Ignacio Puente Olivera: “El “Chino” fue el primero que nunca dudó de mi sacerdocio. Cada vez que me cruzaba, me pedía que lo bendijera”
Ecos de la sociedad del descarte
“Hay infinitud de maneras en que nos explicamos de cómo llegaron a estar así. Más que el descarte, somos el desecho. A nadie le importamos”
“¿Para qué estamos acá? ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Cuál es el “indicador” de la calidad y eficiencia de nuestro trabajo?”
Un texto con sabor y olor a papa Francisco comparte hoy Nacho Puente Olivera, discípulo y amigo del cardenal Bergoglio que lo ordenó sacerdote en Buenos Aires y cuya amistad continuó una vez que el cardenal fue revestido de blanco y Nacho se quitó los hábitos, pero en el alma siguió siendo sacerdote con hogar, un sacerdote bergogliano, con olor de oveja:
Se fue el Chino nomas, partió… y con él, como con cada uno de nuestros “hijos” se va parte de nuestro corazón.
Me levanté temprano, de madrugada, escuchando a lo lejos a Maru en su trajinar cotidiano. Me siento enfermo, me duele garganta y el corazón. Con un esfuerzo exagerado me voy a duchar y cambiar. No me afeito, mañana se casa Nico…
Levanto a Mati, la giro en su cama y la dejo caer en mis brazos. Me abraza semi dormida y le doy un beso. Ella me corresponde, ¡cuánto valor tiene ese beso dormido! Se desprende y agarra su ropa para cambiarse. Giro y despierto a Cata, despertar es pretender un montón. La ayudo a cambiarse y la llevo a mi cama… ella tiene sus tiempos. Alzo a Pili y la acuesto en la cama de arriba, su abrazo dormida y su sonrisa que escasea a estas horas son un bálsamo. La cambio y la bajo a tomar el desayuno. Llega el turno de José… primero al baño, no hay que olvidar que hace apenas nada dejo los pañales. Después si, cambiarlo y bajarlo. Todavía está en la edad en que se prende como koala. Disfruto cada instante con ellos.
Empieza el día, me siento enfermo. Todo sigue su rutina, pero algo en mi sangra, duele.
Los cuidados paliativos de una enfermedad aplastante. En eso trabajo, ahí es donde más me encuentro. Donde puedo desplegar quien soy de verdad. Es una gracia, un regalo del buen Dios. No tiene nada de heroico, ni siquiera admirable. Darles tu vida a personas que padecen una enfermedad tan cruel solo es posible si encontrás en eso tu versión más genuina. Sos lo que das… simplemente se trata del ser.
Las adicciones son de las enfermedades más crueles que existen. Te rompen todo. Destruyen todo vestido con el que pretendemos tapar nuestra desnudez, quedamos en bolas. Vivís lastimado, con las heridas supurantes a la vista de todos. Humillado y enojado. La noche oscura del alma es para espíritus refinados, acá la oscuridad es espesa, maloliente, cerrada y habla de infiernos encarnados. No hay nada que te atraiga, todo reflejo apunta a salir corriendo. Los caminos terapéuticos se cerraron, nos fuimos poco a poco cayendo más abajo. Los límites entre la vida y la muerte ya no se distinguen con claridad. Se puede estar muerto respirando.
La muerte de Chino me tritura
el corazón y me explica. Me muestra que no es lo mismo estar qué no hacerlo. “Si no estás, no pasa nada” para que pasen, tenés que estar. Permanecer. Para la sociedad mis pibes deberían estar muertos, se me pierden las discusiones bizantinas con que el mundo intenta explicarse y explicarlos. Nunca uno es tan creativo que cuando se autojustifica, con la sociedad es lo mismo. Hay infinitud de maneras en que nos explicamos de cómo llegaron a estar así. Más que el descarte, somos el desecho. A nadie le importamos, y quien lo hace generalmente busca más satisfacer vaya a saber uno qué de sí mismo, y ante el menor “fracaso” se van o se convierten en gerentes de dispositivos a los que pasan de visita… somos una máquina de picar carne. En este lugar existencial no hay victorias de ese tipo, solo el fracaso y la muerte. Y lo único que se puede hacer es estar, con ese estar presente que tanto demandamos en la sociedad. Permanecer. Acompañar. Compartir la vida, o lo que quede de ella. Hasta que llegue “la hermana muerte”.
El Chino… fue el primero que nunca dudó de mi sacerdocio. Cada vez que me cruzaba, en el estado que sea, me pedía que lo bendijera, como que lo protegiera. Se me llenan los ojos de lágrimas al recordar como bajaba su cabeza y su mirada… “me das tu bendición…”. Hoy muchos lo imitan, pero el que empezó con eso fue él. El sábado santo Jesús bajo a los infiernos, ¡a qué infierno habrás bajado amado mío para abrazar con esa locura tan tuya al Chinito!
El año viene bravo en el fondo. Viene oscuro, frio, violento, espeso… el infierno tiene más de esto que de fuego. Y estamos nosotros. Ahí donde se apagó hasta la mecha humeante. Estando. Incluso cuando la muerte nos sopla de costado.
¿Para qué estamos acá? ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Cuál es el “indicador” de la calidad y eficiencia de nuestro trabajo?... me suelo reír, aunque lo entiendo, cuando quienes llevan la política pública nos piden de esas cosas… el único indicador que logro ver es el que están vivos. Mientras lo estén tenemos que estar ahí. Intentado darnos, mal, pero por lo menos intentándolo. Y, por qué no, amarlos. ¡Que locura! Amarlos sin que nada lo merezca, sin nada que invite a hacerlo. Amarlos porque sabemos que ellos están ahí, sufriendo, padeciendo, expresan con su vida la llaga abierta que hay en su alma. Y ahí esta Jesús…
¡Chinito, chinito lindo! Jesús te está abrazando y curando como ninguno de nosotros pudo hacerlo. Vos sos de los que nos precederá en el reino de los cielos. Abrime la ventana, o un boquete en el techo, así entramos también nosotros a compartir tu gozo, tu alegría y tu fiesta… Te quiero hermano y te voy a extrañar mucho.
Nacho Puente Olivera
Buenos Aires, marzo 13 de 2026