Vender personas en el siglo XXI: el fracaso moral de nuestra sociedad

La trata de personas no es un fallo del sistema, sino una de sus consecuencias más coherentes. Allí donde todo se compra y se vende, también se compran cuerpos, se trafica con vidas y se normaliza la esclavitud mientras la sociedad mira hacia otro lado.

Trata
Trata

La trata de personas no es una anomalía del sistema: es una de sus consecuencias más brutalesNo ocurre en lugares remotos ni en márgenes exóticos del mundo globalizado. Ocurre aquí, en nuestras calles, en nuestros barrios, en ciudades que preferimos describir como tranquilas mientras la explotación se normaliza tras persianas bajadas y puertas cerradas. Es una violencia organizada que se alimenta del silencio social, del consumo irresponsable y de una indiferencia que ha aprendido a convivir con el dolor ajeno.

Con motivo de la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas, el obispo de Mondoñedo-FerrolFernando García Cadiñanos, ha recordado una verdad incómoda: la trata no es invisible porque no exista, sino porque no queremos verla. Sus palabras no describen un problema abstracto, sino una realidad concreta que interpela directamente a la comunidad local. En Ferrol existen clubes y más de cuarenta pisos donde se dan situaciones de prostitución y explotación sexual, según los datos del proyecto de las Oblatas con el que colabora la diócesis. No hablamos de rumores ni exageraciones. Hablamos de crimen organizado que opera con normalidad.

Oblatas O` Mencer Ferrol
Oblatas O` Mencer Ferrol
En Ferrol existen clubes y más de cuarenta pisos donde se dan situaciones de prostitución y explotación sexual, según los datos del proyecto de las Oblatas con el que colabora la diócesis. No hablamos de rumores ni exageraciones. Hablamos de crimen organizado que opera con normalidad.

Detrás de cada una de esas puertas hay historias marcadas por el engaño, la deuda, la amenaza y el miedo. La trata manipula la libertad hasta vaciarla, convierte a las personas en mercancía y a los cuerpos en territorio de negocio. No hay consentimiento posible cuando hay vulnerabilidad extrema. Todo lo demás es una coartada que tranquiliza conciencias y desplaza responsabilidades. El Evangelio no deja espacio a la ambigüedad: “El ladrón no viene sino a robar, matar y destruir” (Jn 10,10). Eso es la trata: robo de dignidad, destrucción sistemática de vidas.

La explotación sexual es la forma más visible, pero no la única. Trabajo forzado, mendicidad impuesta, tráfico de órganos, drogadicción, forman parte de la misma lógica perversa que pone el beneficio por encima de la persona. Una lógica que no se sostiene sola. Se sostiene porque hay demanda, porque hay consumo, porque hay quien prefiere no preguntar mientras otros se enriquecen con la desesperación ajena.

Resulta especialmente grave la relación entre la trata y el consumo masivo de pornografía, un consumo que en España alcanza cifras alarmantes y que tiene a la juventud como principal público. No se trata de una discusión moral superficial. Se trata de una cuestión social y antropológica. Cuando el otro se convierte en objeto de uso, la violencia deja de parecer inaceptable. La pornografía que deshumaniza educa una mirada que luego no reconoce límites. Jesús lo expresó con una radicalidad incómoda: “Todo el que mira a una mujer deseándola ya ha cometido adulterio en su corazón” (Mt 5,28). No es una frase piadosa, es una acusación directa contra la cultura que cosifica.

Prostitución
Prostitución
García Cadiñanos insiste en que la trata se sostiene gracias a una cadena de responsabilidades compartidas, donde el crimen organizado es solo el último eslabón visible.

Las cifras oficiales hablan de unas 90.000 personas en riesgo de trata en España. Pero el verdadero escándalo no está solo en el número, sino en la normalización. Hemos aprendido a convivir con la injusticia mientras no altere nuestra comodidad. La indiferencia se ha convertido en una forma sofisticada de complicidad. Sabemos que ocurre, pero evitamos mirar. Sabemos que existe, pero se sigue consumiendo sin preguntarnos por las consecuencias. Sabemos que hay víctimas, pero las reducimos a estadísticas.

Frente a esta degradación moral, la Iglesia —a través de congregaciones, entidades sociales y personas concretas— sigue acompañando, escuchando y sosteniendo procesos de salida largos y dolorosos. No se trata de heroísmo, sino de fidelidad al Evangelio. “Lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). La trata no es solo un problema social: es una herida abierta en el cuerpo de Cristo.

El mensaje de García Cadiñanos resulta incómodo porque no se queda en generalidades. Señala causas, cuestiona hábitos y denuncia estructuras. Su insistencia en una Iglesia austera y cercana no es estética ni estratégica, sino profundamente teológica. Recordar que la fe sin justicia se vuelve estéril es hoy un acto contracultural. “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24) no es una metáfora espiritual, sino una advertencia dirigida a una sociedad que ha aprendido a justificarlo todo en nombre del mercado.

La trata se alimenta también de las fronteras, visibles e invisibles. De la irregularidad administrativa, de la pobreza cronificada y del miedo. Deshumanizar al extranjero allana el camino a su explotación. Jesús lo dijo sin rodeos“Fui forastero y no me acogisteis” (Mt 25,43). No hay neutralidad posible ante estas palabras.

Hablar de trata exige valentía, porque obliga a mirarnos como sociedad. A preguntarnos qué modelo económico sostenemos, qué consumos legitimamos y qué silencios aceptamos. No basta con la indignación puntual. Combatir la trata implica romper la comodidad, incomodarse, revisar prácticas personales y exigir responsabilidades políticas y económicas.

Fernando García Cadiñanos
Fernando García Cadiñanos

En este contexto, las palabras del obispo adquieren un peso particular porque no suavizan el diagnóstico ni ofrecen coartadas. Cuando habla de la trata como una “llaga invisible”, está señalando una herida que sigue abierta porque hemos aprendido a no mirarla de frente. Su llamada a “abrir los ojos” no es retórica pastoral, sino una exigencia moral dirigida a toda la sociedad, incluida la propia Iglesia.

García Cadiñanos insiste en que la trata se sostiene gracias a una cadena de responsabilidades compartidas, donde el crimen organizado es solo el último eslabón visible. Antes están el consumo que cosifica, la tolerancia social hacia espacios de explotación y la indiferencia ante la vulnerabilidad ajena. Como recuerda el Evangelio, “nada hay oculto que no llegue a descubrirse” (Lc 8,17): lo que hoy se esconde acabará interpelando a la conciencia colectiva.

Su denuncia final no deja espacio para la neutralidad. O se defiende la dignidad humana sin condiciones, o se termina justificando lo injustificable. En una sociedad que normaliza la violencia cuando resulta rentable, callar ante la trata no es prudencia: es renuncia ética. Abrir los ojos, como reclama el obispo, no es un gesto piadoso ni una opción elevada. Es una urgencia humana inaplazable. Porque mientras haya personas convertidas en mercancía, no habrá justicia ni verdad que puedan sostenerse.

También te puede interesar

Lo último

stats