León XIV en España: de la 'prioridad nacional' a la 'prioridad de la dignidad'
Éxito absoluto de un viaje, con tres etapas claramente diferenciadas: el baño de masas y la política, en Madrid; la belleza, la cultura y la solidaridad, en Barcelona; y el clamor contra las mafias y a favor de la acogida y la integración de los migrantes, en Canarias. Una visita vibrante, con un solo faldón: la falta de empatía con buena parte de las víctimas de los abusos en España
Dos días después de su marcha, toca hacer balance. Un balance agradecido y con la mirada puesta en el futuro. Porque, como dijo el propio Papa a los obispos españoles al término del histórico viaje a España, "ahora les toca a ustedes hacer el trabajo". A los obispos, y al resto del santo pueblo de Dios.
León XIV concibió su visita a nuestro país en torno a tres grandes ejes: en Madrid, el baño de masas y la alta política (eclesial y partidista, que de todo hubo); en Barcelona, el contacto con la cultura, la identidad y el tú a tú; y en Canarias, el viaje soñado por Francisco, una llamada a cambiar la "prioridad nacional" por la prioridad de la dignidad. De la acogida al extranjero, de la globalización de la solidaridad, de los dobles naufragios: el físico y el de la discriminación, ya en tierra. Todos, con un rotuindo éxito.
Pero, además, León XIV ha crecido, y mucho, en este viaje. No hay que ser un genio para concluir que su visita apostólica a España supondrá un antes y un después de su pontificado. Y es que Prevost ha roto las barreras de la cercanía y el abrazo, se ha 'soltado' en lo humano y, además, ha sentido cómo le ve buena parte de este mundo globalizado: como un líder de masas, como el único líder realmente mundial en esta realidad polarizada en la que vivimos.
En Madrid, vimos a un Papa que, desde el primer momento, no escondió sus mensajes, muy cuidados, para colocar su pontificado, y a España, como claves para entender que la igualdad, la unidad en la diversidad, la educación y el buen trato son indispensables para constuir una sociedad nueva. Un Papa que apuesta claramente por el multilateralismo, como señaló en su discurso ante los Reyes; o por una sociedad responsable de que nadie se quede atrás, y de hacerl juntos, como recordó en su aplaudidísimo discurso en el Congreso de los Diputados.
En Cibeles, Lima, el Bernabéu... por todas las calles se sorprendió comprobando el cariño que los españoles tienen a su figura, independientemente de la ideología o la creencia. Se podrá discutir sobre la conveniencia o no de ceder espacios públicos para un líder de una confesión religiosa, pero resulta obvio concluir que Madrid (que toda España, en realidad, porque la etapa de Madrid fue, en realidad, el gran viaje a España que se esperaba) quería estar con León XIV. Sus palabras ante los obispos, las primeras en público de un Papa 'regañando' por la crisis de los abusos (antes lo había hecho, con acierto, el Rey Felipe VI), también serán recordadas. Tal vez el único fallo de este viaje fue la ausencia de una explicación clara respecto al tratamiento de los supervivientes: sin menospreciar a unas víctimas o ensalzar a otras, es una realidad incontestable que las cosas se podían, se deberían, haber hecho mejor.
Si Madrid fue un éxito de público y cariño, y corona a José Cobo como el hombre del presente, y del futuro, de la Iglesia en España (monseñor Argüello pasó prácticamente desapercibido en todas las etpapas del viaje), Barcelona fue el justo final para el pontificado del cardenal Omella, cuyo relevo se espera para la primera semana de julio. Sin las masas de la capital de España, la ciudad condal (y Sant Feliú, no nos olvidemos) supuso el triunfo de la cultura, de lo identitario, del gusto por las cosas bien hechas. Cualquier comparación que se haga a lo vivido en la Sagrada Familia del bendito Gaudí sale perdiendo, así que no estableceremos símiles con otros actos.
Toda Barcelona, toda Cataluña sintió un orgullo legítimo de lo que es, y lo que significa, ese templo, y su arquitecto de Dios. Las falsas polémicas sobre el uso del catalán (Prevost se esforzó, con éxito, en aprender y cambiar párrafos enteros de sus discursos) se diluyeron pronto por cómo León XIV se ganó a todos: en el Raval, con esas preguntas del pequeño Renzo; en Montserrat, cuna de la catalanidad (aunque aquí también, como después en Canarias con el caso de Ciro Molina, volviera a pasarse por encima de los escándalos de abusos); en el Olímpic, con una vigilia poderosa en el que un Papa supo hablar del perdón, de la violencia doméstica, del suicidio, de la salud mental; y en la Sagrada Familia, con la apoteosis de la belleza de la que solo podemos ser aprendices.
Canarias, finalmente, fue el llamamiento a un mundo que ha de despertarse y frenar la escalada de odio, muerte y persecución de los diferentes. Las palabras de Blessing y su calvario, el Papa depositando un ramo de flores en ese océano que tantas veces ha devuelto cadáveres y el clamor para trabajar por la verdadera integración de todos, por la auténtica dignidad de todo ser humano. La denuncia a las mafias y a quienes se lucran con el dolor ajeno, con la fragilidad de los que sufren un doble naufragio dará que pensar a toda Europa, a todo el mundo. No se gana nada haciendo muros en las fronteras, convirtiendo la Tierra en una inmensa aduana. Eso no es cristiano, eso no es de Dios.
La coda de un espectacular viaje, y una magnífica organización (he de confesar que tenía mis serias dudas sobre la capacidad de Yago de la Cierva y Fernando Giménez Barriocanal, que han hecho un trabajo auténticamente espectacular, y es de justicia reconocerlo), vino, paradójicamente, con algo muy español: una avería de última hora. Ahí todos, republicanos o monárquicos, nos sentimos representados por Felipe VI, quien cedió su Falcon para que el Papa regresara a su casa. Nos quedamos, por el momento, sin una entrevista que se antojaba jugosísima. Pero dejamos muchas puertas abiertas.
A partir de ahora, toca aterrizar. Todos, no sólo los obispos. ¿Qué Iglesia, qué sociedad queremos construir? ¿Cuál en nuestro papel en una sociedad laica, pero que -como se ha demostrado- sigue teniendo hambre de Dios? ¿Seremos Babel o reconstruiremos entre todos Jerusalén? Ojalá todos fuéramos capaces de alzar la mirada, pero no para observar el cielo, sino para contemplar al hermano que malvive tirado al borde del camino. Ojalá consigamos caminar unidos. Diferentes, diversos, discutiendo, pero unidos. La alternativa es el caos, es la guerra, es la autodestrucción. ¿Llegaremos a tiempo?