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Siete minutos de silencio

León XIV en el Congreso

León XIV ha llamado, en no pocas ocasiones, a los “cristianos con responsabilidades públicas” a ponerse en actitud de escucha interior (conversión) para prestar atención a mantener unidas la fe y la vida. Solo así se puede dar un verdadero testimonio cristiano coherente. Pero este modo de estar en la vida pública es extensible también a todos los agentes de pastoral empezando por quienes ostentan cargos de responsabilidad en la Iglesia, es decir, a los sacerdotes y obispos. No solo por aquello de ver la paja en el ojo ajeno, sino para gozar de buena salud espiritual y ser auténticos.

En esta línea me gustaría comentar algunos episodios de su viaje a España ahora que se ha rebajado el ruido de los medios y en tiempo de verano, propicio para reflexionar. Del acontecimiento hay ya muchos comentarios, este será solo uno más.

El aplauso de sus “señorías”

El Congreso de los Diputados ofreció a León XIV una larguísima ovación. A tenor de su sonrisa silenciosa pareciera que el primer sorprendido, ante semejante reacción a su discurso, fuera el propio Papa. Cuentan las crónicas, y decenas de titulares, que los diputados estuvieron aplaudiendo al Jefe de Estado del Vaticano durante 7 minutos con algunos gritos de euforia y vivas al Papa.

¿Qué aplaudían unos y otros? ¿Cómo se veía todo esto desde la televisión y en las redes? ¿Qué estaría pensando el propio León XIV?

Resultaba inaudito que, por una vez, al menos en la presente legislatura, sus señorías abandonasen la bronca y el enfrentamiento diario para ponerse en pie y juntos aplaudir a alguien que no fuera de su propio color ideológico. ¿Sería este aplauso preludio de un final de mandato con acuerdos y proyectos comunes, para hacer frente a las necesidades de la gente, especialmente de los jóvenes y de los sectores más vulnerables? Me temo que no. Solo unos días después resultó ser que el aplauso fue solo únicamente una escenificación más del burdo espectáculo al que lamentablemente nos estamos acostumbrando todos, en todas las sesiones del Congreso.

Es cierto que el Papa llegaba a España con buen cartel. Su enfrentamiento a las políticas de Estados Unidos frente a la guerra y la inmigración de su obsesionado presidente (y ante el silencio de muchos otros líderes políticos) León XIV se ha ganado cierta autoridad moral y un importante reconocimiento internacional. ¡Bien por él! Los católicos, todos, deberíamos alegrarnos por ello. No obstante, en un Estado como España, al que le cuesta asumir su laicidad, y en una Iglesia a la que le cuesta aún más, parece obvio reconocer que su presencia en el Parlamento iba a despertar los viejos fantasmas de la confesionalidad y las añoranzas de cristiandad de otros tiempos. Como así ha sido en muchos sectores de la sociedad y la Iglesia española.

Siete minutos de silencio

En fin, más allá del discurso del Papa, previsible en la cuestión de los migrantes y su defensa de la paz; y por supuesto lo que dijo sobre el aborto y la eutanasia, este aplauso en el Parlamento (a mi modo de entender), podría haberse sustituido por 7 minutos de silencio. Silencio para discernir, por ejemplo, como alcanzar un marco jurídico más adecuado para apoyar la plena aconfesionalidad del Estado español (también en los estados autonómicos). Y de paso renunciar a los privilegios que le conceden a la religión católica (por encima del resto de religiones que practican muchos españoles y que deberían ser iguales ante la Ley, a tenor de la mención especial a la Iglesia Católica que se hace en el Artículo 16.3 de la Constitución y cómo se están aplicando, en la práctica, los Acuerdos entre el Estado Español y la Santa Sede de 1979.

Quizá 7 minutos de silencio hubieran podido despertar, en sus señorías, la fuerza interior necesaria para discernir cómo llevar a la práctica algunas de las importantes sugerencias del Papa. A propósito del discernimiento, hay una curiosa coincidencia histórica que me resulta sugerente: en el mismo solar de la Carrera de San Jerónimo, que ocupa el Congreso de los Diputados (inaugurado el 31 de octubre de 1850 por la Reina Isabel II de Borbón), existía un viejo y ruinoso convento del Espíritu Santo. Si se hubieran silenciado los “oyentes” después del discurso del Papa (al menos los que se confiesan católicos y practicantes), quizá hubieran podido percibir la resonancia histórica del Espíritu, que reposa en los cimientos del edificio, y este, con su fuerza dinámica y abierta, siempre creativa y renovadora, podría llevarles, en las próximas sesiones y debates parlamentarios a hablar desde la tribuna, donde intervino el Papa, en un tono más reconciliador y respetuoso con los de “enfrente”; escuchar al Espíritu que sigue presente en “la casa de la palabra del pueblo”, les llevaría a ser en sus intervenciones, menos agresivos, más productivos y edificantes.

Siete minutos de silencio hubieran ofrecido al propio León XIV la oportunidad de repensar sí este acto no servirá para reforzar su estatus como Jefe de Estado. Estatus que, por cierto, constituye una de las mayores discrepancias e incoherencias históricas de la Iglesia con el Evangelio de Jesús. Que, por cierto, no pasó de ser siempre un laico entre los laicos y que, tampoco, nunca dejó de ser, un ciudadano más entre los campesinos de Nazaret. El silencio hubiera permitido al Pontífice meditar por unos instantes aquella espiritual orientación de Jesús a sus discípulos: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Estad alegres y contentos pues vuestra paga en el cielo es abundante. De igual modo persiguieron a los profetas que os precedieron” (Mateo 5, 11-12).

Sé que el asunto es complejo, que tiene muchas aristas y es difícil. Pero podríamos empezar, al menos, por no acentuarlo con acontecimientos como este. No sé quién pensó y quién decidió que la presencia del Papa en el Parlamento era una buena idea. A mí no me lo pareció ni me lo parece. La presencia en el Congreso no es precisamente la mejor manera de significar la finalidad apostólica del viaje. Parafraseando al propio León XIV en su Exhortación Apostólica Dilexi te (120): El cristianismo, por su naturaleza, es ante todo un modo de concebir la vida, un modo de vivirla. Asemejarse a los Reyes de este mundo, y ser aplaudido como Jefe de un Estado (no precisamente democrático) por parlamentarios, profunda y diariamente divididos, no parece (al menos a primera vista) la mejor forma de anunciar el evangelio de la reconciliación, Buena Noticia para los pobres.

Comentario a parte merecería, también el despliegue económico de este y otros eventos papales, la organización, la seguridad obligan en parte. Pero da la impresión que más allá de lo estrictamente necesario el gasto es ha sido muy relevante, lo que genera serios interrogantes cuando se trata del dinero público en un Estado aconfesional y laico; y más, cuando el contraste entre este tipo de celebraciones y las realidades sociales de precariedad que viven miles de familias en España puede llegar a ser inoportuno y escandaloso.

La finalidad de la Doctrina Social de la Iglesia inaugurada en la encíclica Rerum Novarum (León XIII), en cierto modo reeditada ahora por León XIV, orienta los pasos de la Iglesia hacia un compromiso inequívoco en busca de un orden social justo, pacífico y fraterno guiado por el Evangelio. Todos sabemos, también, que las “obras” son más importantes que los “discursos” y que los hechos concretos constituyen un pilar fundamental para la credibilidad de las instituciones. Transformar la vida social y proteger la dignidad humana frente a los desafíos económicos y tecnológicos deshumanizantes, pasa por reducir gastos, evitar la ostentación y caminar por la vida con sencillez.

En un tiempo en el que la autosuficiencia se publicita, mientras la precariedad y la pobreza se ocultan, la Iglesia debe liderar la revolución de la austeridad y ser la primera en cuestionar la estructuras y las prácticas injustas. “Gran parte de las carencias globales podrían reducirse si el exceso de algunos fuera moderado. ¿Cuántas necesidades existen porque otros consumen sin límite e impúdicamente? La austeridad evangélica no empobrece la vida; la enriquece de sentido fraterno” (G. J. Kowalski). En fín, parece que con el evangelio en la mano esto debería ser más que evidente; y la Iglesia debería llevarlo a la práctica, dentro y fuera del Vaticano.

El propio León XIV, apenas tres días después de su visita a España, planteaba el siguiente interrogante: “Estas y muchas otras preguntas obligan a un serio examen de conciencia, para verificar cuánto estamos todavía llamados a llegar a ser en favor de los pobres y de su liberación” (texto publicado el 13 de Junio, para la celebración de la X Jornada Mundial de los pobres, que tendrá lugar el15 de noviembre de 2026).

En fin, siete minutos de silencio hubieran sido buenos en el Congreso y vendrían bien en muchas otras ocasiones. Está pendiente que las religiones, especialmente las más significativas en nuestra sociedad, el cristianismo, el judaísmo y el islamismo, se olviden de rivalizar en conseguir prebendas y privilegios del Estado, para discernir cómo caminar juntas en favor de una espiritualidad común. Ninguna de ellas debería olvidar que su mayor aportación a la sociedad será la aportación de cada una de ellas al servicio de los más vulnerables y desprotegidos de nuestros pueblos y ciudades. Desafío relevante para los católicos que tenemos como referencia esencial la Fraternidad Universal anunciada por Jesucristo y su Evangelio en todos los ámbitos de la existencia humana personal y colectiva, si es que lo queremos poner en práctica.

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