Hazte socio/a
Última hora
Feliz Pascua. ¡Cristo ha resucitado!

Cuando la luz irrumpe

La resurrección de Cristo no violenta la realidad, sino que inaugura una forma nueva de verla.

El día despierta con el fulgor de un rayo que hiende la noche.

Sepulcro abierto

El día irrumpe con el fulgor de un rayo que hiende la noche, como si la luz abriera una grieta para salir e iluminar, para alentar y dar calidez a la frialdad inerte que toda oscuridad imprime en el alma. Ante el desconsuelo, ante la necesidad de acercarse al sepulcro de las mujeres, sólo el permanecer en el tiempo permite acoger la realidad. Pero cuando ya no se espera nada, acontece lo extraordinario; cuando la razón cede ante la pretensión de que la vida responda a nuestra lógica, entonces Dios se hace más presente que nunca y algo estalla en el corazón: la luz irrumpe desde lo más profundo, el silencio se encarna en la Palabra definitiva.

Pero cuando ya no se espera nada, acontece lo extraordinario.

María Magdalena, aun en medio de la noche exterior e interior, se acerca al sepulcro, pues su búsqueda —la de todos— siempre precede a la luz. Su movimiento no responde a razones, sino al amor que desborda todo límite. Vivir en Dios tiene que ver con permanecer en la búsqueda por fidelidad, incluso en la oscuridad. Y su asombro ante la ausencia del Señor la lleva a interpretar lo que ve desde categorías antiguas: «se lo han llevado». Cuando Dios irrumpe de forma nueva, cuesta reconocerlo, porque no se ajusta a lo esperado; por eso, incluso, puede percibirse como amenaza. Todo lo que no controlamos despierta temor. Como escribió Angelus Silesius: «La rosa es sin porqué; florece porque florece», recordándonos así que lo real no se somete a nuestra lógica.

Tumba vacía

Ella avisa a los discípulos, y Pedro, junto con el otro discípulo, echan a correr. La experiencia de Dios nunca nos deja inmóviles, nos pone en camino. Quizá el que corría más no lo hacía por capacidad, sino porque amaba más. El amor siempre imprime un impulso mayor a la vida; pero, aunque cada uno llega a su ritmo, todos son introducidos en el Misterio.

El amor siempre imprime un impulso mayor a la vida.

El discípulo amado ve desde fuera; Pedro necesita entrar, necesita ver para creer. Hay miradas que intuyen y otras que requieren atravesar la realidad; pero ninguna basta por sí sola. La fe no es sólo emoción ni mera razón, sino un proceso que se despliega en la vida como apertura progresiva a lo real. «La mente se purifica en la medida en que persevera en la experiencia», nos recuerda Juan Casiano en sus Colaciones.

El discípulo entra y, al ver, creyó. Pero no cree porque se encuentre con Jesús, sino porque reconoce signos: los lienzos, su disposición, la ausencia del cuerpo. No es la evidencia lo que engendra la fe, sino una mirada transformada. Creer es aprender a ver de otro modo la misma realidad. Vivir desde el Abbá de Jesús es permitir que nuestra mirada participe de la mirada de Dios. Las cosas son como son, pero, al mirarlas de otro modo, dejan de ser lo que eran. «No os conforméis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente» (Rm 12,2).

«Hasta entonces no habían entendido la Escritura». La honestidad del texto evangélico ensancha la conciencia, pues revela algo esencial: la comprensión adviene tras la experiencia, nunca la precede. Primero se vive, después se comprende. Por eso, experimentar quién es Jesús nos conduce a descubrir quién estamos llamados a ser: hijos en el Hijo, hermanos en el mismo Padre, amados en el Amor.

No accedemos al misterio de Dios de una vez para siempre; es un proceso, una experiencia que brota del encuentro entre la Gracia —lo que Dios nos ofrece a cada instante— y nuestra respuesta —lo que acogemos con atención y amor—. Este dinamismo ensancha la comprensión y nos permite releer la vida desde dentro.

La resurrección de Cristo no irrumpe violentando la realidad, sino que inaugura una forma nueva de verla. No destruye la oscuridad, sino que la abre desde dentro, como el rayo que hiende la noche o como el brote que emerge de la semilla. Como dirá Olivier Clément, «la resurrección no es lo contrario de la muerte, sino su transfiguración». Y entonces, lo que permanecía oculto se revela, y nada vuelve a ser lo mismo: hemos visto que la Vida-Es-Real, se da como don, es Realidad.

También te puede interesar

La resurrección de Cristo no violenta la realidad, sino que inaugura una forma nueva de verla.

Cuando la luz irrumpe

La ausencia de relato en el día de hoy es una llamada a ir más allá.

Vacío fértil

La verdad no conduce a la derrota, sino a la entrega de la propia vida; por eso se habla de cumplimiento.

Yo soy

Lo último