Peligros de una razón desmesurada
Más y mejor - 8
La portentosa imaginación creadora
Abordamos, en la reflexión de hoy, la séptima y última de las “sendas perdidas” sobre las que nos previene el maestro Eladio Chávarri a la hora de trabajar por la mejora de la forma de vida que nos hemos dado en los inicios de este siglo XXI. Cuanto sigue se basa en la reflexión que él mismo hace a este respecto en “Perfiles de nueva humanidad”.
El anhelo de una humanidad mejor es lo que nos mantiene vivos. Quien demanda más humanidad no solo se sirve de las articulaciones del tiempo, en cuyo ámbito hemos hablado de tres sendas perdidas, sino también pone en danza la razón crítica, asediada por otras tantas sendas perdidas, y aprovecha la virtualidad portentosa de una imaginación creadora, fuerza que también puede desbocarse y desviarnos del buen camino.
En el ámbito que hoy nos ocupa, el mayor riesgo emerge cuando la fuerza plástica de la imaginación deja de dialogar con la realidad para seguir los designios de una razón desmesurada,potencia indómita, sin medida ni proporción, que, en su afán de alumbrar un hombre nuevo, puede terminar construyendo paraísos de papel o gestando abominables pesadillas.
1. La imaginación creadora y su poder demiúrgico
Para transformar nuestro mundo, primero es necesario concebirlo como algo mutable, sabiendo que la vida es de suyo un proceso de continua mejora, pero la mayoría de los seres humanos experimentamos la realidad bajo una perspectiva rígida, pesada y fija al recibir las cosas tal y como nos vienen dadas por la costumbre y las estructuras sociales vigentes. En contraste, los creadores poseen la facultad de contemplar la materia prima de la existencia humana de forma maleable, pronta a hermanarse con todos los demás seres y abierta a nuevas formas de ser mediante un proceso continuo de asimilación. Esta imaginación creadora no es un mero devaneo infantil, sino una mezcla armoniosa de fantasía, sentimiento, razón y acción eficaz, estimuladas todas ellas por la apetencia y la función de los seres mismos de desvelar dinámicas potencialidades ocultas donde la mirada común solo halla estancamiento.
Tal fuerza ha encontrado su mejor acomodo en las artes: en las cascadas de armonía arrancadas al sonido, a la luz, al color o al mármol y, especialmente, al trato de la palabra literaria y, de forma todavía más acusada, a las historias que se proyectan sobre las pantallas de cine. El cine y la literatura, pongamos por caso, son formidables plataformas donde los creadores exhiben humanidades variopintas. Sin embargo, debemos tener en cuenta que tal potencia demiúrgica no es exclusiva de los artistas, pues la urgencia de mejorar la cultura que alimenta la forma de vida que llevamos exige también las aportaciones, pongamos por caso, de comerciantes, técnicos, madres de familia, pintores, escritores, etc. Toda actividad transformadora, sea artística, tecnológica, social o religiosa, se inserta en la tarea de gestar un hombre mejor, incluso un hombre nuevo, si bien su monumental escala requiere vigilancia.
2. El espejismo de la razón desmesurada
El peligro real comienza cuando la búsqueda de esa nueva humanidad pierde el sentido del límite. Ahí es donde enraíza o se encarna la razón desmesurada, razón hipertrofiada, desprovista de proporción, hija indómita del lenguaje fabulador que opera en la anchura de la infinitud. Cuando la razón se desvincula del tiempo humano y del principio de realidad, la palabra se asume como todopoderosa y se atreve a jugar conscientemente a ser el Logos primordial.
Bajo el influjo de esta “borrachera del esteticismo”, el pensamiento no diseña soluciones para humanos de carne y hueso, sino que se sumerge en el delirio del deseo enardecido por una abstracción radical. La razón desmesurada lo absolutiza todo: crea lugares fantásticos o abominables, personajes de inconmensurable nobleza o enteramente viles, libertades absolutas o esclavitudes totales. Al carecer de anclaje empírico, simplifica las sociedades al máximo para que tales fantasías encajen a la fuerza en sus esquemas idílicos, ensanchando paraísos perdidos e inflando ilusiones milenaristas y metahistóricas repletas de lo perfecto. Chávarri se refiere a la desmesura que se pone en las reclusiones, en las definiciones, en las negaciones y en las afirmaciones como sendas perdidas, advirtiéndonos que ni el principio de realidad ni la razón crítica pueden acallar fácilmente esta razón desmesurada, porque no se presenta como un error lógico, sino que se apoya en la magnífica y seductora fuerza de la imaginación creadora.
En el punto 12 de su recién publicada encíclica Magnifica Humanitas, León XIV nos advierte que edificar en el bien significa aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que haya que corregir. Hoy en día, el deseo de plenitud del ser humano corre el riesgo de desviarse hacia metas engañosas: la ilusión de una tecnología que promete liberarnos de toda fragilidad o modelos de bienestar que “dejan atrás” a pueblos enteros. No es raro que pongamos nuestra esperanza en un potencial ilimitado, en formas de progreso que pueden agudizar las desigualdades, en soluciones inmediatas incapaces de sanar las heridas de los pueblos. Así, mientras algunos persiguen la quimera de una autoafirmación ilimitada, muchos carecen de lo necesario. La Iglesia recuerda, con voz humilde pero firme, que la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armonioso: allí donde la libertad y la responsabilidad se entrelazan con el cuidado recíproco y la verdadera solidaridad, y donde el progreso se mide por la dignidad de cada uno y por el bien de los pueblos.
3. El compromiso de la forma y el riesgo del "folletín"
La relación entre el creador y la sociedad ha sido objeto de enconados debates. Intelectuales como Georg Lukács, desde el realismo crítico, o Jean-Paul Sartre, postulando una literatura comprometida, han intentado dirimir si el artista debe unirse necesariamente en su afán creativo a quienes luchan por una nueva humanidad o si posee la legítima libertad de evadirse y trabajar con sus herramientas expresivas en su propio campo, cerrado y exclusivo. Ya desde el libro X de la República de Platón se advertía, con un sentido profundamente negativo, el riesgo de integrar a determinados poetas y creadores en la urbe ideal debido a su capacidad para falsear la realidad y apelar a las pasiones descontroladas en detrimento de la justicia de la polis.
El riesgo de alienación no es exclusivo de la evasión burguesa, pues contamina con igual fuerza los proyectos utópicos de ingeniería social. Cuando la imaginación política se deja colonizar por la razón desmesurada, se cae en lo que Antonio Gramsci apuntaba agudamente en Cultura y literatura al sugerir que el concepto del superhombre de Nietzsche bien podría estar inspirado no en una profunda evolución ontológica, sino en las burdas y exageradas novelas francesas de folletín. Es decir, los grandes proyectos de refundación humana, cuando pierden la medida, terminan siendo subproductos de un romanticismo desbocado, caricaturas literarias que, al intentar aplicarse a la realidad viva, devienen en tiranías o desilusiones catastróficas.
Conclusión: hacia una imaginación conectada al tiempo humano
Para el observador contemporáneo, la lección que se extrae de estas sendas perdidas es crucial: exigir y trabajar por una humanidad mejor es un imperativo vital, fuerza inserta en todas nuestras dimensiones humanas, que fundamenta el hecho mismo de vivir, tendente siempre a una constante mejora vigilada, depurada, pero efectiva. Ateniéndonos al tema especial de hoy, no podemos prescindir de los demiurgos y de quienes ven el mundo como plastilina dispuesta a tomar nuevas formas, pero su fuerza transformadora debe marchar al unísono con la energía de la razón crítica y con el respeto estricto tanto al desarrollo de las articulaciones del tiempo como a las limitaciones humanas.
Si permitimos que la imaginación creadora sea guiada exclusivamente por una razón desmesurada, terminaremos atrapados en el delirio de nuestras propias fabulaciones, sustituyendo la necesaria y vital mejora sustancial del hombre, que es nuestro auténtico y legítimo quehacer, por el narcisismo de una creación totalitaria aniquiladora. La nueva cultura y el nuevo hombre no nacerán de la abolición de los límites, sino de nuestra capacidad para operar dentro de ellos, pues somos, no lo olvidemos, seres inacabados que, lenta y pacientemente, peregrinan por un camino ascendente hacia su consumación.
En resumidas cuentas, Chávarri nos advierte que quien demanda nueva humanidad puede perderse por la senda de la razón desmesurada, la razón sin medida, sin proporción, sin sentido alguno del límite e hija indómita del lenguaje fabulador. Viniendo al cristianismo que profesamos, aunque la relación de sus esencias se nos revele en parábolas, la sangre y la muerte que brotan de una cruz regeneradora excluyen cualquier fabulación. Puede que la celebración litúrgica de hoy, la de la Santísima Trinidad, dé pie para las elucubraciones de objetores que, tirando de una razón desmesurada, se devanan los sesos sobre la confluencia inaudita de "tres en uno", cuando para el auténtico cristiano lo que está claro es que tal forma de "deidad" surge de una relación de amor que se desborda hasta abrazar nuestra propia carne y se concreta en una entrega total de muerte en una cruz que es, de suyo, reflejo o espejo trinitario.