Lo que no evitamos nos revela
En nuestros días, la tentación vuelve a ser la de quedarnos en un relato de sufrimiento
La Pasión, para Jesús, no es algo que simplemente soporta, sino un camino que atraviesa sin renunciar en ningún momento a lo que ha vivido y enseñado.
El relato de la Pasión según San Mateo —Evangelio de Mateo— nos sitúa ante el desenlace final de la vida de Jesús. Quizá, en nuestros días, la tentación vuelva a ser la de quedarnos en un relato de sufrimiento que simplemente nos coloque ante este judío marginal desde una emotividad que subraye la injusticia frente a tanta bondad como afirmó con su vida.
Merece la pena prestar mayor atención al texto para advertir que, sobre todo, muestra la culminación de un modo de vida que ya venía desplegándose desde su bautismo en el Jordán. Una vida que continúa desvelando claves que nos aproximan, todavía más, al misterio de Cristo.
Entre los rasgos que configuran su existencia destaca la coherencia de vida; por ello, la Pasión, leída desde esta clave, aparece como su consecuencia lógica y no como un accidente. Tras predicar y anunciar la llegada del Reino —con su justicia, su misericordia y su verdad—, que no queda en meras palabras sino que Jesús encarna en su propio modo de vivir, se produce la confrontación inevitable con una estructura religiosa y política que se siente interpelada y cuestionada. Él permanece fiel a una imagen y a una experiencia de Dios que no excluyen ni recurren a la violencia, sino que se expresan en misericordia y paz. La Pasión, para Jesús, no es algo que simplemente soporta, sino un camino que atraviesa sin renunciar en ningún momento a lo que ha vivido y enseñado. Como dirá Bernardo de Claraval: «La medida del amor es amar sin medida», y es precisamente esa desmesura la que se transparenta en la coherencia llevada hasta el extremo.
Bernardo de Claraval: «La medida del amor es amar sin medida»
Su autenticidad queda al descubierto en la coherencia desde la que vive. Ante el Sanedrín no se defiende estratégicamente; ante Poncio Pilato tampoco entra en ningún juego respecto a su identidad. Ni siquiera en la cruz recurre a forma alguna de poder para evitar el sufrimiento atroz que padece. No se trata, por tanto, de una autenticidad reducible a lo meramente emocional, sino de una fidelidad radical a la verdad de sí mismo: a lo que es, a lo que encarna y a lo que entrega. En palabras de Thomas Merton: «La mayor tentación es contentarse con demasiado poco», como si Jesús rechazara precisamente toda reducción de su propia verdad.
Esa autenticidad se expresa también como honestidad existencial. Si atendemos al episodio del huerto de Getsemaní, advertimos que la angustia, el miedo y el deseo de evitar el sufrimiento son experiencias reales en él: no las niega, no las disimula ni las elimina, sino que las vive sin maquillajes, sin disfraz. Su honestidad no suprime el conflicto interior, sino que lo reconoce, le da voz, lo asume y lo integra. En esta línea, un apotegma de los Padres del desierto, atribuido a Abba Longinos, afirma: «Da tu sangre y recibe el Espíritu», señalando que solo atravesando la verdad de uno mismo —sin evasión ni huida— se accede a la vida que viene de Dios.
Todo ello nos conduce a reconocer en él aquello que su vida entera ya venía siendo: pura entrega. «Que no se haga mi voluntad, sino la tuya», dirá en el huerto. Jesús se da, no se resigna; se abre a lo que acontece sin oponerse. Acepta las consecuencias de una vida vivida en verdad, confiando en un sentido último que lo excede y que no depende de su control. Su entrega no es un ejercicio de fatalismo, sino expresión de una confianza radical y lúcida en el Abbá desde el que vive y se comprende. En sintonía, San Buenaventura afirmará que «nadie conoce verdaderamente a Cristo si no lo sigue», subrayando que la comprensión pasa por la participación en su mismo camino.
San Buenaventura afirmará que «nadie conoce verdaderamente a Cristo si no lo sigue»
Su actitud ante el arresto y ante el rechazo es siempre no violenta. A Pedro le pide que guarde la espada, y, frente a las acusaciones injustas, su respuesta es el silencio. Jesús vive, ante todo y frente a todo, desde una disposición de perdón que, llegado el momento, llega a explicitar: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Su coherencia lo conduce incluso a renunciar a salvarse a sí mismo. En esta línea, Thomas Merton recordará que «el amor es nuestra verdadera identidad», una identidad que en Jesús no se defiende, sino que se entrega.
La cruz se convierte así en revelación, no en mero altar del sufrimiento. En Mateo, la cruz desvela el rostro del Dios que Jesús encarna, un Dios ajeno a toda lógica de dominación. Habla, además, del significado de vivir hasta el extremo: su imagen pone al descubierto una tensión que desborda nuestra racionalidad, la del aparente fracaso histórico frente al sentido profundo de una vida vivida en Dios.
La Pasión en Mateo no es, por tanto, una narración sobre el dolor, sino algo mucho más hondo: la corroboración final de lo que significa vivir con unidad, verdad, lucidez y confianza. En esa radicalidad se abre el misterio de Dios para todo ser humano, pues en Jesús, el Cristo, ha quedado revelado, ha quedado definitivamente al descubierto.
Jesús, en la cruz, se presenta como pregunta ante la mirada de todos; y su vida entregada, proyectada como una sombra radiante y luminosa sobre la historia, se ofrece como la Verdad hecha respuesta.