El reto de Jesús: Saber jugar, ser felices; no imponer deberes ni guardar "ganados"
El reto de Jesús: Saber jugar, ser felices
Ayer insistí en el proyecto de Jesús, tal como lo interpretó Juan de la Cruz: Ya no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio, que sólo en amar y ser feliz y hacer felices a los otros es mi ejercicio. Siguiendo en esa línea, conforme a la estrofa siguiente de Juan de la cruz quiero evocar hoy la terapia del juego como expresión de felicidad, para ofrecer después unas consideraciones sobre la curación de Jesús.
Hemos aprendido a trabajar, a producir, a imponer deberes y a guardar ganado, con guerras poderes y amenazas de diverso tipo, y en ello seguimos insistiendo. No nos vendría mal una terapia y evangelio de juego y de felicidad directa, inmediata, vital... Ser misioneros del gozo de Jesús y de la vida, esa es nuestra misión.
1. SABER JUGAR, SER FELICES. CÁNTICO ESPIRITUAL30
SJC recorrió el camino de vida su vida, en libertad de amor con su amado, con todos los amados y amadas de la tierra. Así expuso su programa de felicidad
De flores y esmeraldas, en las frescas mañanas, escogidas, haremos las guirnaldas, en tu amor floridas y y en un cabello mío entretejidas (CB 30)
En este programa Juan de la Cruz no nos pide que defendamos la fe con armas, ni que la extendamos a través de proyectos misioneros, sino que aprendamos a jugar cada mañana y que juguemos.
Según eso, los amantes tejen guirnaldas de amor en las frescas mañanas escogidas. En esa línea aparece en el centro de esta lira (CB 30, verso 3) la palabra haremos, por la que se expresa el compromiso de la nueva tarea de la iglesia, en comunión de amor de los creyentes, que forman todos un “cuerpo” y equipo de juego(1 Cor 12-14): Haremos guirnaldas- coronas de amor, es decir nos amaremos. Tejer guirnaldas, unos para otro, gozarse mutuamente en amor. Éste es su apostolado.
Se ha dicho que el amor de matrimonio, sosegado, tranquilo, acaba hastiando, sobre todo a los varones cuando sólo buscan amores de obstáculo y conquista, según el modelo del Tirso de Molina, Juan Tenorio, burlador insaciable de mujeres a las que abandona, tras haberlas poseído iniciando un nuevo y siempre vano camino de conquistas.
En contra de eso, la mujer enamorada del Cántico persiste en el don siempre actualizado de su amor primero, diciendo a su amado: “haremos la guirnaldas” Significativamente, es ella la que empieza y programa con su esposo la alternativa del amor matrimonial que dura para siempre, por encima de la muerte. En esa línea, desde el amor maduro, embellecido, como lecho florido (cf. CB 24), las flores se convierten en signo programa permanente de amor: De flores y esmeraldas haremos las guirnaldas, es decir, las coronas de reino, que no son coronas de reinos o imperios, sino aureolas o diademas de amor de todos y cada uno de los amigos y seguidores de Jesús.
En general, los que escogen y cortan las flores suelen ser niños o muchachas. Aquí, en cambio, son amantes maduros, en matrimonio, que buscan, escogen y reúnen flores del amor, tejiendo con ellas sus guirnaldas de reino. De esa forma se han juntado entre sí los miembros de la iglesia, en comunión duradera, brillantes y fuertes como esmeraldas, hermosos y delicados como flores. Fragilidad y permanencia se han unido y completado en una misma experiencia de amor.
Los amados de Jesús salen de mañana a la pradera de la vida, de amor en sus corazones. Como niños con la vida apenas estrenada, se inclinan libremente sobre el campo, donde encuentran tesoros infinitos de piedras coloridas y de flores. Otros hombres y mujere se cansan y trabajan amasando fortunas, conquistando tierras o guardando ganado como Pedro. Los amantes, en cambio, ya no buscan más tesoro que el amor; no se afanan en cuestiones de avaricia, envidia y competencia, ni siquiera en buenos ministerios como el de guardar ganado, sino que recogen piedras preciosas y las entrelazan con flores, tenido en guirnaldas o coronas del Reino del amor.
-En tu amor floridas, sin nunca marchitarse. Sabíamos ya que el tálamo de amor mutuo ha de estar para siempre florido de amor (cf. CB 24). Pues bien, ahora sabemos que el amado florece (=hace florecer) todas las cosas. Por eso le podemos comparar con el son de la mañana con la que despiertan que despierte flores y plantas.
-Y en un cabello mío entretejidas. No basta el amor del esposo; es necesaria la "belleza aparentemente frágil" de la esposa para tejer las guirnalda. Ella atrae la mirada del esposo, le enamora y le fascina en especial con la hermosura de su cabellera.
Coronados de amor, con guirnalda de flores y piedras preciosas, gozan los amantes, sin más finalidad que amarse, ni más tarea que ser en comunión, compartiendo su camino en una vida bellísima de amor, sin más finalidad que amarse, tejiendo cada uno en amor guirnaldas para el otro:
Y no dice: haré yo las guirnaldas solamente, ni haráslas tú tampoco a solas, sino harémoslas entrambos juntos...
Por eso se dice también correremos. No dice él sólo ni ella sola, sino correremos entrambos, jugando, por juego, por gozo, en ancho campo de la vida.
(cf. Ct 1, 3. Coment CB 30, 6).
Estas guirnaldas vinculan a Dios con los seres humanos y a los seres humanos entre sí, en amor de reino. Ellos mismos buscan, se encuentran, se casan, se ponen coronas, son reyes de amor sobre un mundo abundante de flores y piedras preciosas que pueden escogerse con facilidad cada mañana. La flor de estas coronas es el mismo amor florido del Amado, en palabra que evoca la Pascua de Jesús. En este contexto, queremos recordar la creación como mirada de amor, que aparecía en CB 5:
Las criaturas son como rastro del paso de Dios...según dice en el Génesis: Miró Dios todas las cosas que había hecho y eran mucho buenas. El mirarlas mucho buenas era hacerlas mucho buenas (Coment CB 5, 3-4. Cf. Gen 1, 31)
Todo es aquí amor, divino y humano, tejido y entrelazado en el ser de los amantes. Parece frágil, simple cabello que cae; y, sin embargo, es lo más fuerte, pues el amor enlaza y entrelaza todo[1]. Ésta es la única misión del evangelio: Amaos unos otros como yo os es amado (Jn 13, 34). Estes el único mandamiento esencial y permanente, la llamada de amor del discípulo amado, en Jn 21, 13-23 (en mandato de Jesús a Pedro ¡guarda mis ovejas! viene en un segundo momento, puede ser secundario[2].
2. LA FELICIDAD DE JESÚS
Desde el siglo XVIII en adelante se ha criticado al cristianismo por injusto (Marx), neurótico (Freud) o contrario a la ciencia (Comte...). Pero la crítica más fuerte ha sido la de F. Nietzsche, Así habló Zaratustra(cap. De los sacerdotes) cuando dice que los cristianos han negado la felicidad, ha condenado la alegría, no ha sido evangelio (buena nueva), sino dis‒angelio (mala noticia):
¡Contemplad esas tiendas que esos sacerdotes se han construido! Iglesias llaman ellos a sus cavernas de dulzona fragancia… ¡Oh, esa luz falsa, ese aire que huele a moho!... Ellos llamaron Dios a lo que les contradecía y causaba dolor… ¡Y no supieron amar a su Dios de otro modo que clavando al hombre en la cruz! Mejores canciones tendrían que cantarme para que yo aprendiese a creer en su redentor: ¡Más redimidos tendrían que parecerme los discípulos de ese redentor! Desnudos quisiera verlos: pues únicamente la belleza debiera predicar penitencia...
En esa línea, Nietzsche piensa que los cristianos han querido crucificar al hombre en vez de liberarle... Le han impuesto sacrificios y deberes, para así tenerle sometido, en vez de abrir su vida a la felicidad del amor y de la misma vida. Pues bien, en contra de eso, debemos contestar que Jesús no quiso crucificar a los hombres sino bajarles de la cruz, y por eso proclamó y abrió un camino de felicidad liberadora, a fin de que nadie fuera condenado a morir crucificado.
1. Jesús, el Bienaventurado
Más que el mensaje externo de las bienaventuranzas (Lc 6, 10‒26; Mt 5, 2‒11) nos importa la vida y testimonio, en la línea de los bienaventurados con los que empezaba este libro (Krisna y Buda), retomando y recreando (invirtiendo) el ejemplo de Job, el malaventurado ansioso de felicidad del Antiguo Testamento. Por eso debo empezar destacando aquello que Jesús no era:
‒ Jesús no fue un guerrero como Arjuna en el hinduísmo, un noble y excelso general, alguien que tuvo una crisis en medio de la guerra, para contemplar la felicidad de Dios más allá de la batalla. No fue tampoco un celota, como algunos han supuesto, un caudillo de la lucha militar anti romana, en la línea de los grandes guerreros de Israel, como Josué (conquistador), David (instaurador del Reino) o Judas Macabeo (restaurador de la independencia nacional) en línea política y religiosa.
Ciertamente, la tradición cristiana le sitúa en la línea de David, y quizá él mismo se sintió heredero de unas tradiciones davídicas (extendidas por otra parte en casi todo el pueblo de Israel). Pero aún en el caso de que él fuera descendiente carnal de David (cf. Rom 1,3‒4), Jesús invirtió de forma radical la tarea y sentido de su reino, interpretándolo en claves de salud y amor, de comida y comunión entre los hombres.
‒ No fue tampoco un gobernante superior, un rey de elevada alcurnia, como Gautama Sakiamuni (Buda). No tuvo que abandonar el palacio por su propia voluntad (o por algún tipo de crisis familiar y económico/social, como Job) para descubrir el dolor del hombre (enfermo, anciano, muerto), sino que desde joven (desde niño) formó parte de un mundo de trabajo y necesidad intensa, en momentos de gran crisis económico‒social y religiosa.
Siendo, siendo un tekton, obrero manual de la construcción, un campesino sin campo, un artesano eventual, Jesús abandonó un día el trabajo, haciéndose discípulo de un profeta de penitencia, llamado Juan Bautista. En esto se parece a Buda, que buscó también el magisterio de los brahmanes, de forma que sólo al separarse de ellos pudo recibir su propia iluminación junto al río Ganges, en Benarés. En esa misma línea, Jesús fue iluminado tras haber recibido el bautismo del Jordán, cf. Mc 1, 9‒11).
‒ No fue un profesional de la religión, como los sacerdotes de Jerusalén o los rabinos (especialmente en la línea de los fariseos) que empezaban a “reconstruir” la identidad israelita, tras el fracaso de la “reforma” socio‒religiosa de los macabeos. Fue más bien un ser humano (hijo de hombre) y en esa línea, desde la raíz de lo humano (en un contexto de grandes contradicciones) pudo trazar un camino de humanidad reconciliada, a partir de una experiencia de Dios que se expresó en su acción de sanador y mensajero del Reino de Dios.
No fijó mejor las normas de la Ley de Dios, como harán después, desde el fin del siglo I d.C., los rabinos de la Misná. Tampoco escribió un diálogo sobre el tema, como el De vita beata de L. A. Séneca (4 a.C‒65 d.C.),ni un tratado teológico‒moral, como hizo después, en el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino (Summa Theologica I‒II, De Beatitudine), un texto genial, comentado también genialmente, en el siglo XVI, por Francisco de Vitoria, creador del Derecho Internacional, donde establece la igualdad de todos los hombres y pueblos ante la felicidad.
Ciertamente, , Jesús no escribió un tratado de felicidad, pero fue feliz y pudo proclamar y extender un camino de felicidad entre los marginados y pobres de Galilea, pues, como recuerda la tradición cristiana más antigua, en él no hubo “distancia” (separación) entre aquello que era y lo que hacía y decía. Sólo así, porque llegó a ser un hombre feliz, pudo anunciar y extender un programa universal de bienaventuranza o felicidad mesiánica, desde la raíz del judaísmo.
Obras de Jesús, un despliegue de felicidad.
Jesús no ha sido rey guerrero, sacerdote de templo, rabino de escuela, ni maestro de penitencia, como Juan Bautista, sino simplemente un hombre de pueblo, un “laico” de Dios, testigo y promotor de su felicidad entre los hombres. Su obra no ha sido religiosa en un sentido estrecho, sino radicalmente humana, como ha respondido a los emisarios del Bautista, cuando le preguntan “eres tú el que debía venir o esperamos a otro”:
Habiendo oído… las obras del Cristo, Juan envió desde la cárcel a unos discípulos para preguntarle:¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro? Jesús les respondió: Id y anunciad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena noticia, ¡y bienaventurado aquel que no se escandalice de mí! (Mt 11, 2‒6).
Esta respuesta, transmitida por el llamado documento Q, de gran antigüedad (cf. Lc 7, 18-23), ha sido quizá re‒formulada por la iglesia, pues habla en conjunto de las curaciones de Jesús, en la línea de las profecías de Is 35, 5-6; 42, 1; 61, 1, incluyendo entre ellas la resurrección de los muertos. Pero es evidente que retoma e interpreta con gran fidelidad el mensaje y obra de felicidad de Dios, que se encarna en Jesús, que no ha venido a enseñar la Ley sagrada como rabino, ni a organizar el buen culto del templo (como sacerdote), ni a reinar como gobernante (en la línea de David), ni a enseñar un tipo de meditación interna, como Krisna, ni a superar los deseos, como Buda, ni siquiera a convertirse haciendo penitencia, como quería Juan Bautista, sino a proclamar y extender la felicidad de Dios entre los hombres (en una línea ratificada por Lc 4, 17‒18).
Estas obras del Cristo son precisamente aquellas que hacen felices a los hombres, en un sentido intenso, material y espiritual, como expresión más honda de la fe en la vida, en línea de sanación‒curación, no para que los hombres se sometan a Dios y le supliquen así como sometidos, sino para que vivan, se muevan y sean (cf. Hch 17, 28), en plenitud, como creaturas buenas de Dios. A Juan Bautista le importaba la conversión de los hombres (para que viniera el perdón de Dios). Jesús, en cambio, quiere la curación y felicidad de los hombres, como signo de que Dios ya ha venido. Éstos son sus signos principales:
− Felicidad de los ojos: Que los ciegos vean (Mt 11, 5). Es evidente que en esta palabras late y se expresa el recuerdo de algunas “curaciones” integrales de Jesús, que ha recogido con mucho interés los evangelios (cf. Mc 8, 22-26; Mc 10, 46-52; Mt 9, 27-30; 20, 30-34; Jn 9, 1-41. Pues bien, ellas recogen al mismo tiempo la experiencia superior de un conocimiento más alto del Reino de Dios (cf. Mt 13, 10-17) tal como se expresa en la controversia de Jesús con un tipo de rabinismo judío del entorno.
Según eso, la primera felicidad de los hombres consiste en que “vean”, que descubran por sí mismos el don y tarea de la vida, es decir, que ellos se vean en su verdad y se amen mutuamente. En esa línea hablará Mt 5m 8 de la bienaventuranza de los limpios de corazón, pues ellos verán a Dios, interpretando así el corazón como sede de la visión más profunda.
− Felicidad de los pies: Que los cojos anden (Mt 11, 5). Conforme a la palabra de Pablo en Atenas (Hch 17, 28), los hombres “vivimos, nos movemos y somos” en Dios. En ese contexto, los verdaderos cojos (= paralíticos, mancos, encorvados…) son aquellos que se encierran y paran (se inmovilizan) en sí mismos, de manera que no pueden moverse, en un plano corporal y espiritual.
Pues bien, de esos cojos se ocupó Jesús, haciéndoles capaces de vivir y de moverse en libertad, como recuerda la tradición de los evangelios (cf. Mt 8, 5-13; Mt 9, 2-7; 15, 30-31; 21, 14). Según eso, tras la de mirar y ver, la primera felicidad que Jesús quiere ofrecer a los hombres es la de los pies: Que ellos “anden”, que puedan caminar en sentido radical, pues la felicidad se identifica con el movimiento corporal y humano, en su integridad.
− Felicidad de piel y el tacto: Que los leprosos queden limpios, puedan besar y abrazar (11, 5). La lepra es para la Biblia (y más en concreto para los evangelios) una enfermedad somática y una mancha (=impureza) religiosa, pues, conforme a la Ley (Lev 13‒14), los leprosos quedan excluidos del culto de Dios, como infortunados permanentes. En contra de eso, Jesús aparece como sanador de leprosos, en sentido corporal, pero sobre todo personal y social (cf. Mc 1, 40-45; Mt 8, 2-4), proclamando la bienaventuranza o felicidad de Dios a los excluidos por “impuros”, diciéndoles: ¡Quedad limpios!
Esta actitud y conducta de Jesús resultaba escandalosa en un mundo que excluía del templo de Dios y de la vida de amor a los leprosos por impuros y malditos (como muestra el caso de Job). Pues bien, en lugar de ratificar la bendición y bienaventuranza de los puros (limpios), que habitan en el templo de Dios y cumplen su Ley nacional (como destacaban muchos salmos), Jesús ha proclamado la bienaventurados que hace limpios, felices, a los leprosos, expresando (iniciando) así la mayor de la inversiones o revoluciones religiosas (humanas) de occidente.
− Felicidad de la lengua y del oído: Que los mudos hablen, que los sordos oigan, que los hombres y mujeres se comuniquen en amor entre wí (cf. Mc 11, 5). La tradición del evangelio ha vinculado a sordos y mudos, pues ambas enfermedades solían ir unidas, y así presenta a Jesús como aquel que ha “curado” de un modo especial a unos y otros (cf. Mt 9, 33-34; 12, 22; 13, 14-15). Curar significa aquí ante todo acoger, animar, y así la curación aparece como un milagro de fuerte simbolismo mesiánico.
Como enviado de Dios, Jesús ha querido crear (está creando) grupos de personas que escuchan y hablan, pero no en un sentido exclusivamente religioso (obedecer a la Ley, dialogar sobre ella, como dicen varios salmos y muchos textos rabínicos), sino en sentido humano, integral: Que los hombres puedan hablar y escucharse mutuamente, comunicándose en sentido humano, como han de hacer padres e hijos, enamorados y esposos, amigos y posibles enemigos, en sentido radical, todos los hombres y mujeres de la tierra. Ésta es la felicidad de la Palabra, esto es, de la comunicación de hombres y pueblos.
− Felicidad de la vida: Que los caídos se levante, que los muertos resuciten (Mt 11, 5). Estas resurrecciones pueden aludir a las que Jesús ha. Que los bía realizado, según la tradición, haciendo volver a este mundo a personas que estaban o parecían ya muertas (cf. Mc 5, 21-43; Mt 9, 18-23; Lc 7, 11‒17; Jn 11; Mt 27, 52-53. Pero, en el fondo de ellas, se ha expresado la más honda fe en la resurrección, como despliegue integral de Vida de aquellos (hombres y mujeres) que creen en el Dios que resucita a los muertos (cf. Mc 12, 18‒27 y par).
En un sentido, allí donde la vida humana se interpreta como maldición, resucitar tras la muerte sería la mayor de las desdichas. Pues bien, en contra de eso, allí donde la vida se concibe como gracia, la felicidad consiste en “renacer” en un mundo donde la vida es manantial de felicidad (por encima de la muerte), felicidad que se da (regala) y que no muere, que se comunica y alcanza su plenitud en el Dios de la vida. El Job bíblico no había conocido esta felicidad, Krisna y Buda la entendían de otra forma (como inmortalidad o nirvana). Ésta es, en cambio, para Jesús la felicidad del Dios que no muere y de los hombres que viven en él, por encima (resucitando) de la muerte, conforme al mensaje pascual de Jesús en la Iglesia (cf. Mc 16, 1‒8; Mt 28, 16‒20).
‒ Felicidad de los excluidos: Y los pobres reciben la buena noticia (11, 5). Pobres (ptôkhoi, mendigos) son aquellos que no pueden mantenerse la vida por sí mismos, pues carecen de trabajo o medios para subsistir, a diferencia de los trabajadores de clase humilde (penêtes) capaces de alimentarse, aunque a costa de duros sacrificios. Evangelizar a esos mendigos no es darles un simple mensaje espiritual, sino abrir para ellos un camino de esperanza (como dirá la primera bienaventuranza: Lc 6, 20 y Mt 5, 3), con lo que ella implica de cambio (transformación) en las condiciones personales y sociales de los hombres.
La felicidad de Jesús es una buena nueva de vida para los pobres: Que ellos puedan mantenerse (vivir) en dignidad y relacionarse unos con otros, haciéndose así portadores de felicidad, de curación y esperanza, como supone el envío de Mt 10, 8-10. Jesús aparece según eso como buena nueva de felicidad para los mendigos, no porque ellos sea pobres, sino porque, siéndolo, pueden ser portadores de un mensaje de felicidad que les transforma y capacita para hacer felices a los otros.
Estas obras de bienaventuranza (sanaciones, resurrección, liberación de los pobres…) culminan de forma paradójica en la conclusión de Mt 11, 6: ¡Y bienaventurado, makarios, aquel que no se escandaliza de mí! (es decir, aquel que no se escandaliza de la felicidad de Jesús). Tomadas así, las bienaventuranzas definirán la historia y proyecto de Jesús en línea de felicidad, pero en medio de un gran rechazo, promovido por la oligarquía social de Galilea, que no aprueba el cambio de Jesús, sino que quiere que sigan dominando sobre el mundo las relaciones y rangos de felicidad de la sociedad establecida, con ricos felices y pobres sometidos!
Por eso, Jesús se ha visto obligado a completar su propuesta añadiendo ¡bienaventurado el que no se escandaliza de mí! La felicidad de Jesús constituye, por tanto, un motivo de “escándalo” para aquellos poderosos que quieren mantener sus privilegios (su bienaventuranza personal, parcial, elitista), impidiendo así que todos puedan ser felices. Ciertamente, Jesús no ha luchado de un modo externo (económico‒militar) en contra de nadie, pero su proyecto de felicidad resulta peligroso para los “privilegiados” de un sistema, que dice querer a los pobres y enfermos, pero pretende tenerles sometidos (que no se curen, que no vean, que no entiendan, que no sean dueños de sí mismos).
Estas palabras de Jesús (¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!) están indicando que algunos (muchos) no quieren la felicidad de los pobres (como insinuaba el libro de Job), que están quizá dispuestos a ayudarles desde arriba, dándoles de comer, pero manteniéndoles sometidos: Que o vean de verdad, que no anden en libertad, que no sean verdaderamente libres. No quieren que se implante y crezca un movimiento de sanación y liberación real, de resurrección de los muertos. Para ellos la bienaventuranza de los pobres (enfermos, oprimidos…) es más peligrosa que una lucha militar, y por eso acaban condenando a muerte a Jesús, para impedir que él les haga de verdad felices.
[1] Hablando por los dos (haremos…), la amante da gracias al amado por la flor de los amores. Al fondo de esa referencia puede estar la tradición de las novias judías que cortaban su cabello el día de la boda, para ofrecérselo al esposo, en donación definitiva. Pero resulta más clara la referencia normal al cabello de mujer entendido como belleza amorosa que atrae a los hombres, y de un modo especial al Amado (cf. Ct 4, 1; 5, 11).
[2] Algunos dirán que este es un mundo de enamorados ingenuos que piensan que la vida puede mantenerse “haciendo guirnaldas”, olvidando las muchas labores de la casa y hacienda, como aseguraba Marta, quejándose a Jesús (María me ha dejado sola…). La meta de la vida es “hacer guirnaldas”, en un mundo que parece diversión de niños, que juegan al amor sobre la pradera, ensartando margaritas en un hilo, mientras otros (quizá los mismos padres) trabajan sobre el campo. Pero Jesús respondió a Marta que María había escogido la “mejor” parte, que no le sería arrebatada”, mientras la función de Marta (parecida a la de Pedro podría terminar un día, cf. Lc 10, 42)