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21.6.26. No tengáis miedo a lo hombres. Victoria de los que saben perder. Dom 12 TO, Mt 6.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea….

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma… No pueden matar vuestro mensaje, vuestra esperanza, vuetra vida verdadera (sigue) 

Biblia, manual de perseguidos.

   No es un manual de vencedores, sino al contrario: una guía para perdedores y excluidos. Precisamente en ellos, en los perdedores del mundo, se revela la justicia y el futuro de Dios. Así dice Jesús a sus seguidores:

Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los sanedrines y en sus sinagogas os azotarán, os llevarán ante gobernadores y reyes. Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué hablaréis. Pues no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre…. El hermano entregará a muerte a su hermano, y el padre a su hijo. Se levantarán los hijos contra sus padres y los matarán. Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre. Pero el que persevere hasta el fin, éste será salvo» (cf. Mc 13, 9-13; Mt 10, 17-22).

Jesús ha superado los modelos de poder que actúan en el mundo, modelos de talíón o justicia violenta donde, estrictamente hablando, no hay persecución sino violencia de todos contra todos.

La persecución estrictamente dicha empieza cuando uno (algunos) de los componentes del grupo social no tiene poder para oponerse con violencia o no quiere hacerlo, quedando así en manos de los violentos. En ese momento, lo que era lucha por la vida, probablemente en un nivel de equilibrio (de grupos iguales que combaten entre sí), se convierte en persecución de todos (de los fuertes) sobre los débiles o, mejor dicho, sobre aquellos que renuncian a defenderse.

En ese sentido, la persecución implica un desequilibrio radical, es una especie de desnivel donde algunos, los que se creen dueños del poder, lo ejercen y despliegan imponiéndose sobre los otros La persecución es el gesto propio de los portadores de un poder o ley que se sienten capaces de imponerse sobre los que piensan y viven de un modo distinto, quizá porque tienen miedo de ellos.

Pueden hacerlo de un modo que parece legal: el hermano entrega al hermano, el padre al hijo, poniéndole en manos de la autoridad competente, para que le juzgue y/o mate. Pero pueden hacerlo también de un modo incontrolado: se alzarán los hijos contra los padres y los matarán…; estos hijos no siguen un proceso legal, sino que se dejan llevar por el vértigo de la violencia y para mantener su autoridad deben linchar a los padres que la ponen en riesgo, repitiendo el asesinato primigenio.

Contra el  evangelio

Los grandes movimientos sociales, tanto en un plano social como político y militar, han sido creados y están entrenados para la lucha, una lucha entre grupos más o menos semejantes. Pero Jesús no ha preparado a sus discípulos para la lucha, sino para el amor gratuito; y de esa manera les ha dejado, gratuitamente, en manos de aquellos que poseen el poder, que se sienten amenazados y se defienden a sí mismos, defendiendo con violencia su propia realidad sagrada, sea en plano judío (sanedrines), sea en plano gentil (reyes).

Jesús sabe que toda persecución es en el fondo una lucha familiar, dirigida por aquellos que buscan el poder y que se instituyen a sí misma como instancia de poder frente a los que buscan y exploran caminos distintos de vida, en gratuidad, más allá del poder, por encima de la violencia.

Allí donde unos y otros apelan al poder y responden con violencia no hay persecuciòn, sino batalla, un tipo de guerra de todos contra todos. Sólo allí donde algunos renuncian a la guerra (porque no quieren, porque no pueden) viene a darse la persecución. Esto es lo que Jesús ha prometido a sus discípulos. Por eso les dice: «Os mando como ovejas en medio de lobos; guardaos de los hombres; sed inteligentes como las serpientes, sencillos como las palomas» (Mt 10, 17).

En un mundo hecho de lobos, los que quieren comportarse como ovejas tienen que ser y son como palomas, en manos de las águilas rapaces. Pero pueden y deben ser también phronymoi, inteligentes, como las serpientes, es decir, capaces de esconderse, de actuar de un modo distinto: la inteligencia de los perseguidos es la inteligencia que se vincula a la debilidad y a la supervivencia, a la adaptación bondadosa y creadora.

              Esta inteligencia está vinculada al deseo de no imponerse, de no sobresalir en los foros y en los campos de batalla del poder; esta es la inteligencia de los grupos que con-spiran desde abajo, pero no para destruir el sistema (desde el resentimiento de los cobardes o desde el doble juego de los grupos secretos), sino para introducir amor en el sistema y para trasformar la realidad, como semilla oculta, sin que se vea (Mc 4, 26-29).

Jesús dice a los perseguidos que no se preocupen de preparar su defensa con las razones sabias del mundo, pues tienen alguien que les defiende de manera más profunda: tienen la fuerza del Espíritu de Jesús que les asiste e inspira, haciéndoles testigos de su pascua (Mc 13, 11).

Los perseguidores tienen la fuerza bruta. Los perseguidos tienen la palabra, que se puede expulsar, pero que no puede ser vencida (Jn 1, 10-13). El evangelio no necesita defenderse por la fuerza externa, porque tiene la palabra. Vale por sí mismo, sin apoyarse en ejércitos ni juicios. Posee la autoridad del Espíritu Santo, que es fuente de gracia salvadora, actuando a través de la palabra de los perseguidos.

Este descubrimiento de la Racionalidad superior (Verdad) del Espíritu Santo como presencia de Dios en los perseguidos, que se opone a los hombres que persiguen a Jesús (a sus creyentes), constituye la experiencia básica del evangelio y vincula, de manera sorprendente, la inteligencia (casi astucia) de la serpiente, que actúa desde abajo, con la claridad y amor del Espíritu Santo, que actúa desde el mismo centro de la vida paráclito). De esa forma se expresa la más alta verdad de la víctimas, la verdad de los que han sido sacrificados a lo largo de la historia, que, según el evangelio, ha sido revelada por Jesús:

«Por tanto, mirad; yo os envío profetas, sabios y escribas; y de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas y perseguiréis de ciudad en ciudad, de manera que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el santuario y el altar» (Mt 23, 34-35).

Éste es el mensaje que Jesús dirige a las autoridades de Israel (o de cualquier poder del mundo). Este es el mensaje de sus profetas-sabios-escribas, es decir, de los hombres y mujeres que no tienen más poder que la palabra que revela y dialoga, que dice y comparte. Frente a esa palabra débil se eleva el poder de los que matan, de todos los que han matado y siguen matando, desde el tiempo de Abel hasta el tiempo de Cristo.

Pues bien, los que matan a otros se destruyen en el fondo a sí mismos, mientras se eleva sobre el mundo, por la fuerza del Espíritu santo, desde el mismo Cristo, el perseguido, la voz de amor de los perseguidos, que no responden con violencia a la violencia, sino que pueden crear y crean un mundo más alto de gratuidad, que no se funda en el veneno de las serpientes destructoras (cf. Mt 23, 33), sino en la capacidad de aguante de las buenas serpientes de Mt 10, 17, que con-spiran en el mejor sentido de la palabra: que comparten el Espíritu de vida, desde el subsuelo de los condenados de este mundo.

Pablo, perseguidor perseguido. Retomar el evangelio

 La segunda carta de Pablo a Timoteo ofrece una visión de conjunto de la historia y sufrimientos de Pablo que, para transmitir a los creyentes su aliento de evangelio, vuelve a recordar sus primeros «trabajos»:

Tu seguiste mi enseñanza, mis proyectos, mi fe y paciencia, mi amor fraterno y mi aguante en las persecuciones y sufrimientos, como aquellos que me ocurrieron en Antioquía, Iconio y Listra. ¡Qué persecuciones padecí! Pero de todas me sacó el Señor. Pues todo el que se proponga vivir como buen cristiano será perseguido» (2 Tim 3, 10-12). Pablo recoge así unos recuerdos y sufrimientos que conocemos por Hechos (cf. Hech 13-14) y que ahora se pueden condensar en la sentencia final: «Todo el que se proponga vivir como cristiano será perseguido».

De esa forma asume este pasaje tardío de 2 Tim el argumento de Col 1, 24-25, donde se afirmaba que Pablo debía «completar» los sufrimientos de Cristo. Ciertamente, sigue siendo un hombre bien concreto. Han sido reales sus dolores, recordados para siempre en la memoria de la iglesia. Pero más que su figura aislasda, importa ahora su ejemplo y enseñanza, en la línea de aquello que Cristo había dicho: «Yo le mostraré todo lo que él debe padecer por mi nombre» (Hech 9, 16).

Mártires de la UCA (El Salvador)

El justo sufriente. La experiencia del Siervo de Yahvé, Segundo Isaías.

Ésta ha sido la revelación fundamental de la espiritualidad judía y cristiana. Isaías II ha descubierto y proclamado que la historia verdadera avanza desde la conciencia y tarea de unos hombres y mujeres como los derrotados de Israel, que reinterpretan su historia como revelación de Dios y promesa de futuro para el conjunto de la humanidad. Precisamente ellos, los vencidos, que se elevan sobre sí mismos como testigos e intérpretes de Dios, son la auténtica “conciencia divina” de la historia, que se expresa a través de los sacrificados, representantes de Dios (arquetipo de la nueva humanidad).

Yahvé quiso aplastarlo con sufrimiento y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, vivirá por muchos años.  El justo, mi Siervo, justificará a muchos porque cargó con sus culpas. Por eso lo haré heredar con muchos y con los poderosos repartirá el botín; porque expuso su vida a la muerte y fue contado con los criminales; él cargó con los pecados de muchos e intercedió por los criminales (Is 53, 10-12).

      En un momento anterior, los triunfadores habían sentido la necesidad de pensar que los demás (los fracasados) eran culpables, de manera que les “sacrificaban”, identificando a Dios con el triunfo del poder. En nombre de Dios, ellos, los vencedores, expulsaban y mataban a los otros, de manera que la vida de esos sacrificados aparecía como un tipo de holocausto necesario y positivo: El Dios de la guerra de la vida triunfa sometiendo y destruyendo a los “culpables”. En contra de la visión, estos poemas del Siervo muestran que Dios no triunfa sacrificando a los otros (imponiéndose sobre ellos su poder), sino amando a los pobres y humillados, y realizando por ellos (desde ellos) una obra de salvación al servicio la humanidad entera.

De esa forma, asumiendo y transformando antiguas categorías sacerdotales, Isaías II descubre que los derrotados de Israel (exilados, fracasados, muertos) no son culpables, no sufren y mueren por su culpa, para satisfacer la ira de Dios, sino que son representantes de un Dios-Amor, que se “encarna” (se expresa y actúa) precisamente en/por ellos. Estos “siervos de Dios” no mueren porque son culpables y tienen que ser sacrificados, sino porque son inocentes, porque han sido derrotados y así aparecen como signo de un Dios amor, que no es violencia sobre los demás (para tenerlos sometidos), sino Conciencia de amor que regala su vida (se regala a sí misma) para que otros sean.

Según eso, el Principio divino de Israel (Yahvé) no se individualiza (no se revela) en los emperadores y conquistadores poderosos, sino en aquellos que sufren y son oprimidos, manteniendo la conciencia de su identidad, como los hebreos esclavizados en Egipto, como los judíos cautivos en Babilonia. En este contexto no tiene sentido la ley del talión o venganza por la fuerza, ni se puede decir que los sacrificados mueren por sus pecados, pues ellos no son responsables del pecado ajeno, ni autores de un pecado propio, sino víctimas inocentes en las que Dios expresa su identidad sobre el mundo. Ellos sufren y mueren por el pecado ajeno, pudiendo aparecer así como representantes (portadores) de una conciencia más alta de vida, es decir, de la conciencia de Dios que se revela y actúa a través de los que se piensan y descubren (aceptan) su identidad desde el sufrimiento activo de la historia humana.

Los sacrificados son signo de la nueva creación, avanzadilla de una humanidad no violenta donde el mismo Dios viene a expresarse como gracia y manantial de vida, regalando así su propia vida en medio de la muerte. Éste es el centro de la mutación israelita, aquí se produce la gran revelación/revolución de la Biblia: Quizá por vez primera, superando a un Dios que parecía principio de violencia (defensor de los más fuertes), viene a revelarse el Dios más alto de una gracia no violenta, de un nuevo sacerdocio entendido como don de la vida, no como principio de destrucción de otros.

Este Siervo no realiza su liturgia sobre el templo (no es sacerdote ministerial), no vive de la sangre de animales muertos (ni de hombres a quienes tiene que sacrificar), sino que eleva (entrega) su vida ante Dios como signo de esperanza, garantía de justicia. No expulsa a nadie, ni hace guerra para destruir a los contrarios: no pide venganza ni quiere que su muerte (si le matan, como harán) sea principio de una nueva cadena de violencias. Por eso, acepta el sufrimiento y la derrota como signo de vida, de forma que allí donde reinaba un (el) dios de la violencia viene a revelarse ahora un Dios Yahvé que es principio de vida, de gracia, de futuro, precisamente desde la derrota y muerte de los pobres.

-Mi siervo triunfará (Is 52, 13-15) Pero triunfará sin dominar, sin expulsar ni sacrificar a nadie, y puede hacerlo así porque conoce (reconoce) en su vida el sentido de Dios, la fuerza de la vida, apareciendo como portador de una nueva sabiduría divina, al servicio de los demás. En otro contexto, los hombres habían insistido en una sabiduría triunfal, vinculada a la victoria externa, con la derrota de los contrarios, creyéndose así enviados de un Dios de poder. Pues bien, en contra de eso, Isaías II insiste en el Dios se revela precisamente en los derrotados y expulsados, como Siervo Sufriente de todos, Dios en persona.

-El brazo de Yahvé actúa (Is 53, 1-3).Pero no de forma militar como Asiria y Babilonia, sino como palabra de vida, presencia de Dios, a través de los hambrientos, pobres y oprimidos, como podrán de relieve el Magníficat de María, el primero de los Cantos del Nuevo Testamento, que Lucas 1, 46-55 ha puesto en boca de la Madre de Jesús, como signo de continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento (como pondré de relieve en el primer tema de la tercera parte de este libro. Dios despliega el poder de su brazo (Lucas 1, 51) a través de sus siervos israelitas, en una historia de espiritualidad de amor que culmina en Jesucristo. Otros textos de la Biblia, como Lev 16 (chivo expiatorio) y Ben Sira o Eclesiástico (con su canto a los triunfadores: Eclo 45‒50) parecían seguir buscando a Dios a través del triunfo social, militar o religioso. Pues bien, los cánticos del Siervo invierten ese modelo y afirman que el Dios (principio de toda realidad) se revela a través de los derrotados y expulsados (cf. Hbr 11).

-Ha cargado con nuestros sufrimientos (Is 53, 4-6). Paradójicamente, el Siervo es revelación de nuestra verdadera identidad. Antes, en general, los hombres pensaban que los culpables eran los otros, los sacrificados, desgraciados, expulsados, que cargan con sus crímenes y expían por sus culpas. Pues bien, Isaías II ha invertido esa visión diciendo que el Siervo no es culpable. No sufre por sus culpas sino por las de otros, viniendo a presentarse así como un catalizador donde se condensan y descargan las violencias del conjunto social. Ésta es la novedad del texto: El Siervo que sufre es inocente, y al serlo, al aceptar su “destino”, él viene a presentarse como portador de un “conocimiento” más alto, del conocimiento de Dios con quien se identifica.

-Cordero inocente (Is 53, 7-9). Leyendo este pasaje, el eunuco de Candace pregunta a Felipe el “diácono” cristiano: “Quien dice estas cosas ¿habla aquí de sí mismo o se refiere a otro? (Hech 8, 32-34). El mismo Canto responde de forma indirecta, describiendo paso a paso los momentos y matices del sufrimiento (muerte) del Siervo. Es evidente que en su descripción confluyen varios factores: (a) Puede haber un recuerdo histórico, con el asesinato de un inocente concreto (Zorobabel, un profeta...). (b) El texto puede referirse al mismo pueblo de Israel, condenado, en proceso de exilio, dispersión y muerte... Sea como fue, es claro que el Canto del Siervo constituye un paradigma invertido de la violencia humana. Los inocentes como el Siervo no viven a costa de los otros, no se imponen por envidia, no pretenden destruir a los demás. Esta es la manifestación suprema de Dios en la vida (en la nueva conciencia) del inocente, que no responde con violencia, según el talión, ni no grita venganza. El Canto lo dice de un modo muy transparente, sin juicios ni valoraciones retóricas. [1]

El pueblo que ha escrito estos poemas del Siervo ha llegado a la más alta experiencia: ha conocido a través del sufrimiento, ha madurado en comprensión y no en venganza, en bondad y no en resentimiento, en apertura a los demás y no en violencia. Aquí han venido a confluir las aguas más profundas de la vida israelita: la experiencia sacrificial, la ley del pacto y, sobre todo, la certeza de que Dios asume el camino de los pobres (derrotados) de la historia. Es como si pudieran recrearse los orígenes: el dolor de Abrahán, la opresión de los hebreos en Egipto y, de un modo especial, la angustia del exilio en Babilonia (con la caída de Judá y Jerusalén, tras 587 a-C). Ellos, los sufrientes y expulsados, fueron (siguen siendo) el valor supremo de la tierra: el mismo Dios se encuentra y triunfa allí donde parecen fracasados.

Aquí se ha dado la gran inversión. El chivo expiatorio (Lev 16) era signo de todos los males; por eso quedaba expulsado al desierto, dejando tranquilo al sistema. Vivimos Sobre la tumba y muerte de otros caminamos: sólo sabemos avanzar aa costa de otros sacrificando. Pues bien, aquí el signo se invierte y descubrimos que el siervo derrotado y expulsado es inocente. Antes habíamos sentido la necesidad de pensar que los demás (los fracasados) son culpables: identificábamos a Dios con el triunfo del sistema; en nombre de Dios expulsábamos, matábamos... La vida entera se venía a convertir en sacrificio. Pues bien, ahora advertimos que esa ley del sacrificio no consigue responder a los problemas planteados por la historia.

 Este Siervo no realiza su litigia sobre el templo, no vive de la sangre de animales muertos. Pero, en sentido mucho intenso, es verdadero sacerdote y sacrificio: eleva ante Dios su sufrimiento como signo de esperanza, garantía de justicia. No debe expulsar a nadie: no pide venganza ni quiere que su muerte se convierta en principio de una nueva cadena de violencias. Por eso es víctima: su mismo sufrimiento y muerte se han venido a presentar como señal y experiencia de una vida no violenta. Allí donde reinaba un (el) dios de la violencia viene a revelarse ahora un Yahvé signo de gracia.

Esa respuesta no violenta del Siervo es la mayor revelación de Dios Este es el milagro de la no violencia: el inocente se deja matar (como cordero llevado al sacrificio...). No se defiende, no grita venganza, no se justifica. El Canto lo dice del modo más sencillo. No utiliza demasiados adjetivos, no juzga, no valora. Simplemente va mostrando le que hacen (hacemos) los hombres con el débil e inocente. Descubrimos con sorpresa que en todo este pasaje no se dice nada de Dios. No hay lugar para sacralidades aparentes, no hay templos ni oraciones especiales. La muerte de un pobre, este es el misterio. Al fondo de toda la historia, cono enigma supremo, aparece un inocente asesinado. Éste es el mejor prólogo para entender la espiritualidad de Jesús. Y con esto podemos pasar al NT[2].

[1]Normalmente, los triunfadores se han mantenido y elevado matando u oprimiendo a otros (a los que condenamos por culpables), para aparentar así que somos justos, apelando además a Dios a quien identificamos con un tipo de violencia pavorosa, en la línea del análisis de R. Otto (Lo santo, 1917). En contra de eso, el canto dice que aquellos que se consideran justos, capacitados para matar a los culpables, son los verdaderos culpables, de forma que lo divino no se identifica con un tipo de violencia pavorosa, sino con todo lo contrario, es decir, con la superación de la violencia. En esa línea el Siervo no se ha defendido ni quiere vengarse de otros, sino ofrecerles el regalo de su vida.

[2] Ante ese descubrimiento pasan a segundo plano las preguntas historicistas (¿quién era ese Siervo?) y las disculpas retóricas (¡no sabíamos! ¡ha sido un accidente!). El texto muestra que no fue un accidente y añade que, en el fondo, nosotros lo sabíamos. Este es el saber ontológico (si es que vale esa palabra), el conocimiento que por siglos hemos reprimido: La divinización de la violencia, que el Canto del Siervo ha desenmascarado.

Esa divinización “ontológica” de la violencia es el “pecado original” de la humanidad. Las religiones “imperiales” (de China a Roma, de los Aztecas a los Incas), que se siguen imponiendo sobre el mundo, con el capitalismo y el imperialismo moderno. Estos cantos han sido y siguen siendo la primera gran protesta “occidental” (bíblica) en contra de esa religión que se dice creada para “liberar” a los hombres pero que de hecho les oprime.

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