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Todo sobre la tragedia de Urda, #primeroRD

2.11.26: Tres difuntos con Jesús: Romero, Rosa, Manu

       Esta tarde de ánimas, paseando  con Zury en torno al Camposanto de la aldea he recordado a varios difuntos amigos, entre los que voy a citar sólo a tres, añadiendo al final a Jesús, el primero de los resucitados.

          1. Oscar Arnulfo Romero (1917-1980). El año 1996 impartí un curso de teología en el Salvador, y un día (tras visitar la casa donde asesinaron a mi amigo Ellacuría, con sus compañeros y amigas, fui a visitar la casa e iglesia donde había sido asesinado Mons. Romero.

          Había allí una religiosa que enseñaba amablemente los lugares: y le pregunte ¿Es aquí donde vivió monseñor?....! No me dejó acabar, sino que matizó con gran firmeza la pregunta: No vivía, sino que vive aquí, en Dios y entre nosotros, en su pueblo, con todos los que vienen a orar como él oraba y a comprometerse como él en la vida de su pueblo!

           En el silencio largo y respetuoso de aquel día, en la iglesia y casa de Monseñor Oscar A. Romero, tuve ocasión de escuchar su palabra por la radio y de leer de nuevo sus sermones, reviviendo en el lugar de infierno de su asesinato los tres años de su vida de cielo como voz creyente de un pueblo amordazado. Comprendí que él vivía en su pueblo, con todos los que venían, le encontraban y dialogaban con él, en mística ciudad y travesía de la tierra.

 Estaba allí Romero, su persona renacía en mi presente débil de persona que no acaba de afirmar su palabra de amor sobre la muerte. Porque la muerte me había rondado y me ronda en los momentos de máxima tensión o de ruptura fuerte: Cuando me sentí "exilado" en Roma, tras salir de Salamanca; cuando vendaron mis ojos y me acostaron inmóvil en la clínica de Barcelona, lleno de miedo, sin moverme, porque debía asentarse de nuevo la redecilla o retina de mis ojos cansados. Era como sentir que todo está terminando, que la carne frágil se repliega sobre su misma fragilidad y que te vas hundiendo en tu pozo, a solas con tu angustia, llamando a Dios, porque él está contigo, pero sin acabar de comprenderlo.

No es que tenga miedo al fin de la vida en la tierra, no he sufrido la angustia de no ser inmortal, como dicen que sufrió M. de Unamuno. Si Dios me ofreciera una inmortalidad cerrada en mi interior (en mi persona en cuanto aislada) no la podría resistir; prefiero la muerte. En esa perspectiva comprendo a los budistas que me han dicho: Estar por siempre atados a la rueda de la propia vida sería el mayor tormento que uno pueda imaginar, como Sísifo subiendo la roca a la montaña, para que rodara de nuevo hasta el abismo, como Atlas llevando en espaldas la masa de la tierra entera.

No quiero una inmortalidad mía, como exigencia o destino de mi vida, como mérito alcanzado con mi esfuerzo, como signo o expresión de mi fortuna ciega. Quiero la resurrección de estar con otro, de recibir la vida como don, de gozarla en compañía, como regalo de Dios, carne compartida, con mis padres y hermanos, con los que han sido mis amigos mercedarios, y de un modo muy especial con Mabel.

Por eso me encanta la formulación del dogma: ¡Creo en la resurrección de la carne compartida, del cuerpo de amor que todos formamos en Cristo! Creo en el encuentro de mi mano con la mano de aquellos que me quieren, en el gozo de mis ojos con los ojos que me miran, en la dulce compañía del Dios que me despierta con su infinita compañía o coro de vivientes y me dice: ¡Vive, Txabi, ahora y por siempre! ¡Vive porque yo te quiero y quiero que tú seas, expandiendo vida, con Mabel que te quiere!

Esto es para mí la inmortalidad: Que Dios me quiera, que me quieran y me acojan los seres humanos, en forma sorprendente, de resurrección pascual, los amigos muertos, aquellos que han llorado por mí, los que han rozado mi mano, en el borde de la muerte, diciéndome ¡te espero! y con todos ufrientes de este mundo en el que Dios habita.

          2, Rosa Lentes (1969-1994). La llamábamos así por sus grandes lentes verdes de esperanza, venía a estudiar desde Zamora. Estaba muy enferma y el catedrático de ontología del hospital clínico de Salamanca, que le tenía mucho cariño, como todos sus conocido, le dijo claramente:

- Te quedan dos meses. Tu mal avanza con rapidez y no responde a ningún tratamiento. He mandado informes detallados a las universidades con las que trabajamos en red y me han dicho lo mismo: No existe hoy por hoy ningún remedio. De Harvard me han pedido que te mande, que te operarán y tratarán con las mejores técnicas del mundo…Me gustaría hacerlo, yo mismo iría para ver cómo trabajan y aprender para otros casos. Quizá podrías vivir algo mes más entre operaciones y boticas… Pero pienso que para ti y para tus amigos en mejor que te quedes; vivirás con dignidad lo que vivas..

          Lloró mucho, mucho, pero se quedó. Tenía 25 años, y sabía que se moría, y que iba a ser muy pronto. Nos llamó a los amigos y nos dijo:

- Cuando pase quiero estar con vosotros, los que me habéis querido, con mis padres y mi hermana, con los compañeros de ADSIS (su comunidad de iglesia), con Fernando, mi amigo especial, con todos! ¡Os seguiré escuchando y hablaremos de cosas, de tierra y de el cielo, como hablaba Jesús con sus amigos, según el evangelio de Juan (Jn 13-17), como Xabier nos ha explicado en algún conferencia

          Yo era presbítero, pero ella pidió la extrema-unción a todos los hermanos de la comunidad, como dice Santiago, hermano de Jesús (Sant 5, 14-15), y así le le ungiríamos todos pediríamos por ella, yella nos ungiría también, nos daría su fuerza, para vivir o/y morir en esperanza de resurrección. Así nos dijo, con enorme claridad, que el único examen de la vida es la muerte, a la caída de la tarde, y que el único tema de la muerte era la vida entera, así en la tierra como en el cielo.

- Quiero vivir, quiero seguir viviendo aquí, ahora que estoy terminando mi carrera de medicina, ahora que empiezo a ser cristiana con vosotros. Le digo a Dios que no entiendo, que pase de mí este cáliz, preguntándole cada mañana ¿por qué me has abandonado? y él me ha respondido: Mi manera de quererte es acogerte conmigo, muriendo yo en tu muerte, viviendo tú en mi vida, aunque no lo entiendas…De verdad, que no lo entiendo, y por quiero que estéis conmigo y que lo hablemos y lo celebremos, si podéis, conmigo.

          Así lo hicimos. Ella nos leyó llorando su última palabra de agradecimiento y de esperanza, la guardo en algún sitio, pero no puedo publicarla por pudor. L dimos la mano de solidaridad, en la vida y en la muerte, con un beso de aliento compartido de espíritu de Dios que es nuestro aliento, y tomamos el pan de Jesús, que es el cuerpo de todos, de unos en los otros, ungidos todos para la gran travesía de la vida eterna. Nos despedimos sin marcharnos, quedado con ella.. Murió a los pocos días… y desde entonces nos espera, a mí con Mabel y sus restantes amigos y amigas, sus padres, su hermana, su amigo Fernando y todos sus compañeros en la vida de Dios.

          3. Man M. Gonzáles (1944-1988). Vino a visitarme al destierro fraterno de Verín donde yo re-e-escriba un libro reprobado, Orígenes de Jesús (que él había leído siendo estudiante de medicina en Madrid, antes de hacerse estudiante de teología, donde le había conocido en la facultad de Salamanca. donde estudiaba también teología). Era de alta familia de joyeros y toreros, algo más joven, que yo. . Como he vino a verme a Verín. Le dijeron los médicos que se moría y quería saber de qué trataba mi “re-tractación y yo le dije que la estaba escribiendo en forma de libro “gordo”, titulado Evangelio. Vida y pascua de Jesús (publicado luego en Salamanca 1991).

Fue directo al tema No quiero un libro entero, sino unas reflexiones más simples, como en unos “ejercicios espirituales”, antes de mi muerte. Durante una semana; háblame de pascua, quiero aprender a resucitar, ahora que se acerca Navidad. Se hospedaba en un hotelito cercano y venía cada mañana; planteábamos un tema, le ofrecía una breve lectura del evangelio para orar todo el día Volvía por la yarde, recogíamos el tema. El día último me dijo: No quiero el libro entero; Resúmeme lo principal en forma de carta; dime cómo puedo esperar la muerte, porque después de Navidad viene la pascua, y esta vez la pasaré en el cielo.

 Nunca me he sentido más huérfano y gozoso ante un ordenador, redactando el testamento de amor de amor de Jesús a Manu. Le mandé unos folios rotos por tres veces, tres veces recreados. Me parecían retórica banal, pero él los aprobó en su alma, vivió con ellos varia semanas y murió muy pronto, antes que llegara a Madrid la Pascua que le estaba esperando: ¡Quisiera ver cómo florece esa planta en la ventana! me dijo la última vez que fui a verle. Era en febrero. No pudo verla florecer. Aquí ofrezco un resumen de los folios que le escribí y que publiqué luego algo matizados y aumentados en Trinidad y Comunidad (Salamanca, 1990). Así decía:

 Jesús de Nazaret (para Manu ).

Las cosas del Padre ocuparon a Jesús hasta un extremo insospechado de conmoción de amor en libertad, en gozo hasta la muerte de esperanza de vida. Por el Padre renunció a casa y bienes y salió por los camposy caminos, anunciando la palabra del reino y reflejando la presencia de Dios Padre, siendo amigo de enfermos y pobres, mujeres y niños, de todos.

De esa forma, sin más tarea que amar hasta perderse y encontrarse en el templo verdadero de sus amigos enfermos, pobres, niños… Jesús cumplió la voluntad del Padre, como místico de vida hasta la muerte, siendo juzgado y condenado por ello Fue entonces cuando, llegado hasta el final de su camino, habiendo repartido su amor de tal manera que ya no tenía absolutamente nada para sí, Jesús pudo decir para siempre: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!

Del Padre había recibido la vida, al Padre se la entregó en amor, sabiendo que la ponía en buenas manos, en un gesto de felicidad y dolor supremo. Sólo de esa forma, la muerte pudo convertirse para él en cuna y gozo de nuevo nacimiento. Maniatado, atormentado, aterrado y destruido estaba Jesús. Y sin embargo supo descubrir y recibir el brillo de otras manos de poder omnipotente y cariñoso que le acogen y le acunan, le acarician, le sostienen y consuelan.

          Por encima de sí mismo, él creía en Dios Padre, amando en mística de reino a los hombres y mujeres a los que él había recibido, abrazado y querido en su camino hasta el Calvario. Gota a gota había derramado la sangre de su vida, sorbo a sorbo había consumido el cáliz de su muerte. Y al final, en el vacío pleno, cuando ya no tenía nada, cuando sólo le quedaba un soplo de impotencia, lo colocó y se colocó en los brazos y el pecho de Dios Padre, diciendo: En tus manos encomiendo mi espíritu.

Yo no creo en la naturaleza que rueda, gira y vuelve a ser la misma. Tampoco creo en la inmortalidad de un alma que es divina en sí y tiene derecho de existir por siempre, en ámbito de cielo. Desde el fondo de mi propia finitud y mis amores, siendo por mi mismo carne de muerte, creo en el Dios que es Padre de vida en Cristo. Creo en aquel Padre que me acoge, me transforma y me recrea precisamente en el abismo impenetrable de la muerte.

 Jesús, hijo de Dios, No se ha limitado a nacer sobre la tierra, demostrando así que todo nacimiento (¡Navidad!) tiene un valor divino. Tampoco se ha limitado a caminar sobre la tierra, curando y animando a los enfermos, para señalar así que todo amor por los otros es sagrado.

Jesús no ha muerto sólo por ser hombre (como todos), sino por ser Hijo de Dios sobre la tierra, introduciendo el amor de Dios (eterno, infinito) en las entrañas de su muerte. Por eso, los hombres no morimos nunca solos, arrojados sobre el mundo, abandonados, sino en el Hijo y con el Hijo de Dio.s

 Morimos con Jesús, con él estamos de algún modo ya crucificados (cf. Rom 6); por eso resucitaremos con él, completando en nuestra vida el misterio de la vida de Dios que es amor en la muerte. Según eso, la resurrección puede entenderse como plenitud y cumplimiento de aquello que vivimos por la muerte.

El cielo no es un tipo de espacio superior o más perfecto donde penetramos cuando el alma se encuentra ya madura, transparente. El cielo es Dios, el mismo amor intradivino, de Dios que es Padre y Madre, Hijo y espíritu de vida, en que nosotros venimos a insertarnos, con Jesús, por medio de la muerte. La muerte nos sitúa, de esta forma, ante el enigma de Dios, que se transforma y se revela así en misterio de gracia y nuevo nacimiento.

En un sentido, muerte es el enigma de la esfinge, la pregunta abierta que ningún poder del mundo logra silenciar ni responder. Situado ante ella, san Pablo exclamaba: ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? (Rom 7, 24).Pero el Dios de la muerte de Jesús le respondió: yo soy la vida, el amor sobre la muerte.

Apéndice. Misticismo de Jesús, resurrección

           La muerte de Jesús no fue un castigo (sacrificio) impuesto por Dios, sino el regalo más hondo de su vida, la expansión de su conciencia, que consiste en morir para vivir en plenitud (resucitar) en los demás, en nueva creación (mutación), esto es, en comunicación personal abierta al futuro y plenitud de Dios que será todo en todos (1 Cor 15, 28).

          Así releyeron y recrearon los cristianos el AT desde la experiencia pascual de Jesús. No condenaron y rechazaron la Biblia de Israel por violenta y contraria al amor universal (como hicieron muchos gnósticos), sino que la entendieron en clave de resurrección. No buscaron la coherencia entre el AT y NT en detalles secundarios, no ocultaron la intensísima violencia de muchos pasajes del AT, pero descubrieron en la trama a veces sinuosa y quebrada de Israel un camino que desemboca en la vida y don del Dios que entrega su vida por los hombres

          Los cristianos entendieron (descubrieron) esa muerte como “resurrección”, experiencia de vida trans‒personal, no en abstracto, o como algo que viene después, tras la descomposición del cadáver, sino en el mismo gesto de entrega de la vida en amor hasta la muerte. Morir como Jesús es dar la vida, sin volverse atrás, como siembra del trigo de Dios (Jn 12, 20‒33), que fructifica en la experiencia de los discípulos, cuando descubren que él (Jesús) vive en ellos, abriéndoles los ojos, de manera que puedan compartir y compartan en amor lo que son, regalándose la vida unos a otros.

          La historia de un hombre como Jesús no acaba en su tumba o cremación externa, sino que se expresa en su palabra y recuerdo, en su influjo y presencia en aquellos que le han conocido, y que siguen recreando su figura y actualizando su obra. En ese sentido, la resurrección no es negación de la muerte, sino ratificación del sentido (semilla) de esa muerte, como dadora de vida

          Según el NT, el testimonio clave de la resurrección de Jesús han sido sus apariciones, que no son experiencias visionarias de imaginación, sino experiencias vitales de comunicación (presencia) en amor sabía Ricardo de San Víctor. En un sentido, las apariciones, que Pablo ha recogido de forma oficial en 1 Cor 15, 3-7, podrían entenderse como simples visiones (manifestaciones) sobrenaturales de unos entes superiores, favorables o desfavorables (dioses, difuntos, demonios…), un tema que encontramos en muchas culturas y religiones. Pero, desde la perspectiva marcada por el Antiguo Testamento y por la vida-mensaje de Jesús, ellas han de entenderse como expresión de un modelo más alto de vida, en línea de mutación humana y comunicación trans-personal, como paso entre el homo-sapiens egoísta y violento que somos ahora al homo super-sapiens, de comunicación y presencia de amor, que, según los cristianos, ha empezado a surgir en Jesucristo (y que tiene semejanza con otras religiones y experiencias de comunicación y vida compartida, más allá de esta forma de vida para para la muerte, la de los otros y la nuestra en la que vivimos insertos ahora).

          No se trata de “ver” en forma “milagrosa”,  de visiones que podrían estar mentalmente inducidas, sino de vivir en amor compartido (de renacer desde Cristo), superando el arquetipo anterior de substancias y sujetos absolutos, iniciando una forma superior de comunicación que comienza precisamente ahora, con la resurrección de Jesús que es la expresión de su presencia en la vida de los hombres, identificándose de un modo radical con ellos.(y haciendo de esa forma que ellos puedan comunicarse en amor de carne, de vida profunda, y de nueva corporalidad o personalidad compartida.

           Los seguidores de Jesús saben y afirman que ellos mismos son él, es decir, que él vive en ellos y que ellos forman parte de su vida, pues son el mismo Jesús renacido, presente, como la realidad más honda de su vida.

Desde ese fondo ha de entenderse la novedad de Jesús, su mutación pascual, centrada en el hecho de que algunos de sus seguidores han descubierto y confiesa que él vive (ha resucitado en ellos), de manera que pueden afirmar que ellos mismos son Jesús, Palabra de Dios, que habita en ellos (cf. Gal 2,20‒21).

          Las religiones “son”, en general, una experiencia de identificación con la vida y destino de las divinidades como tales. Pues bien, el cristianismo constituye una experiencia de identificación vital con Jesús, no con un Dios superior, sino con el Dios encarnado en la humanidad como “cristo”, es decir, como nueva humanidad, en comunión de amor, en vida compaartida unos con otros., es decir, con un ser humano que es signo y compendio de todos los varones y mujeres, judíos y gentiles, libres y esclavos.

          Vivir unos en otros, formar un mismo cuerpo, identificarse en amor, eso es creer en la resurrección y presencia viva de Cristo en todos los humanos. No es simplemente Dios quien vive en ellos, sino un hombres, Jesús, y en Jesús todos los hombres y mujeres, que son de esa manera un cuerpo, que comparten la misma carne y sangre

                    Los cristianos afirman, en esa línea, que el mismo Jesús, Hijo de Dios, que ha vivido y muerto por el Reino, revive (resucita) como Vida de Dios en sus propias vidas. El cristianismo es, según eso, la experiencia de la vida de Dios que “es” (=se ha hecho)  carne en la vida de los hombres y mujeres, carne y vida compartida en gratuidad de amor.

          El problema de ciertos cristianos está en el hecho de haber mitificado esa experiencia, presentando el “triunfo de Jesús” como si fuera emperador o sacerdote por encima de los otros, tendiendo a separarle y colocarle sobre una peana, hornacina o sagrario en vez de descubrirle en sus vidas, sabiendo que el altar y templo de Cristo son ellos mismos, los resucitados, los creyentes, con los pobres y excluidos de la tierra por los que él vivió y murió, como afirmó de manera taxativa san Pablo, al vincular la kénosis o encarnación de Dios en Cristo  (Flp 2, 6-11) con la frónesis o comunicación de vida en amor de los seres humanos, que comparten un mismo principio vital o alma (Flp 2, 1-6).

          Ciertamente, podemos decir que, en un sentido, Jesús ha resucitado como un hombre concreto en Dios, pero en un sentido igualmente radical debemos añadir él ha resucitado y vive en los creyentes, en todos los seres humanos, de forma que ellos (nosotros somos) su resurrección, al querernos y unirnos unos con los otros.

          Jesús no se muestra (no existe) con el cuerpo concreto que tenía antes (no lleva a los suyos al pasado); tampoco actúa como espíritu incorpóreo, fantas al, en línea gnóstica), sino que está presente (vive) como realidad e impulso de vida compartida, en el cuerpo de amor concreto de los hombres y mujeres que se aman entre sí, compartiendo una misma carne, siendo un mismo cuerpo, en forma de personalidad compartida.

          Por eso, el “cuerpo” de Jesús no es sólo el suyo en particular como individuo separado, sino el de aquellos que confían y viven en él, en Jesús, confiando y conviviendo unos en otros, como ha puesto de relieve san Pablo en su experiencia y teología de la identidad cristiana, que no es de tipo imaginario, sino mesiánico-real, formando un mismo cuerpo unos en otros, y con todos en Jesús, que es “cuerpo” siendo palabra de Dios encarnada en la historia (cf. Jn 1, 14).

          Esta manifestación de Jesús no es objeto de una experiencia “visionaria”, como en muchas apariciones de difuntos, de tipo onírico, psíquico o mental, en sueño o vigilia fantasmal, sino experiencia radical de recreación, sabiendo así que el sí mismo (el Selbst divino de la vida humana) vincula a todos los hombres y mujeres en lo divino (en lo que ellos son, en su verdad), de un modo trans‒personal (no in‒personal) unos en otros. En esa línea, para centrar el tema, es bueno recordar el tema del Dios que habla a Moisés desde la zarza y diciendo ¡Soy el que Soy! (Ex 3, 14).

          Esta experiencia de misticismo cristiano puede y debe vincularse con el misticismo judío, como he puesto de relieve a lo largo de este libro. Esta experiencia del misticismo cristiano puede y debe empalmar también con el misticismo de las religiones cósmicas de infancia y de los antiguos pueblos de ÁfricaAmérica y con las granes religiones de China, de Persia y de la India. De todo eso he venido hablando en este libro y así puedo dejarlo ya por dicho o planteado.

            El verdadero diálogo religioso tiene dos dimensiones que son inseparables y complementarias: (1) Es un diálogo inter-religioso, es decir, entre las religiones como tales: Taoísmo, hinduismo cristianismo… (2) Pero es, al mismo tiempo, un diálogo intra-religioso, que ha de darse en el interior de cada creyente que puede tener y tiene en su experiencia personal elementos y rasgos que son propios de varias religiones. Así yo me he sentido en este libro judío y cristiano a la vez, pero también me he sentido y soy cristiano, budista y taoísta al mimo tiempo, desde diversas perspectiva, como supo y dijo ya en siglo XV Nicolás de Cusa,  uno de los primeros estudiosos del diálogo entre las religiones.

María, entre san Juan y María Magdalena, de Diriksen

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