Virtudes públicas en Ortega, curso
J. Ortega y Gasset
Capítulo Cuarto
El Socialismo
Socialismo y democracia
(Cont.)
La curación de España es faena mucho más grave, mucho más honda de lo que suele pensarse. Tiene que atacar estratos del cuerpo nacional mucho más profundos que la política, la cual no representa sino la periferia o el cutis de la sociedad. (Sobre la vieja política XI, 30-31).
Al hablar del espíritu de la Liga de Educación Política insiste en su tesis diciendo: Vivimos una época en que cada uno ha de tener claro su sentir sobre los asuntos de la nación. Él, por su parte, reitera que con ser mala la política de los veinte últimos años, le parece mejor que la vida no política, es decir, ciudadana. Los vicios de la política no nacen de ella misma, sino que llegan a ella torrencialmente de la cuenca social.
Y pone unos ejemplos que corroboran lo que dice: el ministro de Hacienda suele ser incompetente, pero ¿acaso no lo es más el financiero privado? El juez es injusto, pero ¿no lo es en todo instante el español de tipo medio en cada uno de sus actos?. "Somos una raza desmoralizada, y mientras no nos reeduquemos, todo será vano. ¡Educación, cultura! Ahí está todo. Esa es la reforma sustancial". Insistiendo en la Liga contra la Incultura dirá asimismo: la reforma sustantiva de nuestra nación tiene que ser de nuestra sociedad y no de nuestra política" (Ideas políticas XI, 48-49).
Pedro Cerezo comentando todo este pensamiento de Ortega llega a la conclusión de que el mal de España afecta a la médula social y sólo en la transformación de la vida social pueden hallarse motivos de esperanza (P. Cerezo, La voluntad de aventura, Barcelona 1984) .
Pero esta transformación social choca con el pequeño burgués que somos el tipo medio de los ciudadanos españoles, que hace que triunfen siempre la moral y la ideología burguesas. "España es el paraíso de la pequeña burguesía. Y mientras sea así no podemos pensar en reforma alguna" (Vaguedades XI, 50-52). Esta actitud es más frecuente en los ambientes rurales y provincianos, por lo que él tenía mucha fe en la descentralización del poder de las autonomías.
Pensaba que al tener cerca la dirección de los asuntos públicos que les concernían directamente y les eran más conocidos, los ciudadanos se sentirían obligados a participar en ellos (Discurso en Segovia XI, 133; Puntos esenciales 139-140).
En su afán de despertar la sensibilidad de los ciudadanos hacia la vida pública Ortega insiste ahora con un doble argumento: Que todo ciudadano tiene siempre algo concreto y oportuno que decir y que en un pueblo hay tanta mayor energía cuanto mayor sea el número de cabezas que colabore en la vida pública. El está convencido de que en todo hombre hay, junto a la conciencia moral que, insobornable sentencia sobre nustros propios actos, una conciencia política que, en oposición a lo que sostenemos públicamente, nos dice qué es lo que hay que hacer (Las provincias deben rebelarse contra toda candidatura de los indeseables XI, 341-344).
Digamos finalmente con nuestro autor que para contrarrestar la apatía política ciudadana, que hiere a la democracia, no tiene sentido pedir a las gentes que se interesen por un Estado que no les interesa, por el contrario, es menester inventar un Estado que interese a las gentes, y solo entonces se conseguirá hacer de ellas ciudadanos que se corresponsabilizan con el Estado.
Y respecto a que no existe opinión pública entre la ciudadanía, diremos en la misma lógica que no se opina sobre lo que no se siente, por lo que en lugar de lamentar que los españoles no sienten las cuestiones públicas, lo que deben hacer los políticos es suscitar cuestiones que puedan ser sentidas por la gran masa española, aportando a la par medios para que esta sensibilidad no se pierda, sino al contrario, se acumule y organice como la mejor forma de permanecer. Todo esto lo razona Ortega desde una mentalidad socialista, que es la que puede soñar y hacer realidad algún día este ideal (La Redención de las Provincias. Provincianismo y Provincialismo XI, 179 y 244).
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