Magdalena ungió a Jesús para la vida: Le hizo Cristo, le hizo “hombre” (Mc 14, 3-9)

El Señor de Petro, Presidente de Colombia, dijo el otro día que Magdalena tuvo relaciones con Jesús, indicando por el contexto que se trataba de relaciones sexuales. Respondí en RD y FB que si de eso se trataba lo que decía el presidente era un simple banalidad, pues de relaciones sexuales está llena la historia, como dice la Biblia en Gen 1, empezando por los animales “superiores”.

           Lo que Magdalena ofreció a Jesús ofreció a Jesús (si es ella de la Mc 14, 3-9) es otra cosa: Le enseñó a ser Cristo, a dar la vida, a ser “hombre” (ser humano, varón o mujer), en amor hasta la muerte, amor gozoso, esto es “persona”, no como rey (como el de España), no presidente (como el de Colombia), sino simplemente “persona”, algo que vale infinitamente más que todos los millones de pesos del mundo, como parece que quería Judas, pensado que el dinero lo compre y vende todo

           Hay algo que el dinero lo compra, que solo lo ofrece y regala el amor, el perfume de la vida, la vida que se regala hasta la muerte o, mejor dicho, por encima de la muerte. Así me lo enseñé Mikel, mi hermano (que en Dios esté) me llamó y me dijo: Explícame qué significa quería hacer  Magdalena cuando ungió rey a Jesús cuando le enseñó a regalar la vida en amor por los demás.

   Precisamente aquel día estaba preparando estas páginas de mi Comentario del evangelio de Marcos donde trato de estas cosas que le siguen inquietado al Sr. De Petro, presidente de Colombia. Ahora sigue el texto y después el comentario del que tratamos aquel día Mikel y yo.

 (ser humano, hijo de Dios

                       3 Y estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, recostado [a la mesa], vino una mujer llevando un frasco de alabastro lleno de un perfume de nardo auténtico, muy caro; rompiendo el frasco lo derramó sobre su cabeza.4 Algunos estaban indignados y comentaban entre sí: ¿A qué viene este despilfarro de perfume? 5 Se podía haber vendido por más de trescientos denarios y habérselos dado a los pobres. Y la injuriaban. Jesús, sin embargo, replicó: Dejadla. ¿Por qué la molestáis? Ha hecho conmigo una obra buena. 7 A los pobres los tenéis siempre con vosotros y podéis socorrerlos cuando queráis, pero a mí no siempre me tendréis. 8 Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura. 9 En verdad os digo: en cualquier lugar donde se anuncie el evangelio en todo el cosmos se dirá también lo que ella ha hecho, para memoria de ella (Mc 14, 3-0).

Esta escena condensa lo que ha sido, lo que es y será, el camino de Jesús. Por un lado, ella recuerda el gesto del bautismo (1, 9-11): como nuevo y verdadero Juan Bautista, esta mujer unge (sepulta) a Jesús para la muerte (cf. 10, 38). Por otro lado nos sitúa en la casa de la iglesia, definida como hogar de un leproso, en contexto de comida, como en las multiplicaciones. Ella anticipa la sepultura de Jesús (15, 42-47) y el anuncio del evangelio en todo el cosmos... (14, 9; cf. 13, 10). Por sus detalles (Betania, casa de Simón) y por sus paralelos (Mt 26, 6-13 y Jn 12, 1-8; Lc 7, 36-50 podría situarse en otra perspectiva), esta escena pertenece a la tradición premarcana, pero Marcos la recrea, de manera intensa. El texto supone que conocemos a Simón Leproso, quizá un enfermo que había sido curado por Jesús (cf. Mc 1, 40-45) o alguien que seguía estando enfermo (aunque podría ser un personaje simbólico, creado por el propio evangelista).

  Jesús está reclinado. No aparece enseñando, ni haciendo milagros, ni parado ni en camino, sino reclinado ante una mesa, que es descanso y comida. Lo ha dicho todo, ha cumplido su tarea Ahora descansa, haciendo lo más importante: Comparte la mesa con amigos. Pues bien, en este momento viene una mujer con (vaso de) alabastro... (Mc 14, 3b). No es camarera de albergue, ni criada de casa, sino simplemente una mujer que tiene algo que decir y que lo dice con perfume. Así lo muestra el texto:

Y estando en Betania... (14, 3). Esa localidad pertenece a la tradición de la subida a Jerusalén (11, 1) y está unida a los signos de la higuera estéril y a la destrucción del templo (11, 12-13). La unción nos sitúa nuevamente en ese espacio abierto por la destrucción de los signos básicos del Israel antiguo. Es como si quedara un tema sin resolver, como si hubiera que expresar en otra perspectiva el sentido de la higuera (ahora fértil en Jesús) y del templo verdadero, interpretado en claves de muerte y anuncio de evangelio. Betania será la casa de la resurrección, el signo de la Iglesia naciente (como ha destacado de forma convergente la tradición de Juan: cf. Jn 12, en su conjunto).

En casa de Simón, el leproso... (14, 3). La primera casa donde entró Jesús, según Marcos, había sido la de Simón, llamado Roca, para curar a su suegra y hacerla servidora (1, 29-31). Nuestro pasaje parece evocar aquel recuerdo, para introducir el signo de esta nueva servidora de la unción. Pero aquí, en efecto de contraste, se dice que Simón es el leproso (Simônos tou leprou, con artículo personal), como si el lector le conociera. Dentro de Marcos hemos visto al leproso de 1, 40-45, a quien Jesús curó de su enfermedad, mandándole acudir a los sacerdotes, en gesto de sumisión y obediencia legal. Pues bien, el leproso no cumplió ese mandato: no fue a los sacerdotes, no se integró en el espacio sacral, anticipando la suerte del mismo Jesús a quien vemos condenado por esos sacerdotes; lógicamente, él reaparece aquí, en el momento oportuno, arriesgándose por Jesús y ofreciéndole su casa cuando los sanedritas deciden matarle[1].

Recostado [a la mesa] (katakeimenou: 14, 3). El centro de la casa eclesial es la mesa o, mejor dicho, la comida compartida. Recordemos que Jesús se había recostado ya (katakeisthai: 2, 15) comiendo con Leví, el publicano, en gesto de descanso y comunicación (no de enfermedad o dolencia como en 1, 30; 2, 4). En esa postura se halla ahora. No se sienta para observar, dialogar o enseñar (con kathêmai: cf. 2, 6.14; 3, 32.34; 6, 15; 13, 3); tampoco toma asiento en la cátedra oficial de su doctrina o en el trono de su reino (con kathidsô, como en 9, 35; 10, 37.40; 11, 7; 12, 37), sino que está reclinado, en comida sosegada, compartida, con tiempo para dialogar, en gesto gozoso de comunicación[2].

Vino una mujer llevando un (frasco de) alabastro con perfume de nardo... (14, 3). Esta irrupción suscita un efecto de sorpresa. Parece que los frentes están claros: sacerdotes, discípulos, Jesús... De pronto aparece una mujer (gynê, sin artículo definido). Normalmente, ella debía actuar como criada, trayendo la comida. Pero en lugar de una bandeja de alimentos trae un vaso (frasco de cristal sellado) con perfume de fiesta y gozo. De esa forma, la comida, sin dejar de serlo, se convierte en revelación de amor y/o vida, conforme a la tradición filosófica y literaria del Simposion o Banquete de la Sabiduría (evocado por Platón por la Biblia: cf. Prov 9, 1-5). En el Banquete de Platón la palabra esencial la dice una mujer-sacerdotisa ausente (Diótima), a través de Sócrates que la recoge y formula. Pues bien, aquí esa palabra esencial la dice una mujer presente, realizando su gesto en Jesús, a quien presenta como portador de vida a través de la muerte[3].

Rompiendo el [frasco de] alabastro lo derramó [su contenido] sobre su cabeza (14, 3). El evangelista no define la escena, dejando que lo haga la conversación ulterior (14, 4-9). Parece claro, sin embargo, que el gesto de romper (syntripsasa) está aludiendo a la muerte de Jesús: quebrado el frasco no se puede ya recomponer (pues no tiene tapón); así Jesús debe romperse para que se expanda su perfume. Esta mujer unge a Jesús en la cabeza, tratándole como a un rey, pues, conforme a la tradición israelita, a los reyes les ungían en la cabeza (1 Sam 10, 1; cf. 1 Sam 16, 13; 1 Rey 1, 39).

           Esta mujer no es una pecadora, como la de Lc 7, 36-50, que va para recibir el perdón de Jesús, sino una amiga del alma que viene para ungirle y decirle lo que implica ser hombe o mujer de verdad ser Cristo en amor, da la vida por los otros[4]. El texto ofrece además otras claves. Esta mujer realiza su signo en contexto de comida y muerte, es decir, de comunicación profunda, allí donde Jesús dirá después que el vino del banquete es (=simboliza) su misma sangre derramada. Por otra parte, entre el perfume del frasco que se rompe y se derrama (kata-kheô) y la sangre derramada de Jesús (ek-khynnô: 14, 24) hay relación fonética y etimológica (en la lengua griego de Marcos) estructural y teológica (que sólo puede percibirse desde el conjunto del evangelio, como iremos señalando)[5].

Había allí algunos que la molestaban... ¿A qué viene este derroche? (14, 4-5). Razonan desde claves económicas de compraventa. Ciertamente, lo hacen en actitud externa de servicio, señalando que el perfume se podía haber vendido por más de trescientos denarios (jornales), para dárselo a los pobres. De esa forma se sitúan, estructural y literariamente, en la línea de los discípulos de 6, 37 que sólo entienden a Jesús desde el dinero y piensan que serían necesarios doscientos denarios para alimentar a la multitud que le ha seguido en descampado; frente a la lógica de compra monetaria, Jesús reveló entonces el gesto más valioso y creador de gratuidad que consiste en dar los propios panes, compartiéndolos de modo generoso. Ahora, los participantes de esta mesa (que parecen ser los mismos discípulos) siguen argumentando de igual forma, aunque elevan la cantidad (han pasado a trescientos denarios). Es evidente que no han entendido el signo de los panes (cf. 8, 21). Tampoco ahora entienden el signo de la unción[6].

Jesús defiende a la mujer: ¡Ha hecho conmigo una obra buena...! (14, 6). Frente a los discípulos que siguen manteniéndose en plano de dinero, ella ha entendido rectamente a Jesús y se lo ha dicho, ofreciéndole de un modo abundante (¡con derroche!) lo más grande que tiene (su perfume) y diciéndole que él mismo es en verdad perfume derramado. Quizá podamos presentarla como mujer que da vida (engendra de forma personal, desde su cuerpo hecho fuente) frente a los varones que no dan nada, sino que pretenden comprar todo con dinero, en mesianismo que acaba haciéndose violento.

           Debemos recordar que, conforme al simbolismo del relato, la lección de esta mujer es para todos,, empezando por Jesús: Ella le dice, con perfume, que no tenga miedo de morir, que la vida es para darla, regalarle, en amor por los demás.. Ella ha iniciado en Jesús (y con Jesús) un gesto de ayuda superior, precisamente en un banquete. Jesús se sitúa así ante ella en actitud receptiva: reclinado ante la mesa, en contexto de fuerte acogimiento, se deja hacer, se deja ungir. Recibe su don, se lo agradece. Así le vemos como mesías arraigado en la historia de la humanidad que en algún sentido le ha esperado (le ha engendrado).

Tendréis siempre pobres entre vosotros, a mí no siempre me tendréis (14, 7). Todo en Jesús se ha centrado en los pobres (enfermos, marginados, hambrientos). En favor de ellos ha expandido su mensaje, por ellos ha subido a Jerusalén, dispuesto a morir para ofrecerles un camino de esperanza (destruyendo la cueva de bandidos del templo de Jerusalén donde los sacerdotes trafican con Dios en función del dinero: 11, 17). Jesús debe culminar ese camino a favor de los pobres porque, como indica el texto, no siempre me tendréis (cf. tema del novio arrebatado: 2, 20). Parece que estamos en contexto de bodas, reflejadas en forma de banquete. Ella, la mujer, lo ha comprendido, y por eso unge a Jesús, como auténtico esposo, en gesto desbordante de derroche creador de vida. Jesús lo acepta, recibe el don de la mujer y responde como representante de los pobres: lo que ha hecho conmigo pueden y deben hacerlo todos, conforme a una palabra de Escritura (cf. Dt 15, 11)[7].

Ha hecho lo que ha podido: ha ungido mi cuerpo (sôma) para la sepultura (14, 8). Ha ofrecido a Jesús su perfume, a fin de que él se vuelva sôma, cuerpo que se entierra, de manera que así viene a convertirse en principio de vida. De esa forma se ha situado (ha situado a Jesús) en ámbito de entrega, respondiéndole y pro-vocándole con su gesto. No hace algo externo, no anuncia a Jesús algo exterior, para luego abandonarle, sino que le habla con el signo de su vida (de mujer, persona) hecha frasco de alabastro que se rompe y expande para dar perfume. Jesús lo entiende así, aceptando desde la exigencia de su entrega por el reino lo que ella está diciendo.

            Jesús aparece así como hermeneuta de la acción de esta mujer («¡Ha ungido mi cuerpo para la sepultura! »), diciendo que ella ha anticipado con su gesto aquello que el mismo Jesús definirá con su palabra, en perspectiva de pascua. En realidad, Jesús ya ha muerto, está ungido: ha entregado su vida en favor de los humanos. Lógicamente, cuando las mujeres de 16, 1-8 vayan al sepulcro con perfume abundante no podrán ungir su cuerpo, pues le ha ungido esta mujer para siempre[8].

Memoria de mujer, memoria de evangelio: todo el cosmos (14, 9). Desde esa perspectiva se entiende con relativa facilidad la solemne profecía de Jesús: En verdad os digo, donde se proclame el evangelio en todo el cosmos... A la muerte y/o unción de Jesús sigue el anuncio universal del evangelio, como ha dicho ya el mensaje apocalíptico de 13, 10: «Primero (antes del fin) debe proclamarse (kerykhthenai) el evangelio a todas las naciones».

Desde el fondo de la entrega de Jesús, amenazados y juzgados por otros, sus seguidores han de expandir con su misma vida el evangelio, superando de esa forma las barreras que dividen y separan a Israel y a todos los pueblos (panta ta ethne). Pues bien, al mensaje del evangelio pertenece lo que ha hecho esta mujer, de manera que su gesto debe recordarse y pregonarse en todo el cosmos (eis holon ton kosmon), pues ella misma forma parte del camino (entrega, muerte y sepultura) del Mesías[9].

b. Profundización. Este pasaje nos sitúa ante el culmen del proyecto y camino de Jesús: El Israel mesiánico (humanidad creyente), representado por esta mujer acoge, aclama y festeja a su rey, precisamente ahora que parece condenado a muerte, en casa de un leproso. Se trata, sin duda, de un gesto que ratifica el camino anterior de Jesús y lo confirma, desde Jerusalén. A Jesús no le corona un sacerdote o profeta, en el templo o palacio de Pilatos, sino que le unge/corona una mujer profeta, en la casa de un leproso. Históricamente, es posible que una mujer como ésta ungiera (o quisiera ungir), haciéndole así rey, en una línea de mesianismo muy distinto del que quiso Roca (cf. 8, 27-33). Pero es mucho más probable que esta “historia” deba entenderse en sentido pascual, como seguiré indicando aquí (y en el comentario a 16, 1-8).

La dinámica del texto y la respuesta de Jesús suponen que ha existido una buena correspondencia entre lo que ha hecho esta mujer “pascual” y lo que ha respondido (ha querido) Jesús. Ella (que aparece así a manera de contrapunto de Roca) dice que Jesús ha sido y es Mesías, ungiéndole para el Reino, pero no al modo regio de David (en línea de poder político). Por su parte, el Jesús pascual acepta su gesto y lo interpreta como expresión de su destino.

Éste ha sido para Marcos el momento de la coronación de Jesús, el signo culminante de su vida pascual (junto a la Última Cena). La mujer ha realizado su gesto cuando Jesús se encuentra ya amenazado de muerte, y lo hace en la casa de un leproso, rompiendo las normas de pureza del judaísmo. Ella no increpa a Jesús, no le quiere dar lecciones (en contra de Roca: Mc 8, 32), sino que le ofrece su signo más hondo, ungiéndole rey, de un modo que Jesús entiende y valora en perspectiva pascual, como unción para la sepultura[10].

La mujer unge a Jesús en la cabeza, como reina o profetisa (cf. 1 Sam 10, 1; cf. 1 Sam 16, 13; 1 Rey 1, 39), no en los pies como pecadora (cf. Lc 7, 36-50), y lo hace en un rito de comida, anticipando aquello que Jesús dirá en la cena siguiente, cuando ofrezca el vino del banquete, que expresa (=simboliza) su sangre (14, 22-24). Pero los “críticos” no entienden y por eso interpretan esta unción como «derroche» de nardo. Ellos no habían aceptado el camino de entrega de Jesús. Ahora tampoco valoran el sentido del perfume. Son hombres de talión, ojo por ojo y diente por diente: cuidadosos observantes de una ley, que ellos pretenden poner al servicio de los pobres (vender y comprar), pero no advierten que sólo con Ley, sin entrega de la vida, no se alivia a los pobres[11].

Parecen varones sensatos, y piensan que el Reino se debe “conquistar” con fuerza y dinero (como suponía Roca en Mc 8, 32). Ella, en cambio, es una mujer que sabe dar su propia vida: regala lo que tiene, se entrega a sí misma bajo el signo del perfume derramado, expresando así el sentido de Jesús, hecho semilla de resurrección (cf. 8, 34-35). No reserva nada, no calcula en forma monetaria, y Jesús se lo agradece al defenderla: «No la molestéis, siempre tendréis pobres entre vosotros, a mí no siempre me tendréis» (Mc 14, 7).

Al decir que «siempre tendréis pobres», Jesús no niega la exigencia de servirles, sino que la mantiene y ratifica, asumiendo así la herencia de la Escritura (cf. Dt 15, 11). Por eso recibe agradecido el signo de esta mujer, que le alienta (le unge) en su camino arriesgado, amenazado de Mesías. Los pobres están, han de estar siempre, invitados al banquete de la vida. Pues bien, entre ellos se encuentra Jesús, que no estará siempre de esta forma, sino que debe culminar su camino, como sabe esta mujer, que le unge como auténtico Mesías, en gesto de abundante derroche, ofreciéndole el caro y precioso perfume de su vida[12].

Es evidente que el recuerdo de esta mujer (mnêmosynon autês: 14, 9) forma parte esencial de la memoria eucarística y pascual de la Iglesia. Los paralelos extramarcanos presentan la eucaristía como anamnêsis, memoria de Jesús (Lc 22, 19; 1 Cor 11, 23-25) y Por su parte, Marcos se refiere al pan de las multiplicaciones (y al que los Doce llevan en la barca) como elemento esencial del recuerdo de la Iglesia (cf. mnêmoneuein: 8, 18). Pero los Doce no mantienen el recuerdo, esta mujer lo mantiene.

A los discípulos les cuesta conservar la memoria activa del pan y por eso desconocen a Jesús y siguen ciegos, no sólo en esta escena sino en la que sigue (en 14, 12-31 donde culmina el tema de los panes); esta mujer, sin embargo, ha comprendido. Ella ha aenseñado a Jesús, le ha dicho la palabra de amor más hondo, como amiga, como hermana, como madre. No tengas miedo de morir regalando tu vida en amor a los demás.  

           Esta mujer aparece así como signo de todos los creyentes pascuales, que acompañan a Jesús hasta la sepultura, esperando y anunciando el futuro de su vida. Mientras Roca y los zebedeos han querido impedir este camino de entrega (8, 32; 10, 35-40), mientras sacerdotes y Judas preparan su muerte (14, 10-11), esta mujer le comprende y ayuda en su tarea mesiánica[13].

           Otros colaboran en la muerte de Jesús  mientras esta mujer le acompaña y dirige en su entrega, ayudándole a morir, para convertirse así en perfume de vida. Por eso, ella forma parte de la «memoria» cristiana, de manera que su figura se incluye en el mensaje mismo de la pascua, que es anamnesis/memoria de Jesús (haced esto en memoria mía: Lc 22, 19; 1 Cor 11, 2425), siendo también “memoria de ella”, pues siempre que se anuncie el evangelio en todo el mundo se dirá también lo que ha sido y lo ha hecho esta mujer, para memoria de ella: (eis mnemosynon autes)[14].

Esta acción de la mujer pertenece a la experiencia pascual de la Iglesia. Normalmente, en una cena o banquete funerario, las mujeres cuentan y cantan la historia del muerto, como han hecho hasta tiempos muy recientes casi todas las culturas agrarias, en un tipo de celebración que transforma el cuerpo ausente del muerto en memoria de vida. Según eso, Marcos habría querido contar una escena de “culto” funerario dedicado al recuerdo de Jesús, y desde ese fondo presenta a esta mujer, que no dice verbalmente nada, pero lo dice todo con un perfume que derrama ante el Jesús simbólicamente presente (en medio de sus discípulos) como signo de vida.

           Nos hallamos, según eso, en un tipo de cena funeraria, en la que se recrea y exalta  la memoria del difunto, para que él descanse (duerma) en paz, porque su vida enter ha sido y seguirá siendo perfume de Vida y resurrección para los demás. Pues bien, en la cena funeraria de Jesús, esta mujer ha roto ese modelo de celebración; ella no cuenta la historia pasada del muerto, sino que realiza un gesto profético de resurrección: derrama sobre la “cabeza” de Jesús (es decir, sobre su memoria) un perfume caro, rompiendo el frasco y dejando que su fragancia se extienda por la casa como signo de vida, no de muerte.

           De esa forma “dice” algo que todos entienden: ese frasco roto, esa fuente de perfume es el mismo Jesús, a quien no ha de recordarse como a un muerto, porque está vivo, de forma que debemos extender por el mundo su memoria, llamándole el Viviente, perfume de Vida. Esta mujer narra de esa forma, con su gesto sin palabras, el sentido de la muerte y de la presencia de Jesús, como frasco de perfume caro que ella misma ha roto para se extienda y despliegue su fragancia. Igual que este frasco que se parte (como el grano de trigo que muere para dar fruto, cf. Jn 12, 24), la vida de Jesús ha sido un despliegue generoso de vida, el más fuerte y precioso perfume. Así lo dice ella, así lo interpreta Jesús, diciendo que ella ha realizado un gesto bueno.

            Magdalena ha dicho a Jesús la palabra más hona de la vida, la más triste, la más gozosa: Vive y regala tu vida, en amor, por lo demás, por todos.

           Esta mujer, que es para Marcos la primera celebrante cristiana, primer Papa, primer obispo, primero amigo…. Ella ha querido expresar asiel sentido pascual de la muerte de Jesús (anunciando así su resurrección). Pues bien, en contra de ella y de su signo se sitúan aquellos que la critican, porque no han aceptado el sentido salvador la muerte de Jesús, no han entendido el signo del perfume. Pero el mismo Jesús de Marcos ratifica la validez de esta liturgia de la mujer, que ha descubierto y ha mostrado perfume el sentido de la victoria de Dios sobre la muerte. El gesto de esa mujer nos sitúa en el comienzo de la experiencia pascual, de manera que podremos presentarla (en la introducción a 16, 1-8) como la primera cristiana, fundadora de la Iglesia[15].          

           

[1] Frente a los “impuros” sacerdotes que trafican con la sangre y mantienen con muerte su dominio sobre el mundo, este puro leproso ofrece al Jesús amenazado casa y mesa. En ese contexto debemos destacar también la “casa”. Frente al Templo, que Jesús ha “maldecido” (cueva de ladrones, dinero de muerte: cf. 11, 12-26), pero donde no podían entrar los leprosos por impuros, esta casa del leproso viene a presentarse como "iglesia" verdadera de Jesús, lugar donde vienen sus creyentes para descubrir y celebrar el sentido de su muerte, anticipando así la resurrección. Así podemos decir que Jesús fundamenta y “construye” su comunidad en la casa de un leproso curado, que así aparecerá como espacio de resurrección.

[2] No come de prisa, de pie, sino que se recuesta con sus compañeros, en torno a una mesa de poca altura (como indican los paralelos de 6, 26 y 14, 21 con anakeimai: recostarse sobre un plano inferior), y el sólo hecho de hacerlo muestra que en algún sentido ha culminado el tiempo de fatigas de este día (de este mundo). Sobre ese fondo podemos recordar las multiplicaciones, con la multitud eclesial inclinada (anaklinai: 6, 39), cayendo/sentándose en el suelo (anapesein: 6, 40; 8, 6), en contacto directo con la tierra. Ahora, el grupo menor de discípulos se recuesta en torno a la mesa de la plenitud escatológica. Quizá podría decirse que estamos ante un “banquete de tipo helenista”, más que judío, pues en ese contexto encaja mejor el gesto de reclinarse y de la “unción”, con la presencia de una mujer “especial”.

[3] Desde el fondo de la tradición emerge ella, completando el signo y función del Bautista, que había ofrecido a Jesús el agua penitencial primera (1, 1-8); ella le ofrece ahora el perfume de la culminación (sepultura y mensaje). No se dice su nombre. Sólo sabemos que es (tiene que ser) una mujer. El texto la identifica por el perfume que lleva en la mano, como señal para la vida, frente a los sacerdotes que son sacralidad para la muerte. No se sabe si responde con su gesto a un gesto precedente de Jesús, o si actúa de forma espontánea, como representante de la esperanza universal (israelita o humana) de la vida. Parece claro que ella es signo de la humanidad entera, en forma de Mujer (y no sólo de Israel) que recibe a su Mesías, reasumiendo en forma nueva y más alta, en el momento clave del drama mesiánico (con perfume de muerte y sepultura), la función que al principio (1, 1-11) realizó el Bautista.

[4] Puede haber una relación entre la unción 1 Sam 10, 1 LXX (epekheen epi tên kephalên) y el gesto Mc 14, 3 (katekheen autou tês kephalês), de tal manera que, en un primer momento, mirado el signo en sí mismo, parece evocar un tipo de “coronación”: el Israel mesiánico, representado por esta mujer, aclama y festeja a su rey. Pero las palabras posteriores de Jesús reinterpretan el gesto en línea de muerte y sepultura pascual y universalizan su sentido. Podría así repetirse el esquema de 8, 27-33: la mujer (nuevo Roca) proclama a Jesús como mesías, pero Jesús precisa su mesianismo en clave de entrega de la vida. Hay, sin embargo, una gran diferencia: esta mujer realiza su gesto cuando Jesús ya está amenazado de muerte y en la casa de un leproso, es decir, rompiendo las normas de pureza del judaísmo; ella no increpa a Jesús, no le quiere dar lecciones (en contra de Roca: 8, 32), sino que acepta y destaca el signo pascual de Jesús (muerte, sepultura, resurrección).

Ungiendo a Jesús (presumiblemente como rey) esta mujer realiza un gesto positivo que Jesús asume, pero dándole un sentido propio. La figura de esta mujer se puede situar en la línea de otras mujeres de Marcos, con las que Jesús vincula el aspecto más profundo de su mensaje: la suegra de Simón (1, 29-31), la sirofenicia de 7, 24-30, la viuda de 12, 41-44 y (quizá) las mujeres de la pascua (14, 40-41.47; 16, 1-8). Sobre el posible fondo regio de la escena, cf. Z. Weisman, Anointing as a motif in the making of a charismatic king: Bib 57 (1976) 378-398.

[5] Parece que Marcos ha querido vincular la unción de esta mujer y el gesto de Jesús que se reclina para comer, desvelando así el más hondo sentido de su entrega, es decir, de su vida hecha comida para aquellos que quieran recibirle. El simbolismo está abierto, como seguiremos indicando.

[6] Ellos interpretan el camino de Jesús en claves monetarias y piensan que sólo se puede ayudar a los pobres (darles de comer) de un modo monetario. Según eso, el mesías debería ser inmensamente rico, resolviendo con dinero los problemas de la tierra. Por el contexto sabemos que los denarios (la plata de 14, 11) pertenecen al estilo de sacralidad de los sacerdotes y de Judas, que por dinero manejan la vida de los otros, siendo capaces de matar por ello. Jesús, en cambio, al derribar las mesas de los cambistas del templo (11, 15) ha superado ese nivel, se ha liberado para la vida, para el banquete amoroso.

[7] Conforme a este pasaje, no se puede hablar de dos tipos de servicio: uno de tipo personal, con perfume y otro de tipo material, con dinero, pues ella, esta mujer, ha vinculado los dos, ofreciendo a Jesús una ayuda personal, de perfume, y un gesto de servicio abierto a necesitados (2, 18-22).  

[8] La acción de esta mujer, tal como ha sido interpretada por Jesús, viene a mostrarse como analepsis pascual: anticipación de la entrega salvadora del mesías. En esta perspectiva ha de entenderse la palabra sôma, cuerpo, de Jesús, que hallaremos de nuevo en contexto eucarístico (el pan es su sôma: 14, 22) y sepulcral (José de Arimatea entierra su sôma: 15, 43). El mismo cuerpo ungido y perfumado para la sepultura es pan que alimenta a la comunidad (recordemos los panes de las multiplicaciones que 8, 14-21 identifica con el único pan de Jesús). Esta mujer hecha perfume ha precedido a Jesús, le ha enseñado a convertirse en pan, en gesto pascual (unción de sepultura) que explicita el pasaje siguiente (14, 12-31).

[9] Todos los seres humanos se vinculan desde el único evangelio, expandido con el testimonio de esta mujer, que es portadora del mensaje universal de Cristo. Desde ese fondo se entiende el fin fallido de 16, 7-8: el joven de la pascua ha dicho a las mujeres que vayan a Galilea, pero parece que no van, porque el mensaje de Jesús desborda su esperanza (venían a ungir a un muerto, no creían en la vida). Ellas no van pero esta mujer ha ido, no como mensajera sino como parte integral del mensaje: lo que ella ha hecho con (por) Jesús pertenece al evangelio, es buena nueva de plenitud escatológica. Desde el Monte de los Olivos, Jesús había dicho que el evangelio se proclamará a todas las naciones (13, 10; cf. 11, 17). Ahora, desde la casa del leproso, convertida en cámara de unción para la sepultura, afirma que se anunciará a todo el cosmos (14, 9). En este contexto de anuncio pascual la iglesia recuerda (¡debe recordar!) el gesto de la mujer.

[10] En la línea de esta mujer se pueden situar otras mujeres de Marcos, pues Jesús expresa por ellas el aspecto más profundo de su mensaje: la suegra de Simón (1, 29-31), la siro-fenicia de 7, 24-30, la viuda de 12, 41-44 y (quizá) las mujeres de pascua (14, 40-41.47; 16, 1-8).

[11] En un plano, ellos tienen razón: actúan como garantes de una comida legal, en un mundo donde todo se encuentra organizado, en claves de cálculo y ganancia: para ellos el Mesías debería ser un mediador económico, un hombre del dinero. Pero Jesús ha rechazado ese mesianismo, el pan del Diablo, derribando las mesas de los cambistas sagrados (Mc 11, 15), pues el culto de la vida de no puede medirse con dineros

[12] Entre el perfume que la mujer ofrece a Jesús, ungiendo su cuerpo para la sepultura, y el pan que Jesús ofrecerá a sus discípulos, diciendo esto es mi cuerpo, existe una intensa continuidad y conexión. Ella prepara el cuerpo de Jesús, para que él pueda entregarlo. Por eso, cuando las mujeres de Mc 16, 1-8 vayan al sepulcro con perfume abundante para ungir el cuerpo de Jesús, en gesto funerario, no podrán cumplir su deseo, porque el Cuerpo ha sido ungido ya por esta mujer que ha sabido expresar el sentido de la Pascua; por eso, allí donde se anuncie el evangelio se dirá lo que ha hecho esa mujer, para memoria de ella (eis mnêmosynon autês: Mc 14, 9).La memoria de Jesús (su verdadera historia) es como el buen perfume de esta mujer, que llena la casa, superando las críticas de aquellos que sólo piensan en poder y en dinero. Jesús es memoria de amor que se une al amor de esta mujer.

[13] Ella es discípula, como lo han sido el endemoniado de Gerasa y el ciego de Jericó (5, 19-20; 10, 52). Pero hay una diferencia: lo que ha hecho esta mujer se encuentra vinculado de manera muy intensa a la entrega final de Jesús, de manera que su memoria pertenece al camino y misión del evangelio.

[14] Con su habitual sobriedad, Marcos ha preferido dejar los temas esbozados, sin unir personas ni desarrollar posibles conexiones, como hará el Cuarto Evangelio al decir que esa mujer es Magdalena (Jn 12, 1-8) y presentarla como la primera testigo de la pascua (20, 19-23). Esa interpretación del Cuarto Evangelio puede ser acertada, pero Marcos no ha querido ponerlo de relieve. Le basta con saber que esta mujer ha realizado de manera anticipada la experiencia de la pascua (hablarán de ella en el mensaje mundial del evangelio) y quizá por eso no ha juzgado necesario volverla a presentar ante el sepulcro (en 16, 1-8).

[15] La iglesia según Marcos empieza por tanto con esta «unción mesiánica», entendida como signo esencial de Pascua. Sin el recuerdo de esa mujer (lo que ella ha descubierto y celebrado) no existe evangelio, no puede haber iglesia. Ese gesto puede arraigarse en la historia de Jesús, pero, tal como aparece en Marcos, ella y su gesto han de situarse en un tiempo posterior, cuando se puede hablar ya de «el evangelio» (to euangelion), esto es, de Jesús convertido en buena noticia, y también de kosmos, es decir, de la totalidad del mundo, como espacio donde se anuncia ese evangelio. En un plano, Jesús habla de lo que ha hecho “esta” mujer (autê), pero en otro él alude a lo que han hecho las diversas mujeres de pascua (las de Mc 15, 40.47; 16, 1-8).

Xabier Pikaza
Xabier Pikaza

También te puede interesar

Lo último

stats