Los Nuncios del Vaticano
La venida del nuevo Nuncio, Mons Renzo Fratini, me motiva a hacer una reflexión acerca de la máxima del Evangelio , que pide a los discípulos de Cristo estar en el mundo pero sin ser del mundo.
El texto, según una expresión feliz del fallecido teólogo y cardenal Y. Congar, quiere decir que la Iglesia debe ser menos del mundo y más para el mundo.
Es decir, no ha de usar en el desarrollo de su acción pastoral medios poderosos como los señores del mundo, ya que ella está llamada a identificarse y permanecer al lado de los pobres a ejemplo de Jesucristo. En resumen, con los pobres y al servicio del mundo, ésta sería la verdadera identidad de la Iglesia.
Es bueno recordar a este propósito el debate que se suscitó en el aula del Concilio Vaticano II y en los años posteriores a él acerca del papel que representa el cuerpo diplomático en la vida de la Iglesia. En uno y otro momento se le ve como una institución que discurre por los mismos caminos que se establecieron entre el poder político y la Iglesia en tiempos del emperador Constantino.
Por tanto, se cree necesario borrar las huellas que se vienen arrastrando de ese pasado lejano y que vincula a la Iglesia a los Estados.
Según el Concilio, la Iglesia no está ligada a ningún poder político ni económico, a ninguna cultura, sino que debe convivir con todas las comunidades humanas y crear vínculos de comunión entre ellas. La Constitución Pastoral sobre la Iglesia dice así: En el terreno que le es propio la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas entre sí (GS 36).
Pero las dos, aunque a título distinto, están al servicio de la vocación personal y social de los mismos hombres” (GS 76, 3-4). La Iglesia tiene que estar en el mundo como quien sirve y no como quien manda.
En el documento conciliar sobre la Actividad Misionera se dice: “La Iglesia no quiere injerirse en el gobierno de la ciudad terrestre. No reivindica para sí otro título que el de estar al servicio de los hombres, con la ayuda de Dios, mediante su caridad y su servicio fiel” (AM 12. 3).
Como podemos apreciar, siguen los nuncios como en tiempos anteriores al Concilio y siguen asimismo las injerencias de la Iglesia en el terreno que es propio del Estado. Todo esto merma mucho la credibilidad de la Iglesia.