Sebastià Taltavull, el obispo de Mallorca que recordó el Evangelio cuando otros levantan muros
Este es el país real que algunos se empeñan en negar. El de las personas migrantes que sostienen sectores enteros de la economía, que pagan impuestos, que contribuyen a la Seguridad Social, que rejuvenecen una sociedad envejecida. El de quienes no vienen a quitar nada, sino a sumar vida, esfuerzo y esperanza
Hay declaraciones que no buscan el aplauso fácil, sino despertar conciencias. Las palabras del obispo de Mallorca, Sebastià Taltavull, pertenecen a esa estirpe incómoda y necesaria. Incómoda para quienes han hecho del miedo una estrategia política. Necesaria para una sociedad que ha normalizado una contradicción moral profunda: abrir los brazos al turismo y cerrarlos al ser humano que huye del hambre, de la guerra o de la miseria. No es solo una incoherencia económica; es una herida ética.
Cuando Taltavull advierte del peligro de que la política se apropie de la fe, no habla en abstracto. Habla desde la historia y desde el presente. Recuerda que ninguna ideología puede secuestrar el cristianismo sin traicionarlo. Señala el riesgo de convertir a Dios en coartada del poder y pone el ejemplo extremo de Irán para que nadie se engañe. No es una hipérbole. Es una advertencia moral: en nombre de Dios no se puede marginar, ni matar, ni excluir. “No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano” (Ex 20,7) no es una consigna piadosa; es una acusación directa a quien instrumentaliza la fe.
El obispo no se queda en discursos teóricos. Baja al barro. Se indigna ante el rechazo a las personas migrantes que llegan en patera, mientras cada año Mallorca recibe millones de turistas sin que nadie cuestione su presencia. La pregunta es demoledora por su sencillez: ¿por qué unos sí y otros no? La respuesta desnuda el problema: porque unos generan beneficio inmediato y otros necesitan derechos, cuidados y dignidad. Porque hemos reducido el valor de la persona a su rentabilidad, olvidando que “el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27).
Taltavull incomoda porque no bendice banderas, sino personas. Porque recuerda que el cristianismo no es un arma arrojadiza, sino una exigencia radical de justicia y compasión.
Aquí el mensaje del obispo choca frontalmente con el discurso del PP y, de manera aún más descarnada, de Vox. Partidos que se llenan la boca de “valores cristianos” mientras niegan el mandato más básico del Evangelio: acoger al forastero. “Era forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). No es una consigna ideológica. Es una cita literal de Jesús. Y la escena continúa: “Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). Negar esa acogida no es neutralidad política: es desobediencia evangélica.
Resulta especialmente grave que esta negación se produzca en nombre del cristianismo. Que se use la cruz como frontera y no como puente. Que se etiquete a personas vulnerables como delincuentes sin pruebas, como ha ocurrido con el rechazo municipal a la casa de acogida en Calvià. Eso no es cristiano. Y tampoco es humano, como bien señala Taltavull. Es prejuicio institucionalizado. “No oprimirás al extranjero; vosotros conocéis su suerte, porque extranjeros fuisteis en Egipto” (Ex 23,9). La Biblia no deja margen para la ambigüedad.
Frente a ese discurso deshumanizador, hay realidades que lo desmienten cada día. Ayer mismo tuve la oportunidad de ayudar a elaborar el curriculum de una mujer inmigrante. Su historia no aparece en titulares alarmistas, pero sostiene el país mucho más de lo que algunos admiten. Super educada, respetuosa, con una ética de trabajo admirable. Ha tenido que abandonar su país, adaptarse a una cultura distinta y a un clima donde el frío se le clava más hondo que a muchos de nosotros. Y, aun así, sigue adelante.
Ha trabajado de recepcionista en un hotel, de cajera en un centro comercial, en el ámbito sanitario en su país y también gestionando citas en un centro de salud aquí. Tiene afán por trabajar, por ahorrar, por construir un futuro, incluso por comprarse su propio piso. ¿De verdad alguien puede sostener que esto no genera riqueza? Cotiza, consume, aporta, cuida, progresa. Y cuando ella progresa, progresamos todos. “El obrero merece su salario” (Lc 10,7). ¡Negarlo es negar la justicia básica!
Este es el país real que algunos se empeñan en negar. El de las personas migrantes que sostienen sectores enteros de la economía, que pagan impuestos, que contribuyen a la Seguridad Social, que rejuvenecen una sociedad envejecida. El de quienes no vienen a quitar nada, sino a sumar vida, esfuerzo y esperanza. Demonizarlos no solo es injusto. Es económicamente miope y moralmente obsceno. “El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene” (Lc 3,11).
Por eso es tan relevante la propuesta del obispo de crear una mesa de diálogo para la paz, la inclusión y la convivencia. Sentarse con ideologías distintas, buscar convergencias desde la fe entendida como ética del cuidado. No imponer, no excluir, no gritar. Dialogar. “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9). En tiempos de ruido, dialogar es un acto profético.
Taltavull incomoda porque no bendice banderas, sino personas. Porque recuerda que el cristianismo no es un arma arrojadiza, sino una exigencia radical de justicia y compasión. Y porque deja en evidencia a quienes, desde el PP y Vox, usan la religión como coartada mientras legislan contra los más vulnerables. “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16).
Si cerramos la puerta al que llama de noche, empapado y con miedo, ¿a quién estamos dejando fuera?
“Mirad que estoy a la puerta y llamo” (Ap 3,20). Cada patera es una llamada. Cada currículum entregado con esperanza es una oración. Cuando una sociedad se dice cristiana y niega la acogida, no defiende valores: traiciona el Evangelio. Porque acoger no es caridad opcional; es juicio. Y el juicio ya está escrito.