Hazte socio/a
Última hora:
Bertomeu, voz (y esperanza) para las víctimas del Sodalicio

Un hombre le dijo: ¡Dime!. Jesús le dijo: Vende lo que tienes, dalo a los pobres y vamos, tengo un plan… Ése hombre era el Papa; expuse ayer su Doctrina Social con dinero. Hoy presento el plan de Jesús sin dinero ¿Vamos?

Un rico. El Papa, quizá tú mismo

Cuando salía Jesús al camino,

se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó:

«Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». 

Jesús le contestó: ¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. 

sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio,

no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre

Él replicó: Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud». 

Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo:

Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes

Y tendrás y tendrás el tesoro en el cielo y luego v sígueme.

 A estas palabras, suspirando se marchó triste porque era muy rico (cf. Mc 10, 17-22).

                  Marcos sitúa este pasaje en la marcha final de Jesús hacia Jerusalén, para instituir el Reino. Un rico se apunta. Jesús le responde: Vende todo lo que tienes, dalo todo a los pobres, y así empezamos.

          Este pasaje habla de una familia “real”, en la que tiene mucha importancia el aspecto económico de la vida, que aparece claro en el conjunto de la escena (Mc 10, 17-31) que, siguiendo el estilo literario de Marcos, forma un “tríptico”, con tres partes distintas y bien entrelazadas:

‒Un rico busca a Jesús, pero no le sigue. Dejarlo todo (Mc 10, 17-22). Un hombre corre a Jesús mientras éste va trazando su camino (eis hodon), y le pregunta cómo heredar la vida eterna (zôênaiônion). Jesús le remite a los mandamientos y después (sabiendo que los cumple) le invita a dejarlo todo y seguirle, compartiendo de esa forma su familia. El hombre queda triste y abandona a Jesús: Es rico y no puede (no quiere) dejar sus posesiones, pues ellas son su verdadera “familia”, ellas le atan y le impiden caminar con Jesús.

‒Intermedio. Doctrina general sobre las riquezas (Mc 10, 23-27). La dificultad para seguir a Jesús y formar su familia no está en algún tipo de ley sagrada como la que representan los escribas (cf. 3, 20-35), ni un deseo de pureza nacional o de seguridad religiosa, sino las riquezas. Quien quiere apoyarse en su riqueza no puede crear familia, es decir, existencia compartida.

‒Los que han seguido a Jesús, dejándolo todo,podrán tener  ciento por uno en familia en amor de familia, en tierra compartida y en bienes (10, 28-31). En nombre del resto de los discípulos, a diferencia del rico, que le abandona por sus riquezas, Pedro se atreve a decir que ellos lo han dejado todo... Pues bien, Jesús le contesta que aquellos que dejado un tipo de familia o riqueza por él y/o por el evangelio tendrán el ciento por uno en riqueza y familia, en este mundo, y que así heredarán vida eterna (dsôênaiônion) como había pedido el rico del principio de la escena (en Mc 10, 17).

     Está en juego la vida eterna (el Reino) y el problema es la riqueza. La mayor dificultad para crear familia es un tipo de dinero que un sentido parece construir, pero en otro destruye por igual a judíos y gentiles, por encima de las diferencias nacionales o religiosas. En torno al dinero se crea y destruye la familia. Es lógico que ahora, en el momento clave del camino de Jesús, Marcos haya planteado con fuerza este problema.

  Un rico que no sabe qué hacer  (10, 17-22)

          Esta escena se puede interpretar como narración vocacional, en la línea de Mc 1, 16-20, con rasgos de diálogo legal, siempre que la ley se entienda como expresión del camino de realización humana. Pero ella tiene un fuerte contenido económico, que sólo se aclara al final: El “suspense” del relato (¿por qué se va este hombre, y no hace caso a Jesús?) sólo se aclara cuando el redactor comenta que tenía muchas riquezas, que así aparecen para él como principio de destrucción.

            Jesús va recorriendo su camino, y así sube a Jerusalén (cumpliendo su tarea de Reino). Precisamente en ese camino se le acerca un hombre con deseo de alcanzar vida eterna   (dsôên aiônion) más allá de la muerte de este mundo. Éstos son los momentos de la escena, que deberá leerse con detalle antes de pasar al comentario:

Maestro bueno ¿Qué haré...? (10, 17-18). Por todo lo que sigue, se puede afirmar que este hombre es un “buen judío”, y que no tiene problemas especiales: angustias interiores, dificultades familiares, rupturas sociales... Parece que lo tiene todo, sólo le falta alcanzar la vida eterna, y por eso pregunta a Jesús.

Cumple los mandamientos (10, 19-20).El hombre ha preguntado, y Jesús le ha remitido a las normas sagradas del judaísmo, en gesto de profundo respeto y coherencia sagrada. Pues bien, el hombre le responde que las ha cumplido: Es un buen judío, conforme a la estructura yprincipios de suley.

Jesús, mirándole, le amó y le dijo...b(10, 21a). Con su mismo gesto (mirada de amor), Jesús supera el plano de la ley (mandamientos) y le ofrece su amor, en gesto que define todo el evangelio (emblepsas auto êgapêsenauton), mostrando así el principio de toda familia, en la base de todo orden social.

    Proyecto de Jesús, que lo venga todo. Entre el hombre que llama a Jesús bueno y Jesús que le mira con amor se establece una comunicación que puede ser principio de nueva familia, es decir, de una vinculación definitiva. Todo nos permite suponer que ellos van a comprenderse, pues les une un "presupuesto" de fuerte cordialidad. Jesús estáen camino, y por eso le responde “sígueme”. Estos son los rasgos de su respuesta (Mc 10, 21):

a. Una cosa te falta. Algo de amor: vete, vende todo...Este hombre tiene todo, pero hay una cosa que le falta. Tiene muchas cosas (el texto dirá al final que es muy rico), pero le falta (hysterei) una cosa (hen) que en el fondo es la única importante. Pues bien, esa cosa que le falta no es Dios en general (como supone la confesión de fe del Shema: Dt 6, 4-5), sino dejar las cosas que tiene y que le tienen, cosas que son para él lo opuesto a Dios (el dios mamona: cf. Mt 6, 24). Por eso, Jesús le pide el desprendimiento real y radical para así crear nueva familia.

b. Vende lo que tienes. Este hombre está definido por las cosas que tiene(=hosa ekheis), pues ellas son lo más importante en su vida. Vive para tener, es decir, para adquirir, para ser dueño de ellas (siendo en el fondo dominado por ellas). Pues bien, en esa abundancia de cosas descubre Jesús una carencia...(hen, una cosa te falta),que se relaciona precisamente con esta "sobra" de bienes. Por eso le dice que los venda y se desprenda de ellos, buscando una posesión totalmente distinta, que le haga capaz de seguirle y de adquirir de esa manera lo más importante.

c. Y dáselo a los pobres. No le pide que venda por vender, sino para dar, transformando así las posesiones en dones o regalos, en gesto de gratuidad generosa, superando el talión (do un des,  te doy para que me des). No le dice que entregue lo obtenido a un tipo de comunidad o familia organizada, como en la Regla de Qumran (o en muchas órdenes religiosas cristianas); no le pide que pase de la posesión individual (o de pequeña familia) a la posesión grupal de bienes, buscando así un nuevo tipo de seguridad, pues ese gesto le seguiría manteniendo en el plano de la ventaja económica, del poder del grupo. Tiene que vender para “dar a los pobres”, es decir, para regalar lo que tiene a los de fuera, sin esperar compensaciones (como indicará Mt 25, 31-46 cuando afirma que los primeros hermanos son los hambrientos, extranjeros, encarcelados, enfermos…).

b. Y tendrás un tesoro en el cielo. Cielo no son las estrellas el “simple futuro”, ni un puro más allá, sino la hondura de la vida en comunión, es decir, la riqueza del Reino, donde se recupera así, pero en un plano más alto, aquello que ha dado. Este hombre "tendrá" así (con ekhein) un tesoro, pero no en el plano de este mundo, en un nivel de competencia y lucha mutua, sino en el "cielo" (ouranos) que es el signo y espacio de la absoluta gratuidad, que empieza y se despliega en este mismo mundo. Cielo es aquí un sinónimo de Dios o Vida eterna, por la que el hombre había preguntado al comienzo (en 10,17).Sólo dando en un nivel todo lo que tiene este hombre podrá heredar o poseer la Vida eterna. Como seguiremos viendo, ese tesoro en el Cielo puede y debe expresarse en forma de vida compartida y fraterna en la tierra, tal como lo indicará el final del pasaje (10, 30). .

a. Y ven: ¡sígueme! La correspondencia con el principio (a) resulta clara. Allí se decía vete-vende, aquí se dice ven-sígueme, casi en el sentido de vuelve y vayamos juntos, yo te prometo mi amoro. Allí se indicaba la necesidad de un cambio radical, ahora Jesús le dice al hombre que ese cambio es seguirle, acompañarle  y caminar juntos, para compartir un tipo más alto de riqueza, hecha de fe mutua y generosa, de humanidad compartida, en un camino que lleva a la nueva familia del Reino. Esta última palabra (¡sígueme!: akolouthei moi) es la culminación del texto. Ser familia es caminar juntos, seguir a Jesús hacia el Reino.

   Esta respuesta de Jesús acentúa la exigencia de confiar en él (vinculación personal, comunicación mesiánica), superando el egoísmo propio, es decir, las riquezas (sentido ascético), pero al mismo tiempo pone de relieve la posibilidad de crear un nuevo tipo de familia, que no esté fundada en el tener, sino en el dar y compartir, para camina juntos.

   Ciertamente, Jesús quiere que el grupo de aquellos que le siguen comparta los bienes (como indicará Mc 10, 28-31), pero no para dejar el egoísmo o riqueza individual (de familia pequeña)por el egoísmo o riqueza de un conjunto mayor de personas (una comunidad particular); por eso quiere que este hombre empiece dando todo lo que tiene a los pobres sin más, es decir, a los necesitados.          

   En ese contexto se sitúa la “negativa”: ¡Aunque venga Cristo no voy, no vamos… Y este hombre se marcha a contar su dinero suspirando de pena, aunque Jesús era el mejor partido posible,  porque quiere conservar aquello que tiene, porque su familia son en el fondo sus bienes (los suyos o los de su grupo), y ellos le definen. Su rechazo no es cuestión deu dogma religioso, sino de riqueza (y de familia propia, la mía, mi gente, prioridad nacional). Jesús le ha ofrecido su amor, pero no se lo ha podido imponer. Le ha prometido su “paraíso” (cf. cap. 1), pero no se lo ha podido dar a la fuerza.

             Amor de Jesús, nueva familia. Este pasaje (Mc 10, 17-23) ofrece una intensa experiencia de amor. Significativamente, Marcos ha presentado a Dios como aquel que llama a Jesús y le dice ¡Hijo querido! (Mc 1, 11; 9, 7), para que nosotros lo escuchemos y sepamos entenderle en línea de comunión personal

   De un modo significativo, a lo largo del evangelio, Jesús aparece como hombre de amor (¡mirándole le amó!), y de esa forma actúa. Pues bien, ese tema aparece aquí de un modo especial, cuando se dice que Jesús amó al hombre que le preguntaba sobre la vida eterna, y le respondió ofreciéndole su amor: ¡andamose! ¿quieres que andemos? Marcos no ha dicho expresamente que Jesús amaba a los niños (aunque es evidente que lo hacía al abrazarles), ni a las mujeres, aunque su relación con (cf. 14, 3-9; 15, 40-41; 16, 1-8) no se entiende sin amor. Pues bien, aquí se dice que él amó a este hombre (un hombre a otro hombre) que le preguntó sobre la vida eterna.

‒ Éste es un amor humano. Estamos en el centro del relato del evangelio como  entrega de amor de  Jesús, Hijo querido de Dios, que aquí dirige una mirada de amor al hombre que ha venido a preguntarle, una llamada intensa y espontánea, que el rico no aceptó porque el amor es libre, y Jesús no puede imponerlo, y porque, por encima del amor, los hombre ponen el dinero.

-Así aparece Jesús, mirando a este hombre con amor no correspondido (Mc 10, 21), como amante fracasado que sigue dando amor (familia) a quienes quieran escucharle, realizando así la obra de Dios, como supone el texto clave de su evangelio (Mc 12, 28-34), cuando vincula amor de Dios y amor al prójimo. En esa línea, podemos afirmar que su amor a los hombres y mujeres responde al que ha recibido de Dios, que le llama Hijo Querido (Mc 1, 11; 9, 7).

‒ Ambos tendrán juntos un Abba, un Padre de la familia de amor. En ese contexto ha de entenderse la invocación amorosa que Jesús dirige a Dios, a quien llama con nombre de amor, Abba (14, 36), utilizando una palabra de niños, pero también de hombres mayores, cuando se dirigen con cariño a sus padres, no como poder superior, sino como fuente de amor más profundo[1].

‒ Amor, experiencia universal. El amor que Jesús dirige el hombre rico, a partir de su experiencia del Dios amor, es un momento esencial y universal del evangelio. Para saber lo que es Dios/Amor no hace falta ser judío, ni haber pasado por la Ley a través deun largo estudio. Basta ser persona. En esa línea, este Jesús, que es Hijo del amor de Dios, empalma con el origen de la humanidad, que se funda en el amor, como destacaba el Cantar de los Cantares (cf. tema 6). Ésta es la mayor novedad Jesús-Hijo, que ha podido ofrecer a todos una experiencia de vida universal (profética, amorosa, divina). Quien haya tenido la dicha de nacer, y pueda agradecer la vida que le han dado, no sólo unos padres concretos (especialmente una madre), sino Aquel a quien puede llamar Padre en sentido superior, como origen del que brotan y donde se sustentan todas las cosas y, de un modo especial, su propio ser, podrá descubrir que la vida es don, gozando de ella y respondiendo ¡Padre!  

  Cuestión de riquezas, una conversación (Mc10, 23-28)

           El rico de la escena anterior se ha marchado, mostrando así que aquello que más se opone a la formación de una auténtica familia, en la línea de Jesús, son las posesiones que destruyen a los ricos y que impiden la vida de los pobres. Éste es el lugar donde se asienta o destruye lafamilia: las riquezas. Aquí expresa el valor y novedad el mesianismo de Jesús, desde aquí se entiende su conversación con los discípulos, que podemos divido, cito y comento en cinco partes:

a. Primera afirmación: ¡Qué difícilmente entrarán los ricos en el reino de los cielos, es decir, en la vida de amor, porque en el fondo no quieren amor sino amoríos. U de verdad sólo dinero!(Mc 10,23). Jesús había mirado con amor al hombre rico (10, 21). Ahora mira a sus discípulos, de manera muy íntima, como desahogándose con ellos. Su palabra se puede traducir, en nuestro contexto: Qué difícilmente formarán familia los ricos.

La riqueza a la que alude Jesús no es por tanto algo neutral, un puro medio de comunicación, sino que ella aparece como poder maléfico, una propiedad demoníaca que posee al ser humano y le impide abrirse al reino, le impide querer y ser querido, porque en un mundo de riqueza el hombre sólo vale para vender y ser vendido¸ dime cuánto pesas en dinero y te dinero por cuánto querrán comprarte y venderte, desnudo o vestido, en canal o rebozado. Donde la riqueza le domina, el ser humano (hombre o mujer) no puede formar familia verdadera, porque el principio de la familia es la gratuidad, es decir, la vida que se regala y comparte.

b. Los discípulos se admiran sobre estas palabras (10, 24a). También otros autores y textos de aquel tiempo comentaban el riesgo mayor de las riquezas, desde Test XII Patriarcas al “Pentateuco” de Henoc (1 Henoc). Pero Jesús insiste ahora en ello, en el contexto preciso de la búsqueda del reino. Muchos identifican familia y riqueza. Pues bien, en contra de eso, Jesús muestra el engaño del modelo posesivo de la vida, y sitúa el tema de la familia del reino en otro plano, en línea de gratuidad.

Como un camello por el ojo de una aguja, así no caben los ricos en la ojiva del cohete del cielo (10, 24b-25). Jesús repite lo ya dicho (¡qué difícilmente entrarán los ricos…!), introduciendo la comparación del camello que no cabe por el ojo de una aguja. Humanamente hablando riqueza y reino se oponen como un camello grande y un ojo de una aguja de coser; por eso, una familia fundada en el dinero no es familia. En este contexto podríamos decir: ¡Que difícilmente podrán formar los ricos una auténtica familia, pues se destruirán a sí mismos y destruirán a los otros!

b'. Nueva admiración y pregunta de los discípulos (10, 26). Ellos se extrañan aún más, hasta espantarse. Lo que Jesús dice rompe sus esquemas, y por eso se preguntan: ¿Quién podrá salvarse?“Salvarse” significa aquí no sólo alcanzar la vida eterna, sino también (¡al mismo tiempo!) crear humanidad, auténtica familia. Los discípulos suponen que todos estamos dominados por el deseo de riqueza, pensando que la familia es una “consecuencia” de ellas, un problema económico.  Pero Jesús rechaza ese presupuesto, diciendo precisamente lo contrario: La posesión de riquezas es contraria a la auténtica familia. Por eso, ante sus palabras, ellos afirman que "nadie se puede salvar", ni crear familia verdadera, los ricos porque lo son (y así expulsan de su círculo a los pobres) y los pobres porque desean hacerse ricos, trazando así la ley de fracaso de la vida humana

 '. Afirmación final: ¡Es imposible para los hombres, pero no para Dios, pues todo es posible para Dios (10, 27). Jesús vuelve a mirar a sus discípulos y en esa mirada transmite la fuerza creadora del reino de Dios. Por encima del poder destructor de las riquezas se revela así el misterio de amor del enviado de Dios, que retoma la famosa cita de Gen 18, 14 (cf. Mc 14, 36), donde se dice que todo es posible para Dios, de manera que él puede hacer que surja auténtica familia, una humanidad distinta, fundada en el amor.

           Este Dios que hace posible lo imposible no es indiferente ante la vida de los hombres, sino al contrario: Él quiere cambiar nuestra historia,al manifestarse por Jesús, haciendo posible el surgimiento de una vida en gratuidad, introduciendo en la tierra un germen de encuentro humano,de familia y vida compartida. Sin este diálogo sobre la riqueza sería imposible entender el conjunto del evangelio y especialmente la nueva escena de la familia (del ciento por uno en hermanos, madres etc.), con la que culmina nuestro pasaje (Mc 10, 17-31).

  Sembrar amor,  ciento por uno (Mc 10, 28-31; Mt 19, 23-30)

                   El despliegue de la familia implica un tipo de muerte: “Sólo el grano de trigo que muere produce mucho fruto…” (cf. Jn 112, 24-26). Sin un tipo de muerte o renuncia muy intensa no existe familia. Sólo allí donde uno da lo que es y tiene, poniéndolo en manos de otro a quien ama surge familia. Sólo allí donde se recibe a los “carentes” y oprimidos puede darse familia verdadera.

                   Como representante de la nueva comunidad, Pedro introduce la escena en forma de pregunta indirecta, reasumiendo la temática anterior y diciendo a Jesús: ¡Mira! nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido (10, 28). Habla como portavoz del grupo (dice nosotros) ycontrapone su conducta a la del rico, que ha rechazado la invitación de Jesús. Pedro y los suyos no han dejado a Jesús, a pesar de las dificultades del camino, sino que le han seguido, para ser su familia yformar la iglesia, no sólo porque Jesús tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 68-69), sino gestos y caminos de comunicación humana. La respuesta de Jesús forma la “carta magna” de la familia cristiana:

En verdad os digo que o habrá nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre o hijos o campos por mí o por el evangelio que no reciba el ciento por uno en este tiempo,

en casas en hermanos y hermanas, en madres e hijos y en campos con persecuciones, y en el siglo futuro la vida eterna (10,29-30).

            No se trata sólo de dejar “cosas”, sino de dejarse-darse uno a sí mismo, como grano de trigo sembrado en el surco de la tierra. Se trata de darlo todo, para crear de esa manera un tipo de experiencia nueva, de vida multiplicada, empezando por los campos y terminando por la casa.

           El texto vincula casas-campos y familia, es decir, el tema económico (posesiones) y el personal (hermanos, hermanas). Lo que para el rico de Mc 10,17-22 eran sus muchas posesiones, entendidas en sentido indeterminado (ktêmata polla: 10,22), se amplía y explicita ahora en clave de posesión total, centrada en la casa, que incluye bienes económicos y familiares, como suponía ya el texto anterior (Mc 3, 20-35), y toda la tradición israelita.

 El nombre propio, original y “distintivo” de la familia en la Biblia es casa (bet, oikia, domus, etxea), entendida en el sentido extenso de edificio y campos, con el entorno de tierras de labranza y rebaños que fundamental y sostienenla unidad familiar, con un padre que lo dirige todo, con mujeres, hijos, criados etc.

 Éste es el texto clave de la ruptura cristiana, que retoma en otra perspectiva la opción primera de Abrahán, cuando dejó su casa y parentela, para ponerse en camino hacia la tierra que Dios le mostraría (Gen 12 1-3, cf. tema 2). Nos hallamos ante la gran decisión que actualiza y aplica desde la experiencia de Jesús el motivo del éxodo de Egipto (cf. tema 3); los que siguen a Jesús deben dejar un orden social dominado por casa, familia y campos, entendidos en clave de posesión y dominio posesivo, para así instaurar la nueva familia del reino.

‒Bien primero y abarcador, la casa (domus, etxea).  Como he venido diciendo, la casa (oikia) abarca todo lo que cabe en el amor, es la familia entendida como lugar permanente de vida. Es el edificio donde se vive con sus posesiones (campos, bienes de producción y consumo) yes, al mismo tiempo, la familia que allí vive (que se puede expandir hacia parientes más lejanos y criados, allegados). Dejar la casa o perderla sería perder las raíces donde la vida entera se sustenta, en plano de este mundo. Construir la casa es crear nueva familia. En ese sentido, casa es la familia entera, en un contexto tradicional, de fondo agrícola.

‒Hermanos y hermanas forman el contexto horizontal de la familia en amor. Son el grupo de parentela, los que están vinculados por origen y opción en los gozos, posesiones y tareas de la vida. Es evidente que en este esquema general de hermandad pueden y deben incluirse esposo y esposa, aunque no se nombren. Normalmente, como expansión de ese plano, en la familia extensa, solían incluirse otros parientes, criados y siervos o esclavos. Pero el evangelio de Marcos, desde su nuevo contexto social, sólo alude a hermanos y hermanas (lo mismo que en Mc 3, 31-35)

‒Madre, padre e hijos forman la línea vertical, que se expresa en la genealogía: los padres como origen, los hijos como descendencia. Significativamente, en contra de una tendencia patriarcal, el texto cita a la madre antes que al padre. Sea como fuere, madre y padre, con los hijos en plural, entendidos como descendientes (tekna), arraigan al hombre en el tiempo y suelen tomarse como signo de Dios en cuanto principio (padres) y garantía de futuro (los hijos de las promesas, de Gen 12 en adelante). Hay que indicar ya desde aquí que los nuevos “familiares” de Jesús tienen que dejar a padre y madre, pero después sólo reciben el ciento por uno en madres y hermanos, no en padres/domini,  pues todos los hombres y mujeres de la casa de amor son hermanos y madre, hijos y amigos, de cien en cien, a cientos, en los cinco continentes del amor, que es el mundo entero.

‒Al final vienen los campos (agrous) en los que culmina esta enumeración de bienes, como expansión y concreción de la casa, esto es, del mundo entero como casa, pues en amor caben todos, con sus diferencias. El texto de Jesús nos sitúa en una sociedad agraria donde los campos de cultivo van unidos a la casa y forman parte de la entidad familiar (son fuente de riqueza, trabajo y alimento). En ese contexto es imposible hablar de casa patriarcal(autosuficiente, rica) sin campos (tierras, posesiones), administrados en familia, evidentemente en un contexto de propiedad y régimen jerárquico, con el padre de familia como dueño y responsable del conjunto de bienes y personas (aunque, como he destacado, al citar primero a las madre, este pasaje desactiva el sentido patriarcal del texto).

    Hay que destacar este rasgo, porque el mundo moderno ha separado la casa (espacio de vida/familia) y los campos (lugar de trabajo), en un proceso lógico pero fatídico, pues nos permite hablar de familia sin tener en cuenta su profundo componente económico, sus campos, su casa…, estamos creando por dinero una humanidad sin casa, es decir, sin amor y sin amigos de verdad. Así hemos llegado a la situación fatídica actual, en la que se dice que se defiende a la familia, pero se impide que un gran mayoría de familias puedan compartir los “campos” (es decir, los bienes).

           Todas esas cosas se dejan «por mí o por el evangelio» (Jesús es signo de  la familia en amor entre varones y mujeres, padres e hijos, hermanos, es decir, todos los seres humanos). Ambas formulaciones  Por mí y por en evangelioson equivalentes, pues la opción por Jesús y por el evangelio exige e implica una misma ruptura social y personal, que permite una juntura, una forma distinta de vida, donde todos somos junteros, en gesto de superación económica (familiar y social). Se trata de recrear la forma y estilo de vida, pasando del “tener” (ejemplificado por el rico de 10, 17-23) al dar y compartir en amor..

           Evidentemente, dejar es superar, abandonar un tipo de vida que se funda precisamente en la economía de una casa/familia cerrada en sí y opuesta (enfrentada) con otras casas/familias. Las diversas “posesiones” aparecen en un mismo plano, de manera que se habla de casa “o” hermanos, “o” hermanas… (ê,ê...)., como si todas ellas formaran la riqueza del ser humano, entendido como “dueño” de una serie de bienes materiales y humanos, en clave posesiva.

           Pues bien, esas “posesiones” se pueden dejar por mí (=Jesús) o por el evangelio, es decir, por su mensaje o su causa, que es la familia de amor del de Reino, pasando así de un plano “posesivo” a un plano de comunicación gratuita. No es que las “riquezas” antiguas desaparezcan, o se puedan abandonar por motivos puramente espiritualistas, sino que ellas han de entrar a formar parte de una nueva constelación familiar, como en Mc 3, 20-35, donde Jesús instauraba las bases de su nueva “familia de Reino”.

           ‒ Ciento por uno en bienes personales (madres, hermanos…) y materiales (campos, posesiones). La gran mentira de una economía actual está en que ha separado la familia de los campos, las personas de los bienes. Quiere así que la familia se cure, que haya armonía…; pero separa el “ciento por uno” en familia del “ciento por uno” en campos y posesiones, mientras que Jesús ha vinculado ambos aspectos. Sólo se puede compartir de verdad la familia, en gesto de apertura gozosa a los demás (¡cien madres, cien hermanos, cien amigos y cien hijos…!), si se comparte la casa con los campos, es decir, el trabajo y los bienes económicos.

‒ Desde ese fondo se puede hablar de tiempo futuro o vida eterna (zôên aiônion),  pues de lo contrario negamas el futuro, creamos el infierno (después de nosotros el diluvio).El pasaje había empezado con la pregunta del hombre rico que quería heredar la vida eterna (10, 17). Jesús le había propuesto su camino (dejarlo todo y seguirle...) y ahora vuelve a proponer ese camino a los discípulos, sabiendo que la metaes la dsôê, la vida eterna, como don de Dios, Dios mismo, hecho regalo y plenitud. Sin esa esperanza de futuro el resto del pasaje y el camino entero de los hombres pierde su fundamento. –

 - El amor de familia es inseparable de la experiencia del ciento por uno en familia y en campos, en amor y bienes compartidos. Eso significa que la zôê vida eterna se vincula internamente con el “ciento por uno” de este mundo. Hay, según eso, una relación muy honda entre un tipo de vida en el mundo (el ciento por uno) y la vida eterna, que  empieza en este mismo mundo. Eso significa que el gran corte o ruptura mesiánica no se da entre el hoy de la tierra y el futuro de la vida eterna tras la muerte, sino entre un tipo de vida actual dominada por el tener y por la lucha mutua, y otra forma vida actual, definida por el seguimiento de Jesús, como nueva familia, con el ciento por uno en bienes compartidos.

    Por esa razón hay que insistir en la recuperación comunitaria tanto de las riquezas como de las relaciones familiares. Ambas perspectivas (casa y familia, campos y parentesco) van unidas en este pasaje. Conforme a los principios de esa gran ruptura-juntura, el seguidor de Jesús tiene que dejar todo lo que él tiene en sentido posesivo, superando un tipo de familia egoísta, que se expresa como casa, con familiares muy concretos (en plano horizontal de hermanos/as y en plano vertical de padres/hijos), con posesiones o campos, para crear una familia extensa, en gratuidad personal y económica (compartiendo los bienes) .

No se trata, pues, de cambiar de religión en el sentido espiritualista (intimista) del término, sino de cambiar de relaciones familiares y sociales, algo que en el fondo resulta mucho más difícil. 

             Programa de vida, siembra evangélica. Jesús ofrece así un programa-camino de cambio de familia. Sus seguidores entran, al seguirle, en una dinámica muy concreta de recreación (inversión) familiar, como aquella que proponían los esenios de Qumrán, pero sin formar una comunidad aislada, como la del Mar Muerto, sino viviendo en sus propias casas, pero en línea de comunicación extensa e íntima con otras casas (cien casas, cien familias…). Esta dinámica de recreación familiar en línea de renuncia (dejarlo todo…) y de comunicación total (para alcanzar así el ciento por uno) constituye la novedad del movimiento de Jesús, en línea de pobreza (desapego), para instaurar así una forma de posesión nueva, en clave comunitaria (de familia extensa): 

En la base sigue estando dar todo a los pobres, como Jesús ha dicho al rico que quería seguirle (Mc 10, 17-23), en gesto de radical desprendimiento, que se expresa en el “regalo de la vida”, o mejor dicho, en la vida hecha regalo, hecha signo y principio de donación… Ser es “dar” (es decir, darse), en la línea del Dios de Jesús que va apareciendo en el pasaje como aquel que abre un camino de entrega a los demás. Se supone así que el grupo no capitaliza en línea particular ni comunitaria, sino que mantiene siempre el principio de “venderlo todo y darlo a los pobres”. Sin esta base de gratuidad fundacional, sin este donmás hondo de desprendimiento personal y grupal carece de sentido el evangelio.

La pobreza se vuelve comunicación. Sólo allí donde lo da todo hacia fuera la comunidad puede compartirlo todo hacia adentro, de manera que cada uno reciba el ciento por uno de aquello que ha dado. Surge así, entre los mismos seguidores de Jesús, un tipo de existencia compartida donde la pobreza (vivida como gratuidad) se vuelve principio de comunión, es decir, de fraternidad en amo. Este es rasgo de máxima densidad mesiánica del movimiento de Jesús: el mismo desprendimiento (dar todo a los pobres) se vuelve lugar yprincipio de la más intensa comunicación humana (lugar del Espíritu Santo).

                   Desde aquí se entiende la iglesia mesiánica como “casa/familia” o, quizá mejor, como federación o comunión de “cien casas/familias”, establecida sobre bases generosidad externa (dar todo a los pobres) y de comunicación interna (compartir todo). No hay victimismo, no hay gesto de pura cruz... Ciertamente, la cruz está al fondo; todo se funda en el camino de entrega de Jesús. Pero esa entrega se ha expresado como siembra de generosidad que nos lleva a recibir y disfrutar en este mundo el ciento por uno de aquello que damos.  

                   Éste es el ciento por uno de la siembra evangélica que penetra en la tierra buena de la comunidad cristiana, conforme a la parábola del sembrador (Mc 4, 8 par). Es evidente que Jesús ha sembrado reino en todo tipo de tierra (entre leprosos y publicanos, posesos y enfermos, escribas y pescadores...). Pero la misma buena simiente transforma las condiciones del campo y consigue que se logre ya en el mundo el ciento por uno de cosecha, de vida en abundancia, en plano interior y exterior, económico y social, creando así una familia mesiánica:

Más que sobre una fe teórica, la iglesia se edifica sobre la comunicación económica y vital de los miembros, sobre el amor en libertad y comunión concreta, forman doasí una familia o, mejor dicho, una comunión de familias, que al convertir su vida en don (al darlo todo) pueden abrir espacios de comunión económica y afectiva, personal y social. gozando todo al ciento por uno en madre, hermanos, hermanas e hijos.

No se trata de crear una comunión espiritual (puramente ideológica), en torno a unas pretendidas verdades artificiales de engaño, sino de suscitar una comunidad integral donde se comparten casa y campos, hermanos y hermanas, empezando así desde una perspectiva económica. Según eso, la comunidad de los seguidores de Jesús no es unareunión de espíritus, como a veces se ha pensado y querido, sino espacio de comunicación de almas y cuerpos, experiencia de vida compartida. Significativamente, el texto no habla de “amor mutuo” (como hará el evangelio de Juan en un contexto semejante); pero es claro que este tipo de vida sólo es posible allí donde surgen lazos nuevo de comunión-abiertos a “cien madre, hermanos…”.

Esta comunidad de Jesús es “familia abundante” y no lugar de prohibiciones o penurias, una familia que es posible allí donde los llamados y acogidos (los creyentes) van creando espacios de maternidad, fraternidad/sororidad y filiación, de forma que la participación de bienes se vuelve signo y garantía de una más intensa comunión de afectiva (hermanos, madres, hijos...). Es evidente que esta “apertura familiar” puede implicar y crear dificultades (=persecuciones), tanto en el plano afectivo como en el económico, pero el evangelio apenas ha insistido en ellos, destacando más bien la aportación positiva de las “cien casas, hermanos…”. En esta línea, el movimiento de Jesús ha venido a expresarse como un proyecto de transformación y unificación de familias.

Esta familia es comunión de hermanos y hermanas (fraternidad y sororidad) en un sentido intenso, en una línea que había sido iniciada ya por el Antiguo Testamento, donde los judíos aparecían básicamente como hermanos, en sentido genealógico (hijos de unos mismos antepasados), social y religioso. Pero esa fraternidad “nacional” había corrido el riesgo de perder su dinamismo, convirtiéndose en una fórmula genérica (a pesar de la importancia que ha seguido teniendo la experiencia de fraternidad en el judaísmo posterior). Ésta no es una fraternidad “genealógica” de buenas familias, sino que se abre a todos, especialmente a los expulsados sociales, porque está fundada en la escucha de la voluntad de Dios, como sabía Mc 3, 31-35. Ésta es una fraternidad/sororidad, de manera que en ella tienen igualdad dignidad e importancia los hermanos y las hermanas (sin que las hermanas aparezcan sometidas a los hermanos).

           Dejar para encontrar (por encontrar), un ciento por uno bien diferenciado. La comunidad de seguidores de Jesús es una familia de madres e hijos, sin que pueda hablarse de padres/patriarcas en el sentido antiguo. De manera muy significativa, el texto comienza diciendo que hay que dejar “a la madre y al padre”  (Mc 10, 29), pero después, al hablar de aquello que se “recupera”, el texto ya no habla de “cien padres”, sino sólo de cien madres, hermanos… (10, 30). Ese mismo motivo (ausencia de padre) aparecía en Mc 3, 31-35.    La nueva familia de Jesús está formada por cien madres, hermanos… sin que se pueda hablar en ese nivel de cien padres:

(a) En un sentido sólo Dios puede presentarse como Padre dentro de las comunidades cristianas (cf., en otro contexto, Mt 23, 9).

(b) En otro sentido, la figura del “padre” está tan vinculada a un tipo de “patriarcalismo” (en el fondo la familia es como una “propiedad” del padre), que en la comunidad cristiana no puede utilizarse esa figura.

           Lógicamente, en esa iglesia de madres hallarán lugar de preferencia los niños y pequeños (cf. 9, 33-37; 10, 13-16). Sólo en un contexto más tardío, en una línea de tradición adulterada de Pablo (cartas pastorales), se podrá recuperar la figura de un “padre de familia” gerente y gestos artificial de la comunidad cristiana convertida en lugar de nuevo sometimiento.

           En contra de esa familia de “clase”, en la comunidad de Jesús no hy lugar para padres-patriarcas, gestores del “negocio” cristiano, sobres mujeres, niños y criados con “orden” (como en el orden senatorial o ecuestre de caballeros romanos), pero sin verdaderos cristianos de amor, en afecto compartida, en donación mutua de vida.     

                   2. Múltiple familia, sin padres-patriarcas. Lógicamente, el padre-patriarca (dominando sobre el resto de la familia) tiene que desaparecer, lo mismo que la figura de un esposo dominador. Sólo dentro de una fraternidad abierta (cien hermanos…) y al servicio de ella puede y debe hablarse también de un padre y de un esposo.  Sólo allí donde ha desaparecido el padre/ley, signo y portador del patriarcal, sólo se supera la visión de un esposo que domina desde arriba a su esposa, puede hablarse de un Dios universal, que se revela a través de la comunidad de hermanos y hermanas. 

El texto destaca la relación familiar de hermanos/as, que incluye a varones y mujeres. Ésta es la línea del encuentro horizontal que define a los que habiendo dejado un modelo de sociedad impositiva (con sus poderes económicos y sus egoísmos grupales) asumen un ideal más alto de desprendimiento, de gratuidad y de servicio mutuo, pudiendo así gozar juntos los que tienen, poseerlo en común y disfrutarlo... Surge así la nueva familia mesiánica, la hermandad/sororidad del nuevo pueblo, instaurado por Jesús como familia, rompiendo las barreras que separan a ricos/pobres (todo es ya común, todo se comparte), a varones/mujeres (se igualan en el mismo proyecto de reino)... Este pasaje nos sitúa así en el mismo contexto que Gal 3, 28 proclamaba al decir que “no hay judío ni griego, siervo ni libre, macho ni hembra, pues todos vosotros sois uno en Cristo”

8Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar rabbí, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. 9Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. 0No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, Cristo.(cf. Mt 23, 8-10)

También es importante la relación especial de madres/hijos, en línea vertical de donación (generación) y recepción de vida. Dentro de la iglesia mesiánica es fundamental el don de la vida que se expande (madres) y se recibe (hijos), sin que deba ponerse de relieve la figura paterna superior de la tradición israelita. Donde el texto está diciendo “ciento por uno en madres e hijos” (sin aludir a los padres) está evocando y ratificando el surgimiento de una nueva identidad de "engendradores" personales (padre y madre) vistos como fuente de vida y no como autoridad legal impositiva. En este contexto no hace falta ya citar al padre, pus su función queda incluida en los otros dos valores fundamentales de la existencia humana: la donación de sí (madres) y la receptividad (hijos).

El texto no habla de cien esposos-esposas, porque ese nivel de relación matrimonial no se puede expandir numéricamente, sino que debe profundizarse en línea de comunión personal, como sabe y dirá Mc 10,1-9 (cf. cap. siguiente). La novedad está en que ahora el matrimonio (unión indisoluble de un hombre y una mujer) ha de entenderse desde el fondo de la fraternidad (cien madres, cien hermanos), y al servicio de ella. Un matrimonio que no se entendiera de esa forma, que no fuera un gesto de comunión de intimidad al servicio de la gran familia mesiánica carecería de sentido según el evangelio.Unidos ambos, de un modo único, marido y mujer, pueden y deben ponerse al servicio de la gran comunidad mesiánico, y no sólo de su egoísmo dual o de sus hijos propios, como seguiremos indicando.

         Es evidente que Jesús no ha proyectado aquí ninguna especie de ascetismo duro, ni en plano económico (campos) ni familiar (madres, hijos) sino todo lo contrario: ha suscitado un camino de abundancia mesiánica en clave de comunicación de vida. El texto se centra en tres figuras: En el origen están las madres como principio de vida; al finale están los hijos como receptores de vida; en el centro están los hermanos/as como expresión de comunidad, vida compartida. Pero el tema sigue abierto, como veremos en el capítulo siguiente, hablando del matrimonio.

   Esta respuesta de Jesús acentúa la  vinculación personal, la comunicación mesiánica, superando el egoísmo propio, es decir, las riquezas egoístas, (sentido ascético), pero al mismo tiempo pone de relieve la posibilidad de crear un nuevo tipo de familia, que no esté fundada en el tener, sino en el dar y compartir, para camina juntos. Ciertamente, Jesús quiere que el grupo de aquellos que le siguen comparta los bienes (como indicará Mc 10, 28-31), pero no para dejar el egoísmo o riqueza individual (de familia pequeña) por el egoísmo o riqueza de un conjunto mayor de personas (una comunidad particular); por eso quiere que este hombre empiece dando todo lo que tiene a los pobres sin más, es decir, a los necesitados.   

  Jesús aparece como hombre de amor (¡mirándole le amó!), y de esa forma actúa. Pues bien, ese tema aparece aquí de un modo especial, cuando se dice que Jesús amó al hombre que le preguntaba sobre la vida eterna, y le respondió diciendo: ¡Sígueme! Marcos no ha dicho expresamente que Jesús amaba a los niños (aunque es evidente que lo hacía al abrazarles), ni a las mujeres, aunque su relación con (cf. 14, 3-9; 15, 40-41; 16, 1-8) no se entiende sin amor. Pues bien, aquí se dice que él amó a este hombre que le preguntó sobre la vida eterna.

          El amor que Jesús dirige el hombre rico, a partir de su experiencia del Dios amor, es un momento esencial y universal del evangelio. Para saber lo que es Dios/Amor no hace falta ser judío, ni haber pasado por la Ley a través de un largo estudio. Basta ser persona. En esa línea, este Jesús, que es Hijo del amor de Dios, empalma con el origen de la humanidad, que se funda en el amor, como destacaba el Cantar de los Cantares (cf. tema 6). Ésta es la mayor novedad Jesús-Hijo, que ha podido ofrecer a todosuna experiencia de vida universal (profética, amorosa, divina).

Quien haya tenido la dicha de nacer,  puede y debe agradecer la vida que le han dado, no sólo unos padres concretos (especialmente una madre), sino Aquel a quien puede llamar Padre en sentido superior, como origen del que brotan y donde se sustentan todas las cosas y, de un modo especial, su propio ser, podrá descubrir que la vida es don, gozando de ella y respondiendo ¡Padre

 . La comunidad de seguidores de Jesús es una familia de madres e hijos, sin que pueda hablarse de padres/patriarcas en el sentido antiguo. De manera muy significativa, el texto comienza diciendo que hay que dejar “a la madre y al padre”  (Mc 10, 29),pero después, al hablar de aquello que se “recupera”, el texto ya no habla de “cien padres”, sino sólo de cien madres, hermanos… (10, 30). Ese mismo motivo (ausencia de padre) aparecía en Mc 3, 31-35.

 La nueva familia de Jesús está formada por cien madres, hermanos… sin que se pueda hablar en ese nivel de cien padres: (a) En un sentido sólo Dios puede presentarse como Padre dentro de las comunidades cristianas (cf., en otro contexto, Mt 23, 9). (b) En otro sentido, la figura del “padre” está tan vinculada a un tipo de “patriarcalismo” (en el fondo la familia es como una “propiedad” del padre), que en la comunidad cristiana no puede utilizarse esa figura. Lógicamente, en esa iglesia de madres hallarán lugar de preferencia los niños y pequeños(cf. 9, 33-37; 10, 13-16).  

         Lógicamente, el texto no habla de esposos/esposas, quizá porque el tema está expuesto en otro lugar (cf. Mc 10,1-12), como veremos en el capítulo siguiente, quizá porque el motivo de los esposos no se puede “universalizar” en la línea anterior (no se podría hablar de cien maridos o mujeres como se habla de cien madre/hermanos/hijos…). La familia mesiánica aparece como lugar donde, en un contexto más amplio de amor, los esposos pueden mantenerse unidos de un modo especial (en entrega mutua, como la de Cristo por los hombres; el tema aparece en el fondo de Mc 2, 18-19) y no por exigencia de una ley patriarcal, administrada por varones, de tal forma que a su lado (precisamente a partir de la fidelidad matrimonial) puede multiplicarse la familia con cien madres, hermanos e hijos, con el campo compartido.   

 Multiplicación de la vida en amor, no de un capital independiente de ella. Dar/dejar todo por Jesús o el evangelio no es venderlo y darlo a los de fuera (Mc 10, 17-22), pues los pobres no están fuera, ni los miembros de la comunidad son unos ricos que venden lo que tienen, para seguir a Jesús a solas, sino hermanos que comparten lo que hacen y tienen. Sólo en ese contexto, la entrega de todo por el Reino (como en las alimentaciones: Mc 6, 35-44; 8, 1-11) puede convertirse en multiplicación de de economía (casas, campos) y familia (madres-hijos, hermanos-hermanas), sin capital independiente de la vida. Lo que Jesús quiere no es, por tanto, crear pequeñas islas de bienestar familiar y económico en un mundo, de pobres (con un capital separado), sino transformar la humanidad, desde los pobres, en comunicación gratuita de campos/trabajos y casas/familia[2].

-- Jesús no niega así, sino aumenta-centuplica el valor de la casa/familia y del campo/trabajo, creando espacios abiertos, en los que no existe ya un “padre” superior (que impone su voluntad desde arriba) ni un capital (que es también como ese padre dominador), sino comunidades de tipo materno, fraterno y filial, de trabajo, consumo y afecto. En el fondo de ese gesto (y del compromiso de la Iglesia) no hay por tanto una ascesis (renuncia, rechazo del mundo, quizá en la línea del Bautista), sino una búsqueda más alta de comunión humana y de riqueza, en forma de comunión gratuita de la vida, donde no existe dinero separado de ella (sino sólo como signo y medio de comunicación al servicio del mismo campo y casa compartida).

En este kairos (tiempo) el ciento por uno… y después la vida eterna. En principio Jesús no distinguía entre este tiempo (Reino en el mundo) y Vida eterna, pues ambos planos se hallaban vinculados en un mismo horizonte, con el ciento por uno en este mundo, prometiendo e iniciando un tipo de vida “eterna”, que puede mantenerse por encima de la muerte. Este es el programa radical del Padrenuestro de Mt 6, 10 donde se pide a Dios que se cumpla su voluntad en la tierra como se cumple en el cielo; es un programa de cielo revelado (realizado) en la tierra. Una tradición posterior ha separado esos momentos (ahora, en este mundo, y después, en la vida eterna…), pero en principio ellos estaban y siguen estando implicados.

         Jesús traza así un programa de transformación económico-social, partiendo del imaginario agrario de las aldeas de Galilea, donde vive y anuncia su reino. Frente al programa “capitalista primario de acumulación agraria y mercantil” de los herodianos, servidores de Roma, que concentra la propiedad de los campos en unas pocas manos de propietarios productores, con familias de obreros sometidos a su dictado, bajo el imperio de un dinero separado del despliegue de la vida concreta de los hombres, mujeres y niños, eleva aquí Jesús su programa y camino de recreación agrícola de cien familias que se unen para compartir propiedad, trabajo y comunicación de vida.

         Éste es un programa exigente, y por eso suscita la oposición no sólo de los propietarios más ricos, sino de los mismos “jerarcas religiosos” que vienen de Jerusalén, pues ellos defienden en el fondo un tipo de propiedad sagrada, con el señorío de unos que se imponen sobre otros. Este proyecto de familia abierta, donde se trasciende el “capital” (no hay posesión exclusiva de bienes, todo se comparte) y se supera el patriarcalismo familiar, social y religioso supone una inmensa protesta, un cambio de paradigma en la vida de los hombres y mujeres de Galilea y Palestina. Por eso ha suscitado el rechazo y persecución de la sociedad establecida, empezando por el mismo ambiente familiar de Jesús, donde algunos parientes le condenan. Desde ese fondo podemos afirmar que Jesús fue asesinado por promover este proyecto de comunicación familiar y económica[3].

Apéndice.  Comunión de bienes, dos modelos: Mc 10, 28-31 y Hch 2-4

 Mc 10, 28-31 evoca un proyecto de comunidad vital (familia), de trabajo y bienes, que Marcos ha situado en un momento clave de su evangelio, en el camino de ascenso a Jerusalén, un proyecto que puede y debe distinguirse del que Lucas ofrece en Hch 2-4, cuando habla de la primera comunidad Jerusalén (Pedro y los Doce al principio; Santiago y su grupo más tarde), pues en un caso estamos ante una comunidad de producción y consumo, mientras que en otro ante una de venta y consumo. Así la presenta Lucas

Los creyentes… vendían bienes y posesiones y las repartían según las necesidades de cada uno (Hch 2,45). Y no había entre ellos ningún necesitado, porque los que poseían casas o campos los vendían, y entregaban el dinero a los apóstoles, que daban a cada uno según su necesidad (4, 34). Todos los creyentes vivían en unión y tenían todas las cosas en común, dando a cada uno según su necesidad. Partían el pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón (Hch 2, 44-47).

         El libro de los Hechos describe así una asociación de despedida del mundo y preparación para el fin (que está llegando), una comunidad de venta de los bienes particulares y de consumo comunitario de lo así obtenido, pero no de producción, situándonos así ante una comunidad pasiva más bien pasiva: El tiempo ha terminado, y ya no tiene sentido producir nuevos bienes. Por eso, los creyentes venden sus posesiones (campos), dejan de trabajar y se preparan para el fin, consumiendo en común lo obtenido, hasta que llegue Cristo, en fraternidad hermosa, pero sin futuro en el mundo. A diferencia de eso, el texto de Marcos planifica una comunidad activa, de trabajo y producción, para obtener de esa manera el ciento por uno en bienes y familia, en ese mismo mundo. Por eso, los discípulos no venden ya los inmuebles (casas, campos) para así morir unidos, sino que los trabajan en común, para producir y compartir lo producido, en un contexto de familia ampliada.

         La comunidad de consumo de Hechos ofrece rasgos luminosos, pero olvida la producción y comunión que se logra a través del trabajo y de los hijos (¡especialmente destacados en Mc 10, 28-31!), y desemboca en una situación de pobreza material, como supone Gal 2, 10 y la colecta de Pablo (cf. 1 Cor 16, 1-3; 2 Cor 8-9; Rom 15, 25-27), cuando habla de los pobres de Jerusalén. Marcos, en cambio, propone, un familia de comunión y producción compartida de bienes, que no espera el fin del tiempo (que venga Cristo y resuelva desde fuera los problemas), sino que va creando espacios de vida enriquecida en este mundo (con riqueza del ciento por uno en madres, hermanos e hijos y abundancia de comida), vinculando dos temas centrales:

 (a) Multiplicación/transformación de familia (hermanos, madres, hijos), una “iglesia” de comunicación personal ampliada, abierta al futuro de los cien hijos, superando así un modelo tradicional de familia cerrada en sí misma (el mismo esquema aparece en Mc 3, 21. 31-35). Se trata de crear unos modelos distintos de comunión afectiva y de familia, superando sin duda un tipo de matrimonio monogámico de dominio patriarcal del marido sobre la mujer, de los padres sobre los hijos

(b) Multiplicación/transformación de las riquezas  (casas/campos, cf. 10, 22), en línea de propiedad, trabajo y consumo, no porque llega el Reino que lo resolverá todo, sino para que llegue precisamente el Reino.

En esa línea de Mc 10, 28-31 nos había situado ya Gn 12,1-9, donde se dice que Abrahán lo dejó todo para ponerse en camino hacia la tierra prometida de la humanidad reconciliada, esperando compartir no sólo la herencia de la tierra, sino una familia extensa (¡como las estrellas del cielo: Gen 15, 5!). El nuevo Abrahán que es Cristo profundiza ese modelo y nos ofrece una experiencia radical (centuplicada) de bienes y familia, tierra y pueblo, con un futuro abierto a los hijos, esto es, a la nueva humanidad. De esa forma hace posible el surgimiento y disfrute de unos valores económicos y familiares más altos (que son inseparables), con el ciento por uno de casas/campos, madres, hermanos, hermanas e hijos… (cf. Mc 3,34-35: pues todo el que cumple la voluntad de mi Padre es mi hermano, mi hermana y mi madre).

Ciertamente, para que haya multiplicación/transformacón de bienes y familia ha de haber un tipo fuerte de renuncia (dejar casa y campos en sentido antiguo, como tuvo que hacer Abrahán…). Pero no es renuncia por renunciar, destruyendo lo que hay, sino para transforma y recrear lo que hay, de manera que los mismos bienes (casa, familia, campos) se conviertan en valor más alto, principio de vida eterna, en signo de abundancia ya en este mundo: Con la ayuda de Dios, en desprendimiento generoso, el hombre puede “salvarse” en la tierra, alcanzando el ciento por uno de bienes y familia. Ésta es la más honda y verdadera conversión de la riqueza, pues Jesús no ha venido a sacarnos de este mundo, sino a salvarnos en un mundo abierto al Reino.

 Frente a la dinámica de exclusión y egoísmo del mundo viejo, Jesús ha suscitado un camino de gratuidad que multiplica vida, bienes y familia, sin capital externo (desligado del trabajo, de la casa y campos). Allí donde los hombres inician ese camino su vida se transforma, avanzando por lugares y experiencias de creatividad y gozo sorprendente, de manera que podemos hablar de recuperación o recreación comunitaria de la economía. Los seguidores de Jesús lo dejan todo, en un nivel de gratuidad, pero así lo recuperan más gratuitamente, en clave de multiplicación (cf. Mc 6, 35-44 y 8, 1-8). Ciertamente, es necesario darlo todo, cada uno lo suyo, pero ese don es siembra de generosidad que permite recibirlo y disfrutarlo todo, de un modo más alto, el ciento por uno de grano sembrado, como sabe la parábola central de Mc 4, 3-9[4].

[1] Esa forma de tratar cariñosamente a Dios resulta chocante (¡Dios no es un cariñito, sino una ley), y, por eso, Marcos la cita en arameo, conservando una tradición, que hallamos en varios textos del Nuevo Testamento (cf. Rom 8, 14; Gal 4, 6), aunque en otros casos el mismo Marcos la ha traducido al griego (Patêr: Mc 11, 25; 13, 32; cf. Mt 6, 9.32; Lc 6, 39; 23, 46 etc.). Esta relación de amor referida a Dios (¡Abba!) nos sitúa en los orígenes de la vida, allí donde el ser humano (como niño: cf. 9, 33-37; 10, 13-16) nace del amor. No es una palabra secreta, cuyo sentido deba precisarse con cuidado (como el Yahvé de Ex 3, 14), sino la más simple, aquella que el niño aprende y sabe al principio de su vida, al referirse de manera cariñosa y agradecida al padre/madre, que le han dado aquello que es y tien.

[2] Jesús no crea, según eso, una comunidad-iglesia particular, en medio de un gran mundo de pobres, sino una familia que se abre a todos, desde y con los pobres, una comunidad que no reserva nada para sí (en contra de otras), sino que lo comparte todo hacia dentro (los cien del propio grupo) y hacia fuera (los cien grupos semejantes). Mirada así, la iglesia no es una isla de riqueza y comunión en un mar de pobreza, sino un fermento de transformación de la humanidad, que supera un tipo de posesión y de uso particular/egoísta de riquezas (familiares, sociales, materiales), para compartirlas-disfrutarlas entre (con) todos los hombres y mujeres, en un plano más alto de comunicación.

[3] El cristiano supera así una economía egoísta, al servicio de sí misma (o de su pequeña familia), para crear espacios de vida compartida, en familia, trabajo y consumo, en línea de gratuidad laboral y multiplicación (con cien madres, hermanos…). Los que siguen a Jesús abandonan un modelo de vida social representada en aquel momento por el Imperio de Roma y el Templo de Jerusalén, con su dinero, porque han encontrado otro superior, definido por el Reino, donde ya no tiene sentido hablar ya de judíos y no judíos, de hombres y mujeres separados, pues desaparece la figura del padre dominador (representante de un tipo de estructura familiar y social patriarcalista) y surge así la nueva familia de hermanos-hermanas, madres-hijos, como ideal de más alta riqueza (del ciento por uno

[4] La nueva comunión o iglesia mesiánica (cien madres/hijos, hermanos/as) es principio de trabajo productivo y casa grande (espacio de familia: cien hermanos, madres, hijos) de todos los creyentes, siendo así expresión privilegiada de la economía cristiana. Dentro de ella, los hombres pierden poder patriarcal (¡el ciento por uno no incluye ya padres!), pero ganan humanidad mesiánica, integrados en el ámbito ampliado de relaciones horizontales (hermanos) y verticales (madres/hijos). En ese contexto, la fidelidad dual de los esposos (cf. 10, 1-12) recibe su sentido más hondo en el conjunto de los cien familiares de la Iglesia. En esa línea, el mismo desprendimiento radical de las riquezas, que han de ser ofrecidas a los pobres, se vuelve principio de comunicación. Sólo allí donde los miembros de la comunidad ofrecen hacia fuera (hacia los pobres) lo que tienen pueden compartirlo al interior del grupo, recibiendo el ciento por uno de aquello que han dado, pues la pobreza (vivida como gratuidad) es principio de más alta riqueza.

Firma del Papa

También te puede interesar

Lo último

Reflexión de un refugiado nicaragüense en España

Ante la visita del Papa León: recuperar conciencias