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Que acabe ya la guerra

La cigüeña sobre el campanario

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La blanca cigüeña,

como un garabato,

tranquila y deforme, ¡tan disparatada!

sobre el campanario.

Antonio Machado

¡Yo creo en la esperanza...!

El credo que ha dado sentido a mi vida

4. El Cristo de mi fe

II. Descubrimiento de la Religión

Verdadera

3. Conciencia cristiana y marxismo

La significación real y realista de la dialéctica hegeliana del amo y del esclavo la intuyó Marx en sus Manuscritos económico-filosóficos de 1844, publicados en el volumen 3 de la sección 1 de la edición crítica de las obras de Marx y Enguels de jazanov(2)

Marx aceptó el planteamiento dialéctico de Hegel, pero creyó que había que invertir los términos del despliegue dialéctico. El punto de partida no es la lucha, sino el trabajo (pacífico)en que se realiza la unidad del hombre con la naturaleza y del hombre con el hombre. Pero aquí apunta el carácter totalitario de la concepción de Marx.

Un carácter que tamién Marx recibió de Hegel. La unidad del hombre con la naturaleza es ambigüa en Marx, porque el momento de la independencia no queda salvado suficientemente, y la radical originalidad del espíritu es dolorosamente sacrificada.

La unión del hombre con el hombre se hace a expensas de la persona real, privada de un destino trascendente, de una auténtica sustantividad personal, de un genuino momento de libertad espiritual, y reducida a una absorción en el hombre genérico, que Marx considera como un "general concreto"en versión realista-materialista, pero que, con respectoa la persona de cada hombre, resulta una abstracción, a la que son sacrificadas las personas reales...

¿Cómo se pasa del momento del trabajo al momento de lucha a muerte? Para Marx se pasa en virtud de una usurpatoria aprobación del fruto del trabajo por parte de los "amos", que está en la entraña de la propiedad capitalista, mediante la que el operario es apartado violentamente del fruto natural de su trabajo, que se convierte para él en un instrumento de alienación.

Esta alienación no puede ser superada sino mediante la revolución que, suprimiendo la clase opresora, restaure la unidad originaria, realizando la reconciliación del hombre con la naturaleza y del hombre con el hombre...

Sin embargo, una comparación de Marx y Hegel nos revela que la fundamentalidad de la "lucha" y el "odio" es más radical en Hegel que en Marx. El momento originario de Marx, trabajo pacífico y concorde, es mejor que el de Hegel, hostilidad y "lucha a muerte"...En cuanto al ateismo de Marx(que es un panteismo materialista-dialéctico) tampoco dista demasiado del monismo idealista de Hegel.

Hasta cierto punto, podría decirse que, en comparación con Hegel, Marx queda justificado. Pero sólo en comparación con Hegel, porque el punto de partida de Marx es sustantivamente falso.

El verdadero punto de partida, la actitud originaria de la convivencia, que da el sentido radical de la existencia de la persona humana nos viene indicado en uno de los monumentos primigenios del espíritu humano, que es, a la vez, para los creyentes, un documento inspirado por Dios.

Me refiero al Génesis y, precisamente, a aquella parte del mismo que representa el ciclo más antiguo de tradiciones. Allí encontramos el relato de la formación de Eva y de su encuentro con Adán. Es impresionante la fusión que hay en este relato de infantilidad cultural y de profundidad humana, verdaderamente metafísica en el más noble sentido de la palabra.

"No es bueno que el hombre esté solo", dice Yahvé (Gén 2, 18). Por obra de Dios, sobre el hombre cae un profundo sueño. De su costilla es formada una mujer, que Dios lleva a Adán. Y Adán, a quien la teoría de todos los animales de la creación no había logrado conmover, despierta ahora y se reconoce en la mujer, su otro yo, su "yo en el otro".

Prorrumpe en una exclamación, en que se expresa la más profundo de su existencia, de su ser personal:"Esta vez sí! Aquí está el hueso de mis huesos y la carne de mi carne (Gén 2, 19-23).

--Ver: JM. Díez-Alegría, ¡Yo creo en la Esperanza". El Credo que ha dado Sentido a mi Vida

Desclée de Brouwer 1972

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