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Semana de la Trinidad, la mayor santa del cielo, con el santo Pastorcico

Semana de la Trinidad, la mayor santa del cielo, con el Santo Pastorcico

 Le preguntaron un día a fray Juan de la Cruzquién era el mayor santo del cielo y respondió “San Trinidad”. Le contestaron ”pero son tres”, y respondió fray Juan “son tres que forman uno, empezando por el niño que llora en el pesebre”.

Le pidieron “cuéntanos la historia de san Trinidad. Y Juan contestó: Yo no sé contar historias, pero sé cantar romances. Así empieza el de San Trinidad:

En el principio moraba / el Verbo y en Dios vivía /

en quien su felicidad / infinita poseía.

El mismo Verbo Dios era / que el principio se decía.

Él moraba en el principio y principio no tenía.

Él era el mismo principio / por eso de él carecía (RT 1-10)

 El principio de san Trinidad es Dios Padre que tuvo y tiene un hijo al que llamo San Verbo, esto es, la santa palabra, añadiendo:   

El Verbo se llama Hijo, / que de el Principio nacía.

Hale siempre concebido, / y siempre le concebía.

Dale siempre su sustancia / y siempre se la tenía (RT 11-16).

En este principio (¡el Padre sólo tiene aquello que da, y el Hijo sólo tiene aquello que recibe y nuevamente “da”, dándose al Padre) aparece en resumentoda la Trinidad, es decir, San Trinidad gloriosa:La gloria del Padre es el Hijo y la del Hijo el Padre (RT 17-20), de manera que cada uno existe y es glorioso precisamente teniendo su gloria fuera de sí (en el otro a quien la entrega, ofreciéndose a sí mismo).

Ambos, Padre e Hijo, se abrazan y besan  al entregarse y ser uno en el otro, en una especie de unidad paterno-filial, que paradójicamente recibe y tiene rasgos de bodas, pues pareció que el Padre y el Hijo eran novios de los besos que se daban.  

Como amado en el amante / uno en otro residía,

y aquese amor que los une, / en lo mismo convenía

con el uno y con el otro /en igualdad y valía(RT 21- 26).

El que ama no reside o mora en sí, sino en su amado, pues para ser de verdad “en sí” es preciso salir de sí, haciendo que otro sea, de forma que el “en sí” y el “fuera de sí” se identifican.  Eso significa que la santidad son unos novios que se quieren y abrazan, de manera que la casa donde vive el Padre es el Hijo y la casa del Hijo el Padre..

El Padre Dios reside así en el Hijo, y el Verbo-Hijo en el Padre, de manera que no hay primero un “ser en sí” y luego un ser “en el otro”, pues cada uno sólo puede ser en sí siendo en el otro.  El Hijo es la sustancia del Padre, y el Padre la del Hijo

El Padre sólo existe al darse al Hijo, y el Hijo por su parte, al responderle y entregarle su existencia, de manera que la realidad es vaciamiento amoroso, donación de sí. De esa forma son en sí, siendo uno en el otro, y los dos en comunión, de manera que el amor del Padre al Hijo es el mismo del Hijo al Padre, en donación mutua (siendo, sin embargo, ambos distintos).

Esa abrazo de amor que les une precisamente al distinguirles (existiendo cada uno en el otro), recibe el nombre de Espíritu Santo. Por eso, con toda la tradición cristiana, SJC puede afirmar que ese amor (Espíritu Santo) «convenía con el uno y con el otro en igualdad y valía», interpretando así de un modo muy preciso la experiencia de Constantinopla I (año 381), en la línea de la perijóresis[1].

  Una esposa que te ame  

 Pero el Padre no quería ser novia del Hijo, sino darle una esposa propia para que fueran felices…Quiso darle además una esposa humana, para que siendo distintos (uno Dios y otra una persona humana) pudieran amarse aún más:

Una esposa que te ame, / mi Hijo, darte quería,

que por tu valor merezca / tener nuestra compañía,

y comer pan a una mesa / de el mismo que yo comía,

para que conozca los bienes / que en tal Hijo yo tenía

y se congracie conmigo / de tu gracia y- lozanía (RT 76-86)

Esta es la “economía” de Dios que no consiste en afirmarse a sí mismo y conseguir (tener) algo a costa de   sino en dar y darse del todo, gozosamente, a fin de que otros sean y compartan su mismo gozo.  El Padre Dios quiso que su Hijo tuviera una novia y mujer humana, de forma que celebraran unas bodas de divinidad y humanidad  undas… Y como Dios era Dios y puede todo en amor quiso crear y creó una humandad como esposa paa su Hijo.

Esto significa que los hombres y mujeres de la tierra han sido crea­dos por y para el Hijo, para que fueran novios, novias y esposas del Hijo queriéndose para siempre. Así le dijo Dios Padre a Dios Hijo:

Voy a darte una humanidad-esposa que te quiera, que tú le hagas feliz, que ella te haga feliz a ti. Ya sé que eso podrá parecerte difícil…. pues seréis muy distinto Pero precisamente sa distinción será mtivo de mayor felicidad: La mayor felicidad de Dios será hacer felices a los hombres… Y la mayor felicidad de los hombres será hacer felices al mismo Dios.

Para eso tú, Hijo mío, tendrás que encarnarte… y los hombres tendrán que divinizarse, para casarse contigo.  Según eso, esa bajeza de los hombres se comprende como signo (y expresión) del mismo ser humano, creado por Dios para un matrimonio paradójico y sublime en el interior de la Trinidad, por gracia del Hijo de Dios. 

En esa línea podríamos decir que para SJC el hombre por sí mismo es una especie de "buscador esponsal" de Dios… Asi fue Dios enseñando a los hombres la forma y manera de prepararse paa ser esposa del Hijo de Dios, conforme a la doctrina de los profetas:

diciéndoles que algún tiempo /él los engrandecería

y que aquella su bajeza /él se la levantaría

y que aquella su bajeza / él la levantaría…

Que como el Padre y el Hijoy el que dellos procedía,

el uno vive en el otro, así la esposa sería,

que, dentro de Dios absorta, vida de Dios viviría (RT 129-132. 160-66).

 Fueron muchos los hombres y mujeres que creyeron a Dios, desde Abrahàn y Moisés, desde Elías,Isaías y todos los profetas…

Por lo cual con oraciones, con suspiros y agonía,

con lágrimas y gemidos, le rogaban noche y día

que va se determinase a les dar su compañía (RT 177-180).

El hombre vive en situación de adviento, esperando la llegada de Dios. No es un ser caído (esencialmente pecador), un viviente arrojado a la tierra, condenado a la angustia y a la muerte, sino un ser de esperanzaque quiere y busca a Dios, por su misma realidad humana (¡así le ha creado Dios!) y por la profecía (¡así le ha llamado!). En esa situación no hay “nada” que pueda contentar al hombre fuera de su inmersión en Dios. Por eso le conviene no apegarse a nada, no cerrar su vida en ninguna de las cosas que le ofrece el mundo, pues ninguna de ellas logra saciar su deseo más hondo.  

  Encarnación esponsal (Romance Trinidad  221-310).

Dividimos este último momento del Romance en dos partes. En la primera tratamos del abajamiento de Dios (es decir, de su kénosis profunda, para comunicarse así plenamente) y en la segunda de su “matrimonio” con los hombres. De esa forma se vincula la entrega de Dios con el despliegue de la vida humana.

a. Abajamiento de Dios. Hemos hablado hasta aquí de la bajeza de la esposa humanidad, entendida a modo de camino de maduración para el amor. Conforme a una visión también pau­lina (Gal 3-4), que no es la del posible pecado “original” (Rom 5), los hombres eran al principio como niños, pero Dios los fue "educando" poco a poco con su Ley (el yugo de Moisés, RT 225-226), para que así maduraran hasta el tiempo del "rescate" de la esposa (RT 223), que no se entiende ni define como sacrificio por algún pecado, sino como expresión de amor intenso, de plena encarnación:

Ya ves, Hijo, que a tu esposa / a tu imagen hecho había,

y en lo que a ti se parece / contigo bien convenía;

pero difiere en la carne, / que en su simple ser no había.

En los amores perfectos / esta ley se requería,

que se haga semejante / el amante a quien quería (RT 229-238).

El hombre es imagen de Dios y por eso ha de buscarle, para vincularse a él en plenitud, haciéndose semejante a él, de tal forma que ambos puedan mirarse y darse vida, cara a cara, en pleno matrimonio. Pues bien para eso es necesario que Dios “baje” y se haga carne, y así sucede cuando, llegado el tiempo, el Hijo asume la voluntad del Padre y se encarna por María ("de cuyo consentimiento / el misterio se hacía" (RT 271-272). Así viene a contarse:

Ya que era llegado el tiempo /en que de nacer había,

así como desposado, / de su tálamo salía,

abrazado con su esposa, /que en sus brazos la traía (RT 287-291).

El Hijo de Dios sale del tálamo nupcial, del secreto de Dios, que se rea­liza en el seno de María para así entrar en el mundo como esposo eterno e infinito, abrazado ya a su esposa (María). Ésta es la escena triunfal que el romance había preparado largamen­te en su relato: el Hijo de Dios tomaría en sus brazos a la esposa humani­dad, para a elevarla con él e introducirla en su propio misterio trinitario.

El Padre había creado una esposa para su Hijo, pero ella se encontraba alejada, sumida en su bajeza. Para superar esa distancia y realizar el matrimonio, el Hijo se ha encarnado, entrando así en el espacio de la esposa. Dios se ha hecho hombre en Cristopara desposarse con los hombres, en amor de matrimonio, pero de tal forma que sigue siendo totalmente Dios al hacerse hombre, en kénosis radical, entendida como salida y entrega de sí, en el misterio trinitario (cf. RT 221-224, 260.

Desposorio de Dios, Navidad. El Hijo de Dios se ha introducido en la “bajeza” del mundo, naciendo así en el infierno o “lago” de muerte (RT265) donde estaban los hombres opri­midos, en impotencia, y trabajo, es decir, en dolores (RT 261-262). Sólo de ese modo, encarnándose en la carne de María como hijo del hombre (RT 279-286), el Hijo de Dios hace suya la humanidad, tomándola en brazos, acariciándola en ternura y elevándola a su gloria.El punto de partida de las bodas no es que el hombre ascienda, para encontrar así al Señor más alto de los cielos (como en el mito de Platón), sino que el mismo Dios descienda y tome carne, de manera que Dios y el hombre se vinculen en la misma tierra.

En un nivel, el Hijo de Dios actúa como esposo soberano: sale del tálamo (espacio generante y signo de unión) llevando en brazos a su esposa, para conducirla de nuevo hacia Dios Padre. Dios Hijo es un buen esposo-amigo que, en fuerte ternura, rescata y eleva a su esposa a fin de abrazarse por siempre con ella.

Pero en otro plano ese mismo Dios Hijo aparece como pobre y necesitado, envuelto en llanto. Cantan los hombres cantares, entonan los ángeles melodía, haciendo en la tierra música del cielo, «pero Dios en el pesebre / allí lloraba y gemía; / que eran joyas que la esposa / al desposorio traía" (RT 301-304).

Significativamente, este relato de fe que es el romance, habiendo parti­do de Jn 1,1 ("en el principio....RT 1), ha culminado ofreciendo el mensaje de Lc 1-2, con textos de la anunciación y nacimiento. La encarnación se cumple ya en Belén como fiesta paradójica de bodas, trueque misterioso en el que vemos "el llanto del hombre en Dios” (Cristo llora en el pesebre)y alegría del cielo en los hombres(cantar de los pastores).

Éste es el pasmo de la encarnación, el centro de la fe cristiana. Como testigo de ese pasmo, como ejemplo y modelo para todos los creyentes, ha situado aquí SJC a la Virgen María. Ella es la Virgen del consentimiento, porque ha dicho que sí a Dios (cf. cap. 7) y ha colaborado con él para su encarnación, es decir, para Dios mismo se humanice a través de ella: María es la Madre de la contemplación pasmosa, porque descubre y venera la grandeza de Dios en el llanto y pequeñez del Cristo que ha nacido.

Esto significa que el Esposo, Hijo de Dios y salvador, no viene para imponerse, en gesto de grandeza, sino como aquel que necesita ser amado, recibido, poniéndose en manos de los hombres, para de esa forma amarles. Ésta es la historia de aquel que viene como “erómenos” (el que ha de ser amado), pero no como el Primer Motor de Aristóteles (cf. Metafísica, XII, 7), impasible en su grandeza, superior a todos, sino como sufriente, pequeño, dentro de la historia de la tierra. Pues bien, al llegar aquí, cuando parece que debía empezar ya el auténtico relato de la vida de Jesús y de su pascua, se concluye el gran romance y acaba la con­fesión de fe, con un finis (fin) que no deja lugar a discusión alguna.

         Para aque­llos que no hayan asumido por dentro la dinámica más honda del misterio cristiana resulta extraño que, tratando del amor de Dios (Trinidad, Creación, Encarnación), el texto acabe precisamente allí donde comienza su más hondo argumento: la muerte nupcial de Jesús, que es la expresión y sello del amor supremo. Pero, mirado bien, ese comienzo lleva en sí todo el despliegue posterior de la vida y entrega del Hijo de Dios, que SJC describe en otro lugar, en la admirable canción que se titula “Un pastorci­to... " y que trata de la muerte en amor del Amado. Lea qien quiera este poema y saque las conclusiones

El pastorcico, las bodas del árbol Dios encarnado (Juan de la Cruz).

 Un pastorcico solo está penado

ageno de plazer y de contento

y en su pastora puesto el pensamiento

y el pecho del amor muy lastimado.

2

No llora por averle amor llagado

que no le pena verse así affligido

aunque en el coraçón está herido

mas llora por pensar que está olbidado.

3

Que sólo de pensar que está olbidado

de su vella pastora con gran pena

se dexa maltratar en tierra agena

el pecho del amor mui lastimado!

4

Y dize el pastorcito: ¡Ay desdichado

de aquel que de mi amor a hecho ausencia

y no quiere gozar la mi presencia

y el pecho por su amor muy lastimado!

5

Y a cavo de un gran rato se a encumbrado

sobre un árbol do abrió sus braços vellos

y muerto se a quedado asido dellos

el pecho del amor muy lastimado.

[1]Dentro de nuestra perspectiva no es necesario indicar con más rigor la forma en que JC ha concebido esta unión de tres personas (RT 27). Pero hay algo que resulta evidente en el poema. Conforme a las palabras más intensas (amante, amado y amor; cf. RT 29-32), el Espíritu Santo viene a presentarse como "aquel amor inmenso que de los dos procedía” (RT 47-48), es decir, como la misma “comunión” intradivina. El Espíritu es la entrega de sí, el movimiento de amor que procede del Padre y que se expresa en la unión (comunión) del Padre y del Hijo, que se concretiza en las “palabras de gran regalo" que el Padre al Hijo decía (RT 49-50), unas palabras que significativamente enmarcan el principio de la creación, entendida como “espacio” en el que se despliega el amor trinitario.

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