Trump, fe y dominación global: deportaciones, explotación y saqueo
La política de Trump combina deportaciones masivas, presión económica sobre países pobres y una estrategia de apropiación de recursos que genera sufrimiento humanitario. Las sanciones, bloqueos y amenazas de intervención no solo debilitan la economía y provocan escasez, sino que empujan a millones a buscar refugio fuera de sus fronteras. Cada política anunciada, cada declaración de interés sobre recursos extranjeros, tiene un efecto directo sobre la vida de familias que no tienen otra opción que migrar.
La Casa Blanca ha respondido con contundencia a la petición de los obispos de Florida de pausar las deportaciones durante la temporada navideña: el presidente Trump fue elegido para deportar inmigrantes ilegales criminales y está cumpliendo su promesa. Según la Administración, la frontera está asegurada y se han removido criminales peligrosos. Pero esta narrativa oculta una realidad mucho más dura: las deportaciones masivas afectan a miles de trabajadores que no son criminales, destruyen familias y siembran miedo en comunidades enteras, convirtiendo lo que debería ser una política de orden en un instrumento de represión y control social.
Los obispos católicos, encabezados por Thomas Wenski, denuncian que la aplicación masiva de la ley ha dejado de ser una medida de seguridad para convertirse en un arma contra los más vulnerables. Jornaleros, trabajadores agrícolas, empleados de servicios y cuidadores de salud, personas que sostienen con su trabajo la economía cotidiana, han pasado de ser valorados como fuerza productiva a ser tratados como criminales simplemente por su condición migratoria. Ignorar esta realidad es despreciar la dignidad humana y la justicia social.
Pero la violencia de esta política no se limita a las fronteras de Estados Unidos. La administración Trump ha declarado repetidamente que el petróleo de Venezuela le pertenece y actúa como si fuera suyo, buscando apropiarse de los recursos de un país empobrecido mientras millones sufren hambre, pobreza y desplazamiento. Ya no se trata solo de controlar narcotráfico o reforzar fronteras: se trata de saquear y dominar, creando más emigración forzada y desplazamientos humanos. Esta ambición por el petróleo viola la soberanía de otros pueblos y consolida un ciclo de explotación y expulsión de los más vulnerables.
Además, la política de Trump no se limita a los países empobrecidos. Su administración ha impuesto sanciones y presiones económicas incluso a socios europeos y países del norte de África, mostrando que su visión parece inspirada por la idea de que Estados Unidos, bajo su mando, tiene derecho sobre el mundo entero. Cada medida, cada bloqueo y cada decreto refuerza la sensación de que Trump se cree dueño del mundo, actuando según su interés sin importar el impacto humanitario ni político en otros países.
En el caso de Argelia, algunos defensores de Trump argumentan que su política exterior busca proteger a los cristianos. Sin embargo, la realidad demuestra un patrón muy diferente: las medidas económicas y arancelarias que aplica afectan a toda la población y buscan asegurar acuerdos favorables a intereses estratégicos y recursos naturales, más que proteger genuinamente a los cristianos perseguidos. Estados Unidos ha impuesto aranceles elevados sobre productos de Argelia, incluso en sectores no petroleros, lo que golpea a industrias valiosas para la diversificación económica del país y genera presión económica sobre la sociedad en su conjunto, sin distinción de religión ni comunidad. Además, la relación comercial entre ambos países gira en torno al intercambio de energía y gas, donde Argelia sigue siendo un proveedor importante, lo que hace que las negociaciones económicas y de inversión estén dominadas por intereses energéticos y estratégicos y no por la defensa de derechos humanos o libertades religiosas. En este contexto, la retórica sobre la protección de cristianos puede ser usada como coartada moral para justificar una presencia geopolítica más amplia, incluyendo la apertura del país a inversiones de grandes empresas energéticas estadounidenses en proyectos de gas y petróleo, y una estrategia de presión económica generalizada. Esto sugiere que la supuesta defensa de los cristianos es un instrumento para justificar la apropiación de recursos y consolidar influencia geopolítica, y cuestiona seriamente la sinceridad de quienes lo defienden desde la fe.
El Evangelio no se adapta al poder; es el poder el que queda juzgado por el Evangelio.
La política de Trump combina deportaciones masivas, presión económica sobre países pobres y una estrategia de apropiación de recursos que genera sufrimiento humanitario. Las sanciones, bloqueos y amenazas de intervención no solo debilitan la economía y provocan escasez, sino que empujan a millones a buscar refugio fuera de sus fronteras. Cada política anunciada, cada declaración de interés sobre recursos extranjeros, tiene un efecto directo sobre la vida de familias que no tienen otra opción que migrar.
Desde la perspectiva del Evangelio, esta política es profundamente incompatible con los valores cristianos. Jesús advierte que el juicio final no se hará sobre fronteras seguras ni sobre leyes cumplidas, sino sobre acciones concretas hacia quienes sufren: “fui extranjero y me acogiste” (Mt 25,35). No existe en el Evangelio espacio para celebrar muros, deportaciones masivas ni apropiaciones de recursos ajenos. La verdadera justicia exige acoger, proteger y respetar la dignidad de quienes sufren, no expulsarlos ni explotarlos.
Defender estas políticas desde la fe no es un error teológico menor: es traición ética. Invocar la ley, la seguridad o la defensa de cristianos en ciertos países como coartada moral para respaldar medidas que empobrecen pueblos y luego expulsan a sus habitantes no es religión, es complicidad consciente con la injusticia. Quienes justifican estas acciones olvidan que la seguridad verdadera no se mide por muros ni por discursos, sino por la protección de los más vulnerables.
La Navidad, como momento de reflexión moral y espiritual, recuerda que la historia cristiana comienza con una familia desplazada, vulnerable, sin lugar donde alojarse. Ignorar esa realidad no es neutralidad teológica: es tomar partido por el poder sobre los débiles. La política de deportaciones masivas, la apropiación de petróleo extranjero, la explotación de pueblos empobrecidos y la visión global de dominación que combina intereses económicos con retórica moral no son defensa de la ley ni de la seguridad: son violencia institucionalizada y saqueo económico.
Estas políticas generan un efecto multiplicador de sufrimiento global. Las sanciones, bloqueos y presiones económicas intensifican la crisis humanitaria y provocan migraciones masivas hacia países vecinos, aumentando la presión internacional y regional. La amenaza de intervenciones militares y la retórica de apropiación de recursos crean miedo global y expanden el impacto humanitario, generando desplazamientos que podrían haberse evitado con políticas responsables y respetuosas de la soberanía.
El Evangelio no se adapta al poder; es el poder el que queda juzgado por el Evangelio. Jesús criticó a quienes cargan pesos insoportables sobre los demás mientras tranquilizan su conciencia, y a quienes limpian el exterior del vaso mientras el interior está lleno de injusticia. Aplicar este juicio a la política actual es inevitable: un gobierno que expulsa a los pobres, amenaza pueblos soberanos y busca apropiarse de sus recursos está en abierta contradicción con los principios éticos que proclama defender.
La pregunta que enfrenta la sociedad estadounidense no es si un presidente cumple su promesa electoral, sino si quienes lo apoyan desde la fe están dispuestos a reconocer que el Evangelio no sirve para legitimar la expulsión, la explotación ni la apropiación de recursos ajenos. La verdadera seguridad, económica y moral, no se obtiene a costa de los más débiles. Cuando la riqueza, el poder y el control se imponen sobre la dignidad humana, no estamos ante política ni ley, sino ante injusticia organizada.
En resumen, la política migratoria y exterior de Trump, su obsesión por el petróleo extranjero, la explotación de pueblos empobrecidos, la criminalización de los migrantes y su visión de dominación global no es defensa de la ley ni de la seguridad: es violencia institucionalizada y saqueo económico. La fe utilizada para justificar estas acciones no protege la moral ni la justicia: la profana. El Evangelio no se adapta al poder; es el poder el que queda juzgado por el Evangelio, y cualquiera que lo use para legitimar la crueldad traiciona la fe que dice defender.