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24. 6. 26. San Juan Bautista 1. Mística del templo de templo de Jerusalén

Juan Bautista 1. Mística del templo de Jerusalén (20+) Facebook

Hay diversas interpretaciones de la vida y obra de Juan Baustista. A mi juicio, según mi narración sibre Juan Bautista y Magdalena, él empezó siendo un místico de la escuela de videntes del templo de Jerusaléén. Así le presento en ca 2 del libro

JERUSALÉN, SACRIFICIO DE LA TARDE

El César era Tiberio (sucesor de Augusto); Herodes Antipas era tetrarca (rey) de Galilea; Poncio Pilato, gobernador de Judea, y Caifás Sumo sacerdote del templo de Jerusalén,

El templo tenía varios patios. Al más externo, llamado de los gentiles, podían acceder todos, varones y mujeres, para conversar o adquirir dinero y animales puros para el sacrificio. Al segundo, de las mujeres, accedían sólo los judíos y judías en pureza legal, y desde allí, asomados a la balaustrada, podían contemplar los ritos de los patios interiores. El tercero estaba reservado a la oración de los judíos varones en estado de pureza. Tras un pequeño muro se extendía el cuarto patio, para sacerdotes y levitas, con altares para sacrificios. Al fondo, en el centro, se alzaba el santuario, con dos estancias, separadas por cortinas .

Juan sacerdote

Como todas las tardes, se realizaba la Ofrenda Perpetua, un cordero de holocausto para expiación. La Suerte había caído sobre Juan, hijo de Zacarías, que, a su vez, había oficiado una tarde ya lejana (cf. Lc 1, 5-25), quedando mudo cuando entró en el Santo, con el incensario y el aceite para el candelabro. Fue entonces cuando Dios le habló y, tras nueve meses, Elisabeth, su esposa, dio a luz a Juan, que oficiaba esta tarde el mismo rito.

Zacarías le había educado como sacerdote y profeta, para interpretar los libros y aplicar las profecías Su compañero Caifás, Sumo Sacerdote, le había ofrecido el cargo de Capitán de la Guardia Para-Militar del templo. Pero él se había excusado. Zacarías había querido casarle con una mujer de su estirpe, pero él quedó soltero. No parece que hubiera tenido aventuras amorosas, aunque algunos murmuraban que una vez había ido con Caifás al migdol de Jope; pero eso era hace tiempo, y nadie podía asegurarlo.

Veníavestidocon túnica blanca, ceñidor dorado y sandalias de hebilla refulgente. Sobre su tiara pendía una verde perla, signo de la tierra, con una esmeralda por cada tribu, y en su centro el Nombre, Ha-Shem (יהוה, Yhwh), a quien él representaba. Era sacerdote y celebraría el rito del Dios que mata para vivir. Pero, al mismo tiempo, era profeta, contrario a ese rito que, debía ser abrogado.

Con ese pensamiento entró en el atrio de los sacerdotes, seguido por ocho levitas para la Liturgia. Se escuchó un murmullo cuando le vieron encabezando el cortejo, con la cabeza inclinada, como si no quisiera que vieran el Nombre de su tiara. Venía con Caifás, Sumo Sacerdote, de la estirpe de Boeto, que le decía “hemos sido y seremos amigos”, mientras los levitas cantaban:

Eres el más bello de los hombres, de tus labios fluye gracia...

Cíñete al flanco la espada, valiente: es tu gala y tu orgullo.

Cabalga victorioso por la verdad y la justicia… (Sal 45).

Había esperado este momento, como miles de sacerdotes, pero, al mismo tiempo, sintió un fuerte rechazo ante los sacrificios, mientras Caifás a su lado le decía:

Los levitas seguían cantando: "Cíñete al flanco la espada, valiente..." (Sal 45) … Pero no le dieron espada de guerra, sino un cuchillo de animales, y no le esperaba una mujer (¡princesa bellísima, con oro de Ofir!), sino un levita con cordero, que él debía degollar sobre la piedra, para que la sangre manara sobre el altar de Dios.

Muchos profetas dijeron que Dios no necesita sangre, pero él iba a derramarla. ¿No sería mejor ofrecer el agua limpia de la lluvia y de las fuentes? Así pensó, mientras agarraba el cuchillo en su mano derecha y sentía por su izquierda el latido de sangre de la yugular del cordero. Era un suavísimo latido, pero a Juan le pareció toda la sangre del mundo, desde Caín hasta ese mismo instante.

- ¿Por qué debo matar? ¿Por qué matamos, nos matamos, unos a otros, como si así celebráramos la gloria de Dios?

Escaleras y altar de fuego

No tenía que hacer nada, lo hacían por él los levitas subalternos. Unos limpiaban sus manos, encarnadas de sangre, otros desangraban al cordero, para desollarlo y limpiar sus entrañas...

Le habían quitado el cuchillo, tenía de nuevo manos limpias y bajaron todos por la escalinata hasta el altar de fuego en el centro de atrio. Se dejó guiar y así avanzaron con un cántaro de vino, tortas de pan amasado en aceite y sangre del cordero, mientras cantaban los levitas:

Levanto mis ojos a los montes: ¿De dónde me vendrá el auxilio?

El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que tropiece tu pie, tu Guardián no duerme,

No duerme ni reposa el Guardián de Israel (Sal 121).

Subieron cantando al gran altar, arriba el cielo, abajo la tierra y al frente la Casa de Yahvé, cuyo pensamiento le inundaba en oleadas, mientras seguía bajando la escalera. Le habían dicho que cielo y tierra dependían de su rito. Pero el mundo exterior parecía indiferente. Los levitas auxiliares habían colocado el cordero desollado, limpio de sangre, brillante de grasa, sobre un gran vertedor: “Sólo tienes que empujar y voltear la pala de forma que la carne caiga al fuego”. Hizo así que el vertedor se ladeara sobre el borde del ara ardiente, mientras caía el cordero desollado al centro de la llama, y los salmos de los fieles ascendían como humo de plegaria.

Los levitas le dieron después una jarra de plata con vino que fue derramando, en libación circular, sobre el fuego, donde puso también tortas de pan con aceite y resinas que perfumaron el viento. No había nada que añadir ni explicar, todos lo habían visto, y todos parecían entender lo sucedido, menos él, sacerdote, que seguía elevando sus manos y ofreciendo la oblación que expía y alimenta a Dios con manjares de tierra.

Un día más se había celebrado el sacrificio perpetuo y seguía latiendo de vida la tierra, hasta que cesó el silencio y muchos empezaron a gritar y a cantar y a bailar como posesos, por el éxtasis sagrado del vino y la carne, del aceite y los sabores del cordero que Dios había olido y consumido.

Sacrificio de comunión

Concluido el rito de expiación, quedaba el de comunión, con otro cordero, también macho, sin defecto, sobre un altar pequeño. Esta vez le pareció más fácil, no permitió que giraran preguntas en su mente. Fue casi una rutina. El cuchillo a la yugular, la sangre al altar y a la vasija de las aspersiones, con la limpieza posterior, para que todo fuera en orden, sin que las huellas de muerte mancharan sus manos de funcionario de templo.

Sus auxiliares volvieron a desollar el cordero y vaciarlo, dejándolo limpio sobre el altar, para que Juan lo troceara: riñones y grasa para Dios, sobre un barreño, también la paletilla derecha; el resto para los compañeros oficiantes, saciados de cordero, como Dios, mientras el pueblo, hambriento de carne, parecía estar muy satisfecho, con tal de que Dios comiera.

LA CÁMARA SECRETA

Primera morada

Juan comenzaba a subir los escalones del Santo, Primera Cámara sagrada. Muchas veces le había contado su padre la historia, cuando el Ángel de la Presencia se le apareció en esa cámara, anunciándole el nacimiento de un hijo que era él, subiendo los mismos escalones. Le habían puesto en la mano izquierda una alcuza de aceite para el candelabro, y en la derecha el brasero de carbones encendidos y la cesta de los panes de la proposición, ofrecidos ante Dios cada semana. El coro cantaba:

El Señor es mi pastor: nada me falta,

en verdes praderas me hace recostar.

Me conduce hacia fuentes tranquilas,

repara mis fuerzas (Sal 23).

Escuchó el salmo y pensó que él había matado corderos, en vez de llevarlos a fuentes tranquilas. Por eso, en lugar de un cayado de guía y protección, llevaba en su mano las brasas, y con ellas entró en el Santo, atravesando la cortina menor, mientras los fieles externos seguían cantando. Se acostumbró a la penumbra y vio el Candelabro y a mesa, con doce panes de proposición, que él recogió en su cesta, poniendo en su lugar los nuevos. Ya sólo le quedaba limpiar y renovar el altar de incienso.

Dejando el brasero en el suelo, llenó de aceite las lámparas, limpió la estancia y colocó sobre el altar las brasas, esparciendo sobre ellas el incienso, según rito. Había cumplido su tarea y, según norma establecida de siglos, podía salir al exterior donde esperaban los fieles. Pero, en vez de salir, entró al Santísimo, donde sólo entraba el Sumo Sacerdote una vez al año, en el Yom Kippur.

Segunda y séptima morada

Esperó un momento para acostumbrarse y adivinó vagamente unos muros desnudos, un Cubo de silencio y aire enrarecido. El Lugar donde antaño reposaba el Arca, con el Propiciatorio sobre el que Yahvé tomaba asiento entre querubines, estaba vacío, como hueco de tiniebla, pero él preguntó, en voz alta: “¿Dónde estás? ¿Qué quieres de mí?”.

Le respondió el silencio y pensó en los sacerdotes iniciados, que entraban en secreto en esta cámara Santísima para para realizar sus ritos, siendo raptados (decían) hasta la Séptima Morada, en noches sin luna. Algunos le habían descrito sus métodos de ascenso, queriendo iniciarle en sus secretos (como en el betilo de Jacob, cf. Gén 28, 10-19), pero él nunca había querido acompañarles a escondidas. En eso pensaba, cuando tuvo la certeza de que estaba siendo elevado desde la Segunda morada (Santísimo del templo) hasta la Séptima o Hekal del Cielo, como si la mano de Dios le alzara y así, mientras subía, a velocidad de rayo, se encontró gritando:

‒ ¡Yahvé Yahvé! (הוהי הוהי), Dios de Jacob, muéstrame tu rostro.

Retumbó su voz, pero no obtuvo respuesta, nadie le escuchaba, mientras crecía la tiniebla, pues se había cerrado la cortina y no entraba luz de fuera, a medida que él subía hasta el Origen sin origen (en sof). No iba sólo, se elevaban con él los cuatro muros, el suelo y el techo del Cubo Vacío, y así, cuando sintió que el gran Carro se paraba, porque habían llegado al Corazón de Dios, se oyó a sí mismo gritando, con más fuerza:

‒ ¡Yahvé Yahvé! (הוהי, הוהי), Padre de mi padre ¿Dónde estás?

Tampoco esta vez le respondieron, y supo que seguían subiendo sin parar y que Dios, la Oscuridad suprema, le sumergía en su misterio, le aplastaba y le soltaba al mismo tiempo, le cegaba y deslumbraba sin dejarle ver su rostro, ni decirle su palabra, cada vez en más tiniebla, mientras la cámara santa seguía ascendiendo sobre los astros de todo el universo.

En un momento infinito supo que el ascenso había terminado, y quedó en silencio oscuro, ante la Puerta bruñida de duro metal que no llevaba a ningún lugar, pidiendo a Dios que le abriera, con gritos y golpes de puños, por siglos de siglos. Quizá sólo duró una millonésima de instante, pero fueron milenios de gritos y llamadas sin respuesta, en absoluta tiniebla, con los puños sangrando, hasta que de pronto, otra vez, supo que la Cámara Santa, con la que había subido al Corazón cerrado de Dios, bajaba nuevamente y se posaba en el suelo del templo de tierra.

Sólo entonces pudo alzarse y encontrar a tientas la cortina, para apartarla, pensando que el Santísimo era igual que otras cámaras o habitaciones de familia donde se amaban, convivían padres e hijos con, a la luz de una lámpara de aceite, invocando al sueño.

Aquí no había mesa, ni lámpara de aceite, ni tálamo de amor, ni horno de pan, sólo silencio. Había ascendido por la Infinita Escala hasta la puerta del Hekal del cielo, pero no pudo entrar y como signo del ascenso le quedaban unos hilos de sangre de los puños que habían golpeado sobre el muro. Despertó aturdido, como si viniera (y venía) de un sueño de siglos, sabiendo que los iniciados secretos se engañaban, pues nadie había conseguido entrar por la Puerta y volver de nuevo al suelo.

Pero ahora no podía pensar, mientras sus manos seguían sangrando. Mañana o mejor, esta misma noche, debería empezar una vida distinta, para que Dios le respondiera al fin cara a cara. Lo había intentado aquí en el templo, pero había sido inútil. El muro no se abrió ante el golpe de sus puños. Debería buscar y llamar de otra manera, sin puños para golpear, sin gritos de mayor sabiduría. Así preguntaba y pensaba, queriendo salir del Santísimo, cuando escuchó una voz airada, no de Dios, sino de alguien que bien conocía:

– ¿Qué haces? ¿Qué dices? ¡No puedes entrar donde has entrado, ni nombrar lo que has nombrado!

Era Caifás, Sumo Sacerdote, que había entrado al Santo, cuando algunos comenzaban a inquietarse por la tardanza. También, Zacarías, padre de Juan, se retrasó, pero nadie sospechaba, ni Caifás qu era Sumo Sacerdote.

Prevención del suicidio

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