Jésus mon amour

Eucaristía, carne de Dios
Eucaristía, carne de Dios

Tras haber dejado a Juan, para anunciar, provocar e iniciar el Reino de Dios, no se ocupó de sí mismo, sino de los pobres, excluidos, enfermos y hambrientos de su entorno galileo. Probablemente, se consideraba nazoreo, descendiente de David, pero eso no le daba superioridad, sino que le hacía ponerse al servicio de los demás, especialmente de los pobres y marginados (sin familia), a quienes anunciaba y ofrecía el Reino. En este contexto se entiende su misión en Israel y en el mundo.

Invocó a Dios Padre, y, como verdadero israelita, se consideró su hijo, pero eso no le distanció ni separó, sino que le unió con aquellos que querían caminar a su lado. Vivió para los demás, como hijo de Dios, siendo hermano y amigo de los carentes de familia, de forma que tras su muerte en cruz «aquellos que antes le habían amado, no dejaron de hacerlo…» (Josefo, Ant. XVIII, 63-64). Su condición de célibe, no fue rechazo ascético del matrimonio, sino una forma de ser y vivir en libertad para el Reino, en amor y en servicio de vida para crear fraternidad abierta, a partir de los marginados.

 1. Parece que fue célibe. La tradición israelita suponía que tanto el varón como la mujer debían casarse y tener hijos, pero ya Sab 3, 13‒4, 6 había incluido una alabanza al eunuco y a la /estéril, por “destino” de naturaleza o por fidelidad a Dios (cf. Is 56, 3-5). En esa línea, algunos movimientos judíos de origen helenista y palestino (terapeutas y esenios), habrían podido aceptar e incluso apoyar un celibato, pero sólo vinculado  a motivos de pureza y cercanía escatológica.

Pero Jesús no fue célibe en esa línea, por espiritualismo (huída del mundo), ni para cultivar una “virtud” en teoría auperior como varón liberado para Dios “valores”, sino para identificarse con los pobres, en especial con aquellos que no podían crear familia estable según ley, pues carecían de medios materiales, sociales o personales que les permitieran casarse (=tener casa). En principio pudo haber estado casado antes de ser discípulo del Bautista, pero la tradición no ha conservado recuerdo de ello, en un contexto donde su matrimonio no hubiera creado dificultades para la Iglesia posterior, que las tuvo al saber que la madre y hermanos de Jesús habían querido casarle. 

Un texto de tradición antigua (Mc 6, 4) le presenta como artesano (tektôn), pero ignoramos su condición familiar, y el conjunto del Nuevo Testamento (cuidadoso en situar a su madre y hermanos en la Iglesia) no ha transmitido ninguna memoria de su mujer y sus hijos, como hubiera hecho de haberlos tenido. Un pasaje muy significativo parece presentarle como “eunuco por el Reino” (Mt 19, 12), en un contexto donde esa palabra tiene un matiz peyorativo.

 Eso, y su modo de vida, indican a, mi entender, que era célibe, no por opción espiritual (intimista), sino por comunión con miles de personas que no podían mantener (fundar) un tipo de familia patriarcal  y porque buscó otro tipo de comunicación donde cupieran excluidos, solitarios, enfermos, y de un modo especial “eunucos” y prostitutas. Su celibato no se entiende, ni tiene importancia, como aislado (¡los evangelios ni lo mencionan!), sino por la forma concreta en que Jesús debió vivirlo, como expansión y consecuencia de su opción de Reino.

No fue célibe por condena de los lazos familiares (o del sexo), sino por un tipo de libertad al servicio de los pobres. No lo fue para liberarse de la carne, ni de las ataduras que supone un tipo de familia, sino po unión con personas despreciadas de su tiempo, que no podían mantener una relación de vida estable, socialmente reconocida como indica su respuesta sobre los eunucos por nacimiento y castración social (cf. Mt 19, 12). 

2. Con los marginados sexuales. No fue célibe por alejamiento espiritual y pureza,sino por una experiencia profunda de vida y palabra (comunicación), que le permitió descubrir y suscitar una forma distinta de familia, superando el orden patriarcal, para convivir con hombres y mujeres de otros estratos sociales y afectivos, sin capacidad de “construir” casas/familas de tipo tradicional. Su manera de ser le vinculaba con aquellos con quienes nadie quería vincularse abriendo formas distintas de relación (comunidad y Reino), con varones y mujeres que carecían de familia o habían sido expulsados de ella. Sólo así pudo crear un tipo intenso de solidaridad y comunión (cf. Lc 8, 1-3; Mc 15, 40-41) desde la palabra entera de la vida, pues Dios es palabra y la palabra de Dios encarnada es mesianismo (Jn 1, 12-14).

No aceptó la función patriarcal de “padre de familia”, ni los esquemas de relación jerárquica, propios de su entorno, y de esa forma pudo proclamar su mensaje rodeado de varones y mujeres de diversos estratos, sin miedo a mantener con ellos/ellas unas relaciones que le permitieron mostrar una apertura real a los niños y expulsados de la sociedad establecida (cf. Mc 9, 10-13 par.). No sabemos lo que habría hecho si su proyecto hubiera triunfado de otra forma, en Galilea o en Jerusalén, en un sentido histórico y social, si entonces se hubiera casado, y debemos evitar las especulaciones. Pero sabemos lo que hizo, abriendo, con su vida, nuevas formas de vida de familia.

‒Trató con varones y mujeres dentro y fuera de su pequeño grupo: amó al rico que estaba dispuesto a seguirle (Mc 10, 21) y acogió al centurión que, al parecer, mantenía una relación homoerótica con su siervo (cf. Mt 8, 5-13; Lc 7, 1-10) y se fijo de manera especial en el “aguador” (Mc 14, 13) del cántaro, posiblemente “afeminado” que condujo a sus discípulos a la sale del banquete de pascua (última cena). El joven que le seguía y que escapó desnudo del Huerto donde le arrestaron (Mc 14, 51-52) puede ser una figura simbólica del mismo Jesús o de los creyentes, pero incluye rasgos que se sitúan (nos sitúan) en un plano abierto a diversas interpretaciones de intimidad y amor no genital entre varones y mujeres.

‒Amó a sus los discípulos, con rasgos de fuerte intimidad dramática (cf. Mc 4, 10-12). En ese contexto es significativo (luminoso y perturbador) el modo en que Jn 13, 21-26; 19, 26: 20, 22; 21, 7. 20 ha planteado su relación afectiva con “un discípulo al que amaba”. Sin duda, esa relación ha de entenderse en un contexto simbólico donde la la relacón del maestro/iniciador con sus discípulos solía aparecer marcado con tintes afectivos. Pero esa forma de presentarle dentro de la tradición cristiana hubiera sido imposible si Jesús no hubiera mantenido un trato de amor con sus discípulos (cf. Flavio Josefo, Ant XVIII, 63-64).

‒Se relacionó de un modo especial con mujeres que formaban parte de su grupo. Jn 11, 5 afirma que “amaba” a Marta y a su hermano Lázaro, y Lc 10, 38-39 supone que amaba de un modo especial a una María, hermana de Marta, que escuchaba su palabra. Las relaciones de Jesús con María Magdalena, en línea de matrimonio “formal” han sido objeto de especulaciones sin base, pero es evidente que en el fondo de ellas se conserva el recuerdo de una amistad especial, que la tradición no ha podido (ni querido) borrar, insistiendo en que Magdalena, con otras dos “márías” (entre las que puede estar la madre de Jesús) mantuvo su fidelidad de amor por Jesús hasta su muerte, de forma que sólo por ella, por ellas (las tres mujeres) puxo iniciarse la experiencia pascual de la iglesia, como “familia” de Jesús. Por esos y otros datos sabemos que no ha sido célibe por odio (o miedo) a mujeres y sino para establecer con ellas una relación de, intimidad y diálogo que era infrecuentes en un contexto patriarcal[1].

En ese fondo se sitúa el tema de su orientación afectiva. No fue machista (defensor del poder patriarcal) en un sentido ordinario, como lo avala su oposición al poder masculino en el divorcio (Mc 10, 1-7) y su manera de referirse a los “eunucos”, solidarizándose con ellos (Mt 19, 10-12). Su condición afectiva ha de entenderse más bien como potenciación familiar, no desde arriba, de un modo impositivo, sino por solidaridad con aquellos que vivían en los márgenes de la sociedad establecida.

 No quiso recrear una sociedad patriarcal, con superioridad de varones (padres), sino una comunicacion mesiánico, que no es signo de carencia o debilidad, sino principio de abundancia y vinculación con los pobres económico/sociales, abriendo para y con ellos un camino de esperanza y resurrección, «como ángeles del cielo», en libertad de amor (Mc 12, 15).

Pero, dicho esto, resulta difícil precisar mejor los rasgos concretos de su forma de. Los más fantasiosos han hablado de sus relaciones con Magdalena o con otras personas de su entorno, Otros afirman que, si le hubieran creído y seguido en libertad  él podría haberse retirado para casarse y crear un tipo de matrimonio ideal (de Reino)… Pero eso no va iba en la línea de su movimiento, ni puede apoyarse en las fuentes conservadas. Lo único cierto es que en el tiempo de su ministerio, desde su misión al lado de Juan Bautista pasando por su mensaje en Galilea, hasta su muerte se comportó como célibe, no en/por soledad, sino en comunión intensa con un grupo de compañeros/amigos, al servicio de un reino/comunidad que se abre a las personas victimizada y a los excluidos de las familias dominantes de su entorno. 

Por opción, no obligación. Algunos investigadores han supuesto que, si Pablo hubiera sabido que Jesús fue célibe, hubiera citado ese dato para defender su “visión sobre el matrimonio” en 1 Cor 7 y que, al no hacerlo, se puede suponer que a su juicio Jesús estuvo casado. Pero ese argumento no prueba, pues Pablo apenas apela a Jesús para defender su opción vitaln. Ciertamente, En sentido dogmático cristiano, Jesús podría haber sido Hijo de Dios y Redentor estando casado, con mujer e hijos, dentro de una familia legalmente establecida, pues la tradición cristiana ha sido cuidadosa en mantener la memoria de sus familiares (cf. Mc 3, 20.31-35; 6, 1-6), que recibieron en Jerusalén el título honorífico de «hermanos del Señor», que les reconoce el mismo Pablo (cf. Gal 1, 19; 1 Cor 9, 5).      Por otra parte, María, su madre, aparece como Gebîra o Madre del Señor (Lc 1, 43), un titulo significativo (vinculado al matrimonio y a la maternidad) en el antiguo contexto semita. Por otra parte, en esa línea, su esposa y sus hijos, de haberlos tenido, hubieran cumplido una función importante en la Iglesia.

 A diferencia del Bautista. Parece que Juan, su maestro, había sido célibe por “limitación” de tiempo (¿cómo crear una familia si este mundo acaba?), y así puede haberlo sido el mismo Pablo (cf. 1 Cor 7, 29-31). En contra de eso, Jesús no ha sido célibe porque el tiempo acaba, sino por todo lo contrario porque empieza un tiempo distinto de Reino, abierto a nuevas formas de amor y familia, en las que se incluyen los eunucos. No rechazó el matrimonio por ascesis, sino por fidelidad de Reino, no para aislarse como solitario, sino para compartir Palabra y amor con otros hombres y mujeres, no por impotencia o miedo, sino por desbordamiento afectivo, en compañía de carentes de familia, ante la llegada del Reino.

En su tiempo y circunstancia. Su forma de vida responde al contexto de desintegración que se extendía en Galilea tras la ruptura del orden antiguo (pérdida de tierras, libertad, familia…), en un contexto nuevo de apertura al Reino. Los nuevos impulsos sociales y laborales habían destruido un orden secular de estabilidad y autonomía de cada familia, entendida como unidad de convivencia y generación para hombres y mujeres. En consecuencia, una parte considerable de la población (sin heredad, ni trabajo estable, , sin casa/tierra) tenía dificultades para fundar una familia patriarcal en sentido antiguo. En ese contexto Jesús buscó y promovió una forma distinta de acogida, comunicación y sanación de la sociedad israelita de su entorno.

  

3.  Una apuesta radical, al otro lado de la familia establecida Había por entonces muchas personas que no podían casarse por razones económicas o sociales, psicológicas o biológicas. Pues bien, Jesús quiso compartir camino con ellas, promoviendo nuevas formas de familia, en fidelidad personal y comunión social (cf. Mc 10, 11), abriendo epacios y caminos afectivo extensos de cien madres, hermanos e hijos (cf. Mc 10, 30).

Como he dicho, Juan Bautista era quizá célibe porque rechazaba la forma dominante de familia, con dominio de unos sobre otros. Jesús, en cambio, lo fue por búsqueda y descubrimiento de una nueva familia de Reino, en solidaridad con pobres-enfermos-eunucos, en un contexto de antiguas relaciones rotas, superando el patriarcalismo dominante de algunos y la marginación de otros. En esa línea, asumiendo y transformando el mensaje de los profetas antiguos, él despertó gran amor y entusiasmo en el pueblo, pues le escucharon y siguieron muchos pobres y enfermos, excluidos de la vida, que provenían especialmente de las clases oprimidas del entorno

No fue patriarca-progenitor (en la línea de Adán, Abraham o los doce padres de las tribus), con hijos carnales de su propia familia, sino hermano universal, capaz de abrir horizontes de amor y encuentro personal con los rechazados del sistema.  No fue garante del orden establecido, ni profeta elitista, sino mensajero de un Reino que debía empezar por los excluidos del sistema, cn comunión de vida, desde el margen de la sociedad, iniciando, con los carentes de familia y tierra, un proyecto universal de comunicación en Dios, es decir, en amor mutuo (Mc 10, 30-32).

Supo que el Reino no había aún llegado, pues la forma de vida actual de hombres y mujeres (de un modo especial en Galilea) no respondía a las promesas de Dios. Pero empezó a proclamarlo e instaurarlo, retomando la tarea de los creadores de Israel (Moisés, Elías y David…), y lo hizo entre los carentes de familia, los perdidos y enfermos (cf. Mc 6, 34; Mt 9, 36), interpretando el amor/servicio de Dios en forma de amor/servicio al prójimo, de un modo que no fuera patrarcalista/genital, sino de compañía (comunicación de pan), amistad y hermandad, iniciando en esa línea un camino intenso de creación de familia (comunidad).

 El radicalismo ético de la tradición sinóptica era un radicalismo itinerante que podía practicarse únicamente en condiciones extremas y marginales. Sólo alguien aquel que se había desligado de los lazos cotidianos con el mundo; aquel que había abandonado hogar y tierras, mujer e hijos; aquel que había dejado que los muertos enterraran a los muertos y que tomaba como ejemplo los lirios y los pájaros, podía practicar y trasmitir con credibilidad ese ethos (forma de vida y conducta).

Ese ethos sólo podía practicarse dentro de un movimiento de marginados. No es de extrañar que en la tradición encontremos incesantemente marginados: enfermos y discapacitados, prostitutas y “tunantes”, recaudadores de impuestos e hijos perdidos. Por su estilo de vida, los carismáticos eran personas marginadas en su sociedad; pero, por sus convicciones, representaban valores centrales de dicha sociedad desde la perspectiva el mensaje acerca del solo y único Dios, que se impondría pronto en contra de todos los demás poderes (cf. G. Theissen, El Movimiento de Jesús, Sígueme, Salamanca 2005, 81).

Este pasaje hable de un radicalismo itinerante, propio de condiciones extremas y marginales, como ha puesto de relieve su autor (G. Theissen *1943), psicólogo y sociólogo de referencia en el estudio actual del Nuevo Testamento. Pero en el plano de transformación que busca y promueve Jesús no bastan sólo los motivos psicológicos y sociales, sino que eran necesarios los de tipo “místico”,  aunque no centrados exclusivamente en el amor a Dios y en la obediencia a su ley, sino en el amor concreto al prójimo, es decir, a los prójimos, varones y mujeres, mayores y niños, enfermos y sanos, y de un modo especial a los excluídos/oprimidos, como ponen de relieve, de formas convergentes Lc 10, 25-37 y Mt 25, 31-46.

Ésta es la esencia del celibato de Jesús y de su formación de familia: El amor real e intenso al prójimo, que no es negación, sino intensificación del deseo y comunión de “carne”, esto es, de encuentro y gozo creador/sanador, de palabra y obra, entre personas, en una línea que culmina en la comida-palabra (que era la clave eucarística del amor de Jesús).De esa forma, en comunión con pobres y pecadores, prostitutas, impuros y eunucos, oponiéndose a los falsos “valores” de excelencia y exclusivismo de aquella sociedad, Jesús pudo ser signo y principio de esperanza mesiánica y familia del Reino, sabiendo que en ella los primeros son los niños y pobres, carentes de familia (cf. Mc 9, 33-37; 10, 13-16; Lc 6, 20), campesinos sin campo, prôjoi o mendigos, sin medios de vida, aldeanos dominadas por los nuevos ricos de ciudad (Séforis, Tiberías). Su proyecto marcó así el comienzo de una revolución de familia, sin patriarcas varones dominando sobre la vida del resto de la comunidad.

   Jesús fue célibe al filo de la vida, en una línea que pudiéramos llamar de poli-amor, esto es, de amor abierto a los enfermos, posesos, excluidos. No creó una “religión” en sentido actual de sacralidad grupal de elegidos, sino un movimiento de renovación, es decir, de recreación de la familia, desde los estratos amenazados de la sociedad, entre los pobres y excluidos, partiendo de la capacidad más honda de amor y palabra que transforma (eleva, vincula, cura) a las personas. El suyo fue, por tanto, un misticismo de amor en comunión a los demás, más que un misticismo de amor en Dios en exclusiva

No quiso fortalecer el orden imperante (con sacerdotes/rabinos judíos y soldados imperiales de Roma), sino descubrir, iniciar y promover un estilo y camino directo de comunidad de amor en apertura a todos los, hombres y mujeres, en  afecto y respeto. Inició caminos, aunque no los estructuró en forma legal, formó “exorcistas”, sanadores, hombres y mujeres de nuevas familias.

No fue padre superior, con poder para imponerse obre el resto de la casa, no fue “varón” poderoso, en el sentido dominante, sino hermano y amigo de todos. No fue buen marido para instaurar muevas formas de relación jerárquica, sino persona (ser humano) para los demás, suscitando y animando un grupo inclusivo y abierto, de varones y mujeres, ancianos y niños, en el que había lugar para personas de tendencias afectivas distintas, incluidos eunucos, a quienes quiso potenciar en amor. En ese sentido podemos presentarle como “varón” ejemplar, no patriarcal. Lo único que quiso, en todos los casos, es que hubiera amor, y así fue suscitando experiencias, curaciones y caminos personales de amor.

No mandó a los suyos que se casaran y tuvieran hijos, sino que quiso que se amaran y buscaran ellos mismos la forma de hacerlo. No aceptó las tradiciones dominantes que exigían que tanto varones como mujeres asumieran el matrimonio, para ser así fieles a un supuesto mandato de la creación que decía: ¡Creced, multiplicaos…! (Gen 1, 28). No negó ese mandato, pero no lo puso en el centrode su mensaje, como podían haber hecho mensajeros de otras tradiciones. A su juicio, más que (=antes que) casarse y tener hijos importaba crear espacios y tejidos de solidaridad personal y de acogida a los pobres y excluidos, para esperar así la llegada del Reino, en amor, salud y libertad. . Su opción fundamental fue la familia de Dios, abierta a todos los hombres y mujeres, no un tipo de familia excluyente al servicio de sí misma y de sus hijos.

Fue un, artesano (tekton) centrado en el trabajo, pero no propuso ni inició una forma de “redención” fundada en la producción de bienes de consumo. Al contrario, en un momento dado, abandonó su oficio y vida laboral, para compartir un tipo de vida penitencial con Juan Bautista, y después para crear su propio movimiento de Reino, al servicio de la comunión desde aquellos que estaban rechazados o marginados dentro de la “buena” sociedad establecida, pero abiertos al amor. En aquel momento, a su juicio, la prioridad no era crear una comunidad de trabajadores, empeñados en sostener a su familia, sino la de iniciar y animar un movimiento de solidaridad recreadora de la vida, desde los más pobres, en gesto de amor abierto hacia varones y mujeres, aceptando cada uno su propia condición personal y afectiva, para amar a los otros y crea una familia abierta a los hombres y mujeres del entorno.

 ‒ Su movimiento surgió en un contexto de desintegración familiar. Los nuevos impulsos sociales y laborales habían destruido un orden y tejido secular de “casas estables”, entendidas como unidad afectiva y laboral, en torno a un padre de familia, con mujer/mujeres e hijos a su servicio y bajo su cuidado. En consecuencia, una parte considerable de la población, es decir, de los varones (sin trabajo estable, ni heredad: casa/tierra) y, más aún, de las mujeres tenían dificultad para fundar una familia en sentido antiguo. Pues bien, en ese contexto él quiso buscar y poner en marcha un tipo de fidelidad y familia que rompíera el orden patriarcal, para abrirse en claves de solidaridad y comunión desde los antes excluidos. 

Su celibato no fue por tanto una forma de aislarse, en línea de separación para situarse sobre un plano de mayor dignidad/pureza sexual y ontológica (contemplar el misterio de Dios, sin mancharse con las cosas de la tierra), sino expresión de una forma intensa de amar y solidarizarse con hombres y mujeres de estratos sociales inferiores, carentes de apoyo, sexualmente marginados, desde una experiencia del Reino, es decir, de amor mutuo. Lógicamente, no quiso mantener una familia patriarcal, fundada en el dominio de varones (padres) sobre mujeres e hijos, y en el poder de propietarios y ricos sobre carentes de propiedad y pobres, sino crear una comunidad donde varones y mujeres, casados y solteros, niños y mayores, pudieran hallar un lugar, en comunión o mística de afecto. 

En aquel contexto (Galilea), ser célibe (¡y más aún eunuco!) como dicen algunos no era un signo de superioridad, sino de carencia, una debilidad o maldición (iba contra el mandato: ¡creced, multiplicaos!: Gen 1, 28). Pero Jesús convirtió esa carencia en abundancia, en una forma de expresar la felicidad de Reino y de solidarizarse con los más pobres, abriendo para ellos una esperanza distinta de familia, invirtiendo así las relaciones de poder.

De esa forma protestó contra una visión legalista y jerárquica de tipo patriarcal, como dice implícitamente Mc 12, 15 al afirmar (en el contexto de la “ley del levirato” por la que un hombre estaba obligado a casarse con la viuda de su hermano difunto) que en la resurrección, hombres y mujeres no se casarán, esto es, no se atarán por ley, al modo actual, donde los varones tienen preferencia sobre las mujeres (poniéndolas al servicio de su herencia económica), sino que serán todos «como ángeles del cielo», en libertad de amor.

Jesús rechazó así una norma que ponía el matrimonio al servicio de la buena “descendencia” (para que no se borrara el nombre de su casa: cf. Dt 24, 5-6). Posiblemene, en una época como aquella, cuando muchos campesinos habían perdido la tierra (y no tenían herencia que dejar), aquella ley del levirato no cumplía su función antigua; pero ella puede servir y sirve de referencia para entender la opción célibe de Jesús


[1] Cf. Comentario al Evangelio de Marcos, VD, Estella 2013

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