Someteos unos a otros en el temor de Cristo. Esposas, temed a vuestros maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la iglesia, salvador del cuerpo (Efesios 5, 22-35 ¿un adefesio?
Así nos preguntaba un profesor de NT del Bíblico (Roma) en los 60, acabado el Vaticano II, ante una clase llena de asombro. Pensé entonces que sabía la respuesta. Pero han pasado 60 justos años y no la entiendo todavía, pues no es una pregunta de teoría, sino de vida de la iglesia
La palabra adefesio viene precisamente de aquí. No es lo que está mal dicho, o no se entiende, sino aquello que es profundo y que los predicadores de plano). He pensado mucho sobre a este pasaje, lo he comentado en libros y en la vida de algunas comunidades, pero no he tocado fondo. Una vez más lo cito y expongo, no para resolver sus dubia de un nodo triunfante, sino para seguir pensando, con vosotros, por si alguno quiere acompañarme.
Jesús había interpretado el matrimonio a la luz de la creación (cf. Mt 19, 1-9 par), y en esa línea me ocupé del tema en La Familia en la Biblia (VD, Estella 2017). Pero ahora creo que puedo aportar algún detalle nuevo. Citaré el texto otra vez, pondré en paréntesis algunas palabras griegas a fin de precisar matices y ofreceré al fin algunas consideraciones, en un momento en que muchos cristianos están dejan de casarse por la iglesia por dificultades y temas vinculados con este luminoso y plural “adefesio”.
Texto clave, Cristo esposo. En 1 Cor 7, Pablo había establecido un tipo de oposición entre amar a Jesús y amar al marido en el matrimonio. Pues bien, en contra de eso, el autor de la carta a los Efesios (que no es Pablo sino uno de su escuela, ha relacionado al marido con Jesús (el Señor), añadiendo que, al amar a su marido la esposa está amando el fondo al Señor (Jesús), que la protege (y la salva). El matrimonio es por tanto una expresión simbólica del encuentro de Cristo (que presencia de Dios) con la iglesia, en la línea de tradición profética.
Someteos unos a los otros en el temor de Cristo (ὑποτασσόμενοι ἀλλήλοις ἐν φόβῳ Χριστοῦ.)
‒ Las mujeres a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la iglesia, salvador del cuerpo (σωτὴρ τοῦ σώματος).Así como la iglesia está sumisa (ὑποτάσσεται) a Cristo, las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo.
‒ Maridos, amad a las mujeres (ἀγαπᾶτε τὰς γυναῖκας) como Cristo amó a su iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, limpiándola mediante el baño de agua en la palabra,(καθαρίσαςτῷ λουτρῷ τοῦ ὕδατος ἐν ῥήματι),para presentar ante sí a la iglesia, llena de gloria,sin mancha ni arruga, ni cosa semejante, sino para que sea santa e irreprochable (ἀλλ’ ἵνα ᾖ ἁγία καὶ ἄμωμος.
Así deben amar los maridos a sus mujeres, como a sus propios cuerpos (ὡς τὰ ἑαυτῶν σώματα.). El que ama a su mujer se ama a sí mismo (ὁ ἀγαπῶν τὴν ἑαυτοῦ γυναῖκα ἑαυτὸν ἀγαπᾷ: cf. Lev 19, 18). Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien la alimenta y la cuida con cariño (ἐκτρέφει καὶ θάλπει αὐτήν, ), lo mismo que Cristo a la iglesia (καθὼς καὶ ὁ Χριστὸς τὴν ἐκκλησίαν).
Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos se harán una sola carne (ἔσονται οἱ δύο εἰς σάρκα μίαν, Gen 2, 24). Gran misterio es este, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia ( τὸ μυστήριον τοῦτο μέγα ἐστίν, ἐγὼ δὲ λέγω εἰς Χριστὸν καὶ εἰς τὴν ἐκκλησίαν. ). En todo caso, en cuanto a vosotros (πλὴν καὶ ὑμεῖς), que cada uno ame a su mujer como a sí mismo (ἕνα ἕκαστος τὴν ἑαυτοῦ γυναῖκα οὕτως ἀγαπάτω ὡς ἑαυτόν), y la mujer que tema a su marido” ἡ δὲ γυνὴ ἵνα φοβῆται τὸν ἄνδρα. (Ef 5, 21-33).
Este pasaje vincula el matrimonio con la experiencia de Cristo, pero (leído de un modo superficial) corre el riesgo de devaluar a la mujer, poniéndola de nuevo en un lugar subordinado, como muestran sus dos afirmaciones centrales.
(a) El marido representa a Cristo y cumple una función salvadora, debiendo entregarse por su esposa, porque es cabeza suya (y ella es su cuerpo). Eso significa que el marido no sólo limpia a la mujer, como si la bautizara en su agua (quitándola toda mancha, que estaría vinculada con su naturaleza femenina, con sus impurezas de sangre) y ofreciéndole la palabra, como si ella por sí misma no la tuviera)
b) La mujer representa a la iglesia, es decir, a la humanidad, y así debe mantenerse receptiva, dejándose transformar (limpiar, santificar) por su marido, como si el marido fuera para ella no sólo su Cristo, sino su obispo, su sacerdote (como los obispos que llevan anillo porque están “casados”, formando casa de Dios con su iglesia, de manera que se ha dicho que han de ser célibes, cosa que no se aplica en ese sentido a los presbíteros, como si sólo el obispo estuviera casado con su iglesia hasta la muerte (aunque este detalle se ha olvidado y los obispos cambian de sede, como si cambiaran de mujer).
(c) Lógicamente, así entendida, la mujer aparece como cuerpo regido por una cabeza y subordinado a ella, y más que amar a su marido ha de temerle, recibiendo su ayuda con respeto agradecido. De esa forma, al menos en un plano, Ef 5 asume una visión patriarcal del matrimonio que parecía lógica en aquel contexto. Ciertamente, “temer” (φοβῆται) ) no significa tener miedo, sino reverenciar (honrar)
En un tiempo anterior, en el mensaje de Jesús (cf. Mc 2, 18-19) o en la predicación de Pablo (2 Cor 11, 1), el simbolismo de las bodas se aplicaba por igual (de manera reversible) a varones y mujeres, de manera unos y otras podían aparecen como "esposa mesiánica" del Cristo. Ahora, la lógica del símil (Cristo/varón aparece como superior a la humanidad/mujer) y el patriarcalismo del ambiente han separado jerárquicamente las funciones, de manera que el esposo varón aparece como Cristo (cabeza), y la mujer como Iglesia (cuerpo), en un plano inferior, realizando funciones asimétricas, no de pura complementación personal, dialogal, sino de “jeraquía de tipo ontológico
Ciertamente, hombre y mujer son uno en Cristo (como había dicho Gal 3, 28), pero ahora se entienden en clave de desigualdad jerárquica (en relación asimétrica), que pone al hombre sobre la mujer, y ue en ese sentido que no puede invertirse (no puede atribuirse a la mujer lo que se dice al varón, ni viceversa. Siendo cabeza, el esposo es superior a su mujer, pero no para imponerse, sino para entregarse a ella y servirla hasta la muerte…
De todas formas, en un sentido, se puede y debe decir que, siendo “superior”, el marido tiene que hacerse de hecho inferior a la mujer, en la línea de la “kénosis” o entrega de Cristo en Flp 1, 6-11. Precisamente porque corre el riesgo de hacerse superior, el marido/varón ha de hacerse inferior vaciándose de su superioridad (por kénosis), para que de esa forma emerja y viva la esposa, no en superioridad, sino en comunicación de vida.
El marido tiene que hacerse servidor de la mujer, como Cristo se hizo servidor de la iglesia, como Dios se hace servidor de los hombres Por su parte, siendo cuerpo, la mujer es inferior, pero no para ser dominada, sino que el esposo ha de convertirse en su servidor.
2. Una interpretación complejísima. Como he dicho, el texto empieza con una afirmación de dependencia mutua (que los dos se sometan mutuamente, uno al otro), y así cada uno debe hacerse servidor del otro, pero después da la impresión de que ese servicio no es de diálogo, donde cada uno considera al otro como superior (cf. Flp 2, 1-5), sino que da la impresión de que uno (el varón) tiene un tipo de superioridad ontológica, por se, como representante de Cristo varón. Esto se podría haber cambiado, interpretando la relación mutua como enriquecimiento dialogal (forma de ser cada uno en el otro), pero da la impresión de que las iglesias clásicas (ortodoxa y católica) no ha hecho lo suficiente para cambiar esta situación, permaneciendo en un plano que pre-cristiano (quizá anti-cristiano).
(a) El varón es superior, y así es cabeza enn un sentido, tiene que ponerse al servicio de su esposa, para protegerla y salvarla; pero ha de hacerlo desde arriba, apareciendo como alguien que es superior a ella, creando así una especie de protectorado matrimonial, no de diálogo (reversibilidad), sino de jerarquía.
(b) El texto supone que la mujer necesita ser salvada (protegida...) de un modo especial, cosa que podría parecer aceptable en aquel tiempo, pero no ahora (año 2026). Desde lo que hoy somos y sabemos no se puede formular el tema de esa manera, a lo ser que sigamos diciendo y digamos que el varón puede ayudar a la mujer a liberarse de impurezas femeninas.
(c) Pero en sentido radicalpero la mujer puede y debe ser también cabeza, ayudando al varón a liberarse (y quizá mucho más) de impureza y “manías femeninas”. En ese sentido, tanto el varón como la mujer tienen que “purificarse” en amor y en liberad, en gratuidad y comunión de vida.
Éste es un pasaje paradójico y en esa línea debe entenderse, pues asume y desarrolla elementos de Pablo (someteos unos a los otros…), que nos sitúan cerca de la primera experiencia de la Iglesia y del mensaje de Jesús, apelando como él a Gen 2, 24-25 (y serán los dos una carne…; cf. Mc 1, 1-9), una carne, personal, sin que uno sea cabeza y otro cuerpo. Los dos son una sarx (carne), los dos son un un sôma. No es que a uno le falte corporalmente lo que tiene o le sobre al otro (como se ha venido diciendo, de forma anticristiana, aristotélica, no bíblica (que la mujer es un varón al que le falta el pene, y así no puede ser circuncidada).
Varón y mujer son completos, como personas, y de un modo personal, en plenitud, pueden y deben comunicarse en amor, dándose vida uno a otro y viviendo uno en el otro. Pero, al mismo tiempo, forman parte de un orden jerárquico de dualidad sexual, donde parece que el esposo representa a Cristo y se encuentra por encima de la esposa…
‒ Leído desde el principio general, entendido como tesis o resumen de todo lo que sigue (¡someteos unos a otros en el temor de Cristo! Ef 5, 21), el textodebería interpretarse en forma igualitaria y reversible: varón y mujer han de entregarse (someterse) uno a otro, en amor servicial fundado en Cristo, sin jerarquías (uno arriba y otra abajo), ni discriminaciones (uno cabeza y otra cuerpo), sino formando los dos una misma "identidad mesiánica de Cristo", "una sola carne", subordinándose mutuamente uno al otro (¡someteos!), en palabra que recoge el más hondo mensaje de Jesús (cf. Mc 10, 42-45 par) y la parénesis fundante de San Pablo (¡considerando cada uno al otro como superior! cf. Flp 2, 1-4).
‒ Leído desde su parte central (las mujeres…, los maridos…) el texto introduce una jerarquización ontológica o, quizá mejor, mítica de los sexos (el espíritu sería masculino, la materia femenina). El esposo se vuelve así mesías de la esposa, debiendo actuar como si fuera principio y garantía de la unión matrimonial. Esta forma de entender la la dualidad varón/mujer es anti-cristiana. Vuelve a un tipo de judaísmo-precristiano (no al verdadero judaísmo)… o desemboca en una gnosis (como la que aparece en el evangelio de Tomás, que no ha sido plenamente superado por ortodoxos y católicos.
En un sentido, el marido es salvador del cuerpo (=esposa) a la que limpia y purifica, conservándola sin mancha (Ef 5, 26-27). Pero, en otro sentido, la mujer es cabeza del varón, al que limpia y redime (salva). Pues bien, me parece evidente que, entendidas, fuera del contexto, las palabras que hacen al varón cabeza de la mujer son opuestas a la comunión del matrimonio mesiánico, cristiano, pues convierten al esposo como varón (no como Cristo de Dios) en mediador de Dios, como si fuera Mesías o Cristo de su esposa…, en sentido físico impersonal,.
Se puede y debe afirmar, que hay haber varones y célibes clérigos que no han sido “purificados” (limpiados) porque su celibato no ha sido elevación en amor sino endurecimiento en un tipo de egoísmo solitario… Evidentemente, el celibato por el reino puede tener y tiene grandes valores, como ha sabido y sabe una parte de la tradición de Pablo (en contra de la tradición, también unilateral de las cartas pastorales).
‒ Leído desde la conclusión (por eso dejará el hombre: Ef 5, 31-33), el texto reinterpreta el tema a la luz de Gen 2, 24 y supera de esa forma la visión jerarquizada de los esponsales (en la línea de Jesús; cf. cap 11). Este final empalma así con el principio (Ef 5, 21), donde se hablaba de sometimiento mutuo (reversible, igualitario). Es como si de pronto pareciera insuficiente el argumento anterior del Cristo esposo/cabeza y de la Iglesia esposa/cuerpo (sôma) de la parte central, y debiera recordarse con Gen 2 que ambos (varón y mujer) han de realizar un mismo camino y forman así una sola carne (sarks) en la que ya no hay cabeza y cuerpo.
Un camino dentro de la complejidad… Lev 19, 18. Este es un tema que yo he inventado, sino que me sigue acompañando desde mi estudio en el bíblico de Roma. El profesor al que antes me he referido nos decía que debemos vincular con más fuerza el shema de Dt 6, 5-8 con el mandamiento de Lev 19, 18. Amarás a tu prójimo como a ti mismo.Este motivo (amarás al prójimo como a ti mismo) está en el fondo de nuestro pasaje y que debería ayudarnos a plantearlo de un modo más hondo. Ésta es en el fondo la clave de todo el cristianismo, leído con Jesús desde la unión de Lev 19, 18 y Dt 6, 5-8.
El shema (amarás a Dios) es inseparable del amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mc 12. 29-35). El prójimo de un ser humano (varón o mujer) puede tener muchos matices, pero entre ellos el más importantes suele ser éste: El prójimo central de un varón suele ser una mujer, y el prójimo cenrral de una mujer suele ser un varón… Sin este amor “mutuo” de prójimos en fidelidad de paeja es difícil hablar en plenitud de vida humana.
Y con esto dejo abierta esta reflexión sobre el “adefesio” de Ef 5, diciendo que este pasaje ha de entenderse de un modo conjunto y paradójico, pues sus imágenes se solapan y cruzan. Su parte central (sobre los deberes de varones y mujeres) parece suponer que la mujer es sôma o cuerpo del marido, a quien ella debe someterse como a Cristo. Pero en la parte final descubrimos que ambos forman una sola sarks o carne, un solo cuerpo o humanidad,, entendida como fragilidad y y vida compartida, de manera que deben someterse uno al otro, en comunión de vida universal, es decir, de humanidad. En esa última línea debería afirmarse que cada uno es carne del otro, formando así un cuerpo mesiánico
En un nivel, el marido es cabeza de la mujer (parte central del texto); pero aplicando el principio de reversibilidad (y uniendo el principio y final del texto), hay que decir que la mujer es también cabeza del marido, pues sólo así pueden someterse mutuamente, el uno al otro, "en el temor de Cristo", cumpliendo el mensaje de Jesús, en la línea de Gen 2, 24 donde se dice que "marido y mujer forman una sola carne". Leído así, este pasaje ha sido y puede seguir siendo positivo, pues se atreve a interpretar el matrimonio en clave cristológica, aunque muchos piensan que ha sido dañino por definir al varón como mesías-cabeza y a la mujer como iglesia-cuerpo.
Sea como fuere, pienso que la catequesis actual debería reformular con cuidado esta visión de Cristo como esposo/cabeza y de la mujer como iglesia/cuerpo, para superarla, pues la misión del verdadero Cristo se expresa por igual a través del varón y de la mujer. De un modo urgente, este pasaje debe reformularse en lenguaje reversible de manera que allí donde se dice que el esposo es Cristo para la esposa se ha de añadir también que la esposa es Cristo para el esposo; y donde se dice que el esposo es cabeza se pueda añadir que él es también cuerpo de la esposa (y viceversa). Esta visión y comprensión del texto plantea una serie importantes de reformas y ecualizaciones de evangelio en nuestra iglesia.