Hazte socio/a
Última hora
Entrevista al obispo de Córdoba, tras la tragedia de Adamuz

25.1.26. Conversión de Pablo. Comunión de los santos, más que unidad de los cristianos

Mañana 25 de Enero, conversión de Pablo, celebran las iglesias el día de oración por la unidad de los cristianos. Ésta es una fiesta significativa pero nueva, muy reciente. Mucha más importancia tiene para los cristianos el “dogma” de la comunión de los santos, que es la comunión de todos los creyentes (=santos), es decir, de todos los hombres y mujeres de la tierra, santificados por Dios en Cristo, llamados a compartir “las cosas santas” (es decir, todos los bienes espirituales y materiales), como indicaré a continuación[1],

A finales del siglo IV d.C, la confesión de fe más antigua (credo romano) empezó a incluir en occidente un “artículo” nuevo: communio sanctorum, comunión en lo santo (en las cosas santas)  o de los santos. La adición hizo fortuna y, aunque no fue recogida en los credos oficiales de oriente ni en el niceno-constantinopolitano, terminó siendo aceptada en la fórmula oficial o textus receptus del símbolo apostólico o romano.

El sentido originario de la cláusula no es claro y por eso debo precisarlo. Para ello comenzaré diciendo que el mismo tenor gramatical de las palabras es ambiguo: Si sanctorum es neutro, hay que decir «comunión en lo santo», esto es, en o con las cosas santas; si es masculino debe traducirse, como hacemos ordinariamente, «comunión de los santos». Los investigadores no han llegado a un acuerdo, ya que el uso varía de oriente a occidente, del griego al latín. Pero la misma búsqueda semántica nos muestra que en el fondo de la ambigüedad hay una gran riqueza de matices, que en general pueden resumirse así: Por la participación en los bienes santos (línea más oriental) puede conseguir­se y se consigue la comunión de los creyentes o los santos (formula­ción más latina).

La reflexión que sigue admite esos dos matices y quiere verla como principio de interpretación del tema. Así comenzaré tratando de la «comunión en lo santo», me fijaré después en la «comunión de los santos» y terminaré con una aplica­ción al campo de la experiencia actual. Así podrá mostrar la forma en que el amor ha entrado en el credo.

           1. Comunión en lo santo. Tras la cláusula latina actual (communio sanctorum) parece haber existido una fórmula griega que no pasó al credo pero que resulta común y valiosa en el oriente, la koinônia tôn hagiôn, esto es, la participación de los creyentes en las cosas santas, especialmente en la palabra de la fe y en la celebración eucarística. Entendida así, esta fórmula nos sitúa en el mismo centro de la experiencia del misterio de la iglesia, y así se puede ver desde el trasfondo de la historia de las religiones:

1. El principio de la «communio sanctorum» aparece y en las religiones de la naturaleza. Las cosas santas se explicitaban allí por medio del proceso cósmico de la vida que se expande, se despliega, se edifica. A través del rito, los creyentes se introducían en ese proceso vital, penetraban en la hondura del misterio, rompían la distancia del tiempo y del espacio, que todo lo parte y destruyan, y participaban, transfigurados, en el orden originante de la reali­dad. Se integraban en lo divino, comunicaban con lo santo. Tal es el primer nivel de «comunión sagrada» que nosotros recordamos y, en parte, todavía asumimos a través de la celebración de la pascua de Jesús, el Cristo,

2. La filosofía de occidente ha pretendido traducir esa experiencia de participación sacral en términos de comprensión ontológica de la realidad. Basta recordar el platonismo, sobre todo en sus vertientes religiosas más tardías (neoplatonismo), donde se supone que lo divino, interpretado como bien originario o unidad fundante, se encuentra en el principio de las cosas. Todas ellas participan de su fuerza, expresan su grandeza, desde un plano de caída, de impotencia, de materia. De esa forma, la comunión en lo santo, recordada o asumida en un proceso de ensimismamiento espiritual y de ascenso «erótico», gene­raba un proceso de retorno intelectual y religioso; a través de la contemplación, el fiel se introducía en lo divino, se identificaba con la esencia original de lo sagrado, comulgaba con lo santo.

3. Al antiguo testamento le resulta escandaloso todo intento de buscar una comunión divina. Dios es trascendente y nadie puede introducirse en su misterio. Dios es lejanía de poder, grandeza y fuerza, de tal forma que ningún viviente puede acompañarle en su existencia. Sin embargo, una vez que eso está dicho, después de haber negado toda posibilidad de comunión de naturaleza entre lo humano y 1o divino, Israel ofrece los cimientos para una nueva experiencia de comunión con Dios en términos de alianza. La novedad israelita implica una ruptura de nivel: pasamos el umbral de la naturaleza, desbordamos el campo de las identificacio­nes «físicas» del hombre con un Dios interpretado como totalidad cósmica, vital o intelectual, y penetramos en un ámbito de encuentro interpersonal con el Señor Yahvé, a través de la palabra, de la ley y de la alianza. Desde ahora en adelante, los verdaderos creyentes sabrán que sólo puede existir comunión auténtica con Dios en línea de liberad y donación entre personas, no enfusión, sino en encuentro.

4. El nuevo testamento está enraizado en la experiencia de Israel, de tal manera que sigue interpretando la comunión con lo sagrado en términos de alianza. Pero, al mismo tiempo, al aceptar como princi­pio la presencia de Dios en Jesucristo, asume ciertos elementos de la antigua concepción pagana y los transmuta, edificando así una forma diferente de entender la comunión con Dios y entre los hombres. En su base está el pasaje de Heb 2, 14, donde se dice que el mismo Dios ha decidido «comulgar» con nosotros, entrando en relación con nuestra historia, de tal forma que participa de la carne y de la sangre de los hombres (cf. también 2 Ped 1, 4: estamos en comunión con la naturaleza divina). Esa afirmación resitúa los datos anteriores. No se trata de restablecer el parentesco del hombre con lo sagrado, ni de establecer una alianza con el gran Señor lejano, sino de aceptar la gracia del Dios ha querido comulgar con nuestra carne y nuestra sangre, hacerse mundo entre nosotros, tomar parte en nuestra historia. Sólo porque hallamos esta primera koinonia incarnatoria, sólo porque Dios asume en Cristo, Logos-hijo, nuestras «especies humanas» (carne y sangre), de una vez y para siempre, nosotros − simples hombres – tenemos un acceso en comunión a lo divino, podremos comulgar con Dios por medio de la carne y de la sangre de Jesús, que es nuestro Cristo.

             Ésta es la experiencia de fondo de1 Jn 4,10: En esto consiste el misterio, no en que nosotros pretendamos estar en comunión con lo sagrado sino en que Dios, el santo, haya querido comulgar con nuestra historia, haciéndose así vida y principio de amor entre los hombres. Fundado en esta experiencia, Pablo puede definir a los cristia­nos como aquellos que «han sido convocados a vivir en koinonia con Jesucristo, Hijo de Dios» (1 Cor 1, 9). Comulgar significa aquí participar en Cristo: aceptar su palabra, seguir su camino, revestirse de su muerte, incorporarse a su resurrección, transformarse con su gloria. Para entender mejor la comunión resultaría necesario comen­tar todos los textos donde Pablo y las cartas postpaulinas van hablando de aquello que nosotros somos en el Cristo: Convivimos y con-sufrimos con él; somos con-crucificados, con-sepultados, co-resucitados, con-glorificados; con él coheredamos y correinamos (cf. Rom 6, 4-8; 8, 17; 2 Cor 7, 3; Gál 2, 19; Col 2, 12-13; Ef 2, 5-6; 2, 2). Toda nuestra existencia de creyentes se interpreta en forma de comunión de vida y muerte, de camino y esperanza con el Cristo. Por eso, la comunión «en lo santo» significa «participación en la santidad de Dios», a través de Jesucristo.

Esta comunión se realiza de un modo visible en el gesto eucarísti­co: «El cáliz... es la comunión con la sangre de Cristo; el pan..., es la comunión con el cuerpo de Cristo» (1 Cor 10, 16-17). Así se invierte y recupera el gesto del Dios que se hace humano. Carne y sangre eran primero el lugar en el que Dios se ha humanizado. Ahora, en contexto de celebración eclesial, fundada en el recuerdo y la palabra de Jesús, carne y sangre son la realidad del gran misterio del Cristo, Hijo de Dios, presente entre los hombres. Allí donde la comunidad se reúne y celebra a su Señor, los creyentes, unidos entre sí «comulgan con el Cristo», participan de su vida y de su muerte, se introducen en su pascua. Este es el sentido radical de aquello que la iglesia afirma cuando cree en la «comunión de los hombres con lo Santo»; es lo que la iglesia celebra alborozada y llena de temor en el misterio de su fiesta dominical.

En este contexto la palabra de comunión (koinônia tôn hagiôn) significa que los fieles, reunidos en comunidad y cimentados en confesión pascual, tienen acceso al misterio de las cosas santas; comulgan con Jesús, viven su gracia, actualizan su misterio, La distancia entre el hombre y Dios sigue abierta. Sin embargo, allí donde los fieles celebran a Jesús se rompen las distancias, se curan las heridas: Atónitos y agradecidos, los hombres comulgan en la santidad de lo divino. Más allá de la unidad cósmica, superando la lejanía del Dios israelita, cristianos son aquellos que, por medio de Jesús y dentro de la iglesia, viven el misterio de la comunión con lo divino. Así lo ratifica Pablo cuando dice a los filipenses: «¡Si tenéis alguna koinônia o comunión con el Espíritu...! hacedme este favor...» (Flp 2, 1). De manera semejante, en la más solemne de sus despedidas, abriendo al final su corazón, pablo desea a los corintios... «que la koinônia del Espíritu esté con vosotros» (2 Cor 13, 13).

La comunión se sitúa así en nivel del Espíritu Santo (cf. cap. 30), de tal forma que el mismo Espíritu Santo puede definirse como comunión. Así lo supone Pablo en 1 Cor 12-14, cuando interpreta todos los dones del Espíritu en relación con la unidad eclesial y lo ratifica el mismo Jesús de Juan cuando, en el discurso de la cena, alude al Espíritu como misterio de la unión en que se vinculan el Padre con el Hijo (Jn 17). En esa línea se puede y se debe afirmar que el Espíritu santo es la comunión en sí, el don primigenio de Dios que se expresa como campo de amor y encuentro (persona/comunión) entre los hombres. El Espíritu es la verdad original del encuentro, la unión de amor que liga a las personas, en primer lugar en Dios y, desde Dios, en nuestra historia.

 El mismo Espíritu Santo tiende a interpretarse así como «unión entre personas»: Es el abrazo de amor que congrega a los amigos, el intercambio de entrega y de respuesta, de don y de retorno que liga al Padre con el Hijo. Sabiamente, la iglesia ha dejado en silencio dogmático este tema, de manera que el credo niceno-constan­tinopolitano sólo afirma que el Espíritu es Señor, que procede del Padre y que recibe adoración y gloria con el Padre y con el Hijo. Pero ese silencio no es de negación sino de reverencia, no es de rechazo sino de invitación a la alabanza y la plegaria.

Por eso, nosotros, cuando asumimos en el credo la palabra de la «comunión de lo santo», en el contexto del tercer artículo que se halla dedicado al pneuma (Espíritu Santo), confesa­mos ante todo nuestra fe en el Espíritu de Dios como realidad de comunión que, uniendo al Padre con el Hijo y siendo enviado por Jesucristo, nos sitúa, por el signo eucarístico, en el mismo ámbito misterioso de la comunión divina. Así creemos en el Espíritu de santidad, que es comunión del Padre con el Hijo; y confesamos que, desde el recuerdo de Jesús y la celebración eucarísti­ca, penetramos en ese misterio de santidad en comunión que es lo divino.

En ese fondo se entiende 1 Jn 1, 3 al decir que «Nuestra koinônia es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» y que de esa forma penetramos en el centro de unidad de Dios, allí donde el Padre y el Hijo realizan su encuentro (cf. Jn 10, 30; 17, 11. 21-23). Frente a todas las unificaciones filosóficas, que intentan llegar a la fusión con lo absoluto, más allá de las pretensiones de trascendencia separada de los monoteísmos que escinden la unidad de Dios de la existencia de los hombres, frente al imperativo sociológico de una integración impersonal en el todo de la clase o del género humano, las palabras de san Juan ofrecen una nueva perspectiva de acción y de misterio: Dios es comunión, encuentro de amor gratuito entre personas; en ella estamos invitados a vivir también nosotros, por el Cristo.

           2. Comunión de los santos. Sólo porque Dios es comunión y se ha revelado de esa forma en Cristo podemos ampliar las palabras del Credo y afirmar: «Yo creo en la comunión de los santos», esto es, de los creyentes (los seres humanos). El paso es claro y así lo ha formulado ya la primera carta de san Juan: «si tenemos comunión con Dios... tendremos que estar en comunión unos con otros» (1 Jn1, 6-7), realizaremos la existencia como vida compartida, nos amaremos y ayudaremos mutuamente, confiaremos los unos en los otros. Sólo la unión con lo santo es capaz de ofrecer un fundamento duradero a la comunión entre los hombres. Todas las restantes formas de unidad se mantienen en niveles periféricos y acaban derivando en soledad, desinterés, batalla mutua o inserción impersonal en un conjunto que no deja que seamos libres. Parecemos condenados a vivir en aislamiento o en rebaño. Pues bien, en contra de esas perspectivas antagónicas, la unión con lo sagrado, tal como ha venido a revelarse en Jesucristo, conduce a la unión en comunión de amor entre los hombres.

Los rasgos de esa comunión han de entenderse a partir de lo que voy diciendo, en la línea del seguimiento y entrega de Jesús, en apertura hacia el misterio de Dios como encuentro, en ámbito de Espíritu. El Espíritu de Dios es comunión; comunión será su efecto en nosotros, el sentido de la iglesia. En esta perspectiva se comprende la palabra de Hechos: Los creyentes «se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la koinônia, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hech 2, 42).

Koinônia significa aquí vida compartida, vida en amor que va integrando a los unos con los otros. Previamente, los hombres se encontraban perdidos, cada uno con su ley y con su esfuerza. De pronto escuchan que Jesús les ha salvado. Cambian lo anterior, se entregan a Jesús y, llenos de agradecimiento y sorpresa, se descubren hermanos. Nadie vive a solas; todos partici­pan de la fe, el trabajo, la presencia de Cristo, la esperanza de su reino. Por hallarse basado en esa certeza afirmará san Pablo, en voz triunfante: «¡Todas las cosas son vuestras!: Pablo, Apolo, Cefas; lo presente y lo futuro, vida y muerte, todo el cosmos...» (1 Cor 3, 21-22).

Esa comunicación de los creyentes sólo tiene sentido desde el Cristo: «Todas las cosas son vuestras...; vosotros de Cristo y Cristo de Dios» (1 Cor 3, 22-23). Frente al hombre dividido de la historia (judío frente a gentil, bárbaro frente a griego o romano, amo frente a esclavo), emerge un nuevo tipo de hombre en Cristo, dentro de la iglesia (cf. Rom 10, 12; 1 Cor 12, 13; Gál 3, 28). Esta unidad de comunión en fe, que es propia de los creyentes, marca el nacimiento del hombre, capaz de compartir la vida desde Cristo, asumiendo las diversidades (varón-mujer, griego-judío), e integrándolas en un campo más alto de enri­quecimiento y donación, de gratuidad y de servicio.

– La comunión de los creyentes empieza en el plano de lo santo, en la comunión de las cosas sagradas. Los fieles comparten la filiación de Dios, la fe, la misma eucaristía. Desde el momento de su conversión, ellos se encuentran fundados en un mismo principio de vid: Asumen como propia la historia de Jesús, la recuerdan, la repiten, la celebran. Participan de la fe y la confiesan juntos. Se sostienen, se ayudan, se aman. Hay algo misterioso en el umbral de esta experiencia. Sabemos, por desgracia, que los bienes de la tierra acaban dividiendo a los hermanos. Pues bien, el tesoro de la fe sólo se adquiere y se cultiva en la medida en que se ofrece y se comparte. En el momento en que alguien quiera engrandecer su fe a escondidas, dando espalda a sus hermanos, pierde su tesoro y quiebra el vaso de la fe que pretendía guardar avaramente a solas. Éste es el principio de toda comunión, la eucaristía.

– Esa comunión ha de traducirse en comunicación de vida. De esa forma, la koinônia eclesial del libro de los Hechos se explicita en la participación de los bienes materiales (Hech 4, 32). Por eso, las diversas iglesias no sólo comunican la fe, sino que se ayudan con dinero cuando llega el hambre (cf. Rom 15, 32) y viven la certeza de que todo es en el fondo común entre cristianos. Evidente­mente, la iglesia no sabe cómo traducir esa comunión material en claves de política social, pero si no suscita espacios de comunión de vida en el nivel del pan y de la libertad ella pierde su sentido. Si la fe común no se expresa en la existencia externa, en cauces de colaboración y ayuda material, ella se pierde, acaba haciéndose mentirosa.

–La comunión de vida implica encuentro en el afecto. De poco serviría el intercambio de bienes materia­les si faltara el ejercicio de amor interpretado como ofrenda y cultivo de la vida en compañía. Frente a todos los esquemas de un colectivismo impuesto o de un espiritualismo intimista,la iglesia tiende siempre al surgimiento de una comunión de hermanos­-amigos que, escuchando la Palabra y recibiendo agradecidos el misterio, comparten mutuamente la palabra y comunican juntos en el pan y vino del misterio. Éste es, a mi juicio, el nivel en que se juega el sentido y el futuro de la iglesia interpretada como unión de fraternidades creyentes, comunidades que comparten la fe y celebran juntas la existencia.

En esta perspectiva, confesar la comunión de los santos significa asumir, desde la hondura de la fe, la unión vital de todos los salvados en la iglesia, y, por medio de ella, la unión de todos los hombres, pues todos han sido redimidos por Jesús y convocados al banquete de la vida, aunque no lo sepan o no quieran admitirlo.En este aspecto, cuando afirmamos «creo en la comunión de los santos» estamos confesando la unidad radical de todos los hombres, por el Cristo en el Espíritu.

      3. Implicaciones de la comunión. Esa comunión ha de expresarse, a mi entender, en tres niveles: Confesión de fe, compromiso activo en favor de los demás, celebración del misterio.

– La comunión es un misterio de la fe. Creemos en ella, como creemos en el Padre y en el Hijo. La aceptamos en gesto reverente, agradecido, como expansión y presencia del misterio del Espíritu de Dios. Por eso, antes de toda palabra de los hombres, antes de toda construcción mental, proyecto o exigencia humana, la comunión se expresa como don que viene de Dios y fundamenta nuestra vida. La aceptamos reverentes, como misterio de Dios y realidad humana. De ella provenimos, en ella nos basamos, hacia ella caminamos. Creemos en la comunión como misterio de la iglesia: de ella recibimos la gracia de la fe, en ella crecemos al amor, en ella nos sabemos de verdad personas.

– La comunión implica un compromiso. Por eso ha de expresarse en forma de desprendimiento intenso, búsqueda de justicia, transparencia comunitaria... Quien confiese así la comunión sabe que ya nunca podrá tornar a su egoísmo. Sabe que vivir es compartir, es recibir la existencia y regalarla, es ir haciéndose en contacto con los otros, descubriendo que se gana aquello que se entrega por el bien de los demás y que se pierde aquello que uno quiere guardar en exclusiva.Todos los restantes principios de la vida puede dejarlos en segundo término. Queda en segundo lugar la tabla de las virtudes clásicas, con la justicia interpretada como exigencia de dar a cada uno lo que es suyo. Resulta insuficiente el ideal moderno de la justicia revolucionaria, como búsqueda de una sociedad sin clases. Es incom­pleto el ideal de la razón que quiere desvelar la plenitud del hombre a través del conocimiento o de la técnica. Para el cristiano, no hay más absoluto que la caridad, entendida ahora a manera de entrega por los otros, en un camino que proviene de la comunión de Dios y se abre hacia la comunión entre los hombres.

– Finalmente, la comunión es fiesta. Creemos en ella, la realizamos y la celebramos. Por eso, nos reunimos en gesto festivo. Recordamos la muerte pascual de Jesús, y nos sentamos en torno al pan y vino compartido. De esa forma, por encima de nuestras dificultades para creer y de nuestras impotencias para obrar, la comunión se vuelve fiesta: Es algo que está aquí, en el centro y fondo de la comunidad que canta y rememora, que comparte el pan, comulga con el vino y celebra la gloria de Cristo. Sobre la tierra de enfrentamientos y rupturas, sobre un mundo de conflicto y lucha, emerge la luz de un misterio diferente. ¿Qué hacen esos hombres reunidos en liturgia? ¡Celebran la presencia de un Dios que es comunión? Recuerdan a Jesús y cantan su propia comunión interhumana, la solidaridad en la vida y en la muerte, en abrazo de paz, la ofrenda compartida, esa nueva amistad que emerge y brota del misterio.

Evidentemente, las facetas que acabo de mostrar resultan inseparables. Quizá en otro tiempo se había concedido primacía a la comunión sacramental, ritualmente perfecta pero un poco separada de la vida. En estos últimos años se ha asistido al redescubrimiento de la fe, como principio de toda religión, base se de todos los encuentros. También se ha destacado el lado práctico: La comunión es algo que se hace, se va construyendo a través del compromiso en favor de la justicia, por medio de la lucha encaminada a liberar a los perdidos y oprimidos, a través de un proceso que culmina en el surgimiento de una sociedad sin clases. Todo eso es importante, pero resulta absolutamente necesario que redescubramos el aspecto festivo de la comunión: Una solidaridad que no se celebra en el misterio de Jesús termina olvidando el evangelio, sin olvidar que una celebración que no incida en el compromiso en favor de los necesita­dos termina siendo pagana. En las reflexiones que siguen quiero sacar las consecuencias de este planteamiento.

− El cristiano cree en la comunión y no en la pura razón, que se expresa de un modo intelectual v técnico. Hemos asistido a la utopía del «hombre racional», ilustrado y podemos recordar a los «nuevos sabios» que han querido alcanzar la plenitud a través del conocimiento y desarro­llo intelectual. Pues bien, aceptamos la razón pero, en contra de los mesianismos ilustrados, confesamos que la plenitud del hombre no llega a través de la dialéctica intelectual sino por de la revelación de Dios y la comunión interhumana. Sabemos que «la verdad nos hará libres» (Jn 8, 32), pero sólo una verdad gratuitamente recibida, solidariamente cultivada, abierta a la comu­nión... Fuera de ese campo de amor, la así llamada «verdad» puede convertirse en destructora.

El cristiano cree en la comunión y no en la solidaridad sin más. Ciertamente, valoramos la solidaridad. Pocas cosas hay en nuestro mundo más genuinamente humanas que la unión de unos hombres, comprometidos en un mismo proceso de transformación, en una misma lucha por lo humano. Pero esa solidaridad, expresada a través de la dinámica socio-política, corre el riesgo de volverse violen­ta, concretándose a través de la lucha de clases y de la imposición revolucionaria. Además, ella prescinde del encuentro de amistad interpersonal y se refleja, preferentemente, en forma de vinculación supraindividual a un grupo o clase social. La comunión, en cambio, se funda en la gratuidad y se abre en forma de búsqueda amistosa entre los hombres.

− El cristiano cree en la comunión y no sólo en la misericordia (cf. cap. 13). Ciertamen­te, la misericordia es buena y necesaria, de modo que el mismo Dios se expresa a través de ella. Sin embargo, si la misericordia no tiende a la libertad del encuentro interpersonal, si no se despliega a través de la justicia y, sobre todo, si no se explicita y celebra en forma de comunión de liberados, corre el riesgo de convertirse en relación de superior con inferior y no en contacto de personas libremente iguales que se aman, se completan, celebran el misterio y caminan juntas hacia el reino.

Así, donde decimos “creo en un Dios todopoderoso, en su Hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo” debemos añadir y creo en la comunión de los santos, que no es una «segunda comunión» que Dios ha creado para nosotros, sino su misma comunión divina, ampliada por el Cristo en nuestra historia y convertida en principio, sentido y meta de toda realidad, pues el Espíritu de Cristo es comunión. Con 1 Cor 13, podríamos decir que todo pasa. Un día cesará el perdón, pues no habrá pecado a perdonar. Terminará la solidaridad de clase, pues no habrá clases contrapuestas ni enemigos a quienes combatir. Acabará nuestra misericor­dia, pues habrá cesado la miseria que atormenta a los pequeños y mueve el corazón a los piadosos. La misma razón habrá acabado su camino, abierta en luz hacia el misterio de las cosas. No habrá justicia impuesta, pues todo será compartido... Las cosas habrán cumplido su misión y quedarán sencillamente como signo o recuerdo del camino recorrido… Pero quedará la comunión y Dios vendrá a mostrarse como despliegue transparente de comunión. Cristo entregará su reino al Padre, y Dios será así «todo en todos» (cf. 1 Cor 15, 28).


[1]D. Bonhöffer, Sanctorum Communio, Berlin 1954;Y. M. Congar (ed), Communio Sanctorum, Fest. J. J. VonAllmen, Labor et Fides, Ginebra 1982; Esquisses du Mystère de l’Église,Cerf, Paris 1953; Santa Iglesia, Estela, Barcelona 1965; J. N. D. Kelly, Primitivos credos cristianos, Salamanca 1980;H. de Lubac, Catolicismo. Aspectos sociales del Dogma,Encuentro, Madrid 1988; Meditación sobre la iglesia, Encuentro, Madrid 1988; La fe cristiana, FAX, Madrid 1970; J. Ratzinger,La fraternidad cristiana, Taurus, Madrid 1962; Introducción al cristianismo, Sígueme, Salamanca 1969.

También te puede interesar

Lo último