Imperios, recursos y guerra permanente: una lectura del nuevo desorden mundial a la luz del Apocalipsis

La lucha por los recursos, las rutas comerciales y la hegemonía tecnológica está redefiniendo el orden mundial. Pero el Apocalipsis recuerda que los imperios que se presentan como eternos terminan cayendo, porque ningún poder construido sobre la dominación puede sostenerse indefinidamente.

Tercera Guerra mundial
Tercera Guerra mundial

El orden internacional nacido tras la Segunda Guerra Mundial parece estar llegando a su fin. La competencia por recursos, energía y control tecnológico redefine la política global mientras resurgen discursos de confrontación. En medio de este escenario, algunos analistas advierten que el mundo se aproxima a una guerra sistémica prolongada. Desde una mirada creyente, estas tensiones también evocan las advertencias proféticas del Apocalipsis sobre los imperios que absolutizan el poder.

El mundo atraviesa un momento de transición histórica profunda. Lo que durante décadas se consideró el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial —basado en instituciones multilaterales, reglas comerciales y cierto equilibrio entre potencias— parece estar resquebrajándose aceleradamente. Para el politólogo Mariano Turzi, el sistema internacional ha entrado en una fase que denomina “anarquía madura”, un escenario en el que las reglas dejan de ser universales y el poder vuelve a imponerse de manera directa.

Mariano Turzi. Libro desorden mundial
Mariano Turzi. Libro desorden mundial
El orden internacional nacido tras la Segunda Guerra Mundial parece estar llegando a su fin. La competencia por recursos, energía y control tecnológico redefine la política global mientras resurgen discursos de confrontación.

En este contexto, la política exterior de Donald Trump no debe interpretarse únicamente como una reacción ideológica o como una serie de decisiones impulsivas. Según este enfoque geopolítico, se trataría de una estrategia de “suma cero”, en la que el objetivo fundamental es debilitar la influencia de China y Rusia y asegurar para Estados Unidos el control de los recursos estratégicos que podrían determinar el resultado de un eventual conflicto global.

Desde esta perspectiva, el mundo no se dirige hacia una simple “Guerra Fría 2.0”. Este concepto suele utilizarse para describir una rivalidad global entre grandes potencias —similar a la que enfrentó a Estados Unidos y la Unión Soviética durante la segunda mitad del siglo XX— en la que las superpotencias compiten en tecnología, armamento, influencia política y guerras indirectas sin enfrentarse directamente. Sin embargo, lo que parece estar emergiendo hoy es algo más complejo y peligroso: una guerra fragmentada, híbrida y permanenteen la que los conflictos militares, económicos, tecnológicos e informativos se entremezclan y se expanden por todo el planeta.

Uno de los cambios más significativos de esta nueva etapa es el retorno de América Latina al centro de la disputa geopolítica. Durante años, la región fue considerada una periferia relativamente estable del sistema internacional. Sin embargo, la creciente competencia entre grandes potencias ha transformado al continente en un territorio clave para la seguridad energética, alimentaria y tecnológica del futuro.

En esta lógica, Venezuela ocupa un lugar central. Con una de las mayores reservas de petróleo del planeta, el país se ha convertido en un punto de fricción entre Washington, Pekín y Moscú. Durante las últimas dos décadas, el gobierno chavista ha recurrido al apoyo financiero de China y al respaldo militar de Rusia para sostenerse políticamente.

Desde el punto de vista estratégico estadounidense, permitir que esas potencias mantengan presencia en el Caribe sería una amenaza directa a la seguridad hemisférica. La presión económica, las sanciones y las operaciones diplomáticas contra Caracas responden, según Turzi, a un objetivo concreto: reducir la capacidad de China y Rusia de acceder a recursos energéticos en el hemisferio occidental.

En ese mismo tablero, Cuba desempeña un papel distinto, pero igualmente relevante. Mientras Venezuela representa la dimensión energética, la isla caribeña es percibida por sectores de la seguridad estadounidense como un centro histórico de inteligencia y proyección política adversa.

Cuba la guinda del pastel
Cuba la guinda del pastel
Donald Trump ha llegado a describir a Cuba como “la guinda del pastel” 

Donald Trump ha llegado a describir a Cuba como “la guinda del pastel” del tablero caribeño. Aunque su peso económico es limitado, su valor simbólico y estratégico sigue siendo enorme: una isla situada apenas a 150 kilómetros de Estados Unidos que durante décadas ha representado la posibilidad de una presencia política adversa en el corazón mismo del Caribe. En esa lógica, limitar su influencia no sería solo una cuestión ideológica, sino también parte del esfuerzo por cerrar el espacio estratégico del hemisferio occidental frente a otras potencias.

Más allá de estos focos específicos, el continente latinoamericano vive lo que algunos analistas denominan “reprimarización geopolítica”. El interés internacional ya no se centra tanto en los procesos democráticos o sociales de la región, sino en los recursos que posee y que resultan indispensables para el nuevo orden tecnológico y militar.

El ejemplo más evidente es el Triángulo del Litio, formado por Argentina, Chile y Bolivia. Este mineral, clave para las baterías y para la transición energética, se ha convertido en el llamado “petróleo blanco del siglo XXI”.

En esta misma lógica geopolítica aparece una pieza que durante años parecía secundaria: Groenlandia. Cuando Donald Trump planteó la posibilidad de que Estados Unidos adquiriera la isla, muchos interpretaron esta idea como una extravagancia política. Sin embargo, desde una perspectiva estratégica, Groenlandia posee un valor enorme: su posición en el Ártico, sus reservas de minerales raros y su importancia para los sistemas de defensa convierten a la isla en un enclave decisivo para el control geopolítico del siglo XXI.

En paralelo, ciertos sectores políticos occidentales han vuelto a plantear la posibilidad de una intervención militar contra Iránpresentándola como una defensa de los derechos humanos o de la libertad de las mujeres frente al régimen iraní. Sin embargo, muchos analistas advierten que la verdadera motivación podría ser estratégica: Irán se encuentra en una región que concentra algunas de las mayores reservas energéticas del planeta.

Frente a la presión estadounidense, China y Rusia han desarrollado respuestas distintas pero complementarias. Pekín apuesta por la integración económica y financiera, invirtiendo en puertos, redes eléctricas y telecomunicaciones que crean dependencias estructurales difíciles de revertir. Rusia, por su parte, se mueve en el terreno de la disuasión asimétrica y la guerra híbrida, tratando de obligar a Estados Unidos a dispersar sus recursos estratégicos.

La consecuencia de esta dinámica es un escenario inquietante: una guerra sistémica de larga duración. A diferencia de los grandes conflictos del siglo XX, que concluyeron con rendiciones formales y tratados de paz, el mundo actual podría entrar en un ciclo prolongado de confrontaciones indirectas, sanciones económicas, ciberataques y conflictos regionales.

Desde una perspectiva cristiana, estas transformaciones también invitan a una reflexión espiritual sobre el rumbo de la historia. El teólogo Xabier Pikaza ha recordado en numerosas ocasiones que el Apocalipsis no debe leerse como un simple anuncio de catástrofes futuras, sino como una denuncia profética de los imperios que convierten el poder en idolatría.

Xabier Pikaza. Libro Apocalipsis.
Xabier Pikaza. Libro Apocalipsis.
Como recuerda X. Pikaza, el mensaje central del texto bíblico es que ningún imperio es eterno y que la historia humana no pertenece a los poderosos, sino a Dios y a los pueblos que luchan por la justicia.

El libro bíblico describe a los imperios dominantes como “bestias” que suben del mar (Apocalipsis 13), símbolos de sistemas políticos que absolutizan el poder y someten a los pueblos. También advierte contra “Babilonia la grande”figura que representa a los sistemas económicos y políticos que acumulan riqueza mediante la explotación y la violencia.

Leído desde esta clave, el Apocalipsis no anuncia simplemente el fin del mundo, sino la crítica radical a un orden global basado en la dominación. Como recuerda X. Pikaza, el mensaje central del texto bíblico es que ningún imperio es eterno y que la historia humana no pertenece a los poderosos, sino a Dios y a los pueblos que luchan por la justicia.

En medio de esta transformación global, América Latina se enfrenta a un dilema histórico. En la rivalidad entre grandes potencias, la región corre el riesgo de volver a ser vista únicamente como un territorio de recursos, más que como una comunidad de pueblos con derecho a decidir su propio destino.

Si el antiguo orden internacional ha llegado realmente a su fin, como sostiene Turzi, el futuro dependerá de la capacidad de las sociedades para defender su autonomía, fortalecer sus instituciones y evitar quedar atrapadas en una guerra global que nadie ha declarado formalmente, pero que cada día parece más cercana.

Ante el espectáculo de los imperios que compiten por el poder, los recursos y el dominio del mundo, el cristianismo recuerda algo esencial: la historia no pertenece definitivamente a los imperios, sino a la vida de los pueblos y al proyecto de Dios sobre la humanidad.

Los grandes sistemas de poder nacen, crecen y desaparecen; pero la dignidad humana, la justicia y la esperanza del Reino siguen siendo la última palabra de la historia.

También te puede interesar

Lo último

stats