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Las manos y la toalla

Jesús revela que ser verdaderamente implica darse más, entregarse.

Su gesto quiebra la lógica en la que el ego se mueve: cuanto más me afirmo, más soy.

Icono del lavatorio de los pies

Seguimos acercándonos progresivamente al cenit del Evangelio. La escena de hoy, centrada en el amor fraterno, destila la esencia del mensaje de Jesús: vivimos en Dios cuando nuestra forma de ser —callada, discreta, concreta, cotidiana— comienza a asumir su estilo, su modo, su forma. En el relato, todo ello queda condensado en un gesto: las manos de Jesús y la toalla que se ciñe.

Jesús sabe de dónde viene y hacia dónde va; todo está en sus manos. Y, desde esa conciencia lúcida, se abaja una vez más, como ha hecho a lo largo de toda su vida. En su modo de actuar no hay humillación, sino plenitud que se entrega. Su gesto quiebra la lógica en la que el ego se mueve: cuanto más soy, más me afirmo. Él revela que ser verdaderamente implica darse más, entregarse, servir. Sabernos hijos, participar de Dios (theosis), no nos sitúa por encima de los demás, sino que nos acerca a ellos: nos abaja y nos descentra desde una conciencia que no necesita justificarse, porque se ofrece sin más.

Al ceñirse la toalla, Jesús condensa toda su existencia. Sin embargo, se encuentra con la resistencia de Pedro, que aún no ha comprendido, que todavía no ha despertado. Su «jamás» termina convirtiéndose en un «todo». ¿No será que aceptar el amor que Dios nos ofrece —dejarnos lavar— resulta más difícil que amar desde nuestra propia medida? Tal vez esta sea la pregunta decisiva: ¿qué nos cuesta más, amar o dejarnos amar? Ser amados nos sitúa ante nuestra verdad: somos vulnerables, necesitados, no nos bastamos a nosotros mismos.

Lavatorio de los pies

Jesús es tajante: «si no te lavo, no tienes parte conmigo». Estar en comunión con Dios no depende tanto de lo que hacemos por Él, sino de lo que consentimos que Él haga en nosotros. La transformación acontece desde dentro, cuando dejamos de ocupar el centro incluso de nuestras prácticas espirituales. También en aquello que nos descoloca se nos ofrece la posibilidad de dejarnos hacer.

Estar en comunión con Dios no depende tanto de lo que hacemos por Él, sino de lo que consentimos que Él haga en nosotros.

Los padres del desierto lo intuyeron sabiamente con mucha claridad. Decía un anciano: «Si quieres encontrar descanso, ve, hazte el menor de todos». No es una estrategia, sino un camino de verdad.

Y, sin embargo, lo que Jesús propone no se reduce a comprender. No dice «entended», sino «haced». La sabiduría brota en el discurrir mismo de la vida, en la praxis. Lavar los pies es todo un programa existencial: implica ponerse abajo, tocar la vulnerabilidad del otro y servir sin apropiarse de él. No basta con no traicionar (como Judas) ni con un deseo por bienintencionado que sea (como Pedro); se trata de configurar toda la vida desde esta lógica, de modo que el ser de Dios se vaya haciendo forma en nosotros. No se trata tanto de imitar a Cristo como de dejar que Cristo sea en nosotros.

No se trata tanto de imitar a Cristo como de dejar que Cristo sea en nosotros.

En esta misma línea, el Maestro Eckhart afirmaba: «El ojo con que veo a Dios es el mismo ojo con que Dios me ve; mi ojo y el ojo de Dios son un solo ojo, una sola visión y un solo conocer». Es en esa unidad donde el obrar se vuelve transparente.

Sentirse en comunión con Dios no es un fenómeno extraordinario ni una acumulación de experiencias sensibles, sino una certeza silenciosa: estar donde se ha de estar, porque la propia vida comienza a desbordarse hacia los otros. Entonces nuestra forma de estar en el mundo adopta la forma de Dios, como se señaló al inicio. Se trata, en definitiva, de ser lo que somos, sin extraviarnos en la pretensión de ser lo que no somos. La autenticidad consiste en acoger el don recibido y compartirlo sin reservas: con nada… y, al mismo tiempo, con todo.

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