Hazte socio/a
Última hora:
Vox rompe con la Iglesia

Perderse en la "gran negación"

Más y mejor - 6

No basta criticar

negatividad

Damos hoy un paso más en la reflexión sobre la tentación o el despiste de encaminarnos por sendas perdidas a la hora de gestar una mejor forma de vida que la que lleva nuestra sociedad de consumo, tan rica como denostada, hermoso castillo de naipes que una ligera brizna de aire puede derribar fácilmente. A las sendas ya referidas de las articulaciones del tiempo y a la debida al afán definitorio en el ámbito de la razón crítica, añadimos hoy una nueva en este mismo ámbito, la senda pedida de la gran negación

La razón crítica es un arma de doble filo. Si bien es necesaria para desenmascarar las injusticias y denunciar las quiebras que producimos o sufrimos, no por ello está libre del riesgo latente que dimana del afán de subrayar lo que está mal borrando sus contornos hasta adentrarse en la nada y desaparecer en ella.

En la búsqueda de tal mejora debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿no nos quedamos a veces en un no persistente y rotundo que incluso rechaza el alimento que sostiene nuestra existencia?

A freír espárragos

La tentación de mandarlo todo “a freír espárragos”

¡Es tan humano y tan fácil tirar de la etiqueta del “no” para desechar cuanto de negativo nos circunda e inunda! Los desengaños del pasado y las frustraciones del presente pueden empujarnos fácilmente a una negatividad radical. Es la tentación de romper el tablero de juego o, como solemos decir gráficamente, de tirar el niño con el agua sucia de su baño. Pero ¡cuidado!, porque, si envolvemos todo lo que nos nutre en una capa de rechazo absoluto so pretexto de librarnos de lo que no vale, malinterpretando la realidad, en vez de mejorar nuestra forma de vida, nos quedamos sin ella.

El maestro Chávarri nos lo advierte sabiamente: la gran negación es la más seductora entre todas las sendas perdidas porque nace de nuestra herida más profunda, de nuestra consubstancial limitación. Y así, por ejemplo, nos atrapa incluso cuando, mirando una rosa, en lugar de valorar la belleza que como tal nos ofrece y de recrearnos en ella, nos fijamos en negatividades tan evidentes como que no es un lirio ni un tulipán (limitación en extensión) o simplemente en que no tenga más color y mejor forma (deficiencia en intensidad).

 

Alfonso X el Sabio

Alfonso X el Sabio y la soberbia del atrevido reformador

A este respecto, Chávarri nos recuerda que Baltasar Gracián cuenta que el rey Alfonso X presumía de que, si él hubiera estado al lado del Creador, habría dispuesto el universo de mejor modo:  y si aquel otro rey, aplaudido de sabio porque conoció cuatro estrellas (tanto se estima en los príncipes el saber), se arrojó a decir que, si él hubiera asistido al lado del divino Hacedor en la fábrica del universo, muchas cosas se hubieran dispuesto de otro modo y otras mejorado, no fue tanto efecto de su saber cuanto defecto de su nación; que en este achaque del presumir aun con el mismo Dios no se modera. La soberbia que tal actitud rezuma nos asalta también hoy cuando valoramos tan negativamente lo que somos y tenemos, aunque lo hagamos aguijoneados por el encomiable deseo básico de querer mejorarlo.

Hace dos siglos, Europa se convenció de que todas las formas de vida estaban mal hechas y que podían construirse mejor desde cero. Sin embargo, al llegar al siglo XXI, esa fe se ha desmoronado. Al intentar amputar lo dañado o lo deficiente, terminamos con lo existente:  "No se puede concebir una nueva rosa ejercitándose tan solo en la eliminación de todas las rosas, advierte Chávarri. Quien demanda más humanidad no puede permitirse el lujo de ser solo un crítico negativo. No basta demoler. No podemos restaurar o edificar una casa si no disponemos de los materiales necesarios. Es obvio, por lo demás, que no hay mejora posible si previamente no hay algo que mejorar. En nuestro caso, la mejora anhelada no puede rebasar las coordenadas del hombre que hoy somos y de la vida que llevamos, un hombre productor consumidor que se rige por una razón soberana desarrollista. Un hombre, en definitiva, muy rico en valores biosíquicos y económicos, pero muy pobre en todos los demás (epistémicos, éticos, estéticos, lúdicos, religiosos y sociales).

Marx y Marcuse

El vacío de Marcuse y el error de Marx

Hubo un tiempo en que pensamos, como el joven Marx, que, para que la humanidad fuera perdonada, bastaba con que "explicara sus pecados". Para que surja una nueva humanidad -asegura Chávarri-, no cabe identificar la confesión con la crítica, como hacía el joven Marx: "Se trata de una confesión y nada más. Para hacerse perdonar sus pecados, a la humanidad le basta con explicarlos tal y como son". ¡Qué bella y eficaz confesión! Pero la crítica no es una confesión que requiere arrepentimiento y reparación, ni la queja, una redención que regenera. La negatividad a ultranza solo nos lleva al desahucio. De nada sirve un buen diagnóstico de una enfermedad si no se le aplica el tratamiento adecuado.

Chávarri nos recuerda la famosa anécdota de un estudiante revolucionario que le preguntó a Herbert Marcuse en Berlín qué permanecía a la postre tras tanta razón crítica como él alegaba. Marcuse no supo qué contestarle, pues, tras haber desplegado tanta negatividad, tanto no ser, no quedaba más que el vacío, la nada.

Si estampamos el "no" en cada institución, en cada valor y en cada relación, terminamos habitando en la nada. No hay lugar en estas cuestiones para el mito del Ave Fénix que resucita radiante de sus propias cenizas. Para avanzar en el logro de un hombre nuevo debemos partir del viejo y actuar con paciencia y tesón, por un lado, para aligerar la mochila de contravalores que soporta o, al menos, reducir su impacto vital, y, por otro, para ir llenándola lentamente de más y mejores valores.

Atiborrándose de manjares

La clave son los valores

La mejora de nuestra vida no nos llegará por la vía de una amputación constante de sus dimensiones, sino por la creciente robustez de todas ellas. No avanzaremos a base de críticas negativas sobre nuestras capacidades y las de los seres que nos alimentan, sino reconociendo nuestra propia envergadura y la riqueza inagotable de cuantos seres se relacionan con nosotros de forma valiosa. Las potencialidades de lo que somos y de los seres que se nos ofrecen como alimento son inagotables. Esa es la razón por las que nuestro afán de mejora nunca se verá afortunadamente saciado mientras dura nuestra historia.

No basta con seguir vivos, pues el largo desafío de llevar una vida cada vez más rica y digna dura cuanto dura nuestra andadura. Recordemos el proceso: mejorar los valores ya conseguidos e incorporar nuevos valores; achicar la fuerza de los contravalores que padecemos y librarse de ellos; en definitiva, guiarse por criterios de humanización hasta lograr que el amor achique y destruya el odio para desplegar cada vez más su esplendor.

La atalaya de nuestra fe nos avoca a una rotunda conclusión esclarecedora: frente a la parálisis de la queja y a poner obstáculos en el camino de la peregrinación que como seres no acabados hemos emprendido, hay que realzar o subrayar el movimiento universal del amor en todas las direcciones y ámbitos de la vida. Porque donde hay amor, hay creación, hay progreso, hay futuro. Y, además, allí está Dios. Menos "gran negación" y más afirmación de lo que nos hace realmente humanos, el lento caminar por la escarpada senda que va achicando o reduciendo, poco a poco, obstáculos (contravalores), mientras, con gran paciencia y tesón, vamos alimentándonos más y mejor con cuantos seres nos ofrecen sus inmensos haberes (valores).

Felicidades, mamá

La clave del universo conceptual en que se mueve el cristianismo es el dinamismo salvador de los valores que nos alimentan frente a la corrosión venenosa de los contravalores que nos achican y aniquilan. El dinamismo cristiano fija paradójicamente su fuerza en el poder redentor de una cruz, que es, al mismo tiempo, crisol de escorias y primavera floreciente de maravillosas potencialidades que conducen directamente a la resurrección. Frente al ladrón que solo viene para robar y matar, Jesús afirma que él lo ha hecho para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (Jn 10:10).

Festejemos hoy, “día de la madre”, como es debido, a todas las madres que lean esto por la hermosa colaboración que su maternidad aporta a la gran obra, divina y humana, de la gestación de la vida sobre la tierra y de su conservación y mejora. ¡Devoto loor a todas ellas, benditas sean!

También te puede interesar

Más y mejor - 4

Reclusión

Lo último