Los males de la Educación en España, según el "ministro" vaticano
Cambiemos de tema, aunque sólo sea por un post… y por el viajecito relámpago que nos hemos dado. Había verdadera expectación por escuchar al prefecto de la Congregación vaticana para la Educación Católica, el polaco Zenon Grocholewski, quien abrió esta mañana el I Congreso Internacional “Educación Católica para el Siglo XXI”, que se celebra hasta el miércoles en el Palau de la Música de Valencia. Desde ciertos sectores se ha vendido la idea –falsa, a mi modo de ver- de que España se ha convertido en una suerte de “banco de pruebas” para analizar el impacto del laicismo y sus políticas anticlericales en una sociedad democrática y sociológicamente cristiana, para después exportarla al resto del mundo. Y, sobre esta base, las palabras del “ministro” de Educación de la Santa Sede se antojaban ciertamente relevantes, pues la educación es la base de toda sociedad. Lamentablemente, la cosa, que prometía mucho, se quedó en agua de borrajas. Un discurso bien elaborado, con buenos propósitos pero sin la “chicha” que algunos esperaban. En todo caso, el viaje a Valencia ha sido productivo por otras razones, que ya habrá tiempo de comentar.
Ante 400 personas, que llenaban el auditorio, el cardenal Grocholewski advirtió de los “estragos” del relativismo en la sociedad europea, que supone el primer factor de la “grave crisis actual de la capacidad educativa de la familia y la escuela”. En su discurso de apertura del congreso, organizado por la Universidad Católica “San Vicente Mártir”, el purpurado –como decíamos en el post de esta mañana, el principal responsable de que Martínez Camino no se fuera a Roma. Un tipo listo… jeje- advirtió que esta crisis “está dificultando, en incluso impidiendo la transmisión de valores fundamentales de la existencia y del comportamiento correcto” de las nuevas generaciones. En este sentido, insistió en que la Iglesia debe hacer “un diagnóstico profundo” acerca de los “desafíos reales” de la educación católica que, ante todo, debe “promover la unidad entre la fe, la cultura y la vida”.
Secularismo, relativismo, falta de moral y contradicción con la cultura dominante fueron algunas de las causas de la crisis educativa en las sociedades contemporáneas enumeradas por Grocholewski, quien denunció el “excepticismo ante toda verdad que no provenga de la ciencia empírica”. La sempiterna lucha entre la fe y la ciencia, que pone a la razón en un brete. En un ejercicio de equilibrios en el alambre, el purpurado incluyó entre estas causas “el pujante fenómeno del pluralismo religioso”, algo que si bien “no es una realidad negativa ni para la evangelización ni para la educación”, ha ido originando “confusión, al extenderse una cierta mentalidad de que todas las religiones y culturas son iguales”.
Otro factor de la crisis, en opinión del “ministro” vaticano de Educación es la “reducción de la educación a aspectos meramente técnicos y funcionales, en un mundo en progresivo proceso de secularización”, lo que hace que “la persona, en su integridad, pase a un segundo plano y sea la funcionalidad la medida de todas las cosas: todo se valora en función de criterios consumistas”.
Porque, y en esto hay que darle la razón a Grocholewski, “la educación no puede reducirse a la transmisión de determinadas habilidades o capacidades de hacer”, sino que es “necesario formar a la persona en su integridad con el fin de que sepa usar el saber para hacer el bien”. En otras palabras: usar la razón para hacer entendible la fe en el mundo de hoy, en su conjunto. No se pueden crear compartimentos estanco: la fe está presente en todos los momentos de nuestra vida, y por lo tanto no puede ser rigorista, sino germen de libertad.
El resto de razones, las ya conocidas: la laicidad “que se transforma en laicismo y se entiende como exclusión de la Religión de los diversos ámbitos de la sociedad”, y “el preocupante problema” de la influencia de los medios de comunicación. Cuándo dejará nuestra Iglesia de tener miedo a los medios…
Frente a estos factores, el cardenal propuso el fomento del esfuerzo, la vocación por la verdad y “despertar en los jóvenes la pasión por la plenitud y la unidad de la verdad”. Al tiempo, animó a promover “una educación que incida en los valores de la justicia, amor, sacrificio, renuncia fidelidad, dominio de sí, perdón y paz”.
Como última –y atractiva propuesta- el purpurado aconsejó que la educación católica se oriente “como una misión compartida entre laicos y consagrados, como ejercicio y testimonio de comunión eclesial”. En definitiva, un discurso esperado y aplaudido a rabiar –hasta el punto de que el cardenal García-Gasco pidió se le concediera a Grocholewski el Doctorado Honoris Causa de la Universidad, cosa que sin duda sucederá-, pero en el que el cardenal dejó la sensación de que amagaba sin terminar de dar. Al menos, dio que pensar y, aunque dejó caer bastantes prejuicios respecto a la educación, también cedió puertas abiertas al diálogo con la cultura.
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