León XIV: de apelar a la unidad a decretar la excomunión
Lo que el papa León XIV más deseaba evitar ha tenido lugar, y bien pronto, bajo su autoridad: un solemne decreto de excomunión. La Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por Monseñor Marcel Lefebvre en 1970 con el propósito de restaurar en la Iglesia Católica la tradición rota a su juicio por el Concilio Vaticano II, estaba advertida: en caso de que, como habían anunciado, alguno de sus obispos consagrara a un nuevo obispo, consagrante y consagrado quedarían automáticamente excomulgados.
Pero ni a la integrista Fraternidad Sacerdotal lefebvriana le intimidó la amenaza ni al Vaticano le tembló la mano: la Santa Sede emitió inmediatamente el decreto de excomunión para los dos obispos “consagrantes” y los cuatro nuevos “consagrados”, así como para todos los “fieles laicos” que se adhieran formalmente al nuevo “cisma” (utilizo el vocabulario canónico vigente, anacrónico como toda esta historia, una más). Y todo ello apenas transcurrido un año desde su elección.
He abierto estas líneas señalando que ha sucedido lo que el papa León más quería evitar. Fue elegido y aceptó la elección justamente para sortear la amenaza cismática de los sectores más tradicionalistas. Recordemos su primera intervención, cuidadosamente sopesada, redactada y leída: queremos ser una “Iglesia misionera abierta a todos", “construir puentes mediante el diálogo”, “uniéndonos todos para ser un único pueblo, siempre en paz”. Fue elegido y aceptó la elección para dar cabida a unos y a otros. “Todos, todos, todos”, ha dicho posteriormente haciendo suyas las palabras del papa Francisco.
Sonaba bien, pero a la primera de cambio vuelve a imponerse el Derecho Canónico con su criterio inapelable, fijando fronteras y aduanas, credos y cánones, condiciones y papeles. Una sola persona, siempre un varón “elegido por Dios”, vuelve a tener la última palabra, el poder supremo para cerrar o para abrir, para imponer la excomunión o para levantarla. La Iglesia que se llama Católica o universal vuelve a identificarse con una forma inevitablemente particular (histórica, cultural, teológica, dogmática, canónica), y ello en nombre del Infinito o del Aliento sin formas ni fronteras.
Nos encontramos así con que un papa profundamente animado por el deseo de salvaguardar la comunión toma muy pronto partido por la lógica y los intereses del sistema, y dicta la excomunión. Con el agravante de que el Derecho Canónico –la voz del sistema, no de la comunión– le exime de toda responsabilidad personal, ya que se trata de lo que en el argot canónico se llama excomuniónlataesententiae, es decir, una pena en la que incurre automáticamente quien comete un determinado delito canónico como es la consagración episcopal de un sacerdote sin autorización papal. De modo que no es la institución católica ni el papa quien excomulga al infractor, sino éste quien ejecuta un “acto cismático” y se excomulga a sí mismo. Cinismo del sistema.
Con ello –ironía histórica que ha pasado desapercibida–, León XIV se suma a la lista de tres de sus predecesores del mismo nombre que han protagonizado los episodios más significativos de ruptura en la historia de las Iglesias: el primero fue León Magno, en el s. V, el primer obispo de Roma que pretendió poseer el poder de jurisdicción sobre todas las Iglesias; condenó a los obispos que en el Concilio de Calcedonia (451) se negaron a aceptar la fórmula dogmática que había sido propuesta por él, según la cual Jesucristo es una sola persona divina (el Verbo eterno encarnado) que posee dos naturalezas completas (divina y humana), cada una con sus propiedades; la condena no alcanzó solamente a los obispos recalcitrantes, sino también a las Iglesias que los secundaron, y siguen estando “fuera de la comunión” de las Iglesias ortodoxas y de la Iglesia Católica Romana, a saber: la Iglesia Ortodoxa Copta, la Iglesia Apostólica Armenia, la Iglesia Ortodoxa Siria, la Iglesia Ortodoxa Etíope Tewahedo, la Iglesia Ortodoxa Eritrea Tewahedo, la Iglesia Ortodoxa Malankara Siria, y la Iglesia Nestoriana. Más tarde, justo a los 500 años, en 1054, León IX excomulgó a Miguel Cerulario, patriarca de Constantinopla, por no someterse a la autoridad papal romana, lo que dio lugar al cisma todavía vigente entre la Iglesia Católica de Roma y todas las Iglesias Ortodoxas que siguieron ligadas a su patriarca. Y en tercer lugar, otros 500 años después, en el año 1521, León XI excomulgó a Lutero y provocó la división que aún perdura entre la Iglesia Católica Romana y todas las Iglesias protestantes.
Es del todo impensable que el cisma entre la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y la Iglesia Católica Romana tenga el impacto histórico y la extensión temporal de los grandes cismas mencionados, pero los motivos aducidos son los mismos y en el fondo se reducen a uno solo: la pretensión romana de poseer las llaves de Cristo y de la comunión, y de imponer su doctrina y su autoridad a las demás Iglesias.
En el 2026, cinco siglos después de Lutero y de Trento, cuando el internet de toda la humanidad y de todas las cosas avanza imparable, cuando tres dictadores políticos y unos pocos tecnomagnates rivalizan por imponer al mundo su proyecto devastador con el poder del dinero, de las armas y de los asistentes de IA, las ideas de Lefebvre y de sus seguidores me parecen auténticos desatinos, pero no me lo parece menos que un papa responda con una sentencia de excomunión, igual que hace 1500 años, igual que hace 1000 e igual que hace 500: no creo en ningún tipo de comunión ni de excomunión dictada de lo alto de una jerarquía sagrada, mucho menos si cabe tratándose como se trata en este caso de si ha de celebrarse la memoria del profeta liberador Jesús en latín o en la lengua de cada pueblo, de espaldas o de frente, según el ritual de Trento o del Vaticano II.
Avancemos. Si tan clara era la voluntad de León XIV de evitar esta excomunión, ¿por qué la ha decretado? Le hubiera bastado con autorizar las consagraciones episcopales, o con derogar la norma canónica penal en este caso concreto, o con decretar que la norma eclesiástica infringida no es “de derecho divino”. Tenía la potestad para hacerlo. ¿Por qué no la aplicó? Tal vez porque pensó que no debía o que no podía. Seguramente por miedo: miedo de relajar demasiado las exigencias de la comunión, miedo de sentar precedentes peligrosos, miedo de traicionar su misión y de menoscabar su autoridad sagrada. Las mismas razones o los mismos miedos por los que el papa, aunque quisiera levantar inmediatamente la excomunión decretada –y aunque posee el poder de hacerlo–, no lo hará. He ahí la contradicción inherente a todo poder supuestamente absoluto y a la potestad pontificia absoluta en concreto. Todos los papas del pasado y del presente están endiabladamente atrapados en la contradicción del sistema absoluto del que son a la vez garantes y víctimas. Este sistema clerical jerárquico resulta hoy más absurdo que nunca. ¿Piensa alguien que con tales credenciales puede presentarse la Iglesia como sacramento de paz y de comunión para una humanidad desgarrada?
¿Cuál sería, pues, la alternativa? Requeriría inventar otro modelo de comunión en otro modelo de Iglesia en la que quepan todos, todos, todos, y no solo de palabra. La alternativa no significaría dar vía libre a la veleidad y al caos. Significaría renunciar enteramente al modelo piramidal sagrado derivado de lo alto, y devolver a la comunidad universal y a cada comunidad local el poder de la palabra y de la decisión. Significaría dejar de identificar unión con uniformidad y dejar de medir la comunión por el grado de sumisión. Significaría apostar por el diálogo incondicional y permanente. Significaría no absolutizar ninguna creencia, rito o norma, aun reconociendo la necesidad de un mínimo marco institucional común, siempre provisional y relativo, y nunca por voluntad divina indiscutible revelada de lo alto sino por nuestra condición social básica. Significaría dejar que quien quiera abandonar un determinado marco pueda hacerlo sin que nadie lo condene por ello ni lo excomulgue y sin que nadie deje de reconocerlo como hermano en comunión en una comunidad más amplia y abierta. ¿Cómo puede ser creíble una Iglesia que predica urbi et orbi el Evangelio del amor, la tolerancia y la magnanimidad y que, al mismo tiempo, se muestra incapaz de encarnarlo en su propio seno, siempre particular y abierto?
¿Pero no será todo esto pura ilusión alejada de la realidad y de la práctica? Depende de si nos queda aún un mínimo de sensatez y de una confianza elemental en esta especie humana. ¿Acaso es ilusorio pensar que una pareja con un proyecto de vida compartida o un partido político con un programa o un grupo humano cualquiera con un compromiso de acción común, cuando la convivencia o la acción en un marco dado ya no sea posible por múltiples razones, pueda separarse “humanamente”, para vivir en paz y ser fieles a su compromiso social y seguir reconociéndose, respetándose e incluso queriéndose? ¿Hay otra salida realista y posible para la convivencia social en general? Y aun si esto pareciera fantasioso, ¿no cabría esperar que fuera posible entre quienes dicen respirar el espíritu de la libertad y de la fraternidad-sororidad universal que Jesús anunció?
¿Será ilusorio pensar que diversas personas o grupos que no profesan los mismos dogmas cristológicos o que no los entienden de la misma manera, que no están sujetos a un mismo marco jurídico y doctrinal ni obedecen al mismo obispo o al mismo papa, puedan sentirse y reconocerse en comunión profunda, en la medida en que unos y otros estén animados por el espíritu de la libertad liberadora y de la compasión sanadora de Jesús? ¿Será ilusorio aspirar a que un ecumenismo universal así libre y plural pueda darse entre todas las Iglesias que son o serán, incluida por supuesto la Iglesia Católica Romana con su papa particular, pero también la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y una comunidad cualquiera de hombres y mujeres cristianas desligadas de todo marco patriarcal, clerical y jerárquico? ¿No será ilusorio creer que pueda existir otro ecumenismo real y duradero? ¿No se debería, pues, concebir y configurar la Iglesia como una comunión universal de todas las comunidades que quieran formar parte de ella, sin condenas ni excomuniones, por grandes que fueren las diferencias teológicas, rituales, institucionales? ¿No es ese el horizonte que inspira al Consejo Mundial de las Iglesias, de la que, por cierto, la Iglesia Católica Romana no es miembro?
¿No es a eso a lo que nos invita cualquier organismo viviente de la Tierra, pues en ella la vida emerge siempre y solo de una red de relaciones creadoras? ¿No será posible plasmar en la Iglesia ese misterio fontal de la vida que en nuestro planeta surgió ya hace 4.400 millones de años? Bastaría respirar el espíritu, el aliento fresco que anima el universo entero desde lo infinitamente pequeño hasta lo infinitamente grande. Bastarían la voluntad, la convicción, la sabiduría.
José Arregi
Aizarna, 14 de julio de 2026
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