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Brújula para una humanidad mejor

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La gran envergadura del ser que somos

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La gran envergadura del ser que somos

Siguiendo al maestro Eladio Chávarri, hoy nos fijaremos en la “clave transhistórica” como ámbito que contiene las cuatro grandes praderas en que pace el ser humano desde que emprendió el vuelo, emancipándose de sus condicionantes bióticos, para recorrer su propia aventura de ser autónomo en medio de la naturaleza. En las cuatro reflexiones siguientes nos referiremos a cada una de esas cuatro grandes praderas: el espacio interior, el medio histórico, el medio natural cósmico y el medio metahistórico, para contemplar todo el recorrido humano, desde su arranque en la prehistoria hasta nuestros días y más allá del tiempo.

En un momento histórico atravesado por la desorientación, el desencanto y la urgencia de transformaciones profundas, la búsqueda de una vida mejor se convirtió en una imperiosa necesidad existencial. Sin embargo, con excesiva frecuencia, al intentar proyectar la "nueva humanidad", siempre anhelada, caemos en sendas perdidas, sobre las que ya hemos hablado, denunciándolas como utopías irrealizables, ideologizaciones reduccionistas o modelos abstractos que pretenden extirpar al ser humano de sus condiciones reales de existencia.

Para fundar un discurso riguroso, fecundo y verdaderamente emancipador, el dominico Eladio Chávarri propone una herramienta conceptual decisiva: la clave transhistórica. Esta categoría no nos ofrece recetas cerradas ni dogmas preconcebidos; constituye, más bien, una poderosa brújula ontológica capaz de orientar nuestra búsqueda hacia horizontes de mejor humanidad, de mayor plenitud.

Nacer de nuevo

1. El dilema de partida: las preguntas cruciales

Toda pretensión de renovar al ser humano choca inevitablemente con la realidad del hombre productor consumidor (HPC) contemporáneo, ciertamente muy rico en valores sobre todo biosíquicos y económicos, pero también sobrecargado de contravalores en esas y en las demás dimensiones vitales humanas. Ante la pesada inercia de este modelo de vida, tan rico pero desgastado, Chávarri articula tres interrogantes fundamentales que articulan la aventura del pensamiento:

  1. ¿Es posible pensar con garantía el hombre nuevo que demandamos? ¿O estamos condenados a vagar por caminos sin salida, proyectando "humanidades imposibles"?
  2. ¿Cómo llenamos de vida y contenido ese horizonte de posibilidad? ¿Qué criterios axiológicos y éticos deben articular la sustancia de nuestra propuesta?
  3. ¿Cómo puede renacer el hombre viejo? Como el célebre Nicodemo en el Evangelio o los huesos secos en la profecía de Ezequiel, ¿de qué modo el ideal de humanidad puede convertirse en una transformación real y efectiva?

La clave transhistórica nace para dar respuesta a la primera de estas cuestiones, sentando bases firmes sobre las que sostener todo el edificio posterior.

2. ¿Qué es la clave transhistórica? Un marco ontológico de la existencia

A diferencia de los enfoques biológicos reduccionistas o de las abstracciones metafísicas desvinculadas de la realidad, la clave transhistórica concibe la persona no como un ente aislado o replegado sobre sí mismo, sino como un ser en simbiosis estructural con su entorno.

Llamamos a este marco clave porque abre de par en par el horizonte entero de la existencia; y la calificamos de transhistórica porque atraviesa de parte a parte la Historia completa del linaje humano. No se limita a una época, una cultura, un sistema económico o una clase social específica, sino que constituye el esquema universal de lo humano.

Esta clave articula cuatro dimensiones fundamentales e inseparables que se solapan y codeterminan mutuamente, a las que Chávarri se refiere como las grandes “praderas” donde pace el ser humano para alimentarse:

3. La fecundidad del vaciamiento formal

Uno de los aciertos más notables de la propuesta de Chávarri estriba en su carácter neutral y desprovisto de contenidos concretos. La clave transhistórica opera a la manera de las condiciones trascendentales kantianas o de la vacuidad de una copa: es precisamente su vacío lo que la hace hábil para ser llenada con los más exquisitos licores, o, con otra imagen muy de Chávarri, para que un esqueleto se revista de nervios, carne y sangre.

Si definiéramos a priori al ser humano por un modo de producción determinado, por una determinada confesión religiosa o por una estructura política particular, incurriríamos en el grave error de elevar una particularidad histórica al rango de esencia universal. Al mantenerse libre de concreciones particulares, la clave transhistórica nos ofrece un "punto de apoyo" limpio desde el cual examinar, comparar y juzgar éticamente las distintas formas de ser hombre que se han desplegado a lo largo del tiempo.

4. Un diálogo racional e intersubjetivo para el cambio

Frente a los subjetivismos extremos que confían la transformación humana al puro arbitrio individual, la clave transhistórica demuestra que la existencia es estructuralmente intersubjetiva. Ni el medio histórico ni el orden cósmico dependen del mero capricho de nuestra voluntad; nos vienen dados y nos constituyen.

Por ello, la clave nos ofrece la base objetiva para establecer un discurso racional y participado sobre la humanidad que demandamos. Nos permite interrogar de forma crítica al hombre productor consumidor de nuestro tiempo:

Al poner de manifiesto las carencias y desequilibrios en cada una de estas áreas, la clave transhistórica impide que nos entusiasmemos con "fuegos fatuos" e imposibles y fija la dirección precisa para pensar una renovación armónica, razonable y auténtica.

Un camino hacia adelante

El estudio de la clave transhistórica constituye solo el primer paso de un itinerario conceptual fascinante. Para que este mapa descarnado cobre vida y fuerza transformadora, será imprescindible analizar en detalle cada una de sus cuatro coordenadas esenciales.

Como hemos prometido, en entregas posteriores nos adentraremos sucesivamente en los pliegues del espacio interior, las encrucijadas del medio histórico, la comunión con el medio natural cósmico y el horizonte del medio metahistórico. Solo articulando armónicamente estas cuatro dimensiones seremos capaces de avistar, con garantías de racionalidad y esperanza, el modelo de esa forma de vida mejor que tanto anhelamos.

Y no está demás recordar aquí algo en lo que hemos insistido sin cesar: que el modelo de ser humano para quien dice vivir las consignas evangélicas predicadas por él, es Jesús de Nazaret mismo en cuanto ser humano que pasó por este mundo haciendo el bien y dio a la vida de sus seguidores una proyección ultraterrena de plenitud, una eternidad.

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