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Los Hechos Apócrifos de los Apóstoles y la Tradición

Hoy escribe Gonzalo del Cerro:

Los Hechos Apócrifos de los Apóstoles son no solamente testigos de las creencias cristianas de su época, sino también el apoyo documental de tradiciones que perduran hasta nuestros días, convertidas en usos litúrgicos y en monumentos arqueológicos o religiosos. Las tradiciones han dejado en la liturgia de la Iglesia y en sus templos o catedrales recuerdos y leyendas, fruto de relatos recogidos en los Hechos Apócrifos. Las figuras de los apóstoles de Jesús tienen un espacio reducido en los libros bíblicos canónicos. En estos libros la persona de Jesús ocupa espacios e intenciones. Los Apóstoles dejan huellas y recuerdos siempre a la sombra y en la órbita del Maestro.

Pero, como decía Gabriel Miró, Jesús resucitó “para volverse al cielo”. Y sus Apóstoles quedaron en la iglesia naciente frente a su destino de propagandistas de la nueva fe. Disponían de promesas claras de una presencia perpetua “para todos los días hasta le consumación del mundo” (Mt 28, 20). Y ahí terminan los relatos evangélicos. El proyecto de predicación “por todo el mundo y a toda criatura” (Mc 16, 15) fue considerado por los Apóstoles como un deber y una misión. Su respuesta está dramatizada en los Hechos Apócrifos, que presentan su actividad evangelizadora como el cumplimiento de un encargo encomendado por Jesús.

Uno de los grandes patriarcas de los estudios sobre los Hechos Apócrifos, R. A. Lipsius, elevaba a categoría de norma la escena del sorteo de los territorios de misión entre los Apóstoles, tal como se conserva en algunos Hechos concretos. Consideraba Lipsius que tal escena era el principio natural de todos los Hechos Apócrifos, porque sus textos necesitaban en cierto modo una justificación de su evangelización en un lugar determinado y no en otro. De los cinco Hechos Apócrifos primitivos, los únicos que se han conservado en su integridad, los de Tomás, empiezan precisamente por la escena del reparto del mundo mediante sorteo. Escenas similares se conservan en otros Hechos posteriores, como los de Felipe (s. IV), los de Andrés y Matías entre los antropófagos (a. 400), los Hechos de Juan escritos por su discípulo Prócoro (s. V-VI), el Martyrium Prius de Andrés (s. VIII), etc. Del resto de los Hechos primitivos no podemos deducir nada desde el momento en que no se han conservado sus inicios originales.

Las obras escritas con intención y pretensiones de historicidad son deudoras de los datos aportados por los Hechos Apócrifos. Me refiero, sobre todo, a Eusebio de Cesarea y a su Historia de la Iglesia. El gran historiador inicia su obra con una confesión de intenciones de escribir sucesos (prágmata) históricamente comprobables, aunque su comprobación no tuviera otros apoyos que las leyendas amasadas en los Hechos Apócrifos. Porque es una realidad que alrededor de los Apóstoles se fue formando una corona de leyendas que cristalizaron en textos litúrgicos y se materializaron en lugares de culto.

De Pedro poseemos abundantes testimonios en los evangelios y en los Hechos canónicos de Lucas. Después apenas sabemos, por la carta de Pablo a los fieles de Galacia, que Pedro había recibido el encargo de predicar el “evangelio de la circuncisión” (Gál 2, 7). Pablo se confesaba evangelizador entre los gentiles, mientras daba a entender que la misión de Pedro debía desarrollarse entre los circuncisos judíos.

Sin embargo, la tradición, refrendada por los Hechos Apócrifos, sitúa a Pedro en Roma en compañía de Pablo. Hoy sigue siendo Roma el marco histórico-geográfico de los acontecimientos fundamentales de la misión y la vida del Príncipe de los Apóstoles. La monumental basílica de San Pedro del Vaticano es el argumento más contundente y clamoroso de la vinculación de Pedro con Roma. El que fuera un humilde pescador del humilde mar de Galilea, hombre nacido en el humilde villorrio de Betsaida, es el titular del templo más grandioso de la cristiandad. Pues esa vinculación de Pedro con Roma está preconizada y afirmada por el texto de sus Hechos Apócrifos.

En efecto, los Hechos Apócrifos de Pedro (s. II) tienen los tres primeros capítulos dedicados a Pablo. En ellos se cuenta de las actividades de Pablo en la capital del Imperio, así como de las inquietudes de los fieles por el proyecto de Pablo de marchar a España. El Señor le enviaba para que fuera con su presencia médico de los habitantes de aquella región. La proyectada ausencia de Pablo revestía perfiles especialmente trágicos, porque había llegado a Roma Simón Mago con evidentes intenciones de pervertir a los discípulos de los Apóstoles. Una visión celestial advirtió a Pedro que acelerara su venida a Roma desde Palestina para combatir a Simón y neutralizar sus hechicerías. El enfrentamiento de Pedro con Simón es tan significativo que la edición de los Hechos Apócrifos de Pedro, los “Actus Uercellenses”, publicados por Lipsius, llevan como epígrafe “Actus Petri cum Simone” (Hechos de Pedro con Simón), como si no trataran de otros aspectos de la vida y muerte del Apóstol.

Voy a recordar aquí dos episodios de estos Hechos que han dado origen a hermosas leyendas transformadas después en sendos templos. El primero de estos episodios es el conocidísimo del “Quo vadis” (¿A dónde vas?). La expresión latina, consagrada por la tradición y la devoción, es originaria del relato del “Martirio de San Pedro, escrito por el obispo Lino” (s. IV). Pero la fuente original es el capítulo 35 de los HchPe, situado en la sección del martirio conservada en griego y que falta en la versión latina de los ”Actus Uercellenses”. Ante la situación peligrosa creada por los enemigos de Pedro, los fieles le aconsejaron que abandonara Roma porque todavía podía “prestar servicios al Señor”. Pedro, no sin reticencias, se decidió a huir de la ciudad.

Salía ya por la puerta de la vía Appia, la “reina de las vías”, cuando topó con el Señor que se dirigía a Roma. Así suena el relato de los Hechos de Pedro: “Cuando salía (Pedro) por la puerta, vio al Señor que entraba en Roma. Al verle le dijo: `¿A dónde vas, Señor?´ (Quo uadis, domine; kýrie, poû hôde). El Señor le respondió: `Entro en Roma para ser crucificado´. Pedro le dijo: `Señor, ¿para ser de nuevo crucificado?´ Le contestó: `Sí, Pedro, voy a ser crucificado de nuevo´. Pedro, reflexionando en su interior y tras contemplar al Señor que subía al cielo, se volvió a Roma lleno de gozo”. Éste es el relato original de la escena tal como la refieren los Hechos Apócrifos de Pedro 35, 2-3. En sus detalles se basan los que de ella trataron, desde el obispo San Lino hasta nuestros días.

No podemos olvidar aquí la excelente novela de Henryk Sienkiewicz, el premio Nobel polaco, que lo mismo que la película que luego le dio fama y trascendencia, tenía como título la pregunta de Pedro a Jesús: “Quo vadis?” Detrás de dicha novela y de la película que le dio forma cinematográfica está el texto de los Hechos de Pedro.

La devoción de los fieles ha dejado en el supuesto lugar del encuentro de Pedro con Jesús una pequeña iglesia que lo recuerda. Se levanta al lado de la vía Appia junto a la bifurcación de esta vía con la vía Ardeatina, a unos 800 metros de la Puerta de San Sebastián. En el pavimento hay una piedra que tiene grabadas las huellas de los pies de Jesús, aunque la piedra que la tradición considera como original, se conserva en la basílica de San Sebastián, un par de kilómetros más delante de la vía Appia.

Otro suceso sorprendente en el relato de los HchPe es la crucifixión cabeza abajo. Un suceso recordado y destacado también en la novela de Sienkievicz. Pedro explica el significado del gesto relacionándolo con el origen del primer hombre (HchPe 37-38). La razón de la humildad de Pedro, que no se consideraba digno de morir como su Maestro, es una aportación original del Martirio de Pedro escrito por el obispo Lino (c. X). Según el texto de HchPe 37, Pedro se lo pidió a sus verdugos. Luego, estando ya en esa posición, hizo su exégesis dando a entender que el orden primitivo ha quedado trastocado, de manera que la “derecha sea izquierda y la izquierda derecha”.

Pero la crucifixión de Pedro quedó petrificada en la memoria y en la devoción de los cristianos. La imagen fue chispa en la inspiración de los artistas, entre otros, en la de Bramante, que concibió y ejecutó el templete de “San Pedro in Montorio” construido en el lugar considerado erróneamente como el de la crucifixión de Pedro. Es de tan reducidas dimensiones que los romanos hablan de él ordinariamente como del “tempietto”. Está situado en la vertiente oriental del monte Janículo, el “Mons aureus”. La tradición señalaba el “Mons Aurelius”, en el Vaticano, como el punto en que Pedro había sido encarcelado y muerto. Pero una confusión en tiempos medievales cambió el lugar por “Mons Aureus”, el Montorio del templete de Bramante. El edificio, en forma de templo clásico más que lugar de culto cristiano, tiene una cúpula considerada como el origen de otras cúpulas similares, entre otras, la de San Pedro del Vaticano, proyectada también por Bramante, aunque ejecutada por Miguel Ángel. Y con el estremecimiento del “aquí”, que justifica otros lugares de culto, un hoyo en la cripta señala el lugar en el que estuvo clavado el madero de la cruz.

El templete fue costeado por los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, en acción de gracias por la conquista de Granada. La inscripción dedicatoria proclama que se trata de un monumento en honor de San Pedro: “Sacellum Apostolorum principis martyrio sacrum” (Capilla consagrada al martirio del príncipe de los Apóstoles), y destaca obviamente la mención de los patrocinadores “Fernando, rey de España y la reina Isabel”. Y aunque ya desde el siglo IX hubo en el lugar un templo, el de Bramante lleva la fecha del año 1502. El suceso recordado y celebrado por el templete de Bramante tiene como justificante literario el texto de los Hechos Apócrifos de Pedro.

Saludos de Gonzalo del Cerro

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