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La Cuaresma: tiempo más propicio para que el diácono invite a darse fraternalmente la paz

La paz

En el horizonte de la vida cristiana hay una certeza luminosa: Dios no sólo ha querido habitar nuestros espacios, sino también nuestros tiempos. La fe no se reduce a un templo ni a un rincón del alma; se despliega en el calendario, respira en los ritmos del año litúrgico, santifica las estaciones y transforma la historia. Qué hermoso es saber que el tiempo no es una sucesión vacía de días, sino un cauce por el que Dios pasa y se deja encontrar. El calendario litúrgico, heredero de tradiciones antiguas y entrañables, es una pedagogía del Espíritu que enseña a vivirlo todo con sentido pascual. El centro indiscutible es el Triduo Pascual, corazón palpitante de la Semana Santa, del que brota el tiempo de Pascua como una explosión de luz. Pero junto a esa cumbre, existe un tiempo especialmente querido y significativo para quien vive el ministerio del diaconado: la Cuaresma.

Diacono y esposa en cuaresmacasado

La Cuaresma posee un tono propio, sobrio y exigente, que armoniza de manera singular con la vocación del diácono. Es el tiempo de la conversión, del retorno al Señor, de la revisión humilde de la propia vida. Es el tiempo de la limosna, del ayuno y de la oración; el tiempo de la caridad concreta y silenciosa; el tiempo de hacerse más sencillo y más pobre. Todos los valores que configuran el corazón diaconal —servicio, humildad, cercanía a los necesitados, discreción, entrega callada— encuentran en estos cuarenta días un terreno fértil donde desplegarse con mayor intensidad.

El diácono está llamado a recordar a la Iglesia que Cristo vino “no para ser servido, sino para servir”. Esa frase evangélica no es un adorno espiritual, sino una forma de existir. Y la Cuaresma es el laboratorio donde esa forma se purifica y se afianza. En estos días se aprende a disminuir para que Él crezca, a despojarse para que otros tengan, a reconocer la propia pequeñez para descubrir la grandeza de la misericordia divina. Hay algo profundamente diaconal en el gesto de inclinar la cabeza, en el hacerse último, en el saberse instrumento y no protagonista.

Por eso sorprende que, en ocasiones, se interprete la sobriedad cuaresmal como una invitación a suprimir aquello que expresa comunión visible entre los hermanos. Entre las pocas expresiones litúrgicas que el diácono pronuncia directamente a la asamblea, hay una especialmente entrañable: la invitación a intercambiar la paz. “Daos fraternalmente la paz.” No es una frase funcional ni un mero trámite ritual; es un eco del Resucitado que, al presentarse en medio de los suyos, pronunció esas mismas palabras: la paz esté con vosotros.

Abrazos, apretar las manos, besos

Algunos entienden que, por el tono penitencial de la Cuaresma, conviene omitir ese gesto. Sin embargo, si se profundiza en su sentido, se descubre que quizá sea justo al contrario. ¿No es precisamente este el tiempo más oportuno para que la Iglesia visibilice la reconciliación? ¿No es la conversión un camino que conduce necesariamente al encuentro con el hermano? La paz que se intercambia en la liturgia no es un saludo social ni un gesto de cortesía: es una proclamación sacramental de que Cristo ha derribado los muros que nos separan.

La Cuaresma invita a reconocer el propio pecado, pero no para encerrarse en la culpa, sino para abrirse a la gracia. Y la gracia siempre tiene un rostro comunitario. Nadie se salva solo; nadie se convierte en solitario. El gesto de la paz, vivido con sobriedad y profundidad, expresa que el perdón recibido de Dios se traduce en reconciliación concreta con quienes caminan al lado. En un mundo herido por guerras, divisiones y odios, donde tantas veces se pretende expulsar a Dios del horizonte común, el sencillo gesto de estrechar una mano, abrazar o inclinar la cabeza adquiere una fuerza profética.

Las queridas Misioneras de la Caridad, fundadas por Madre Teresa de Calcuta, enseñaron con su ejemplo que la paz puede expresarse también en una inclinación respetuosa, en un gesto humilde que dice sin palabras: “Tú eres más que yo”. Esa inclinación, tan sencilla y tan cargada de significado, resume la espiritualidad diaconal y el espíritu cuaresmal. Inclinar la cabeza es reconocer la dignidad del otro, es desarmar el orgullo, es dejar espacio para que el amor venza.

Inclinar la cabeza

La Cuaresma es tiempo de caridad. Y la caridad no es una idea abstracta, sino un modo concreto de relacionarse. El diácono, servidor de la Palabra, de la liturgia y de la caridad, encuentra en estos días una llamada a intensificar su presencia entre los pobres, a no olvidarse de quienes sufren, a recordar a la comunidad que el ayuno agradable a Dios es compartir el pan con el hambriento. Pero también encuentra una llamada a cuidar los pequeños signos que construyen fraternidad. La paz intercambiada en la Eucaristía es uno de esos signos.

Decir “daos fraternalmente la paz” en Cuaresma no contradice la sobriedad del tiempo; la completa. No rompe el clima penitencial; lo orienta hacia su meta. Porque la penitencia cristiana no es tristeza estéril, sino camino hacia la Pascua. Y la Pascua es reconciliación, abrazo, vida nueva. Anticipar en la liturgia ese abrazo no es una concesión sentimental, sino una afirmación teológica: creemos que Cristo ya está actuando, ya está reconciliando, ya está sembrando paz en medio de nosotros.

En un contexto cultural donde se multiplican los enfrentamientos y se normaliza la agresividad, la Iglesia está llamada a ofrecer un testimonio distinto. No con grandes discursos, sino con gestos sencillos y coherentes. El intercambio de la paz, vivido con recogimiento y autenticidad, puede convertirse en una catequesis silenciosa sobre lo que significa ser comunidad. El diácono, al invitar a ese gesto, ejerce un ministerio de puente: une el altar con la asamblea, la reconciliación vertical con la horizontal, el perdón recibido con el perdón ofrecido.

La Cuaresma es, en definitiva, un tiempo muy diaconal. Tiempo de hacerse pequeños, de recordar a los pobres, de despojarse de lo superfluo, de revisar la propia vida. Pero también tiempo de abrazar, de desear la paz, de reconstruir vínculos. Si el mundo se desgarra por la violencia y el rechazo, la comunidad cristiana está llamada a ensayar, aunque sea en pequeño, una forma distinta de convivencia. Y qué mejor momento que estos cuarenta días para hacerlo con mayor conciencia.

La cuaresma es un tiempo muy diaconal

Llenar el tiempo de Dios significa permitir que cada jornada, incluso la más austera, esté atravesada por la caridad. Significa entender que la conversión no termina en el examen de conciencia, sino que se verifica en la ternura concreta. Significa comprender que el gesto de la paz no es un añadido opcional, sino una expresión visible del Evangelio que se celebra.

Por eso, la Cuaresma se revela como un espacio privilegiado para que el diácono, con voz serena y corazón humilde, invite a la asamblea a darse fraternalmente la paz. No como una rutina, sino como una proclamación esperanzada. No como un gesto vacío, sino como una siembra de reconciliación. En medio de un mundo que levanta muros, la Iglesia puede seguir construyendo puentes. Y quizá, en la sencillez de una mano extendida o de una cabeza inclinada, se esté anunciando ya la victoria silenciosa de la Pascua que se acerca.

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