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TODO el viaje del Papa a España, #primeroRD

Bienvenido, Santidad. No entiendo todo, pero bienvenido. Comparación con Juan Pablo II

Mucha cosas no entiendo: Tu función papal, tu política  antiMAGA…, tu forma de entender la libertad, pero seas bienvenido. Contigo sea Dios y todos los cristianos católicos.

Me parece importante tu función de obispo de Roma y “papa” de la la iglesia católica. en ella nací, con ella ha crecido, en ella estoy, en comunión con restantes iglesias cristianas.

 Quiero hoy compararte con el papa Juan Pablo II con quien estuve cuando vino a la Pontificia de Salamanca (año 1982) y luego en Roma, en un Capítulo de la Merced (año 1992) cuando cruzamos algunas palabras sobre la teología de Salamanca.

         Tengo una idea básica sobre su personalidad y pensamiento desde el año 1981, cuando los integrantes de la Cátedra Domingo de Soto, de la Universidad de Salamanca, dirigida por Olegario G. de Cardedal, elaboramos un informe sobre su pensamiento socio/religioso, a petición de altas instancias políticas y eclesiales, que no sabían cómo situarse ante su llegada como papa desde el comunismo.

 Mi colaboración en aquel informe anduvo y anda por ahí. Mi idea por entonces era clara:  Juan Pablo II quería re-construir la iglesia católica, promoviendo unanueva evangelización, en contra del proyecto marxista de la Unión Soviética y de las revoluciones comunistas del mundo entero, que parecían extenderse   en especial en América Latina.  

Dos proyectos tenía, según mi análisis JP II.  (a) Recrear, fortalecer por dentro la iglesia católica, de un modo confesante, apartir de los valores fuertes de Vaticano II, en contra de sus riesgos, conforme a un modelo de resistencia que se estaba ensayando por entonces en Polonia. (b) Contribuir al derrumbamiento del bloque marxista, contrario a la libertad del evangelio, contrario al poder de Cristo, encabezando una silenciosa pero potente cruzada anti-marxista.

  Juan Pablo II triunfó en su segundo proyecto, pues conforme a su plan y con la ayuda, con la ayuda de múltiples factores ideológicos, económicos y políticos cayo el bloque marxista de la URSS, aunque de forma enigmática  se transformó y subsistió el marxismo de China, convertido en comunismo-capitalista de estado, siendo  hoy (año 2026) n uno de los factores principales del “orden/desorden” mundial.

 Por el contrario, su segundo proyecto (de afianzar el poder interno de la iglesia católica) parece haber fracasado, al menos en la forma en que JP II lo había previsto y deseado, pues no logró frenar algunos “riesgos” de la teología de la liberación, pero sin aprovechar sus valores, ni consolidar la iglesia católica.

Quizá logró mantener un tipo de unidad clerical católica…, pero en medio de cierta confusión, sin contribuir a la renovación de la iglesia católica (nuevos areópagos, nuevas santidades, nueva renovación clerical…). Aquel proyecto de JP II parece haber seguido deteriorándose, al menos en la forma en que él deseaba, de manera que a pesar de los intentos de Benedicto XVI y de Francisco, hay grupos de la iglesia católica que se sienten des-orientados.

  En este contexto de gran desorientación viene a España el Papa León XIV y yo deseo mucho fruto de iglesia, de cristianismo y de humanidad,  éxito, no en un plano externo, sino en línea radical de Evangelio, en la línea de los valores humanos, conforme a la Doctrina Social de la Iglesia, como ayer he puesto de relieve. Dos tareas o proyectos me paree que están al fondo de su pontificado (además de proyecto y función de Papa, obispo de Roma): Uno americano, otro universal (hispano en España).

Del proyecto soviético al americano. Juan Pablo II había sido el papa del anti-comunismo y logró triunfar, al menos externamente, en su empeño, aunque la caída del marxismo oficial de la URSS y de sus “satélites” no ha ido en una línea de liberación integral, sino que ha dado paso al surgimiento de un capitalismo “salvaje”, con el triunfo de una super-privilegiados, con un capital en gran parte al servicio de una super-élite que parece pactar con un tipo de IA o inteligencia artificial que no está ya al servicio de la humanidad como tal sino de unas minorías que pueden convertirse en portadoras de un anti-humanismo.

Parece que el proyecto americano, vinculado a una super-técnica de inteligencia artificial (quizá en pacto con el post-marxismo chino) puede llevarnos a un poder de inteligencia artificial que al fon puede destruir el autentico humanismo cristiano, tal como lo concibe el Papa León XIV. Es aquí donde este papa (León XIV)viene a situarse como sucesor del proyecto de JP II.

Juan Pablo II se opuso al comunismo soviético… León XIV  parece elevarse ahora como líder mundial de un movimiento democrático y humanista, contrario al americanismo falso  del puro poder mundial de imposición etno-céntrica y endogámica, de imposición mundial, en alianza con un tipo de inteligencia artificial

En esa línea, León XIV es un sucesor legítimo de JP II, líder mundial de un humanismo democrático, humanista, herederos de la verdadera Gran América, abierta a todos los pueblo, en democracia, en libertad… El papa de Roma, León XIV es, hoy por hoy, el único líder mundial, que apoyado en la tradición humanista cristiana y en el mejor espíritu de USA puede (y, a mi juicio) quien oponerse a la administración actual de USA, que es de hecho errática y errónea. JP II lucho contra el marxismo soviético. León XIV está oponiéndose a un riesgo de mal bonapartismo USA.

 El problema está en saber quién es hoy el verdadero “americano y cristiana”, si el líder fáctico de MAGA, con su inmenso caudal militar y su estrella de IA o el papa americano de la Iglesia católica. Es una inmensa fortuna que el Papa de la Iglesia romana sea un verdadero Americano de USA, pero, al mismo tiempo, un hombre universal que viene también de América Latina y de la tradición centenaria de San Agustín.

Bienvenido a España, Papa Americano. Dejo para el día próximo algunos tema de tu presencia y acción en España, que no entiendo bien. Hoy me limito a poner el adjunto sobre el pontificado de Juan Pablo II y su cruzada anti-marxista con su proyecto de re-construcción de la iglesia católica. Que mis lectores pueda comparar el proyecto de Juan Pablo II con el que parece adivinarse en la actual del Papa León XIV, de gira papal por España

K. WOJTILA (1920‒2005), JUAN PABLO II (1978-2005).  

         Nació el 18. 5. 1920) en Wadowice, Polonia, murió  1.4.2005 en el Vaticano. Fue papa durante casi 27 años (1978‒2005), uno de los hombres más influyentes y discutidos del último siglo. 

                     Fue un hombre discutido y algunos se han atrevido a decir que fue papa de partido, más que de Iglesia entera. Sea como fuere, su honestidad intelectual y eclesial está fuera de toda discusión y su herencia es muy grande, aunque sigue estando dividida. Quizá no tengamos aún la distancia suficiente para valorarla bien, en medio de los cambios (algunos dicen “rectificacionesd”) que está introduciendo el Papa Francisco desde el año 2013.

         JP II contribuyo a la caída del marxismo político, pero algunos añaden que esa caída fue ocasión o principio de nuevas dictaduras políticas y económicas. Criticó el capitalismo antiguo, pero tras él surgió otro de tipo neo‒capitalista liberal quizá peor que el anterior. Fue papa de la evangelización integral, pero muchos afirmar que cortó gérmenes de liberación eclesial que podían haber sido más prometedores.

         No hay quizá en toda la historia de los papas ninguno en cuyo nombre se hayan escrito y firmado más documentos, cientos de miles de páginas de encíclicas, exhortaciones, documentos, muchos muy buenas, pero bastantes de ellos olvidados en archivos, bibliotecas y centros de documentación electrónica. Se dice que fue un santo (un atleta de la fe), y fue canonizado muy pronto (¡santo súbito!), el año 2014, a los 9 años de su muerte, pero algunos católicos afirman ue no se sienten representados por su santidad, pues su canonización fue resultado de un tipo de endogamia clerical, más que de la aclamación universal de los creyentes.

         Así podríamos seguir y seguir describiendo las ricas paradojas de su vida y de su pontificado. Tengo de él un recuerdo personal, eclesial y teológico “agridulce”, con elementos de perplejidad que voy superando. Algunos afirmar que su papado no fue bueno para el conjunto de la iglesia, pero, en este momento, a los 40 años de su discurso en Salamanca, quiero recordarle con cariño,  a los ciento dos años de su nacimiento, pues fue un gran cristiano, polaco de origen, obispo de Roma, hombre del recuerdo de la iglesia católica.

         Tras el brevísimo pontificado de Juan Pablo I, que duró sólo 33 días (del 26.8 al 28.9 del 1978), fue elegido papa el cardenal polaco Karol Wojtyla (1920‒2005), que tomó el nombre de Juan Pablo II, como recuerdo de su predecesor. Pasados 17 años desde su muerte, las directrices de su pontificado siguen marcando la vida del conjunto de la Iglesia y de muchísimos católicos de forma que es difícil ofrecer todavía un juicio imparcial sobre sus valores y posibles deficiencias. Tuvo una enorme personalidad, potenciada por su experiencia anterior bajo la barbarie nazi (1939-1945) y la dictadura comunista (1945-1978); y fue un papa convencido de su misión magisterial y administrativa dentro de una Iglesia, que él dirigió y animó  de forma incansable, ante el aplauso de algunos, el recelo de otros y la admiración de la mayoría.

 Ha sido uno de los personajes sociales y religiosos más significativos de la segunda mitad del siglo XX, de manera que su pensamiento y acción ha definido de manera poderosa la vida de la iglesia católica y la política de Europa, con la caída de los gobiernos comunistas vinculados al eje soviético. Sus aportaciones pastorales y sociales son muy numerosas y aparecen reflejadas en encíclicas, exhortaciones y cartas, con otros textos más ocasionales, que ocupan más de cien mil páginas escritas.

         A pesar de ello, Juan Pablo II ha sido más pastor que pensador, más hombre de acción que teólogo. Significativamente, en esa línea, él quiso poner los temas teológicos de fondo en manos de J. Ratzinger (futuro Benedicto XVI), a quien nombró presidente de la Congregación para la Doctrina de la fe (1981), encargado de defender su ortodoxia católica. Su pontificado ha sido generoso en el diálogo con las diversas tendencias políticas y sociales, pero ha implicado un tipo de repliegue eclesial hacia posturas de mayor “seguridad” teológica y de más uniformidad intraeclesial, en una línea que sigue siendo discutida.    

         La enseñanza de Juan Pablo II abarca prácticamente todos los temas de la teología, elaborados de un modo básicamente trinitario, desde Redemptor Hominis (1979), donde desarrolla el misterio de Cristo, hasta Dominum el Vivificantem (1986), que se ocupa del Espíritu Santo, pasando por Dives in Misericordia (1980), que trata de Dios Padre. Su teología ha sido en principio muy tradicional, pero ha tenido el valor de ofrecer una especie de cuerpo teológico completo, aunque quizá menos atento a las novedades de la modernidad, desde un punto de vista evangélico.

         Juan Pablo II fue el papa del 2º Milenio, y así preparó y comentó con inmenso interés la celebración del Jubileo 2000 del Nacimiento de Cristo, desde la Carta apostólica Tertio Millennio Adveniente (10.11. 1994), que anunciaba y organizaba el magno acontecimiento, hasta la Novo Millenio Ineunte (6.1.2001), con la que ratificaba la entrada y tarea del nuevo milenios, comenzando con unas palabras significativas:

Al comienzo del nuevo milenio, mientras se cierra el Gran Jubileo en el que hemos celebrado los dos mil años del nacimiento de Jesús y se abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino, resuenan en nuestro corazón las palabras con las que un día Jesús, después de haber hablado a la muchedumbre desde la barca de Simón, invitó al Apóstol a «remar mar adentro» para pescar: « Duc in altum » (Lc 5,4). Pedro y los primeros compañeros confiaron en la palabra de Cristo y echaron las redes. «Y habiéndolo hecho, recogieron una cantidad enorme de peces» (Lc 5,6) (Tertio Millenio 1, http://w2.vatican.va/).

Fueron palabras hermosas, llenas de evangelio y esperanza para el tercer milenio, pero no se tradujeron en un nuevo impulso eclesial, pues, en conjunto, el papado de Juan Pablo II siguió anclado en el segundo milenio, de manera que el “duc in altum”, rema mar adentro, de Jesús a Pedro no se tradujo de hecho en un compromiso nuevo hondo de “navegación eclesial”, en la línea de la nueva derrota/ruta de Iglesia al comienzo de tercer milenio. JP II siguió anclado en la iglesia y teología del del segundo milenio (del año 1000 d.C. en adelante) que comienza significativamente con la “conversión de los eslavos” (y en especial de los polacos) y con la Reforma Gregoriana, con la institución de la Iglesia Jerárquica Romana.

Quiso ser representante del paso del segundo al tercer milenio de la Iglesia, pero a los 17 años de su muerte (2005) su mensaje y su iglesia nos parecen ya parte de una iglesia del pasado. Tenemos mucho que aprender de él, de su firmeza en la fe, de su intento de seguridad, de su entrega… Pero su iglesia no es ya sin más la nuestra.

Tres magisterios. Social, cultural e inter‒religioso.

Magisterio social. Ése ha sido quizá ámbito más fecundo de su pontificado, en línea de justicia, como puede verse en Sollicitudo Rei Socialis (1987) y en Centesimus Annus (1991), donde retoma y recrea algunos motivos básicos de la Rerum Novarum de León XIII. El Papa se opone no sólo al marxismo, sino también, y de un modo especial, al capitalismo, poniendo de relieve el valor primordial de la persona y la prioridad del trabajo sobre el capital. Sus palabras fueron escuchadas con respeto por políticos y pensadores de varias tendencias, pero no han sido aceptadas por todos, ni aplicadas de un modo consecuente en el campo de la política y economía internacional (capitalista). En esa línea, su insistencia en la prioridad del trabajo personal sobre la riqueza (capital y mercado) va en contra del nuevo espíritu y práctica del neo-liberalismo económico, dominante en la actualidad.

Compromiso y misión cultural. Nuevos areópagos. Su encíclica Redemptoris Missio (1990) ofrece un programa muy audaz de misión cristiana, vinculando la lucha contra la pobreza (en los cuartos mundos, dominados por el hambre y la injusticia) con la presencia de la iglesia en el nivel de la cultura, abriendo así nuevos areópagos para que el cristianismo dialogue con el pensamiento actual (en la línea de Hech 17):

« a. El primer areópago del tiempo moderno es el mundo de la comunicación, que está unificando a la humanidad y transformándola —como suele decirse— en una aldea global. Los medios de comunicación social han alcanzado tal importancia que para muchos son el principal instrumento informativo y formativo, de orientación e inspiración para los comportamientos individuales, familiares y sociales…

b. Existen otros areópagos hacia los cuales debe orientarse la actividad misionera de la Iglesia. Por ejemplo, el compromiso por la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos; los derechos del hombre y de los pueblos, sobre todo los de las minorías; la promoción de la mujer y del niño; la salvaguardia de la creación, son otros tantos sectores que han de ser iluminados con la luz del Evangelio.

c. Hay que recordar, además, el vastísimo areópago de la cultura, de la investigación científica, de las relaciones internacionales que favorecen el diálogo y conducen a nuevos proyectos de vida. Conviene estar atentos y comprometidos con estas instancias modernas…» (Redemptoris. Missio 37).

Diálogo con las religiones. Juan Pablo II ha destacado la vinculación entre las diversas religiones, dialogando no sólo con los monoteísmos abrahámicos (judaísmo, Islam), sino también con otras tradiciones espirituales, como han mostrado los encuentros celebrados en Asís, bajo al patrocinio de San Francisco, al servicio de la comunión y la paz. Ningún Papa había mostrado anteriormente esa capacidad de diálogo y respeto por las tradiciones religiosas. Sin embargo, muchos cristianos y creyentes de otras religiones tienen cierto miedo de que su postura implique una actitud de dominio y superioridad cristiana (católica), de forma no están de acuerdo con la declaración Dominus Iesus, de la Congregación para la Doctrina de la fe, firmada por el Cardenal Ratzinger (2000), donde se insiste especialmente en esa superioridad formal de la Iglesia católica.

         Juan Pablo II anunció el tercer milenio de Cristo, y lo hizo con inmenso rigor intelectual, con grandes documentos y sínodos dedicados al tema. Pero él, con su modelo de Iglesia, siguió formando parte del segundo milenio, ratificando y en algún sentido culminando la visión de la Reforma Gregoriana y del comienzo del segundo milenio. Quizá no supo darse cuenta de que comenzaba un milenio realmente distinto, que ciertas cosas no podían restaurarse, que había que ir de verdad más a lo profundo, con su lema latino duc in altum (Lc 5,4), que puede traducirse por “navega de otra forma”, que el mar es ya diferente. En esa línea puede entenderse (y reformularse) gran parte de su magisterio.

Magisterio intra-eclesial

En este campo, la enseñanza  de Juan Pablo II ha sido más “tradicional”, insistiendo en las últimas posiciones de Pablo VI en temas como el celibato ministerial, la regulación “física” de la sexualidad y el rechazo del ministerio de las mujeres. A esos temas hay que añadir su fuerte toma de postura en contra de la Teología de la Liberación, con lo que ello ha implicado en la visión social y en la libertad y compromiso de la iglesia en el campo concreto del compromiso directo a favor de los pobres.

1. Moral de la persona. El papa ha ratificado la doctrina de Pablo VI (Humanae Vitae, 1968), profundizando en ella, de un modo más sistemático y exigente, en su encíclica Evangelium Vitae (1995). Ciertamente, ha sido ejemplar su defensa de la vida, en todos los momentos, pero en algunos casos (como en el rechazo global de los métodos anticonceptivos) resulta posiblemente poco matizada y mal fundamentada en el conjunto del NT, más centrada en un tipo de prohibiciones que en el despliegue personal del amor y de la vida de las parejas cristianas.

2. Antropología. Juan Pablo II ha querido ser antropólogo cristiana, en línea personalista, y son muy valiosas sus reflexiones sobre el sentido de la vida y la dignidad de los hombres y mujeres. Pero su visión del hombre y de la mujer parece más centrada en un tipo de posible “derecho natural” (fundado en un tipo de antropología fisicista) que en el mensaje del evangelio leído desde la modernidad. De esa manera, su visión del hombre y de la mujer (y en su conjunto la visión de la humanidad) tiene un sentido y fundamento más “ontológico” que bíblico.

3. Orden ministerial. Juan Pablo II ha sido hombre de Iglesia, pero en una línea ordenamiento externo más que de libertad personal, de obediencia a la ley más que de autonomía individual y de búsqueda comunitaria. En ese plano, salvando todas las distancias, su postura puede compararse con la del neo‒conservadurismo eclesial y social (filosófico y económico) de muchos políticos y pensadores del último tercio del siglo XX. Fue un papa que venía de un contexto eclesial, el primer papa polaco, el primero en haber sido formado en un entorno comunista. Quizá por eso le pareció más importante el mantenimiento de un orden cristiano, fijado en línea clerical y de autoafirmación eclesial, que de la libertad del evangelio.

4. El tema de la pederastia en un tipo de clero. Juan Pablo II mantuvo la ley del celibato, y defendió el “honor clerical” en un contexto en el que empezaban a divulgarse los problemas de homosexualidad de un tipo de clero, con muchos escándalos de pedofilia. Conoció quizá el problema, pero con las limitaciones de su tiempo, no se atrevió a enfrentarlo de un modo consecuente, llegando a sus raíces. Era quizá demasiado “anciano” para ello, su visión de la iglesia resultaba demasiado “sacral/espiritual”, para en el tema de su “carne” (en la línea de Jn 1, 14). Murió quizá con la pena de no poder plantearlo y empezar a resolverlo con claridad y caridad, con verdad cristiana. No conocemos bien los detalles de la “trama” clerical del “alto Vaticano”, donde Juan Pablo II no se sentía a gusto. Evidentemente, a pesar de sus valores (y en parte por ellos), no parece haber sido el hombre adecuado para plantear y encauzar evangélicamente los temas y tareas de la estructura eclesial del Vaticano, a pesar de sus inmensos valores personales.

5. Teología y moral de género. A los temas anteriores ha de añadirse el de su teología y moral de género, con prohibición del acceso de las mujeres a los ministerios. Ciertamente, Juan Pablo II ha mostrado gran interés por la función y dignidad de mujer en la iglesia, como muestra su carta apostólica Mulieris dignitatem (1988), donde ha defendido un feminismo de la diferencia. Pero en esa línea de diferencia de género y sexo, y fundándose en una visión jerárquica del Cristo Varón, el Papa ha seguido rechazando el acceso de la mujer a los ministerios eclesiales (Ordinatio Sacerdotalis, 1994). Pero el problema de fondo no se resuelve quizá desde la estructura actual de los ministerios, entendidos en clave de poder eclesial, sino que requiere una nueva y más honda fundamentación bíblica, partiendo del “sacerdocio universal” de los creyentes, mujeres y/o varones. Sea como fuere, en ese contexto, muchísimas mujeres y varones han sentido y sienten dificultad en aceptar la visión antropológica, bíblica, teológica que está al fondo de su teología y doctrina sobre la mujer, pensando que esa “doctrina” no es  definitiva, de forma que podrá y deberá ser revisada en el futuro.

Teología de la liberación

Este es otro tema significativo del papado de JP II y debe interpretarse además en el contexto general de su teología, de su Iglesia y de la historia cristiana. Bien entendida, encauzada, animada y potenciada (¡e incluso corregida!) por el Vaticano, la Teología de la Liberación podía haber sido un elemento clave de la Nueva Evangelización y del nuevo despliegue de la iglesia. Pero la tarda visión de parte de los gestores del Vaticano (con JP Pablo II) lo convirtió en un campo de ruinas, no sólo de la Teología de la Liberación, sino del conjunto de la Iglesia.

La Teología de la Liberación había nacido en América Latina para extenderse a todo el mundo, abriéndose a las iglesias protestantes e incluso hacia otras religiones (como el budismo y algunos tipos de hinduismo). Más que una teología escolar (académica), es un estilo integral de pensamiento y vida cristiana, desde la perspectiva de los pobres, en línea de evangelio. Aceptando en principio algunos valores de esa teología JP II (y B XVI) han reaccionado ante ella con recelo, pues han tenido miedo de sus posibles connotaciones comunistas y anti-jerárquicas (sobre todo anti‒jerárquicas).

    Juan Pablo II tuvo miedo de “dejar” la teología y la vida de la iglesia en manos de los fieles, esto es, del pueblo de Dios y de las comunidades vivas según el Evangelio. Quizá sintió el “síndrome del poder”, pensando que sólo desde una perspectiva de poder, bien dirigido desde arriba, con obispos obedientes a la letra de la jerarquía (más que al Paráclito de Cristo) puede dirigirse y triunfar la iglesia.

Esa fue la “lucha sorda” de JP II y de sus asesores con unas iglesias más centradas en la vida y obra de las comunidades, pensando que esas comunidades tendían por un lado al comunismo y por otro a un tipo de relajación personal y social. Por eso, para prevenir los riesgos de un tipo de libertad cristiana, ellos se empeñaron en crear una Iglesia Obediente en torno al papado, con obispos sometidos a una autoridad fijada desde fuera, más funcionarios que pastores libres de una iglesia de cristianos adultos. Lograron un tipo de obediencia!, pero corrieron el riesgo de perder la vida real de la Iglesia.

     No toda la responsabilidad fue de JP II, sino  más bien del nuevo “espíritu” que estaba surgiendo por doquier: Un capitalismo del orden, una nueva estructura de poder que empezaba a triunfar en los años 70 y 80 del siglo pasado en el campo económico, político y social, con un sordo, fuerte y falso liberalismo anti‒eclesial (de gentes que utilizaban y utilizan el cristianismo para defender sus privilegios y seguridades). Desde eso fondo quiero interpretar la reacción del papa Juan Pablo II ante la teología de la liberación (o, mejor dicho, ante lo que ella podía representar en ese tiempo).

1. Visión general: Contra la Teología de la Liberación que parecía anti‒jerárquica y anti‒cristiana. Juan Pablo II fue un hombre crecido en un contexto marxista, y posiblemente no ha podido conocer los matices de la teología de la liberación, surgida y crecida en América Latina, en un contexto eclesial y social muy distinto, que a su juicio era proclive al comunismo y contrario a la identidad jerárquica de la Iglesia católica. Así lo indican los documentos que fueron preparados, bajo su mandato, por la Congregación de la Doctrina de la fe: Libertatis nuntius (1984) y Libertatis Conscientia (1986), destacando los errores doctrinales y los peligros eclesiales de esa Teología, que, a su juicio, sería dependiente del marxismo y destruiría la autonomía de la iglesia, para convertirla en una instancia social, sin base en la revelación de Jesucristo.

         Muchos teólogos y creyentes piensan que esas condenas no responden en realidad a lo que quiso y quiere la teología de la liberación, y el mismo evangelio, de manera que ellas deberán ser revisadas en el futuro (como lo están siendo de hecho en el pontificado de Francisco, a partir del 2013). Pero mucho más que esos documentos ha influido la forma en que Juan Pablo II ha tratado a personas de Iglesia que, a su juicio, podían caer en un tipo de posible comunismo o de olvido de la dimensión espiritual de la vida cristiana, como San Óscar Romero (asesinado el año 1980). También ha sido importante su política de nombramiento de obispos para América Latina (y para el conjunto de la Iglesia), en una línea de seguridad doctrinal y de imposición eclesial (en contra de las directrices del tiempo de Pablo VI)

2. Miedo a pensar desde la libertad del evangelio, con la libertad de Jesús.  La teología de la liberación recibe el agua de diversas fuentes. Ella se inspira en el movimiento de las Comunidades Eclesiales de Base (CEB) que habían surgido en Brasil, en torno al año 1960 y asume elementos propios de la teología política que estaban desarrollando en Europa, también en los años sesenta, algunos teólogos católicos y protestantes como J. B. Metz y J. Moltmann. Ella se inspira también en algunos de los grandes documentos del Vaticano II (Gaudium et Spes) y del CELAM (Medellín 1968), que han sido ratificados por Pablo VI: Evangelii Nuntiandi (1976). Pero su fuente básica es el intento de leer y actualizar el evangelio de Jesús desde la perspectiva de los pobres y excluidos que son la mayoría de la sociedad latino-americana.

         En sentido extenso, la teología de la liberación fue un movimiento de teólogos, de obispos, de presbíteros, de religiosos y religiosas… de pueblo. En el origen de la Teología de la Liberación hay diversos obispos y teólogos, como H. Camara, P. Casaldáliga, S. Méndez Arceo, R. Muñoz, H. Assmann, J. Comblin, J. L. Segundo, S. Galilea, L. Boff, I. Ellacuría y J. Sobrino. Pero su representante más significativo sigue siendo Gustavo Gutiérrez, que publicó un libro titulado: Teología de la Liberación (Lima 1971; Salamanca 1972), donde ofrecía un programa completo de vida cristiana, estableciendo una especie de nuevo giro copernicano: había que pasar del cristianismo como ideología (justificación sacral del orden establecido) al cristianismo como principio de transformación social, sin abandonar por ello el misterio de la vida y la trascendencia, sino todo lo contrario, potenciando un nuevo compromiso evangélico de fidelidad a la historia de Jesús y de solidaridad con los pobres. Pues bien, en ese contexto, Juan Pablo II y una parte de la Institución del Vaticano tuvieron miedo de esa teología y de ese movimiento de iglesia, pensaron que con ella se destruían los principios del orden cristiano (y de la autoridad del mismo Vaticano). 

3. Cristianismo, realidad social. La teología de occidente, a partir de su encuentro con el helenismo, en el siglo IV, se había desarrollad como ciencia teórica, dentro de una visión sacralizada y jerárquica de la realidad. Había terminado siendo, al menos en parte, una ideología, un pensamiento para garantizar el orden establecido, tanto en plano político como económico. Pues bien, la teología de la liberación quiere retomar la inspiración de los profetas y de Jesús, como mensajero y promotor del Reino de Dios. Por eso apela a las ciencias sociales, no para dejarse manejar por ellas, sino para conocer mejor el mundo real y para transformarlo, a partir de la escucha de la Palabra de Dios.

            En ese campo puede apelar (y a veces lo ha hecho) al análisis del marxismo, pero no como filosofía teórica (o metafísica atea), sino como herramienta de análisis social y de conocimiento de la realidad. La palabra central de la teología de la liberación no proviene del marxismo, ni de ninguna teoría sociológica, sino de la experiencia bíblica, es decir, de la Palabra de Dios, tal como resuena en el Éxodo, en la voz de los Profetas y, de un modo especial, en la vida y pascua de Jesús. El intento de la Teología de la liberación era recrear la Iglesia desde los pobres, como quiso e hizo Jesús, como hicieron sus primeros seguidores.

      Pero Juan Pablo II y sus colaboradores no lo vieron así. Pensaron que la teología de la liberación era ante todo un intento de “voladura” de la iglesia jerárquica, un mal comunismo y liberalismo para el pueblo, pero sin Cristo, y así impidieron que se abriera, que fecundara el conjunto de la iglesia, y lo hicieron desde un miedo social más que desde la raíz del evangelio.

3. Conciencia de Iglesia. Pueblo de testigos. La teología de la liberación afirma que la Iglesia debe superar el pensamiento establecido sobre bases de poder, más platónicas que cristianas (al servicio de la sacralidad de un sistema que se entiende como expresión de la voluntad de un ser divino superior), para descubrir las exigencias prácticas del evangelio, al servicio del Reino de Dios, partiendo de un Dios que se introduce en la vida de los hombres, actuando desde abajo, desde los pobres y excluidos, como dice Pablo (cf. Flp 2, 6‒11), como hizo Jesús.

No quiere, por tanto, un pequeño cambio externo, sino una transformación radical de la iglesia, tanto en plano externo (al servicio de la liberación de los pobres) como interno, superando así una visión de Dios como poder que impone desde arriba y que se revela a través de una jerarquía con poder sobre el pueblo. En este contexto se sitúan los numerosos casos de cristianos defensores de la justicia social, asesinados por esos poderes establecidos, entre los que ha de citarse Mons. O. Romero (1989), con I. Ellacuría y sus compañeros de la UCA, el Salvador (1989).

    Pero Juan Pablo II tenía miedo de que en el fondo de un tipo de liberación y libertad evangélica (cristiana) se escondiera un puro anti‒cristianismo, una simple ideología social contraria al orden sagrado del evangelio. Fue una gran pena, un gran dolor, una ocasión fallida de evangelio. Hoy (año 2026), tras 40 años de lucha en contra de la teología de la liberación (con lo que ella podía haber sido) es quizá demasiado tarde. Ya no se trata de volver sin más a lo que pudo haber sido una iglesia de la liberación. Se trata, más bien, de empezar desde abajo, desde la base‒base de la vida, desde el evangelio. En ese sentido, el papado de JP II puede ser muy significativo, pues no enseña a retomar su impulso de vida, desde un contexto nuevo, fundado en un conocimiento más profundo de la teología bíblica y de la experiencia y tarea sinodal de la Iglesia, como ha propuesto el Papa Francisco.

El Papa León XIV me parece más cercano a JP II que a Francisco. Pero el lector  tiene plena autoridad para disentir y opinar. De las cosas que no entiendo de León XIV quiero tratar el próximo día.

Movimiento de Jesús

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