ni códigos jurídicos, ni equilibrios de poder, sino la transformación evangélica que se expresa en el amor mutuo, en el pan compartido y en el perdón vivido entre iguales. No un perdón impuesto desde arriba, sino ofrecido desde quienes también se saben pecadores.

Así lo entendieron las primeras comunidades, cuando pudieron decir: “Nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros…” (Hech 15,28). Esa expresión sigue siendo hoy un desafío: discernir juntos, con libertad y responsabilidad, poniendo en el centro no el control, sino el Evangelio y, como se recordó entonces, no olvidar a los pobres.

Por eso duele aún más cuando, en lugar de ese espíritu, se perciben dinámicas que generan exclusión, castigo o silenciamiento. Duele cuando un sacerdote es apartado sin que muchos comprendan con claridad el porqué; duele cuando las víctimas de abusos sienten que sus procesos quedan enredados en tecnicismos; duele cuando la justicia parece desigual o inaccesible.

Ese dolor es real. Y no puede ser ignorado.

Santidad, si la Iglesia quiere ser creíble, debe mirar de frente ese sufrimiento, sin miedo y sin excusas, y ponerse del lado de quienes lo padecen. Solo así el Evangelio volverá a ser buena noticia también dentro de la propia Iglesia.

Con respeto y esperanza filial.

José Carlos Enríquez Díaz

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