Cuando el amor no calcula
El amor auténtico aparece como un exceso incomprensible.
Las dos lógicas que se enfrentan en este pasaje dejan al descubierto, una vez más, el modo en que opera el ego humano y la forma en que Dios se da.
Las dos lógicas que se enfrentan en este pasaje dejan al descubierto, una vez más, el modo en que opera el ego humano y la forma en que Dios se da. Lo más inmediato suele ser juzgar aquello que no encaja en nuestros parámetros mentales; y eso es, precisamente, lo que Judas pone de manifiesto. De María podrían hacerse muchas interpretaciones, pero lo cierto es que su gesto habla del exceso propio de la gratuidad, de esa desmesura que sólo pertenece al amor verdadero.
Antes que nada, podemos reconocer uno de los signos más claros de la presencia del Reino de Dios: la mesa compartida. Toda vida auténtica convoca, reúne, pone en relación, genera comunión. Cuando la vida es restituida —como en el caso de Lázaro—, cualquier circunstancia se transforma en celebración.
Toda vida auténtica convoca, reúne, pone en relación, genera comunión.
El evangelista Juan nos introduce, además, en una escena donde convergen distintas formas de verdad, de ser: Lázaro está presente, Marta sirve y María se desborda en su gesto. Tal vez sus actitudes expresen modos diversos de amar, pues el amor, cuando es verdadero, no se imita, sino que se encarna. Y cuando se encarna, se vuelve irrepetible. A los ojos de quien aún no ha entrado en esa lógica —bien representado en esta ocasión en Judas, que se mueve desde sus creencias y no desde la fe—, el amor auténtico aparece como un exceso incomprensible.
No está de más confrontarnos con esta escena: ¿cómo amamos nosotros? ¿Amamos realmente o, más bien, vivimos demandando ser amados? Como advertía Isaac de Nínive, «el que ha gustado el amor de Dios ya no puede contener su corazón, sino que se derrama sobre toda la creación». El amor verdadero no se repliega, sino que se expande.
María no calcula. Su gesto es desbordante: se entrega sin medida, y en esa entrega deja huella. El amor, cuando se ofrece, siempre deja rastro; no permanece en lo privado, sino que alcanza, de un modo u otro, a todos los presentes. En su acción se transparenta lo que San Anselmo expresaba con hondura: «no busco entender para creer, sino que creo para entender». María no razona el amor, lo vive.
El amor, cuando se ofrece, siempre deja rastro.
Jesús, por su parte, no juzga ni racionaliza el gesto; simplemente lo acoge. En Él contemplamos el rostro de un Dios que no reprime la desmesura del amor, sino que la reconoce como su propio lenguaje. Sin embargo, emerge en la escena una clave inquietante: «lo tenía guardado para el día de mi sepultura». Como si María, de algún modo, hubiera intuido el destino de Jesús. Porque amar de verdad implica siempre atravesar la pérdida, asumir la finitud y consentir la entrega.
El relato muestra también lo que sucede cuando la vida es auténtica: para quienes necesitan controlarlo todo, lo verdadero resulta incómodo. La autenticidad atrae, pero también inquieta, porque desenmascara la inconsistencia de lo que no es pleno. Quien vive desde la verdad inevitablemente entra en tensión con la lógica del ego colectivo, que rige tantas dinámicas del mundo.
Los padres del desierto conocían bien este combate interior. Decía un abba: «El hombre que ha conocido su propia debilidad es mayor que el que ve ángeles». Reconocer la propia pobreza es ya abrirse a otra lógica, la del don.
Quizá, al final, la pregunta decisiva no sea tanto qué hace María, sino qué ocurre en nosotros con Judas. ¿Qué parte de nuestro corazón sigue aferrada al cálculo? ¿Y cuál se atreve —aunque sea con temor— a derramar el perfume?