Hazte socio/a
Última hora:
Operación al Papa

Iglesia y dinero: DNP (no posesivo), DNI (no imperial), DNTC (no tecnocapitalista), sino DCV (de comunicación de vida en amor (Jn 13, 34):

Presenté hace dos días el evangelio de Jesús y el dinero del César (Mc 12, 13-17). Jesús no llevaba no quiso un dinero, que formaba parte del gobierno del César imperial y dijo a la gente que le tentaba y seguía que devolviera el denario al César, que él y los suyos no lo necesitaban, que inventaran un tipo de vida de trabajo y comunicación de amor sin dinero. Y así subióa Jerusalén sin un denario ni una espada y lógicamente le mataron, porque un hombre que no tiene un denario, pero tiene un ideal es peligrosísimo.

          Al morir Jesús en cruz la mayoría de sus discípulos se olvidaron de la doctrina y mandato de Jesús (devolverle al Cesar, al gobierno, todo el dinero, y empezaron a manejar dinero, conforme a una historia que he escrito en Dios y el dinero, Sal Terrae, Santander 2023 . Desde entonces la iglesia de Jesús ha manejado más o menos dinero para “necesidades” u obras de dinero.

          No voy a entrar hoy en eso…, sino decir sólo que ese dinero de iglesia no puede ser posesión sino de comunicación, de gobierno sino de servicio, de gratuidad y no de tecno-capitalismo, como el que está empezando a dominar sobre la tierra (por encima de estados es iglesias) en este segundo cuarto de siglo del XXI. Sobre ese tema quiero ofrecer unas sencillas reflexiones, que pienso justificar en días siguientes.

Crisis de humanidad. La problemática actual de la economía en general y de la Iglesia en particular no es una crisis de gobierno, ni de sistema capitalista en cuanto tal, sino de humanidad. La raíz del problema no es la organización económica objetiva (en un plano pol´tico) sino el sentido y tarea de la vida de aquellos que han creado y que gestionan el modelo actual de economía capitalista, al servicio del dinero interpretado como Mammón, al que los hombres sirven

          Es lo que quiso hacer Jesús,  que no fue un economista, en el sentido técnico del término, ni un político en busca de poder, sino un profeta del Reino, que inició un camino de transformación humana, en línea de presencia y acción de Dios, es decir, de comunicación de vida entre todos los hombres y mujeres del mundo Su mensaje no fue, pues, económico en sentido particular, pero él inició la mayor transformación económica de la humanidad, una serie de cambios que no han culminado todavía, como iré indicando en lo que sigue.

          Ni Buda ni Mahoma (por citar dos personajes claves de la historia religiosa de la humanidad) trazaron un proyecto económico de fondo, en línea de gratuidad liberadora, sino que situaron su propuesta en otro plano de liberación interior o de sumisión radical al poder  divino, representado en la tierra por sus ministros.

Sólo Jesús, que yo sepa, quiso y supo formular una propuesta transfrmaci´n humana por amor, diciendo: Amaos unos a otros como os he amado, os he cuidado y curado, he compartido con vosotros los panes y peces en el desierto, os he lavado los pies para la cena (Jn 13).

A partir de ella he querido situar las reflexiones anteriores, en esa línea quiero evocar ahora algunas de las consecuencias de su proyecto, desde la perspectiva de la iglesia y de la sociedad a comienzos del siglo XXI, teniendo especialmente en cuenta la sociedad occidental en que muchos de nosotros vivimos 

    La Iglesia en cuanto tal no es una institución fundada en el dinero, ni centrada en un tipo de organización social, en línea de jerarquía, pero, de un modo que parece hasta lógico. Por otra parte,  por imperativo del mismo orden social en que ha querido entrar (rl gobierno romano), un tipo de Iglesia se ha estructurada parcialmente en forma jerarquía, utilizando para ello mucho poder y dinero al servicio de los pobres (es decir, de la evangelización y del amor mutuo), pero corriendo el riesgo de quedar “envuelta” en las redes del poder y del dinero, especialmente desde al año 1000 dC. hasta la actualidad

          Los cristianos han sabido siempre que la vida verdadera está tejida de amor y gratuidad (de unión con Dios en Cristo y amor activo a los demás seres humanos), y han tenido la certeza de que el valor primordial de su existencia es la fe gratuita y la entrega de amor al servicio de los otros, no el dinero de las instituciones ni el poder de ls gobiernos eclesiásticos y civiles. 

Pero ahora, a comienzos del siglo XXI los gobiernos pierden mucho poder y la iglesia casi todo… de forma que la humanidad está cayendo bajo el dinero-poder “virtual” pero eficacísimo del tecno-capitalismo, de forma que muchos piensan que los gobiernos casi sobran y que las iglesias se convierten en sectas privadas o terminan destruidas por el gran tornado del tecno.capitalismo de la I que mucho le preocupa al Papa León XV.

          Eso que, en algún sentido, pudiéramos presentar como la “toma de poder económico y social” de la Iglesia había tenido un valor, como expresión del “valor temporal” de la fe, pero ha tenido y tiene sus peligros, pues en algún momento, el dinero y el poder han podido convertirse, para ella, en un tipo fin en sí mismos, más que en medios para ayuda de todos, y en especial de los pobres. Es lógico que la Iglesia, en este momento de gran transición hacia un orden evangélico y social distinto, que no acabamos de formular todavía, tenga que plantearse con toda seriedad el tema del dinero, en la línea de las reflexiones  que suelo poner en mi blog y FB

          3. Iglesia rica y poderosa. Una visión dominante de la Iglesia, que se ha servicio del poder y del dinero para evangelizar, ha sido normal dentro de una cultura que sacralizaba el "buen poder" (que viene de Dios) y que utilizaba el dinero desde arriba (desde la jerarquía), convirtiéndolo a veces en signo de la propia autoridad y señorío de institución cristiana, interpretada como signo y presencia de la autoridad de Cristo sobre el mundo (especialmente sobre los “fieles” cristianos), en alianza con otros poderes del mundo (especialmente el poder político, entendido también de un modo sacral).

Esa visión ha permitido que el cristianismo se extienda como religión y cultura poderosa de occidente en espacios y pueblos que parecían menos "desarrollados" (en sentido técnico), favoreciendo así la "conversión" de los grupos humanos del entorno de occidente y la misión posterior  en otros contextos de América, Asia y África. Pero el tiempo de simbiosis del cristianismo con un tipo poder y de dinero, propios del mundo occidental, ha terminado o está terminando, de forma que, en muchos lugares, el cristianismo ha entrado en un proceso de rupturas institucionales, vinculadas con el cambio cultural, pero también con la forma de entender y emplear el dinero.

  Evangelio, experiencia y poder de gratuidad. Así lo había dicho Pablo, al afirmar que Dios ha superado la ley en Jesucristo; así lo ratifica el Sermón de la Montaña, al pedir que no juzguemos, que amemos a los otros como son, y que busquemos su bien, dando la vida por ellos; así lo muestra Jesús en su vida. Pues bien, a pesar de esos principios, y de todo lo indicado a lo largo de los temas de este libro, en algunos momentos, los cristianos han construido un tipo de cristianismo como religión impositiva, del poder y del dinero. 

El evangelio decía que amemos a los enemigos, es decir, a los distintos, pidiendo por ellos y ofreciéndoles aquello que tenemos, para que así puedan vivir a su manera, como diferentes (siendo judíos o musulmanes, hindúes, budistas o ateos). El evangelio ha pedido que la iglesia sea pobre y de servicio. Pero veces, dentro de ella, nos hemos podido sentido dueños de la verdad y poderosos, y hemos querido exigir a los que sean como nosotros digamos (y no como ellos quieren).

          Ciertamente, decimos que todo es don de Dios, y todo es gracia, de forma que no se puede evangelizar (extender el evangelio) con dinero, pues ello iría en contra del proyecto y mensaje de Jesús. Pero a veces hemos entendido las instituciones de la iglesia como un código de seguridad de salvación (para la vida eterna), organizando en esa línea la vida cristiana, a base de autoridad espiritual y de dinero (con el sometimiento de las masas a un tipo de jerarquía más alta).

La Iglesia ha dicho siempre que la gracia es principio de comunión universal de vida y bienes, pero luego muchos hemos actuado en ella como si no confiáramos en ella, ni en la bondad de las personas (que son signo de Dios), queriendo asegurar las obras cristianas a base de dinero, creando para ello instituciones que pueden terminar siendo “ricas” para sí mismas, no para enriquecer a otros y para crear más libertad e igualdad en el mundo.

.Un modelo imperial. Jesús no ha querido establecer una estructura económica rica, ni una iglesia poderosa, al lado o por encima de otras estructuras sociales, sino un movimiento de reino, que es fermento de vida y esperanza, que se abre, desde la pobreza entendida en forma de servicio, a todos los pueblos de la tierra. Es evidente que, para mantenerse y perdurar, el movimiento de Jesús ha debido estructurarse, creando comunidades (iglesias) capaces de perdurar, con instituciones o ministerios de autoridad entendida como servicio a los demás, que debían ser transparentes, para que exprese y expanda por ellas la verdad y gratuidad del evangelio.

Pero a veces la iglesia se ha establecido y organizado a ejemplo de imperio romano (más que de evangelio), convirtiéndose en sistema de poder y dinero junto al estado (y a veces incluso en contra o por encima del estado). Pues bien, ese tiempo de poder económico de la cristiandad está acabando y la Iglesia ha de tornar a lo que debía haber sido: autoridad y comunión gratuita (de tipo afectivo, gozoso, liberado, al servicio de los pobres.

 Por eso, ella debe renunciar a sus ventajas económicos, no para resguardarse en la pura intimidad (una sacristía privada), sino para actuar y expresarse más abiertamente, superando el mimetismo del poder económico y civil, judicial y militar, actuando como institución económica de “gratuidad”, al servicio de la liberación de todos, con dinero para liberar a los más pobres, no para establecerse a sí misma.

          Una iglesia visible. No defendemos una Iglesia inactiva, sino todo lo contrario, una iglesia bien visible, pero no como Castillo de Poder, ni Banco de Dinero, sino como fermento de vida, presente en los caminos de la historia, no en línea de supremacía, ni de riqueza propia, sino de animación creyente y de comunión social (económica, afectica, de maduración…), no como estructura sacral objetivada, sino como unión gratuita de amor abierta a todos, como espacio o compañía de hermanos que confían entre sí y animan y ayudan a otros, en gesto de desprendimiento creador.

          Pues bien, en contra de eso, ella ha dado a veces la impresión de que tiene miedo: no ha querido perder lo que pensaba que tenía (o debía tener) en línea de bienes y de privilegios (económicos y jurídicos, sacrales, culturales....) y, diciendo sirve a los pobres, en realidad ha querido servirse y mantenerse a sí misma. Por eso, es normal que haya un divorcio cada vez mayor entre cierto tipo de poder eclesial (de eso que pudiéramos llamar el “aparato”) y el conjunto de los fieles que pueden y quieren creer en Jesús.

          Posiblemente está terminando un ciclo histórico, de forma que nos hallamos ante la ante-última generación de una iglesia “clerical” de poder y de dinero propio, pues va a llegar (está llegando) una generación nueva de cristianos comprometidos, liberados para un tipo de ministerios de evangelio que no sea “clericales”, ni se expresen en forma de dinero sacralizado, sino de dinero hecho signo de desprendimiento total y de servicio a los demás, en la línea de Mt 25, 31-46: Dar de comer y beber, acoger y vestir, cuidar y acompañar. 

            Rica para sí. En esa línea, el tema y peligro no es que la iglesia sea rica en dinero (si ello fuera para bien de los pobres), sino que termine siendo rica para sí misma, sin poner su “autoridad” personal y su dinero al servicio del “ciento por uno del evangelio”, de un ciento por uno en línea de desprendimiento y gratuidad, dejándolo todo a fin de darlo y compartirlo, para bien de todos (y en especial de los más pobres, en sentido humano y económico). Se ha dicho y se dice que eso es imposible, que la iglesia (como todas las instituciones sociales de prestigio) se mantiene por sus jerarquías de poder, por el dinero que ella tiene y gasta para sí misma, para el prestigio de sus instituciones y ministros...

Pues bien, en contra de eso, la iglesia ha de mostrar que ella actúa de un modo distinto, que puede instituirse a modo de comunión personal, con unas estructuras que no sean de poder económico al servicio de sí misma, sino de entrega y comunión total, al servicio de los valores del evangelio: ¡que los ciegos vean, que los cojos antes, que los pobres reciban la buena noticia!. No estoy defendiendo un angelismo, ni tampoco un pauperismo. Jesús creó grupos de comunión (comunicación) económica, al servicio de los enfermos e impuros. Pablo organizó una misión eficiente, contando para ello con bienes económicos. Pero ni Jesús ni Pablo quisieron el dinero para “gloria” de la propia iglesia, sino para “gloria de Dios”, es decir, para el despliegue de la gratuidad, de la esperanza compartida.  

    1. Misioneros del Reino, dinero de humanidad. Los funcionarios del sistema económico imperante imponen su dominio diciéndose imparciales según ley (ofreciendo un espacio de libertad formal que es para todos, pero que la aprovechan para sí los ricos…). De esa forma, ellos se han vuelto parciales de hecho, a favor del sistema y/o sus jerarcas, excluyendo a los pequeños o inútiles fuera del campo de sus beneficios. En contra de eso, la palabra y misión de los enviados de Cristo ha de ser palabra y acción de gratuidad. Lo que importa no es que crezca el sistema (que haya más dinero, para mayor gloria de Mammón, el Capital-Mercado mundial), sino que los bienes del mundo puedan abrirse y se abran de un modo especial, a los excluidos y pequeños (en educación, en libertad, incluso en dinero).

          En ese sentido, la Iglesia ha de superar los esquemas jerárquicos del sistema económico de la actualidad, que es el capitalismo, pero ha de hacerlo buscando siempre la justicia y rechazando las formas de organización de un dinero que convierte a los hombres en siervos de Mammón, cuyo dinero divide y somete a los hombres conforme a unos principios económicos de dominio, excluyendo (¡descartando!) a los que parecen inservibles y a los pobres.

 Pues bien, en contra de eso, sólo un dinero al servicio de la gratuidad vincula a los hombres de manera generosa, superando la ley del mercado (cf. Mt 7, 1); sólo un dinero al servicio de la “redención” de los cautivos y oprimidos (como en los redentores mercedarios o trinitarios del siglo XIII) puede convertirse en principio de liberación. Éste es el tema, la conversión evangélica del dinero.

Ministros de gratuidad, la comunión del evangelio. Ciertamente los ministros de la Iglesia tienen otras funciones (en especial la de anunciar al Evangelio y la de celebrar los sacramentos de la vida: Bautismo, Eucaristía…), pero, al mismo tiempo, ellos deben animar la vida de unas comunidades concretas de creyentes que comparten palabra y amor (eucaristía), en diálogo de transparencia, donde los problemas se expresan y resuelven hablando, y donde los bienes de la comunidad han de ponerse al servicio de los más necesitados. En ese sentido, los ministros de la iglesia han de ser testigos del mensaje y de la vida de Jesús, siendo portadores del amor comunitario y servidores de los más pobres.

   –  El sistema capitalista tiende a crear estructuras de poder impersonal, resolviendo sus problemas, en línea de producción y administración dominadora. Así puede manejar a sus miembros, fabricando ideologías que sirven para ocultar la verdad y oprimir de manera sistemática a muchos, aunque puede ayudar y ayuda a sus privilegiados, sobre todo en occidente donde ha suscitado y ofrece mejores condiciones de vida: trabajo más fácil, bienes de consumo, tiempo libre para el diálogo (pero excluyendo a la mayoría de los pobres).

   – En contra de eso, la iglesia ha de crear comunidades de comunicación personal directa, y de ayuda (comunión) económica y social, abierta a los más pobres. Ella no es sistema de dinero, ni organización de burocracia para aportar simplemente servicios espirituales a quienes los pidan, sino comunión directa de personas que escuchan la voz de Dios y dialogan (se ayudan, comparten vida y bienes) sin más finalidad que vivir humanamente, en amor y contemplación del misterio de la vida. Por eso, sus estructuras están al servicio de la comunión personal. Eso significa que ella ha de crear espacios donde los creyentes, animados por la gracia y el perdón de Cristo, puedan compartir la acción y pasión de la vida, dialogando desde la Palabra de Jesús (que es de todos, no de algunos), en comunicación encarnada (compartiendo los bienes, celebrando el misterio de Dios: eucaristía). 

  Nueva reforma. Dicen algunos que es preciso re-fundar la iglesia: volver al principio y así edificar al fin aquello que quiso Cristo. Pero más que de una refundación podemos y debemos hablar de una auténtica-reforma, que recoja elemento de la tradición protestante y riqueza católica del siglo XVI (con Ignacio de Loyola y Juan de la Cruz, por poner dos ejemplos). En esa línea, decimos que la Iglesia se encuentra ya fundada en Cristo, sobre el testimonio de fe de Pedro y Pablo, del Discípulo Amado y de Mateo, con los otros testigos cuya voz ha sido recogida en la Escritura: pero ella puede y debe reformarse para expresar mejor la obra de Cristo y sus primeros seguidores, y en esa línea he de insistir enla urgencia de una transformación económica (de una conversión del dinero).

   – El sistema económico dice que puede crear un tipo de progreso y de igualdad económica a través de medios económicos. En esa perspectiva se movieron a lo largo del siglo XX el capitalismo y comunismo, como esquemas distintos de racionalización económica y social. Por su versatilidad (y su mayor atención al deseo de dinero de los privilegiados, y a cierto tipo de libertad formal) ha triunfado el sistema capitalista, imponiendo en el mundo su modelo neo-liberal, de manera que en la actualidad  "el dinero del César..." (Mc 12, 17) se ha convertido en el dinero del capital y del mercado universales, por encima de estados y pueblos.

Ahora, segundo cuarto del siglo XXI, está triunfando un tipo de tecno-capitalismo, al servicio del dinero “virtual”, propio de la IA sin alma

 Bien administrado, ese dinero del Capital-Mammón puede ofrecer muchas cosas a los hombres y mujeres, como sabía el Diablo de las tentaciones (Mt 4 y Lc 4); pero es incapaz de suscitar gratuidad y amor, donación y entrega personal, auténtico servicio a los más pobres.

   – La iglesia ha de abrir espacios de gratuidad y comunión por encima del sistema del tecno-capitalismo actual Ella ha descubierto en Jesús la libertad del amor gratuito: sabe que la vida es regalo, que Dios es principio de gozo que rompe y desborda la ley egoísta de Mammón. Por eso, desea animar a cada hombre y mujer, para que tengan la audacia de vivir en plenitud interior y en autonomía: quiere ser principio de comunicación universal, pero no a nivel de puros intercambios económicos impuestos, sino de encuentro y comunión personal, sin imposición de unos sobre otros, ni ley opresora ni mercado económico.

          4. Iglesia, buena noticia para los pobres. Se dice que un tipo de iglesia ha podido caer en la trampa de la planificación y el mercado, aplicando formas de organización más propias de un tipo de sistema económico-político, con inversiones económicas que se deben rentabilizar en resultados bien cuantificables. Gracias a Dios, la fascinación por los resultados “visibles” (en línea de números y ganancias “espirituales”) no siempre ha dado frutos. Dicen que se ha invertido mucho y se ha recogido poco. Se han creado instituciones de acción y educación, de misiones y servicios sociales (con seminarios y universidades, colegios y hospitales), para descubrir, al final, que muchas de ellas parecen haber fracasado o terminan perdiendo su sentido “cristiano” de gratuidad evangélica.

          En esa línea, algunos se lamentan y hablan de una descristianización de occidente. Pero quizá es bueno que haya sido así, pues a veces no se ha “invertido” en gratuidad (en ayuda real a los más pobres), sino en (con) técnicas de sistema o mercado. Ciertamente, la gran mayoría de las personas de la administración eclesial han sido y son ejemplo de honradez y entrega. Pero el sistema de cierta iglesia ha podido convertirse a veces en mercado de inversiones y seguridades económicas,  al servicio de un “dios” que se parece más a Mammón que al Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Por eso, es lógico que se tipo inversión haya fallado, desde una perspectiva de evangelio. Y así vemos que una parte de los antiguos creyentes del siglo XIX y XX estén dejando la estructura eclesial (no el evangelio) en el siglo XXI. Por eso debemos distinguir dos planos:

− En un plano, el dinero se debe racionalizar y organizar en forma de sistema (mercado); y en ese plano son necesarios los planes y organizaciones, una burocracia mundial encargada de programar y optimizar los resultados, en línea de producción, distribución y consumo, para bien de todos (no de una clase privilegiada, como sucede ahora).

− La iglesia, en cambio, no es lugar de mercaderes, sino hogar y vía de comunicación gratuita, de perdón entrega mutua, en el cara a cara de las relaciones cercanas, en el mano a mano del diálogo creyente. Ella expresa la experiencia del regalo divino que recibe y acoge en gratuidad, para compartirlo, por encima de toda imposición o programa legal. Por eso,sus ministerios y tareas desbordan el nivel de cálculo y mercado: no pueden medirse como la inversión y ganancia de dinero, y en esa línea se ha podido hablar de cierto fracaso económico de la Iglesia.

Cierta sensación de fracaso. Esa sensación (ese posible fallo) nos invita a insistir en su verdad más honda de la Iglesia, según el evangelio, en un plano de gracia y comunión personal, pues sólo así reciben su sentido los signos de Jesús (oración contemplativa y comunicación de fe, bautismo y perdón, comunión de bienes y eucaristía, servicio a los más pobres y gratuidad...). Lógicamente, estos signos de evangelio (contemplación y comunión con los más pobres) no se pueden realizar por sistema o encargo, sino que han de vivirse en apertura hacia el misterio, en encuentro personal, libre y creador, entre los hombres.

          Por eso, la Iglesia ha de “invertir” su “personal” y su dinero al servicio de la gratuidad y de la redención humana. Ella no puede planificar susexperiencias y su vida en forma de mercado, buscando rentabilidad programada y dejando su gestión para un tipo de ministros entendidos como administradores políticos o sociales del sistema. Ella no es una sociedad de rentabilidad económica, sino una comunión de personas, por encima de todos los sistemas político-sociales, de fondo económico.Un tipo de Iglesia que sólo busca la rentabilidad de sus obras puede resolver a veces algunas cuestiones y problemas, en clave económica y social, pero nos deja vacíos (sin hondura y sin respuesta) ante los grandes misterios de la vida (gratuidad y amor, libertad y sentido, comunicación personal y esperanza tras la muerte...).  

En un mundo esencialmente laico.  Frente a los recuerdos de un régimen de cristiandad, en que la iglesia ejercía funciones globales de tipo sagrado (en alianza con reyes y príncipes que se tomaban también como representantes de Dios), debemos asumir gozosamente la separación de niveles: La estructura básica del sistema socio-económico (político)se sitúa en un plano de relaciones burocráticas de oferta y demanda, de mercado, en el que no puede hablarse de Dios ni de bienes sobrenaturales. Pero la iglesia sólo puede y deber ser significativa en un plano, de vida, en un nivel de gratuidad de apertura universal, de ayuda a los más pobres, de esperanza de vida eterna.

   --El sistema económico-social funciona sin Dios y en el fondo contra Dios, es decir, contra el Dios de la gratuidad, de la kénosis de Flp 2. El nacional-cristianismo ha terminado: el sistema mundial de economía y burocracia, no es cristiano (ni demoníaco), sino construcción de la racionalidad humana, que programa y realiza acciones productoras e intercambios sociales.

    --La Iglesia pertenece al mundo de la gracia no al sistema del dinero. Por eso, tiene otro principio (el don de Dios en Cristo), otras formas de comunicación (cara a cara de amor, cercan personal y libertad) y una meta propia (Reino de Dios, Vida eterna). Ciertamente, ella no ocupa todo el campo de la experiencia superior humana, donde han influido y siguen influyendo otras experiencias de humanización y gratuidad, otras visiones religiosas y morales, de manera que no puede imponer su postura en un plano social. Pero ella tiene una palabra que ofrecer, una experiencia que compartir y lo hace de un modo gozoso, agradecido, ofreciendo su experiencia a todos los humanos. No se opone directamente al sistema: no lo combate con armas, con campañas políticas o dinero; ni siquiera lo demoniza y condena sin más (como hacía el Ap), pero introduce dentro (por encima, e incluso en contra) del sistema un germen de gratuidad y comunicación humana, al servicio de la comunicación de amor entre todas las personas y de ayuda a los más pobres (seguirá)

Estatua de San Pablo en el Vaticano

También te puede interesar

Lo último