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“Sin mérito mío, me agregó al número de sus diáconos”. Las funciones del diácono en el corazón del Triduo Pascual

Proclamación del Pregón Pascual

Debo reconocer que disfruto profundamente la Semana Santa. No es un disfrute superficial ni meramente estético, sino uno que nace —o al menos así lo intento cada año— de haber recorrido con cierta seriedad el camino cuaresmal. Cuando la Cuaresma ha sido vivida con sentido, con esfuerzo y con verdad, el alma llega de otra manera a esos días que constituyen el centro mismo de nuestra fe: el Triduo Pascual. Son, sin duda, las fiestas más grandes de nuestro calendario, aquellas en las que todo adquiere su verdadero significado.

Quizá este amor tenga también raíces antiguas. Me crie en Cádiz, y desde muy pequeño salía en las procesiones. Aquellas primeras experiencias dejaron una huella imborrable: el olor a incienso, el sonido de los tambores, la emoción contenida en las calles. Más tarde, al llegar a Madrid, me enteré que se estaba poniendo en marcha la hermandad de Los Estudiantes, y me hice hermano y participé en la primera salida procesional, y así hasta hoy. He visto crecer esa vinculación desde mis primeras salidas procesionales hasta el momento actual, en el que ya no participo solo: también lo hacen mis hijas, mi yerno, y pronto —si Dios quiere— se sumarán los nietos. Es una herencia que se transmite casi sin palabras.

Domingo de Ramos "Los Estudiantes"

Esta hermandad tiene la peculiaridad de realizar su estación de penitencia el Domingo de Ramos, lo cual supone para mí un comienzo espléndido de la Semana Santa. Es como abrir una puerta que conduce, paso a paso, hacia el misterio central de nuestra fe. Sin embargo, aunque ese inicio es siempre especial, debo decir que donde más intensamente vivo estos días es en el Triduo Pascual.

Desde hace años, con el permiso de mi párroco, paso el Triduo en lo que podría llamar mi “segunda diócesis”, situada en el norte de España. Allí la realidad es muy distinta a la de mi diócesis de incardinación. Existe una necesidad mucho mayor de clero, y eso se percibe en cada parroquia, en cada comunidad, en cada pueblo.

Cuando se acercan estas fechas, el párroco no tarda en llamarme para preguntarme si puedo echar una mano. Y yo, por supuesto, siempre estoy dispuesto, contando —como no puede ser de otra manera— con el visto bueno de mi mujer, que es parte esencial de mi vocación y de mi servicio.

En ese contexto, uno toma conciencia muy real de lo que significa ser diácono. No es una función decorativa ni secundaria. Es un ministerio de servicio que, en muchos casos, se convierte en un auténtico sostén para comunidades que apenas pueden contar con la presencia de un sacerdote.

Viernes Santo

Recuerdo con especial cariño un pequeño pueblo donde he celebrado en numerosas ocasiones. Un lugar sencillo, pero lleno de fe. Sin embargo, hace poco me sorprendió comprobar que ya no subía allí ni sacerdote ni diácono. En su lugar, un joven universitario acude a la que cariñosamente todos llaman “la catedral” para dirigir la celebración de la Palabra. Esa escena, que podría parecer anecdótica, refleja una realidad que va en aumento: la escasez de ministros ordenados y la necesidad de encontrar formas de acompañar a las comunidades.

Es precisamente en este contexto donde cobra especial relevancia reflexionar sobre las funciones del diácono, especialmente durante el Triduo Pascual. No hace mucho, antes de la Semana Santa, surgió en un grupo de WhatsApp que compartimos diáconos de toda España una cuestión interesante: ¿puede un diácono celebrar en solitario el Triduo Pascual?

La pregunta no es trivial. A primera vista, la respuesta parece clara: no. El Jueves Santo está íntimamente ligado a la Eucaristía, cuya celebración está reservada al sacerdote. La Vigilia Pascual, culmen de todo el año litúrgico, también requiere la presidencia sacerdotal. En cuanto al Viernes Santo, la celebración de la Pasión del Señor, aunque no es una misa, forma parte inseparable del Triduo como un todo unitario. Sin embargo, la realidad pastoral introduce matices. Muchos diáconos llevamos años celebrando el llamado “oficio” del Viernes Santo en ausencia de sacerdote. Y entonces surge la tensión: si el Triduo no puede fragmentarse, si sus celebraciones no deberían realizarse de forma aislada, ¿qué ocurre en aquellas comunidades donde no hay posibilidad de otra cosa? La reflexión compartida en aquel grupo fue enriquecedora. La opinión mayoritaria coincidía en que el diácono no puede “celebrar” el Triduo en sentido estricto, porque no le corresponde presidir los misterios que implican la Eucaristía. Pero, al mismo tiempo, también se reconocía algo que la práctica pastoral confirma: el diácono puede realizar la celebración del viernes santo que, sin llevar el nombre litúrgico oficial del Triduo, reproducen en gran medida —podríamos decir incluso que en un cien por cien en su estructura— el contenido de esa celebración.

Y el momento culminante del diaconado en el Triduo Pascual se alcanza al inicio de la Vigilia Pascual, celebración madre de todas las liturgias, donde la figura del diácono adquiere una visibilidad y una densidad simbólica particularmente elocuentes. Es él quien recibe el cirio pascual recién encendido, signo de Cristo resucitado, y lo porta solemnemente en la oscuridad del templo, elevándolo por tres veces mientras canta “Luz de Cristo”, a lo que el pueblo responde con fe agradecida. Este gesto, sencillo en apariencia, encierra una profunda riqueza teológica: el diácono, servidor, se convierte en mediador de la luz que vence las tinieblas, en heraldo de la victoria de la vida sobre la muerte. A él corresponde también la proclamación —preferiblemente cantada— del Pregón Pascual, ese himno antiguo y solemne que anuncia la Resurrección con palabras de una belleza inigualable. No es un encargo accesorio, sino una función propia y altamente significativa de nuestro ministerio, como su letra dice: “Para que aquel que, sin mérito mío, me agregó al número de sus diáconos”. Aún resuena la recomendación de un profesor de liturgia: nunca dejéis de cantar el Pregón Pascual, pues en ese canto el diácono se expresa en toda la plenitud de su identidad litúrgica. Queda así patente que no se trata de un mero formalismo, sino de un momento en el que el ministerio diaconal se despliega con toda su fuerza expresiva.

Procesión de Los Estudiantes

Y es precisamente en este contexto donde se revela con mayor claridad la identidad del diácono. No es quien preside en lugar del sacerdote, pero tampoco puede entenderse como un simple sustituto funcional. Su ser y su actuar se definen, ante todo, como servicio: servicio a la Palabra que proclama con autoridad recibida, servicio a la liturgia que cuida y embellece con su presencia activa, y servicio a la caridad que lo vincula directamente con las necesidades concretas del pueblo de Dios. Durante el Triduo Pascual, este triple servicio alcanza una intensidad singular. El diácono proclama el Evangelio en los momentos más solemnes, asiste al altar con dignidad y recogimiento, propone y guía la oración de los fieles, anima discretamente a la asamblea y, cuando las circunstancias lo requieren, sostiene la vida litúrgica de la comunidad mediante celebraciones de la Palabra profundamente vividas. En todo ello no actúa por delegación circunstancial, sino desde la identidad propia de su ministerio, que encuentra en estos días santos una de sus expresiones más altas y más elocuentes.

He experimentado personalmente cómo, en esas pequeñas comunidades del norte, la presencia de un diácono durante el Triduo —aunque no pueda celebrar la Eucaristía— es recibida como un verdadero don. No se trata solo de “hacer lo que se puede”, sino de vivir con autenticidad lo que la Iglesia permite y propone en esas circunstancias. Y, en ese sentido, el diácono se convierte en puente: entre la comunidad y la Iglesia universal, entre la ausencia y la esperanza, entre la limitación y la gracia.

Quizá el riesgo esté en reducir la cuestión a un problema jurídico o litúrgico, cuando en realidad estamos ante un desafío profundamente pastoral. El Triduo Pascual es demasiado grande como para quedar simplemente suspendido por falta de sacerdote. Y ahí, el ministerio diaconal, bien entendido, puede ofrecer una respuesta humilde pero real.

Al final, uno comprende que las funciones del diácono no se definen solo por lo que puede o no puede hacer, sino por cómo vive su vocación de servicio. En el Triduo Pascual, esto se hace especialmente visible: acompañar, sostener, proclamar, servir. No ocupar el lugar de otro, sino ocupar el propio con fidelidad.

Y así, entre procesiones que arrancan en la memoria de la infancia, .comunidades pequeñas que resisten con fe, conversaciones entre hermanos diáconos y celebraciones vividas en lugares donde casi no llega nadie, uno termina entendiendo que el Triduo Pascual no depende únicamente de la plenitud de los medios, sino de la autenticidad con que se vive.

Procesión desde la "catedral" de Miera

Porque, al final, lo esencial permanece: Cristo que se entrega, que muere y que resucita. Y nosotros, cada uno desde nuestro ministerio, intentando —con nuestras limitaciones— estar a la altura de un misterio que siempre nos supera.

Quizá ahí esté la clave y también el consuelo: saber que, incluso cuando todo parece insuficiente, el servicio humilde del diácono sigue siendo una pequeña luz encendida en medio de la noche… una luz que, sin hacer ruido, apunta siempre hacia la Pascua.

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