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11.1.26. El tema no es bautizarse sino bautizaar

Baptisterio de San Juan de Florencia

No es que haya bautizantes, sino iglesias que bauticen como Jesús quiere. Su mandato (Mt 28, 16-20) no que la gente se bautice, sino que la iglesia ofrezca un bautismo de verdad en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. No es que haya iglesias edificios bautismales (imagen: Baptisterio de Florencia), sino iglesias comunidades que acogen y recrean a los “candidatos” en el amor de Dios en Cristo.

   La Iglesia no bautiza en nombre de un sistema, un estado, una patria o de una economía, sino para declarar que el bautizado es Hijo de Dios (en nombre de la Trinidad) para la vida universal, en fraternidad humana, comprometiéndose a ofrecerle un lugar donde podrá crecer en fraternidad ella.

De aquí brota, a mi juicio, el primero de los retos de la iglesia. ¿Debe bautizar todavía, en este tiempo (año 2026), garantizando al niño, en nombre de los padres y de la comunidad creyente, un espacio de crecimiento en libertad gratuita y gozosa? ¿Puede hoy hacerlo en verdad y mantener su ofrecimiento a lo largo de la vida del neo-bautizado?

Ciertamente, las afirmaciones tradicionales sobre un bautismo que borra el pecado original, y que permite que los niños vayan al cielo si mueren, siguen siendo válidas en un sentido. Pero nadie las toma ya de una manera literal. Bautizados o no, los hombres son hijos de Dios y pertenecen al misterio de su Vida, al camino de su cielo. La iglesia no les bautiza para quitarles un pecado de muerte (de manera que si no hubiera bautismo irían al limbo o al infierno), sino para celebrar de un modo solemne su nacimiento a la Vida de Dios, en comunidad de iglesia de amor.  

El tema no es si los baptizandos (o sus familiares inmediatos) están preparados para el bautismo, sino si la iglesia puede abrirse como pila bautismal de vida compartida para aquellos a quienes bautiza. La cuestión consiste en saber si las comunidades cristianas son hoy “madres y maestras de vida en comjunión. Desde este fondo el tema de la eugenesia recibe un sentido mucho más hondo. El Magisterio católico está ofreciendo una doctrina valiosa sobre los riesgos de la manipulación genética, admito gozoso. Pero a veces tengo la impresión de que se sitúa en un plano más biológico que personal y social. Lo que a la iglesia ha de importarle es el nacimiento eclesial (comunitario) de los hombres, sea cual haya sido el proceso biológico de su gestación.

LECTURA BÍBLICA. EL BAUTISMO EN LA IGLESIA

 a. Jesús ha empezado recibiendo el bautismo de Juan, como discípulo suyo, ratificando de esa forma su convencimiento de la historia antigua termina, de que llega el juicio de Dios. Pues bien, después de haber recibido el Bautismo de Juan, la Iglesia dirá que Jesús lo ha superado, no en línea de crítica o rechazo sino de plenitud o desbordamiento.    

c. La iglesia ha vuelto a bautizar "en nombre de Jesús". Pues bien, después de la muerte de Jesús, la Iglesia ha vuelto a bautizar, pero en nombre de Jesús, pasando así del signo de Juan (bautismo en el agua del río, para entrar en la tierra prometida) al signo pascual de Jesús: bautismo como inmersión en el misterio de Jesús resucitado. Pues bien, en este retorno al signo del bautismo, la Iglesia ha introducido la experiencia filial de Jesús dentro del contexto del bautismo de Juan, recreando de esa forma su signo, que no es ya signo de muerte (confesión de los pecados), sino signo de vida.

  El bautismo de Juan era una acción profética de muerte al pasado y de renacimiento en Dios, que se realizaba una sola vez y que ponía a cada bautizado a puerta de entrada de la tierra prometida. Era una experiencia de gran significado escatológico: el mismo Juan, como profeta final, introducía al iniciado en las aguas del río del límite, ante la tierra prometida; por su parte, el que se bautizaba asumía la historia del pueblo de Israel, vinculada a la salida de Egipto con Moisés (paso del Mar Rojo) y a la entrada en la tierra prometida (paso del Jordán, con Josué). Entendido así, el bautismo era una experiencia de “juicio” que expresaba y ratificaba la superación del pecado de los hombres (que así “morían”) y la nueva acción trasformadora de Dios. No conocemos la manera en que otros hombres y mujeres recibieron y entendieron el bautismo de Juan, pero todo nos permite suponer que para Jesús lo tomó como momento clave de renacimiento: Dios le estaba hablando y haciendo nacer en el gesto del Bautista.

  El bautismo fue para Jesús una experiencia de iniciación y de promesa mesiánica. Así lo ha puesto de relieve la tradición cristiana cuando afirma que vio los cielos abiertos y escuchó la voz de Dios que se presentaba como Padre (diciéndole ¡tú eres mi Hijo!) y que le confiaba su tarea creadora y/o salvadora (¡ofreciéndole su Espíritu!). Ciertamente, esa escena, que forma un momento clave en nuestros evangelios (cf. Mc 1, 9-11 par.), ha sido recreada desde la vida posterior de la Iglesia, pero en su fondo puede y debe haber existido un núcleo fiable, que anticipa la acción posterior de Jesús, vinculada a la promesa del Hijo de David: “Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo” (2 Sam 7, 14), tal como ha sido proclamada por Sal 2, 7: “Tú eres mi hijo, yo hoy te he engendrado”.

  Fue una experiencia de inversión, es decir, de cumplimiento profético y revelación mesiánica. En ella vino a expresarse un Dios que, conforme a la mejor tradición israelita, actúa a contrapelo de los hombres. Precisamente allí donde, llegando hasta la meta de su mensaje apocalíptico, Juan colocaba el final (juicio y destrucción), experimentó y descubrió Jesús la verdad más alta de su misión, recuperando, de un modo más hondo, su vocación “familiar” davídica. No niega por eso la experiencia de Juan, sino todo lo contrario: sitúa y entiende esa experiencia profética como impulso y llamada para su tarea mesiánica. Es como si aquello que Juan anunciaba se hubiera cumplido, de tal forma que allí donde todo ha terminado (nada se espera en línea de juicio) puede comenzar ya todo, de un modo distinto, en línea de vida y no de muerte.

  Experiencia   que marca la nueva historia de Jesús. No queremos decir que las cosas sucedieran exactamente de esa forma. Nadie lo sabe ni podrá saberlo, pues no existe una autobiografía de Jesús. Pero todos los hilos posteriores de su vida se entienden desde aquí: estamos en la línea que lleva del antiguo Elías, profeta del juicio (como Juan Bautista), al nuevo Elías, mensajero de la brisa suave y del nuevo comienzo (un Elías que sana a los necesitados). Sólo en este segundo contexto (como profeta carismático), Jesús ha podido superar un tipo mesianismo davídico antiguo (vinculado quizá a la visión apocalíptica del juicio de Juan), para descubrir el verdadero mesianismo, en línea de gracia y de amor a los enfermos. Sólo en este contexto, allí donde se sabe que todo lo anterior se ha cumplido y terminado (ha muerto), puede hablarse de un nuevo comienzo, que empieza precisamente con la voz del Padre, que le dice “tú eres mi hijo”, y con la brisa del Espíritu (que le envía a realizar su obra) .

e. Experiencia “visionaria”, vocación filial. No ha sido un proceso racional en plano objetivo, algo que puede demostrarse por medio de argumentos, sino un tipo de “intuición” vital, que ha trasformado las coordenadas de su imaginación y de su voluntad, de su forma de estar en el mundo y de su decisión de trasformarlo. En ese sentido decimos que, teniendo un elemento visionario, el bautismo ha sido una “vocación”, una llamada que Jesús ha “recibido” y acogido en lo más profundo de su ser. No es imposible que, en este momento crucial, Jesús haya escuchado la voz de Dios que le llama Hijo y haya “sentido” la experiencia del Espíritu, haciéndole asumir su tarea davídica de Reino. Todo el transcurso posterior de su vida se entiende a partir de esta experiencia filial y visionaria.

Esos elementos marcan, a mi juicio, el bautismo de Jesús. Sabemos que en este campo resulta muy difícil trazar suposiciones de tipo psicológico, pero a veces lo más obvio y sencillo es lo más verosímil. Jesús fue donde Juan cargado de experiencias y preguntas sociales a las que, en ese momento, él no sabía responder. Pensó quizá que por el bautismo podía introducirse de un modo personal en el camino del juicio, para dejar que fuera Dios quien resolviera los problemas. De esa forma se unía a los “pecadores” de su pueblo, con su carga de trabajo y/o falta de trabajo, como tekton, artesano israelita, en una sociedad que se desintegraba. Venía a bautizarse para asumir el proyecto de Juan, abandonando otros proyectos; venía quizá para decirle “adiós” al Dios de las promesas fracasadas, como Elías sobre el Horeb (cf. 1 Rey 19). Pero el Dios de su fe más profunda, vinculada a su tradición familiar mesiánica, el Dios de sus deseos creadores, salió a su encuentro en el agua y en la brisa suave del Espíritu, para engendrarle de nuevo como Hijo y confiarle su tarea más honda. Aquel fue el momento y lugar de su verdad, su verdadero nacimiento.

  Las palabras del bautismo de Jesús. Escuchó una voz que decía: ¡Tú eres mi Hijo Querido, en ti me he complacido! Al decir esto, Dios se define como Padre (en su más honda verdad, en su misterio más profundo) y constituye a Jesús como Hijo Antes de toda acción humana está la voz del Padre que reconoce a Jesús ¡Hijo! en palabra que recuerda lo ha dicho en Gen 1, donde Dios creaba el mundo con su voz para gozarse en lo creado, viendo que era bueno. Entonces Dios creaba las cosas fuera de sí. Ahora no crea, reconoce a su Hijo; no llama hacia fuera, dice lo que lleva dentro, diciéndose a sí mismo. La primera palabra del Cielo (de Dios) no es la autoafirmación ¡Yo soy!, que está al fondo de  Yahvé (Soy el que soy; cf. Ex 3, 14 9), sino la afirmación engendradora del Dios Padre, que sale de sí y suscita al otro, diciéndole ¡Tú eres! El judaísmo en su conjunto ha partido del Yo Soy de Dios (=Yahvé) que se define como misterio incognoscible. El evangelio en cambio se funda en el descubrimiento gozoso del diálogo de Dios que es en sí mismo diciendo Tú Eres. No empieza asegurando su ser, sino dando ser al otro; no comienza sosteniendo su Yo, para así hacerse presente y sostener a los demás, sino dándose en amor al Hijo, diciéndole: Tú eres mi Hijo.   

Esta ha sido una palabra histórica que Jesús ha escuchado en el Jordán, saliendo del agua, en un momento clave de su vida. Pero ella es, a la vez, la palabra originaria, pues nos introduce en la entraña de Dios, desvelando su misterio. En el mismo centro de nuestra vida emerge y se despliega por Jesús la historia fundante, lo que era en el principio o, mejor dicho, el principio de todo lo que existe. En el origen del misterio no está el Yo-Soy de Dios que planea por encima de las cosas, ni la voz del hombre, que suplica desde el fondo de su soledad, sino la palabra de Dios que dice ¡Tú eres mi hijo! Ésta es la palabra del bautismo cristiano. Ésta es la palabra que se escucha en el agua del nuevo nacimiento.

Ésta es la palabra cristiana, éste es el sentido del bautismo: el hombre escucha la voz que le dice: ¡Tú eres mi hijo querido! No un hijo cualquiera, sino el hijo amado, querido (jhjd). Al fondo de esta expresión (querido) puede haber una experiencia religiosa de tipo platónico que presenta al Bien (=ser divino) como diffusivum sui, es decir, como expansivo. Pero más al fondo se encuentran la certeza bíblica del Dios que ama a su pueblo como esposo a la esposa, como padre al hijo. En el principio hallamos el amor del Padre que suscita por amor al Hijo y se lo dice, en palabra engendradora. En este contexto, decir es hacer, proclamar el amor es engendrar. En esta palabra de amor de Dios a Jesús se asienta y recibe su sentido todo lo que existe.

 Sobre el Principio Terror que algunos han puesto al origen de las cosas, superando el Realismo Violento que otros aplicaron al mismo Rey del cielo, desbordando el nivel de Conversión de Juan Bautista y el Contrato social de los viejos y nuevos “demócratas”, nuestro texto ha destacado el amor gozoso de Dios Padre, que suscita por amor al Hijo y se goza compartiendo la vida con los humanos. El Bautista vivía a nivel de penitencia (conversión), obsesionado por las purificaciones judías (¡siempre el agua!) y su ritual más hondo estaba vinculado al deseo ineficaz (¡no soy siquiera digno!) de servir como criado que ata y desata las sandalias de su amo (Mc 1, 7-8). Jesús ha superado ese nivel de servidumbre y penitencia, pues Dios le ha revelado su gozo diciéndole ¡Eres mi Hijo! Con la luz de ese gozo ha sabido mirar, viendo los cielos abiertos y el Espíritu como paloma descendiendo sobre él (Mc 1, 10). Ésta es la experiencia del bautismo de Jesús. Éste es el principio y raíz del bautismo cristiano.

  El bautismo de la iglesia. Al recrear y mantener el bautismo de Juan, la iglesia ha tomado una opción trascendental. No sabemos quién fue el primero en impartirlo, pudo ser Pedro (cf. Hech 3, 38). Tampoco sabemos si al principio entraban todos en el agua o bastaba el "bautismo en el Espíritu", como renovación interior. Lo cierto es que el bautismo en agua se hizo pronto un signo clave de pertenencia cristiana, la primera institución visible de los seguidores de Jesús. Conocemos las dificultades de la iglesia con la circuncisión (cf. Hech 15; Gal 1-2), pero nadie se ha opuesto al bautismo, entendido como afirmación social y escatológica, signo de salvación, renacimiento en Crista en Cristo.  

TAREA ACTUAL (2026). UNA MÁS HONDA EXPERIENCIA BAUTISMAL

‒ Ofrecer un nuevo bautismo, para superar la desintegración personal que viene allí donde, fallando los bienes tradicionales y el entorno afectivo, el hombre queda encerrado en sus propias limitaciones, sin saber qué hacer de sí mismo, en medio de una sociedad y de un mercado de opulencia que dice ofrecer mucho, pero que a grandes masas les deja sin nada, y a todos sin verdadero motivo para vivir. Está surgiendo así un hombre sin ideal, hombre sin atributos, que vive sólo para aquello que le promete (le vende) el mercado, como si él fuera también (solamente) una pieza más de ese mercado en el que todo se compra y se vende y se sacrifica en ara del Capital. Este hombre que no cree ya en nada (ni en el valor de la vida) corre el riesgo de perderse a sí mismo, en manos de un capital impersonal, dominado por algunos, dentro de un sistema de opresión general.

‒ Ofrecer un nuevo bautismo para superar gran vacío de las grandes masas de las nuevas ciudades inmensas, que han perdido su vinculación a la cultura anterior, que han perdido el equilibrio “real” con la vida (con la religión tradicional), para quedar en manos de su propia pobreza personal, social, económica, en medio de un mundo de opulencia que parece prometerle todo, pero que nunca satisface sus promesas. El tema está en saber por qué vivimos, para qué, cómo con quienes. Eso es lo que tiene que ofrecer la iglesia con su bautismo

-En este contexto, la Iglesia cristiana ha de salir a la calle y plantar allí su tienda peregrina, no para propagarse a sí misma, sino para ofrecer a los hombres y mujeres un testimonio personal y unos motivos de fe, es decir, de agradecimiento a la vida y de confianza en ella, en una línea de comunión y diálogo, de esperanza en el futuro. En el gran super-mercado de la nueva sociedad del capital, la Iglesia no puede aparecer como una “empresa más” al servicio de unos bienes intimistas de consumo (en competencia con el gran mercado de esoterismo, la simple auto-ayuda o las modas gnósticas de un tipo de new-age). Ella ha de ofrecer el testimonio de un valor distinto, que se centra la fe en Dios Padre.

- No se trata de que la Iglesia tenga más o menos éxito inmediato en ese mundo de meditaciones trascendentales y de mercados esotéricos (que en el fondo siguen estando al servicio del capital), sino de que ofrezca y transmita con su vida, cuerpo a cuerpo, una experiencia radical de fe, de comunión real de vida,  centrada en el Dios de Jesús. No se trata de pasar del desencanto a un nuevo “encantamiento” sectario, sino a descubrir y cultivar una nueva dimensión de la experiencia de la vida, entendida como regalo, recibido y compartido, a partir de Jesús, a favor de (en comunión con) los más pobres del mundo. En este contexto se sitúa el primero de los “sacramentos” de la Iglesia, que es el Bautismo, expresión de la fe aceptada y compartida. Bautizar a los pueblos en el nombre “del Padre, del Hijo y del Espíritu”, es decir, introducirles en el misterio de la vida como don de Dios, esa es la tarea de la Iglesia según Mt 28, 16-20

 - Salir a la calle… tiene que volver a dialogar con los hombres y mujeres, para ofrecer casa y comunión a los que no tienen comunión ni casa.  En esta situación resulta esencial que la Iglesia plante su tienda de “vida” en la nueva ciudad del mundo, en la calle, en los barrios, entre la gente, no para tomar el poder (o actuar como aliada y justificadora de un tipo de de nuevo Imperio), sino para devolver a las personas la confianza en sus posibilidades personales y sociales, de apertura a la Vida y de vinculación mutua. Ciertamente, ella no es una ONG sin más, ni una cooperativa de producción y consumo, pero su experiencia y vida se centra en el sacramento del pan compartido, es decir, en la Eucaristía, entendida como ágape, es decir, como amor concreto, en torno al pan.

- No se trata, pues, de inventar nada que no existiera, sino de que la iglesia sea sacramento del pan compartido, es decir, de la comunión social concreta, entre gentes que se descubren solidarias, agraciadas por el don de Dios (que es la vida común), comprometidas en la tarea de crear redes y espacios de comunión concreta, donde el recuerdo de Jesús, que se expresa en la mesa de la palabra y de la compartida. Ciertamente, en un sentido sacramental, en cuanto comida iniciática de personas comprometidas, viene hacia el final del trayecto cristiano. Pero en otro sentido ella es lo primero: La Iglesia está al servicio de la comunidad que surge a partir de la fe en Jesús, una comunidad que se mantiene por encima de todos los fracasos de la política, a nivel concreto de barrio y de pueblo, a nivel ciudad y nación, de estado…, pero siempre en clave de comunión de palabra y pan.

‒ Ésta es la tarea más urgente de la Iglesia: Encarnar una experiencia de comunión y vida, de bautismo, en un mundo donde la gente ya no sabe por qué ni para qué nace. La Iglesia no es una simple ONG de ayuda económico-social, ni una institución puramente asistencial (aunque su obra de tipo asistencial y socio/económico es muy importante), sino una casa común donde se nace y crece en amor

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