Hazte socio/a
Última hora
El caso Zornoza, archivado

De otro modo

María Magdalena no encuentra a Jesús hasta que deja de buscarlo como lo había perdido.

Podemos pasar a otra forma de relación con Jesús.

Icono de María Magdalena con Jesús Resucitado

El evangelio de Juan nos sitúa hoy ante una tesitura profundamente sugerente: podemos pasar a otra forma de relación con Jesús.

María Magdalena está sumida en el dolor de la pérdida: llora, sigue buscando, se pregunta, permanece encerrada en sí misma y no logra reconocer a Jesús de Nazaret, aun teniéndolo delante. Su búsqueda es sincera, pero sigue anclada en sus propios esquemas, en su modo de entender y esperar. Quizá no lo reconozca porque lo sigue buscando como antes. Y tal vez a nosotros nos ocurra lo mismo.

Dios, en Jesús, nos muestra que su presencia —su modo de hacerse presente como don encarnado en cada instante— no coincide necesariamente con nuestras expectativas. El camino para reconocer a Cristo resucitado pasa por una transformación interior: dejar caer nuestras imágenes, nuestras ideas prefijadas, todo aquello que limita la novedad de su irrupción.

El camino para reconocer a Cristo resucitado pasa por una transformación interior.

Pero entonces Jesús pronuncia su nombre: «¡María!». No hacen falta argumentos ni explicaciones, sólo la llamada personal que la alcanza en lo más hondo. Allí no se trata de comprender, sino de responder. El nombre pronunciado la revela a sí misma, la despierta. Y en ese instante se vuelve, lo reconoce y responde: «Rabbuní». La verdad no se impone desde fuera: brota desde dentro cuando uno es llamado. En ese reconocimiento acontece el verdadero encuentro, que no se construye, sino que se acoge.

Acuarela del Resucitado con María Magdalena

Sin embargo, tras el reconocimiento surge la tentación de retener, de apropiarse de lo vivido. María quiere aferrarse, pero Jesús la detiene: «No me retengas». El Resucitado no puede ser poseído. No es un objeto que asegurar, sino una Presencia que acoger. Toda experiencia auténtica de Dios exige un paso: de la inmediatez sensible a una relación en el Espíritu, donde ya no cabe apropiación alguna, donde dejamos nuestra esperanza abierta a la bondad irracional que tantas veces oculta la vida.

También aquí se esconde una tentación sutil: querer fijar la experiencia, repetirla, como en el Tabor. Pero el encuentro con Dios no se da para ser retenido, sino para transformar la vida. Como escribe san Bernardo con hondura poética: «El amor se basta a sí mismo; no busca causa ni fruto fuera de sí». Amar a Dios es vivir en la confianza de su Presencia, sin necesidad de asegurarla ni de poseerla.

María Magdalena no encuentra a Jesús hasta que deja de buscarlo como lo había perdido. Y cuando lo reconoce, comprende que ya no puede tenerlo como antes. Al Resucitado no se le posee: se le escucha, se le acoge y se le anuncia con la propia vida. No con palabras vacías, sino con una existencia transformada.

 

También te puede interesar

Dios camina siempre con el ser humano.

El corazón que arde

María Magdalena no encuentra a Jesús hasta que deja de buscarlo como lo había perdido.

De otro modo

La resurrección de Cristo no violenta la realidad, sino que inaugura una forma nueva de verla.

Cuando la luz irrumpe

Lo último