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Ni siervo (δοῦλος) ni libre (ἐλεύθερος). Contra el riesgo del un estado neo-esclavista (Gal 3, 28)

Ni siervo (δοῦλος) ni libre (ἐλεύθερος). Contra el riesgo del estado neo-esclavista (Gal 3, 28)

Publiqué hace dos días en RD y FB una “postal” sobre el riesgo de un Estado central, dominando sobre el conjunto de la tierra y me atreví a decir que ciertas propuestas de la DSI me parecían menos claras en este punto. Un poder central único puede convertirse en principio de sometimiento sobre el mundo entero.

En esa misma postal reflexioné sobre la posibilidad o ventaja de dos Estado poderosos y contrarios dominando sobre un territorio, como podía ser Israel-Palestina, Si un Estado a solas es peligroso, más peligroso me parece que haya dos estados poderosos luchando entre sí.

Eso me ha llevado a reflexionar sobre el Estado… que, sin duda, tiene muchos valores de racionalidad, de libertad, de convivencia… como decían Rousseau, Hobbes y Hegel…

He vuelto a pensar sobre el tema desde el evangelio (Gal 3, 28: Ni varón ni mujer, ni pagano ni judío, ni señor ni esclavo). No tengo soluciones claras, pero tengo miedo de estados  que dicen estar proteger la libertad, pero que se están volviendo esclavistas.

 Ante el riesgo de  Estados neo-esclavistas

           La esclavitud es un fenómeno extenso y multiforme. Aquí destacamos su aspecto religioso, más que su sentido económico, social o jurídico. En un sentido extenso, la esclavitud puede entenderse como una guerra sin guerra, es decir, como una expansión y consecuencia de la violencia sacrificial (lucha de todos contra todos) que estaría en el principio de la historia humana.

           Jurídicamente, un tipo de esclavitud ha terminado, pero a mi juicio está creciendo una neo-esclavitud larvada, que brota de la injusticia económica ide la imposición de un nuevo poder de los estados… sobre personas y grupos sociales.

           Justificación filosófica de la esclavitud: razones (ideológicas) del poder.

Siguiendo en la línea anterior, muchos filósofos han justificado la esclavitud, como expresión de las desigualdades sagradas de la naturaleza humana. Entre ellos podemos citar a Platón, cuando supone que Dios habría suscitado a los hombres de diversas formas, con dignidades y derechos diferentes: varones y mujeres, libres y esclavos, sabios y guerreros... Unos han surgido para dominar, otros para ser dominados. Ciertamente, algunos filósofos de Grecia (especialmente los sofistas) han iniciado un camino de racionalización intelectual y social que está en la base de la igualdad de los hombres y de nuestra democracia.

 Pero, los mayores filósofos de Grecia (Platón y Aristóteles) han defendido el carácter "natural" de la esclavitud, como si ella fuera expresión de una desigualdad original entre los humanos. A ese nivel, no se puede hablar de unos derechos universales, propios de cada hombre o mujer, independientes de lugar social que ocupa cada uno. Hay más bien derechos de clase o de grupo. La democracia es el poder del demos, es decir, del conjunto de los ciudadanos libres (sólo de los libres), que aparecen como representantes de una racionalidad divina más alta sobre el mundo. La divinidad se expresa, según eso, de formas jerárquicas, conforme a un principio de gradación de la realidad humana, de manera que ella misma justifica la existencia de hombres libres y de esclavos.

           Conforme a esta visión, el mismo Dios (o la naturaleza) habría sancionado, por razones de diversidad natural (y a veces por un pecado previo) la desigualdad entre razas, pueblos, sexos, castas o individuos, elevando a unos y abajando a otros, haciendo a unos señores y a otros siervos. En esta línea se mantienen algunos de más elevados sistemas filosófico-religiosos de la historia antigua (e incluso moderna), desde el orden de castas hindú, hasta la justificación helenista (y occidental) de la esclavitud, pasando por un tipo de mesianismo nacionalista (o de imposición sagrada) propio de algunos grupos judíos y cristianos. [1]

 Justificación fáctica, poder perpetuado. Los aspectos anteriores (fundamento mítico y filosófico) pueden discutirse a un nivel de superestructura ideológica. Pero es indudable que ellos han actuado como reflejo y justificación supra-estructural de una división jerárquica de la sociedad, que se define por la imposición de unos (señores) sobre los demás (esclavos).  La sociedad se ha organizado así en forma clasista, dividiendo o separando a los humanos en grupos desiguales, estructurados de forma piramidal o jerárquica, partiendo para ello de principio o razones de tipo racial y/o religioso, cultural, económico y jurídico. La esclavitud estrictamente dicha y jurídicamente establecida, tal como ha triunfado de manera clásica en Roma, ha sido sólo una expresión concreta de ese principio de ruptura (estratificación) social donde unos grupos dominan o se imponen sobre otros.

Es evidente que los privilegiados del sistema han querido buscar y han buscado racionalizaciones religiosas y filosóficas para justificar su propia supremacía. Así apelan a la ley del poder (Dios asiste a los victoriosos) o aluden al valor de la humildad sagrada (es bueno someterse; la obediencia es una virtud etc. ). Pero en el fondo de esas racionalizaciones late y se expresa una forma de egoísmo superior: a los jerarcas no les basta con ser más, quieren probarlo de manera racional, diciendo que es bueno para los demás que ellos dominen.

           En un momento dado, esas justificaciones han podido pasar a un segundo plano. Las razones religiosas o filosóficas resultan innecesarias. Basta el hecho bruto y duro del poder, que a unos eleva, a otros abaja. Pueden seguirse utilizando algunas racionalizaciones sacrales (Dios me ha bendecido con la riqueza, la providencia me ha escogido libre... ), pero en el fondo ya no se cree en ellas. En ese momento, la esclavitud ha venido a convertido simplemente en una forma de dominio social, de organización humana: es un hecho que no necesita justificaciones. En cierto sentido, la esclavitud ha sido un avance en el proceso de la racionalización social: ya no hace falta matar a los "culpables" o distintos, no es preciso eliminarles, expulsándose fuera del espacio de la vida. Al contrario, ahora se amplían las estructuras del espacio de la vida, para que dentro de ellas quepan diversos tipos de personas, conforme a una visión ampliada de la racionalidad. De esa forma surgen dos tipos de personas, con espacios y caminos de vida para cada una: los esclavos y los libres. 

           Esta división (libres y esclavos) ha permitido mantener un tipo de paz violenta y de orden social jerárquico, sin enfrentamientos abiertos de todos contra todos. Lógicamente, los libres ejercen actitudes y funciones patriarcales: se sienten llamados a mantener el sistema, dirigiendo de esa forma a los esclavos, “para bien de ellos mismos”. Es como si la razón y libertad no se hubiera expandido por igual entre todos los humanos, sino al contrario: los libres son los padres (los que piensan y deciden), los esclavos son como niños (han nacido para ser dirigidos y dominados). Una situación como esa ha de entenderse como situación de guerra social y económica. Para los esclavos, el mismo orden social es un tipo de cárcel.

Justificación política, siervos del Estado.

 Los aspectos anteriores se encuentran necesariamente vinculados a un tipo estructura política, que surge de la esclavitud y, al mismo tiempo, la refuerza y justifica. En este contexto podemos hablar del estado como organización social, que mantiene y sanciona el orden de la esclavitud a través de la violencia organizada. Surge así el estado esclavista, organizado por los hombres libres, que defienden sus derechos, manteniendo sometidos a los otros. En general, a diferencia de lo que sucede en las sociedades modernas, este tipo de estado no ejerce un poder directo sobre el conjunto de los hombres y mujeres (y en especial de los esclavos), sino que delega ese poder en manos de las familias o grupos de ciudadanos libres y nobles, que son los que de un modo directo ejercen su poder sobre los esclavos.

            Este tipo de estado no ha nacido de un pacto universal, en el que intervienen todos los ciudadanos (como supone Rousseau), sino de la imposición de los triunfadores y ricos, de los representantes de familias nobles, que han tomado (organizado) el poder, básicamente para provecho propio. Ciertamente, en el origen de ese estado influyen también otros factores y funciones; pero en un sentido más profundo, la ley del estado refleja y sanciona la racionalidad de los vencedores y los ricos, es decir, de aquellos que para mantener sus privilegios, crean aparatos militares y administrativos, económicos y laborales, judiciales y educativos que les respalden.

           Desde una perspectiva bíblica, sigue siendo iluminadora la visión de Hobbes, que concibe el estado como sacralización fáctica de los poderes establecidos, que parecen más vinculados a Leviatán (un monstruo ambiguo) que al Dios verdadero. Pero ese estado de Hobbes ya no es esclavista, sino que tiende a ofrecer a todos los ciudadanos unos mismos derechos bajo el rey “sagrado”. En contra de eso, los estados antiguos, como el Imperio romano, se mantenían sobre unas bases de esclavitud, de manera que sólo concedían libertad a un grupo reducido de ciudadanos.

           En esta línea puede situarse una visión bíblica (apocalíptica) del Estado. Ciertamente, esta visión no es la única, pues la misma Biblia ofrece otras visiones más positivas del Estado al que interpreta como portador de una misión de Dios, al servicio de la paz y, incluso, de la plenitud mesiánica (cf. Rom 13). Pero tanto el Antiguo (Dan 7), como el Nuevo Testamento (Ap 13) lo interpretan también como Bestia al servicio de una violencia y destrucción generalizada. Los habitantes del Estado aparecen así como esclavos del sistema.

Justificación económica.

Desde todos los aspectos anteriores, podemos hablar de una conexión económica de la esclavitud, que sigue imperando todavía, de algún modo, sobre el mundo. En un sentido estricto, la esclavitud ha nacido y se ha mantenido por necesidades económicas: ella existió y floreció allí donde las necesidades del sistema requerían una mano de obra al servicio de los triunfadores. Eso significa que la vida del conjunto de los hombres y mujeres concretos no valía en sí misma, sino en la medida en que puede utilizarse al servicio de una determinada economía familiar (de las casas nobles, poderosas), religiosa (de los templos) o estatal (del aparato administrativo).

           Los hombres y mujeres acababan siendo, según eso, mercancía, mano de obra al servicio del sistema o de los ciudadanos libres. Resulta asombrosa la forma en que algunas filosofías más clarividentes (como la de Platón) e incluso las religiones más excelsas (cierto cristianismo, que, por otra parte, ha destacado el valor supremo de los pobres) han podido aceptar de hecho la esclavitud. Platónicos y cristianos, por poner esos ejemplos, no eran menos inteligentes ni peores que la mayoría de los ciudadanos actuales. Si aceptaron la esclavitud no fue por maldad o equivocación, sino por imperativo del sistema económico. En ese sentido, la esclavitud de tipo jurídico externo terminó (se abolió) en Europa y América a lo largo del siglo XIX, pero los principios de su funcionamiento siguen influyendo en nuestro mundo.

[1] M. Weber, Ensayos sobre sociología de la religión I-III, Taurus, Madrid 1985, ha estudiado el tema en clave general, pero especialmente centrada en la división hindú de castas El motivo de la desigualdad social (con la subordinación de unos a otros) se aplica tanto al campo social (amos y esclavos) como al sexual (varones y mujeres). En esta última perspectiva sigue siendo fundamental el trabajo de K. E. Borressen, Natura e ruolo della donna in Agostino e Tomasso d'Aquino, Citadella, Assisi 1979. He planteado el tema, desde la perspectiva platónica de la República, en Dios como Espíritu y persona, Salamanca 1989, 309-339.

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