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¿Prioridad nacional, económica, militar, divina? ¿MAGA, China, Islam, Cristianismo…? ¡Los niños!

La prioridad se la plantearon a Jesús en Cafarnaúm, su pequeña capital, los Doce: ¿Quién es el primero, el que tiene más importancia, galones y derechos? Jesús toma en serio el tema y llama a un niño de la calle, del grupo de fuera, rubito de ley o moreno y responde….

Introducción

         La novedad del amor de Jesús por los niños no está en el hecho de que ellos no son sólo un “problema de cuidado de los padres” o de la nación como tal, sino de la sociedad en conjunto, esto es, de la comunidad entera. Jesús destaca así la exigencia de una transformación de la comunidad, para que sea capaz de acoger y ofrecer un camino de vida para los niños, en un contexto de familia ampliada, en amor[1].

 

Llegaron a Cafarnaúm y, una vez en casa, les preguntó:

¿De qué discutíais por el camino?

Ellos callaban, pues habían discutido sobre quién era más grande.

Y sentándose llamó a los doce y les dijo: Quien quiera ser primero hágase último y servidor de todos.

Luego tomó un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: Quien reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y quien me recibe no me recibe a mí, sino al que me ha enviado  (cf. Mc 9, 33-37)

         El texto se sitúa en la casa eclesial de Cafarnaúm, donde ha llegado Jesús tras haber caminado con los discípulos que discuten sobre quién será el primero. Ellos quieren tomar el poder, para vivir sobre los demás. Jesús les dice que regalen su vida, para que otros vivan En ese contexto les propone el ejemplo de los niños, que han de ser la primera autoridad en la familia de la Iglesia. Ellos piensan que no les oye, pero lo hace y, al llegar a casa les pregunta: ¿De qué tratabais en el camino? (Mc 9, 33).

Podían haber hablado de la dureza del seguimiento de Jesús, con la exigencia de superar los lazos de la vieja familia para crar una nueva donde todos (incluidos los niños) tienen un lugar asegurado (cf. Mc 1, 16-20). Supongamos que unos padres siguen a Jesús, dejándolo todo. ¿Qué pasará a sus hijos, quién les cuidará? ¿No será Jesús un duro profeta de la muerte a cuyo lado es imposible el juego y canto de los más pequeños, la aventura de la vida y el gozo espontáneo de la infancia?

Podían hablar del destino de su vida. Jesús acaba de anunciarles que será entregado (Mc 9, 31), pidiéndoles que se nieguen y tomen la cruz para seguirle (cf. 8, 34-9, 1). En ese contexto, ellos podrían suponer que el evangelio exige gente arriesgada, capaz de buscar los primeros puestos. Desde ese fondo, alguien habría añadido quizá que un grupo como el de Jesús no ofrece verdadero lugar para los niños. El evangelio sería cosa de hombres maduros, expertos capaces de dejar todo, especialmente la vida de familia con los niños…

Pero los discípulos habían discutido sobre quién es (o debe ser) el más grande (Mc 9, 34). Es evidente que hay envidias, deseos de liderazgo, disputas sobre privilegios. Suele suceder: Jesús no es dictador, no impone su dominio por la fuerza, pero, lógicamente, su grupo tenderá a escindirse en grupitos de influjo o prestigio (como en el principio de Israel, en el camino del desierto: cf. Núm 14 y 16). Pero también puede tratarse de una discusión de principios. Precisamente allí donde Jesús, partiendo de su propia utopía sentimental, poco ajustada a la realidad, parece haberse inhibido (no organiza las cuestiones de poder), de manera que sus discípulos tienen que organizar el grupo, estableciendo los necesarios liderazgos.

Jesús había presentado su proyecto en claves de ruptura social por amor, diciendo que sólo crea verdadera humanidad quien se entrega en manos de otros. Jesús no domina, ni se impone, sino que busca espacios de gratuidad y ayuda mutua, abiertos a los más necesitados, desde una perspectiva de entrega de la vida (cf. Mc 9, 30-31). Su proyecto puede resultar luminoso, pero humanamente hablando parece inviable, pues todo grupo humano debe organizarse, y los discípulos de Jesús han de hacerlo, ocupando así los primeros puestos en una comunidad, entendida en forma de sociedad jerárquica de mando.

Liderazgo cristiano: Niños para ser amados. Jesús rechaza los sueños (deseos e intentos de poder de sus discípulos), diciéndoles que los más importantes no son los que mandan sobre otros, sino los que son mandados, de manera que no son los niños para la iglesia, sino la iglesia para los niños. Sólo superando la lógica y deseo de poder se pueden plantear las cosas como hace Jesús, abriendo un espacio distinto de familia donde los niños puedan ser acogidos, como muestra la continuación de la escena, en la línea de Mc 3, 20-35):

Tema: ¿Quién es el primero, Cual es nuestra prirodad?  (Mc 9, 35). Jesús se sienta en la cátedra de su magisterio, convoca a los Doce (poder eclesial) y les dice: ¡Quien quiera ser primero hágase el último...!). Habían empezado a construir una iglesia sobre bases de poder, desde el mayor y primero (meidson, prôtos), y Jesús invierte ese modelo no necesita mayores ni primeros, sino últimos y servidores (eskhatoi, diakonoi). Quiere personas que sepan ponerse al final, para ayudar desde allí a los otros, superando la lógica del mando. Al hablar así, no ha criticado el egoísmo de unos discípulos torpes sino que ha invertido la estructura social de una iglesia, edificada sobres poderosos.

Gesto simbólico:llamó u puso s un niño o niña (παιδίον) en el centro (Mc 9, 36). Los discípulos se creen importantes para ejercer su poder y situarse en el centro. Saben que un grupo humano necesita dirigentes. Pero siese ellos se elevan, los otros (inútiles, niños) quedan dominados, en segundo plano. Por eso, para invertir ese modelo y crear una familia distinta, Jesús toma a un niño y lo colocó el centro (estêsen auto en mesô autôn). Los discípulos discutían sobre el centro, queriendo ocuparlo pero ahora descubren que está ocupado por el niño a quien Jesús coloca en pie, , en medio del corro (Mc 3, 31-35), como si el niño fuera Jesús.

- Yabrazándole, al niño o niña (enankalisamenos αὐτὸ)… Lo que el niño necesita es el abrazo protector de padres, amigos….Abrazo de conversación, de cariño. Que los mayores extiendan los brazos creando un espacio de vida, una especie de útero social de respiración, de cercanía y cariño. Buscaban los discípulos poder, habían empezado a conspirar entre sís. Pues bien, Jesús descubre y vence su conspiración ofreciendo amor (abrazando) al niño, ofreciéndole un espacio de vida. De esa forma, interpreta la autoridad a partir de la ternura: el niño es importante porque está a merced de los demás y necesita cariño no sólo para vivir mejor, sino para vivir, como quise mostrar en cap. 1 con el ejemplo de Antonio das Neves. Así lo muestra Jesús poniéndole en el centro de la iglesia, y abrazándole en gesto de autoridad y ternura.

Enseñanza conclusiva: Quien reciba a uno de estos niños o niñas a mí me recibe, recibe a Dios (9, 37). Reasume la doctrina del principio (el que quiera ser primero), enriqueciéndola a partir de los dos signos (poner al niño en el centro, abrazarle). El servicio (ser último, hacerse servidor) se expresa como acogida familiar del niño. El mundo exterior (dominado por un duro proceso de comercialización elitista) era un lugar donde los niños sufrían las consecuencias de la lucha por el poder, como último eslabón de una cadena de opresiones, de forma que al final ellos podían quedar sin casa (sin familia, sin comunidad). Contra esa situación habla Jesús: ¡Quien reciba (dexêtai) a uno de estos niños...o niñas (ἓν τῶν τοιούτων παιδίων)! Ellos, los niños, aparecen así como signo mesiánico, expresión de autoridad, presencia de Dios sobre la tierra, centro y corazób de la iglesia de Dios que vive de amor En ese contexto, recibir significa acoger a los niños en la casa-familia de la iglesia.

 Había en aquel tiempo niños sin familia, necesitados de acogida y afecto. Con su gesto y palabra, Jesús les declara corazón y autoridad suprema de la iglesia. De esa forma, lo que empezaba siendo pregunta jerárquica sobre el poder como signo de Dios en el mundo (¿quién es más grande?), desemboca en exigencia práctica de inversión del poder, abriendo espacios de vida y crecimiento, de afecto y maduración, para los necesitados, y de un modo especial para los niños!

Jesús ha superado un modelo de familia patriarcal, fundada en ancianos o presbíteros, garantes de estabilidad social (que expulsa a los pobres y excluye a los distintos), para crear un corro de oyentes que buscan juntos la voluntad de Dios (Mc 3, 31-35; cf. 7, 5). En esa línea había realizado su tarea, abriendo una mesa para todos en fraternidad (6, 6-8, 26), poniendo de relieve la entrega de la vida por el evangelio (8, 34‒9, 1). Pues bien, siguiendo en esa línea, él afirma ahora que el primer lugar de la iglesia, entendida como casa de familia, ha de ser para los niños, no por el valor de sus padres y su genealogía, sino porque están necesitados.

Iglesia, comunidad de niños. El problema no está en saber quién domina, controla u organiza el poder sacral, magisterial o ministerial, sino cómo les va a los niños, pasando del ámbito privado de un pequeño hogar (con padres ocupados de sus hijos) al espacio compartido del grupo comunitario donde los niños han de ser centro de identidad y cuidado de todos, como espacio materno, casa grande donde los niños encuentran acogida, siendo honrados, respetados y queridos.

La comunidad no es un grupo de sabios ancianos, sociedad de poderosos o influyentes, asociación de burócratas sacrales, funcionarios que escalan paso a paso los peldaños de su pirámide de influjos, poderes, competencias (o incompetencias), sino hogar de acogida, existencia y educación para los niños, , espacio donde encuentran acogida y valor los más pequeños.

De esa manera culminan y se entrelazan los diversos aspectos del mensaje de Jesús. Precisamente allí donde el Bautista anunciaba el fin del mundo (en fuerte crisis social, que parecía destruir toda familia) empieza para Jesús la exigencia de crear espacios de acogida para niños. La Iglesia no ha de hacer teorías sobre los niños, sino acogerles, ofreciéndoles espacios de maduración humana, en dignidad y ternura.

Los primeros, la prioridad,  son los niños. No tienen que hacer nada, sino simplemente recibir amor No deben alcanzar con su decisión ninguna meta; no tienen que esforzarse por lograr un valor ante otros, pues tienen valor porque están necesitados de mayores que les acojan y los mayores valen en la medida en que cogen y ayudan a los niños, en amor (en gratuidad, no por ley, en cariño no por obligación). No han de luchar para volverse símbolo de Cristo: lo son por sí mismos, por hallarse (como se hallan) en manos de los otros.

Esa debilidad de los niños suscita un compromiso, como indicaban las normas fundamentales de la Ley sobre huérfanos, viudas y extranjeros de Éxodo y Deuteronomio. Pues bien, en ese contexto, Jesús insiste en la importancia de los niños, que dependen de la acogida de otros. Los miembros de la nueva casa cristiana han de ofrecer a los niños lo que son y lo que tienen; La casa como abrazo, gratuidad, familia. Ellos. Los niños, son lo que importa; a su servicio ha iniciado Jesús su mensaje.

La iglesia, grupo especializado en recibir a niños. La palabra clave (recibir-acoger: dekhomai) había aparecido en Mc 6, 11: los misioneros quedaban en manos de aquellos que podían recibirles o rechazarles. Ahora son los discípulos de Jesús, los que deben acoger a los demás, de un modo especial a los niños. Frente a la institucionalización del poder que ellos proponían (¿quién es mayor?), instituye aquí Jesús una familia al servicio de la acogida integral de los pequeños.

 Jesús supera de esa forma todo sacralismo intra-eclesial y todo poder extra-eclesial), para poner de relieve la autoridad verdadera de los “más pequeños”, que dependen de los otros. Los niños a quienes alude el texto no tienen importancia por judíos (de buena raza), ni por cristianos (iniciados, bautizados) sino porque son pequeños (necesitados) y dependen de la acogida de otros. Frente a una sociedad de presbíteros patriarcas en la que hombres y mujeres importan por sexo, ley y autoridad surge aquí una sociedad materna, de madres y hermanos que se ocupan del bien y felicidad, es decir, de la acogida y del crecimiento de los niños (necesitados).

Según eso, Jesús funda su iglesia como hogar materno para niños, comunidad de mares y hermano acogedores, que acogen cuidan en amor a niños. Jesús no es mujer ni madre, en el sentido convencional del término; pero ha dado primacía a la función tradicional de la mujer al servicio de la vida. Su forma de abrazar a un niño rompe los modelos del varón patriarca, educado para el sexo y honor, la autoridad y el trabajo, y, en esa línea, él aparece como un hombre escandaloso, mesías de ternura que no sólo abraza a los niños en medio del grupo sino que propone ese gesto como signo de identidad de su discipulado y reino.

El niño necesitado de abrazo (abrazar es crear un espacio de vida entre pecho, seno y manos-brazos) es la autoridad suprema, signo del mesías (¡quien le recibe a mi me recibe!). En el centro de la iglesia, abrazado a Jesús, hay un niño, un ser humano que depende de la acogida y ayuda de otros. Jesús y el niño, forman la verdad mesiánica. Desaparecen los modelos de dominio (ser más grande, ser primero). Mayor y primero es el niño, no hace falta buscar otro. A partir de ahí se puede hablar de iglesia: ¡Los que acogen al niño y le abrazan en el centro de la casa, esos son comunidad cristiana! Ése es el primer amor cristiano

El tema biológico o de pequeña familia (centrado en la madre o en los padres del niño) puede estar al fondo, pero no ocupa ya el primer plano. Lo que importa y crea iglesia, en forma de comunidad, es la acogida, abrazo de la iglesia. La comunidad cristiana debe ofrecer espacio humano, lugar de crecimiento al niño nacido, cualquiera que sea. No es cuestión de dogma sagrado, ni de grandes estructuras. La tarea de la iglesia es ofrecer lugar para los niños. Es evidente que en ese contexto el mayor pecado de la familia cristiana será “escandalizar” a los niños, es decir, utilizarles al servicio de los propios intereses personales o grupales, en plano afectivo, laboral o social (cf. Mc 9, 41-50 par).

 Niños de Jesús, iglesia-cuna (Mc 10, 13-16)

Desde el fondo anterior ha de entenderse la función de los Doce a quienes el texto presenta como paradigma de la comunidad. Ciertamente, ellos han salido a ofrecer evangelio como misioneros (Mc 6, 6-13), pero Jesús les hace ahora guardianes/servidores de familia. Frente a unos discípulos patriarcalistas que buscaban el dominio (ser grandes, conquistar con riesgo los primeros puestos) ha elevado aquí Jesús el modelo de una iglesia familia, hogar materno al servicio de los más pequeños.

Y le llevaban niños para que los tocara, pero los discípulos se lo impedían. Jesús, al verlo, se indignó y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí; no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro: quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y, abrazándolos, los bendecía, imponiéndoles las manos (Mc 10, 13-16).

Este pasaje reasume y completa el tema anterior, en perspectiva de camino (cf. Mc 10,1), en los bordes de Israel, de forma que los niños a quienes alude parecen de fuera, pero, al mismo tiempo, están cerca de la casa de la comunidad (cf. Mc 10, 10). En el cruce entre el exterior y el interior de la Iglesia emergen los niños como destinatarios del mensaje de Jesús, en un contexto donde se resalta la fidelidad matrimonial (10, 1-12). pero insistiendo, en la comunidad como familia/hogar para niños.

Resulta extraordinariamente significativo el hecho de que, tras insistir en la fidelidad de los esposos (Mc 10, 1-12), el evangelio insista en la acogida, abrazo, bendición e imposición de manos de todos los niños (Mc 10, 13-16). Hay en la Iglesia otros problemas (y deben plantearse en su lugar), pero en el camino mesiánico de Jesús, tras insistir en la fidelidad de los esposos, Marcos ha destacado la prioridad de los niños Es posible que nosotros, cristianos del siglo XXI, hubiéramos evocado otros motivos (paternidad responsable, número de hijos, anticonceptivos, aborto y superpoblación), pero este pasaje insiste, como Mc 9, 33-37, en el cuidado de los niños ya nacidos, Jesús no es sólo defensor de matrimonios en amor (sin divorcio), sino de todos los niños:

Traen niños para que los toque (Mc 10, 13a), en una perspectiva que parece mágica (al tocarles, el santón, curandero o profeta transmite a los pequeños beraká o buena suerte), pero que tiene sentido mesiánico. Los padres o familiares le traen niños, esperando que Jesús les toque, les cure, ruegue a Dios por ellos y así les vaya bien.

– Los discípulos quieren impedirlo (Mc 10, 13b). No les parece bien que Jesús pierda tiempo con niños, que abandone sus ocupaciones importantes, para dedicarse a tareas que parecen de mujeres. Los discípulos (los Doce) no quieren que Jesús se ocupe de niños; quieren que la iglesia sea institución de poder, no familia de pequeños. Pues bien, en medio de su gran ocupación mesiánica, cuando parece que debía dejar a un lado otros temas secundarios, Jesús afirma de un modo solemne que el amor y cuidado de niños es lo más importante del Reino.

  Los niños no son sólo objeto de cuidado de los padres, sino de la comunidad entera que, en esta perspectiva, ha de entenderse como hogar (familia) para todos los niños, sean hijos de juíos o no judíos, de matrimonio “legal” o no legal, superando un nivel de pequeña familia privada, en la línea del ciento por uno en madres, hermanos e hijos (cf. Mc 3, 31-35; 10, 28-31). Según eso, la iglesia que ofrece su buena nueva de amor hacia fuera ha de ser, al mismo tiempo, hogar de acogida para niños, pues de quienes son como ellos (toioutôn) es el reino de Dios, en línea intimista y social:

1. En línea intimista hemos de ser todos niños, pues en caso contrario no podremos entrar en el Reino (Mc 10, 15). El Reino es don que Dios nos ofrece, como a niños que reciben como don la vida. Frente a un tipo de exigencia activa (conquistar el reino por ascesis, por conocimiento superior o guerra) aparece aquí una experiencia más honda de receptividad. Ante el reino de Dios hemos de ser (somos) todos como niños en manos de sus padres o educadores. Sólo si ellos nos acogen en la vida con amor, cuidado y palabra podremos vivir. Sólo si Dios padre/madre nos sigue ofreciendo viva viviremos.

En línea más social, sólo si acogemos a otros, si recibimos, cuidamos y servimos a los necesitado, empezando por los niños (cf. Mt 25 31-46) nos hacemos reino en Cristo. Quien no reciba a los niños no podrá entrar en el reino... Ciertamente, importa "hacerse" niño (=pequeño), pero sobre todo importa recibir, acoger, ofrecer casa a los niños. El Reino es una realidad que me “recibe” (soy como niño en manos del Reino de Dios); pero, al mismo tiempo, nosotros también nos hacemos Reino de Dios recibiendo, cudando y amando a los niños, hambrientos, desnudos y extranjeros (cf. tambiénMc 9, 33-37).

Las dos lecturas (ser como un niño ante el Reino, y acoger a los niños como Reino) son buenas y es posible que Marcos haya querido vincularlas, para mostrar así la implicación del aspecto receptivo (ser como niños) y el activo (ofrecer casa a los niños), en la línea de Mt 25, 31-46 y de todo el NT donde aparecemos en Jesús no sólo como necesitados de Reino, sino también como portadores, transmisores, de amor de reino.

Este pasaje (Mc 10, 13-16) expresa así los elementos esenciales del proyecto de amor de Jesús en relación no solo con los niños, sino con el conjunto de los seres humanos.. No emplea el término amor (agapaô), ni el de familia-casa, pero es claro que todo ha de entenderse desde un trasfondo de amor y casa (familia). Jesús, varón mesiánico, realiza aquí un triple gesto de afecto y dignificación respecto de los niños, tanto en plano personal como social: abraza, bendice e impone las manos (Mc 10, 16):

1. Como en Mc 9, 36, Jesús abraza a los niños (enankalisamenos), en gesto de cariño y comunicación vital, propio de esposos, amigos, familiares; pero sobre todo en gesto de acogida y protección, creando un espacio intimo y seguro de existencia para otros, especialmente para los excluidos, separados y proscritos, empezando por los niños, , convirtiendo el propio cuerpo, expandido y arqueado por los brazos, en un tipo de útero de amor que da vi defiende a otras personas, como si fueran una parte de la propia vida.

2. Jesús bendice al niño (kateulogei), deseándole y ofreciéndole un futuro de vida, como el mismo Dios hacía a los hombres al principio (Gén 1, 28). No les abandona en su pequeñez, no les deja en su infancia por siempre; quiere que crezcan y gocen, para poseer los bienes de la tierra, pues eso significa bendecir: Regalar a los demás un espacio y camino de vida y palabra, de educación y esperanza. Crear un mundo donde la vida de los niños merezca la pena, eso es bendecir.

3. Les impone las manos (titheis tas kheiras ep'auta). Este gesto final ha de entenderse como iniciación sanadora (cf. 5, 23; 7, 32) y consagración mesiánica. Imponer las manos significa transmitir a otra persona un poder. Así hacían los que “ordenaban” a los sacerdotes de Israel (cf. Núm 27, 18; Dt 34, 9), así harán después los obispos cristianos, transmitiendo su carisma a otros jerarcas. Pues bien, en gesto que rompe los esquemas de poder israelita, Jesús impone las manos a los niños, ofreciéndoles su autoridad. Ellos, los más pequeños, son desde ahora los verdaderos presidentes de la iglesia.

De esta forma, Jesús ha situado en el primer plano de la iglesia algo que parecía propio de mujeres: las tareas del hogar, el cuidado de niños y niñas. Su comunidad mesiánica es lugar donde no sólo se impulsa la acción de los mayores, sino también la vida de los niños, pues ellos forman parte del conjunto de la comunidad que ha de ofrecerles su cuidado.

         Contrapunto: Quien escandalice a uno de estos pequeños… (Mc 9, 42). Esta sentencia, situada entre los dos textos que acabamos de exponer, supone que la pequeña familia, y de un modo especial la iglesia, pueden convertirse en lugares de destrucción para los niños.

          Hay cristianos “grandes” que escandalizan a los niños (les hacen caer, les utilizan, les destruyen). En este contexto se añade que sería mejor que los “grandes”, que escandalizan a los pequeños, se “mataran” antes de hacerlo: Que se ataran al cuello la parte superior de una piedra giratoria de molino movida por un asno (mylos onikos, piedra de asno), y se echaran al mar, pues es mejor morir que hacer daño a los niños/pequeños en la Iglesia (en la humanidad). Éste es el gran pecado: utilizar el poder para destruir a los menores dentro de la familia o de la Iglesia.

         El pecado de muerte para los cristianos es escandalizar a los niños, hacer daño a los menores y necesitados. Moviéndose en una línea de poder, la Iglesia (familia) puede convertirse en lugar donde los grandes dominan y los pequeños corren el riesgo de quedar escandalizados, siendo utilizados de forma personal, laboral o afectiva (en línea de pederastia). Pues bien, en este contexto, Marcos advierte que quien escandaliza a los pequeños no sólo comete un pecado contra ellos, sino que se destruye a sí mismo:

 ‒ El sentido más concreto del escándalo no es fácil de precisar, y es probable que Marcos haya querido dejar el tema sólo esbozado, para que la iglesia (cada comunidad de oyentes/lectores de su evangelio) concrete su sentido. (a) Puede tratarse de un escándalo en asuntos de comida, como sabemos por Pablo (Rom 14, 13; 1 Cor 8, 13), quien supone que hay cristianos que escandalizan (hacer caer a otros) por su forma de entender y romper los principios de alimentación judía.

(b) Puede tratarse de formas distintas de entender la libertad y las prácticas sexuales, en un contexto amenazado por un libertinismo gnóstico. En ese sentido, muchos han insistido en el pecado de aquellos que utilizan su poder físico o psicológico para pervertir el amor de los niños (pederastia). Ante ese pecado es conveniente seguir recordando las palabras de Jesús: ¡Mejor le sería que se atara al cuello una piedra de molino y se lanzara al mar

[1] Cf. X. Pikaza, Evangelio de Marcos (Estella 2012 y Viladecavalls 2013). Además de comentarios a Marcos y “vidas” de Jesús, cf: M. Bunge, The Child in Christian Thought, Eerdmans, Gran Rapids 2001; H. Cáceres, Jesús, el varón. Aproximación bíblica a su masculinidad, Verbo Divino, Estella 2011; H. Moxnes, Poner a Jesús en su lugar, Verbo Divino, Estella 2005; J. D. Crossan, "Kingdom and Children. A Structural Exegesis": JBL, Sem. Papers 1982, 63-80 ; S. Légasse, Jésus et l'enfant, Paris 1969 ; V. K. Robbins,. "Pronouncement Stories and Jesus Blessing of the Children. A Retorical Approach": JBL Sem. Papers, 1982, 407-435.

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