El resto parroquial o rescoldo comunitario de S. Pio X, Santander (Cantabria): un anticipo del futuro, deseable y posible
Diez años de trayectoria pastoral de la parroquia San Pío X de Santander (I)
Los presbíteros que han presidido las últimas décadas esta parroquia han venido potenciando, teórica y prácticamente, la responsabilidad que -propia de todos los bautizados- es algo que afecta, tanto en su organización como a la marcha de la misma. Lo han hecho convencidos de que había que lograr que todos los cristianos y cristianas (sacerdotes por el bautismo) caminaran juntos e, igualmente, convencidos de que los ministros ordenados estaban llamados a ser acompañantes suyos.
1.- Cómo saltó la chispa
La existencia de esta convicción explica que, en 2016, a punto de jubilarse, el presbítero Avelino Seco propusiera reflexionar sobre el papel del bautizado en la comunidad parroquial. Y que lo hiciera condicionando su posible continuidad a una modificación en la asunción y gestión de las diferentes responsabilidades. Era consciente de que tenía que hablar con el obispo de la diócesis para presentarle su disponibilidad. Estaba dispuesto a continuar en la misma parroquia, pero con las condiciones reseñadas y debidamente acompañadas de la reflexión que hiciera la comunidad parroquial al respecto.
Sabedor de esta disponibilidad, el consejo parroquial preparó la asamblea de final de curso. En coherencia con un modelo de comunidad participativa, plural y responsable, invitó a iniciar un proceso de reflexión comunitaria para alcanzar un modelo de parroquia que contara con la inspiración y la aportación del mayor número posible de personas.
El 2 de junio de 2016, se celebra dicha asamblea. En el transcurso de la misma los participantes se fijan en cómo estaban organizadas las primeras comunidades, prestando una particular atención a que todos “eran considerados iguales”. A partir de ahí, se plantean comenzar una etapa en la que se haga realidad la corresponsabilidad favoreciendo un modelo de parroquia y de iglesia diocesana que no dependan solo del ministerio ordenado (obispo, presbíteros y diáconos), sino también de las personas que la conforman como seguidores de Jesús. Ello quiere decir, apuntan, que hay que superar el modelo de iglesia presidido por la división entre laicos y sacerdotes y, a la vez, hay que favorecer que, cada persona, que decida formar parte corresponsablemente de la misma, pueda poner sus carismas al servicio de la comunidad según su capacidad y disponibilidad de servicio, implicación, responsabilidad…
Por eso, tras debatirlo, se acuerda potenciar el trabajo en equipo; avanzar en la reflexión y en la formación. También se acuerda facilitar la participación de más personas en la preparación de las eucaristías y favorecer los encuentros en los momentos fuertes del calendario litúrgico. Igualmente se acuerda proporcionar información al resto de los miembros de la parroquia para que se animen a sumarse y participar. Finalmente, se encarga al Consejo Parroquial que establezca las etapas que han de seguirse para el nombramiento de “un equipo responsable”.
2.- El nacimiento de un equipo ministerial de base
El 24 de septiembre de 2016, Avelino Seco -a punto de jubilarse- comunica al Consejo Parroquial la propuesta que había presentado al obispo de la diócesis: estaba dispuesto a continuar como párroco si un equipo coordinador se hiciera corresponsable con él de la comunidad. También le había planteado la posibilidad de que, una vez elegido dicho grupo, el obispo ratificara la elección y procediera a su nombramiento.
El Consejo discutió la propuesta y elaboró el perfil de las personas elegibles y nombrables, así como las consecuencias de lo que la elección de este equipo pudiera suponer para el resto de la comunidad.
El 26 del mismo mes, se reúne la asamblea parroquial, en este caso, en la localidad cántabra de Güemes. Se invita a que cada miembro de la parroquia proponga por escrito el nombre de una persona para cada una de las tres áreas fundamentales (Organización, Liturgia y Área Social) y se plantean sugerencias sobre las características que deben cumplir las personas que vayan a formar parte del equipo: que tengan ganas de hacer y prestar ese servicio; que tengan un mínimo de pasión y empuje; que sean capaces de recoger iniciativas y de impulsar una dinámica que incorpore a más gente y, por supuesto, que sean personas con fe, formación y tiempo. Se acuerda que el equipo lo sea por un tiempo de cuatro años, revisable a los dos.
El Consejo Parroquial recoge los resultados de las votaciones y resume las razones y motivos aportados; contacta con las personas elegidas y, tras comunicarles los resultados y discernir con ellas su disponibilidad para formar parte del equipo coordinador, compone lo que, a partir de entonces, se va a llamar el equipo ministerial. El 7 de diciembre, dicho equipo es presentado a la Asamblea Parroquial. Cada uno de ellos, tras exponer lo que les ilusiona, las dificultades y mostrar su disponibilidad, acepta la elección. Esta es ratificada en la celebración de la eucaristía, a la espera de su confirmación y nombramiento episcopal.
A partir de este momento, el equipo ministerial queda formado por Avelino Seco, párroco y responsable del área sacramental; Eva Llata, responsable del área de Liturgia y Organización; Julio Vicente Fontaneda, responsable de acción social y Cáritas; Carmen Angulo, responsable del área de Formación y espiritualidad. El equipo empieza a reunirse cada 15 días y participa en el Consejo Parroquial, que se reúne cada dos meses. Por su parte, la asamblea general de la comunidad se celebra al comienzo y a la finalización de cada curso.
Posteriormente, este equipo ministerial se encuentra con el obispo para comunicarle el proceso de reflexión, elección, organización y trabajo realizados. Pretendían ser confirmados oficialmente, algo a lo que mons. Manuel Sánchez Monge no accede. Se limita a insistir en que los nombramientos que él puede realizar eran solo para lectores o ministros extraordinarios de la Eucaristía, admitiendo, seguidamente, que el párroco podía hacer lo que creyese más conveniente, contando, obviamente, con el visto bueno de la comunidad. En definitiva, era un camino nuevo que él no prohibía, pero al que tampoco daba oficialidad. Aún no era el momento.
El año 2021 se reúne el Consejo Parroquial y, tras una valoración, se plantea la renovación total del equipo, adoptando un proceso semejante al seguido con anterioridad. El segundo equipo ministerial queda formado por Avelino Seco, único ministro ordenado; Vitola Gullón, ministerio de Espiritualidad - Oración y Liturgia; Julián Hurtado, ministerio de acción social – Cáritas que también incluye el economato y el acompañamiento a mayores. Carmen Angulo, ministerio de formación: Teología, Familias, Júnior, Lectura Creyente, Biblia, Revista.
El equipo es presentado al obispo, estando todavía pendiente su ratificación y nombramiento episcopal.
Tras conocer estos y otros datos sobre la trayectoria pastoral de la parroquia San Pío X de Santander, en Cantabria, he contactado con algunos de los miembros que conforman el segundo equipo ministerial para hablar con ellos sobre el camino andado estos últimos años. Tal entrevista se realizó el 16 de octubre de 2025. Están presentes Avelino Seco, Julián Hurtado y Carmen Angulo. Antes de empezar me recuerdan que, finalizando el curso, van a elegir y contar con el tercer equipo ministerial.
En esta aportación recojo algunos de los muchos puntos sobre los que tuvimos la oportunidad de hablar y dialogar. Ahorro al lector otros referidos a cuestiones -ya abordadas antes de ahora-, tales como la importancia de un ministerio ordenado que sea itinerante, apostólico y misionero y, por ello, dedicado a tal tarea -muy probablemente- casi de manera exclusiva. Tampoco me ha parecido necesario volver a reiterar -en parte o en su totalidad- los puntos firmes a los que ha llegado la teología y la pastoral sobre los ministerios laicales, ya sean los instituidos o los reconocidos y “enviados” por el obispo o por un delegado suyo mediante nombramiento, así como en un acto comunitario. Ni tampoco detenerme en la diferencia que, desde la experiencia de la diócesis de Poitiers, establecen algunas diocesis entre ministerios (en referencia a las cuatro dimensiones constitutivas de toda comunidad cristiana) y los servicios administrativos y funcionales.
También hablamos, largo y tendido, sobre lo que es un reconocimiento ministerial (que es personal) y una encomienda pastoral, que puede ser “in solidum” (CIC 517 & 2), así como sobre la presidencia del equipo ministerial y los debates más recientes al respecto. Son asuntos que quedan suficientemente recogidos en otros textos ya publicados y que sería innecesariamente reiterativo volver sobre ellos.
Hubo también un largo tiempo dedicado a reflexionar sobre la importancia que una apuesta de este estilo cuente no solo con el acuerdo, “placet” y aliento del obispo, sino también de toda la diócesis o, cuando menos, con el acuerdo de los órganos de corresponsabilidad de la iglesia local. Como también lo hubo para recordar la creatividad pastoral que pueden implementar los obispos diocesanos consultando, por ejemplo, a la Sede primada sobre medidas, decisiones o estrategias “excepcionales”. Es lo hecho, en su día y entre otros, por el arzobispo de Lausana-Ginebra y Friburgo (Suiza). En todo caso, es indispensable el liderazgo al respecto del obispo y de su equipo de gobierno.
Igualmente hablamos del futuro de la experiencia. Y no solo por la dificultad que supone no haber contado hasta el presente con dos obispos “proactivos”, sino también por la irrupción de un modelo de cura restauracionista y tridentino y por sus exigencias de que les sean atendidos sus poderes canónicos en la presidencia de la comunidad y en la administración de los sacramentos, más allá de otro tipo de discurso centrado en la “autoridad” ganada por el servicio y por el testimonio de fe y evangelizador.
Finalmente, no me ha parecido procedente abordar la cuestión de cuándo -y en qué condiciones- el camino recorrido por la parroquia de San Pío X pudiera ser reconocido como el propio de una “comunidad estable”, en particular, después de la tercera elección del equipo ministerial que iba tener lugar en los meses siguientes a esta entrevista. Y no me ha parecido procedente porque esta experiencia y estrategia teológico-pastoral -a diferencia de la implementada en la diócesis de Palencia- se encuentra lastrada por una lamentable falta de reconocimiento episcopal, algo totalmente posible en conformidad con la actual legislación canónica.
Como he dicho, estos han sido algunos de los muchos puntos abordados en este diálogo y en otros anteriores. Son puntos y asuntos que se quedan para otra ocasión. He preferido centrar la atención en tres personas y en su ministerio: un presbítero (Avelino Seco) y dos laicos (Julián Hurtado y Carmen Angulo), miembros del equipo ministerial en el momento de la entrevista. Sus perfiles, en próximas entregas.